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Mal de amores


Por Victoria Pérez Zabala.


Mal de amores
Dar con el compañero ideal no es sencillo. El problema sobreviene cuando se genera una necesidad afectiva desproporcionada con la pareja. Los especialistas hablan de vínculos adictivos y dependencia emocional. Cómo superar un mal cada vez más común.

No es amor el amor que al percibir un cambio cambia o que propende con el distanciado a distanciarse. ¡Oh, no! Es un faro inmóvil que contempla las tempestades y no se estremece nunca; es la estrella para todo barco sin rumbo cuya virtud se desconoce aunque se tome su altura”. En la prosa de William Shakespeare, más precisamente en sus sonetos ardientes de pasión, hallamos esta definición del amor. Idílico, perfecto, soñado y eterno. El amor que todos quisiéramos sentir. Hay ríos de tinta derramada en los clásicos de la literatura universal que intentan explicar la verdadera naturaleza del amor.

Muchas de las heroínas en las novelas sufren y hasta agonizan por amor; algunas lo conquistan al final, como en el caso de las historias que salieron de la talentosa y fina mano de Jane Austen. Otras, en cambio, concluyen en tragedia, como Anna Karenina en la mente y obra del genial Tolstoi, o en la negación de ese amor, como en la famosa Lo que el viento se llevó, donde Scarlett O’Hara tarda tanto en darse cuenta de que está enamorada de Rhett Butler que, cuando al fin se lo confiesa, él le responde: “Frankly, my dear, I don’t give a damn” (la traducción sería: “Francamente, querida mía, me importa un bledo”).

Si nos alejamos del terreno de la ficción, el diccionario de uso del español María Moliner ofrece una descripción clara del término “amor”. Lo resume así: “El sentimiento experimentado por una persona hacia otra, que se manifiesta en desear su compañía, alegrarse con lo que es bueno para ella y sufrir con lo que es malo”.

Verónica pudo dejar a Martín después de un tratamiento donde vio cuántos aspectos de ella quedaban relegados por la relación. Aprendió a quedarse sola.

¿Pero qué pasa cuando en una pareja se genera una necesidad afectiva desproporcionada de uno hacia otro, cuando en la relación entre dos personas asoma la posibilidad de una dependencia emocional excesiva y patológica? ¿Seguimos hablando de amor? Según enseña la doctora en Psicología Rosana Pugliese, estamos ante un vínculo adictivo. “El otro pasa a ser necesario para la subsistencia como el aire que se respira. En estas relaciones predominan el sufrimiento, el reproche, la frustración, la esperanza ilusoria de que si se da tal o cual circunstancia las cosas van a cambiar… y esto nunca ocurre. No hay crecimiento o enriquecimiento mutuo; no se tolera la independencia y la singularidad de cada uno. Lo paradójico es que a pesar de todo esto les parece imposible cortar la relación”, observa la especialista.

“Las relaciones adictivas son sufridas por más personas de lo que uno cree. Sobre todo, mujeres. Estas relaciones contienen una alta dosis de emociones contradictorias”, advierte Patricia Gubbay, directora del Centro Hémera de Estudios del Estrés y la Ansiedad. El caso clínico que viene a ejemplificar este trastorno lo aporta la licenciada María Gabriela Fernández, que trabaja en el mismo centro. “Si a Verónica, de 37 años y divorciada con tres hijos, que está en pareja con Martín desde hace cinco años, se le dijera que hay un mundo mejor fuera de su pareja, diría que es imposible: no concibe una vida sin él”, señala Fernández.

Sin embargo, Verónica vive algo muy poco parecido al amor y muy similar a un infierno. En la terapia, la paciente cuenta: “No sé qué me pasa. Mis amigas me dicen que estoy loca, que tengo que cortar con Martín de una vez por todas. Me hace las mil y una. Cada vez que se enoja, me insulta delante de nuestros amigos diciéndome cosas horribles. Me hace sentir culpable, mala, poco solidaria. Hace un año me enteré de que tuvo un romance con una amiga mía. Lo perdoné”.

Una solución es la psicoterapia individual para lograr un desarrollo y fortalecimiento psíquico, aumentar la confianza en uno mismo y engrosar la autoestima.

Cuando la licenciada Fernández le preguntó por qué seguía con él, ella respondió: “Porque lo amo”. Verónica recién pudo dejar a Martín después de un tratamiento donde vio cuántos aspectos de ella quedaban relegados por la relación. En el proceso terapéutico, ella tomó conciencia de que debía correrse del lugar de víctima y hacerse cargo del problema: quedarse sola. Según Patricia Faur, autora del libro No soy nada sin tu amor: “Hablamos de personas con una gran dificultad en su autonomía, capaces de estar con cualquiera y soportar situaciones desagradables con tal de no estar solas. Les asusta la muerte, el paso del tiempo y las enfermedades. Podríamos decir que son temas que nos preocupan a todos, pero estas personas tienen mecanismos de negación como para anestesiarse de la existencia de esas angustias. Uno de los mecanismos es apoyarse en la presencia del otro como una manera de olvidar el dolor”.

En muchos casos, destaca Faur, docente de la Universidad Favaloro, se unen a personas inescrupulosas que aprovechan esta vulnerabilidad para manipular y explotar al dependiente: “La relación les hace daño, pero como si el otro fuera una droga, no lo pueden dejar, pese al dolor que provoca”. Una de sus pacientes le confesó: “Tengo terror de quedarme sola como mi madre. Mi papá siempre la engañó hasta que se fue. Ella siempre estaba mal, lloraba y tomaba pastillas para dormir. Cuando crecí tuve siempre parejas inadecuadas: hombres que nunca me cuidaron, que solo pensaban en sí mismos, que me decían que era importante, pero desaparecían por semanas; otros eran hombres infantiles que no trabajaban y no sabían qué querían de la vida; y algunos me descalificaban por ser muy demandante”.

Adicción vs. dependencia emocional 

“Un vínculo puede pasar a ser una droga que se necesita desesperadamente. Hay un conocimiento racional del malestar que conlleva, pero es imposible correrse de eso”, advierte  Pugliese, que es profesora asociada de la Universidad Argentina de la Empresa (UADE). Y acota que estos lazos pueden darse una sola vez en la vida o repetirse incansablemente, en un intento de elaboración y de resolución. 
La licenciada en Psicología Magdalena Echenique prefiere los términos “dependencia emocional patológica” o “necesidad afectiva desproporcionada” antes que “adicción”. “La dependencia emocional es la necesidad excesiva de tipo amoroso que una persona siente hacia otra. Esta dependencia aparece más comúnmente en mujeres que en varones”, define Echenique.

Cualquiera de nosotros puede sentirse mal al terminar una relación, pero el dependiente busca rápidamente una nueva pareja evitando el proceso de adaptación emocional que sigue a cualquier pérdida. Es decir, no es capaz de elaborar un duelo y mucho menos piensa en el porqué del fracaso: simplemente, reemplaza a una persona por otra, ya que su objetivo más importante es evitar la soledad.“Sus vidas giran en torno a la otra persona y adoptan un papel de sumisión que trae como consecuencia un gran desequilibrio. Hacen lo imposible por evitar rupturas, son capaces de tolerar un menosprecio grave, un deterioro manifiesto de la relación e, incluso, malos tratos, tanto psíquicos como físicos”, advierte Echenique.

Ahora bien, ¿cuál es la manera ideal de buscar mejorar? Una solución es la psicoterapia individual para lograr un desarrollo y fortalecimiento psíquico, aumentar la confianza en uno mismo y engrosar la autoestima. Lo ideal es realizar un recorrido biográfico vinculando experiencias adversas del pasado con el sufrimiento actual, y comprendiendo las propias emociones. 
“Para no sentir que la única forma de sentirse bien es con otro al lado, es necesario creer firmemente que uno mismo es suficiente y buena compañía. Lo traduzco: debemos enfocarnos en un proceso de autoconocimiento”, coincide Fernández.

Se ha formado una pareja…

Elegimos a aquel que nos va a acompañar desde el deseo, que es inconsciente: me quedo con este o aquel porque me conviene o reúne los requisitos que mi grupo social exige. Según opinan las expertas, la elección se impone, no la dominamos. Surge como resultado de una alquimia particular entre los modelos que tuvimos y las marcas de nuestra historia donde quedó fijado nuestro deseo. Muchas veces, recreamos antiguas modalidades vinculares con figuras significativas de nuestra infancia.
En consecuencia, es posible que elijamos reiteradamente estilos de personalidad similares o que volvamos a tropezarnos una, otra y otra vez con las mismas dificultades.

También es cierto que la subjetividad está en permanente proceso de cambio, que el azar y los acontecimientos determinan distintos modos de resolución de las situaciones; por eso, no son solo repeticiones de viejas situaciones. Desde esta perspectiva, existe la posibilidad del cambio y la modificación de conductas que aparentan ser invariables. “La salud de un vínculo debe relacionarse con que el nivel de placer y bienestar predomine por encima de los momentos tensionantes y de malestar vincular”, apunta Pugliese. 

Se trata de un equilibrio inestable. Lo paradójico radica en que los vínculos se inician en el enamoramiento, que es un estado en el que predomina un alto nivel de idealización. Ahí radica el germen del futuro conflicto, dado que, a poco de andar, el otro aparece siendo quien es, y no aquel que imaginamos.“Los vínculos se consolidan sobre las propias carencias, sobre las propias vulnerabilidades, sobre los propios nudos conflictivos, con la ilusión de que el otro los va a resolver y aportará la curación a esos nudos, a esas heridas, a esas vulnerabilidades. Se le pide demasiado al amor”, advierte Pugliese.

El sociólogo, psicólogo y filósofo alemán Erich Fromm plantea en su libro El arte de amar que una de las formas que adopta el amor es la idolátrica. Allí sostiene que existe una forma de “seudoamor” que suele experimentarse (con mayor frecuencia en las películas y las novelas) como el “gran amor”. El amor idolátrico suele describirse como el verdadero y gran amor. Pero, si bien se pretende que personifique la intensidad y la profundidad del amor, solo demuestra el vacío y la desesperación de quien lo profesa.
Para cerrar, una frase de Fromm cae como anillo al dedo: “El amor inmaduro dice: Te amo porque te necesito. El amor maduro dice: Te necesito porque te amo”. 

De a dos

Según la licenciada Rosana Pugliese, toda pareja vive y siente que el culpable del malestar que los atraviesa es del otro. “Si cada uno pudiera ponerse en los zapatos del otro para entender sus motivaciones y sus conductas, aunque esto no signifique darle la razón, probablemente bajaría el malestar y se abriría un dialogo más fecundo y enriquecedor, habilitando nuevas formas de encuentro”, señala. Otra clave: renunciar a la idea de un otro perfecto que nos completa. Hay que abandonar la suposición de que la felicidad o el bienestar está en manos de la pareja. “Un tratamiento apunta a diferenciar las alianzas que los unen y son fructíferas de aquellas que pueden estar interfiriendo sin que se den cuenta”, propone Pugliese.
 
Cómo reconocer a un dependiente emocional 

•Plantean sus vidas siempre al lado de alguien. 
•Tienen autoestima muy baja. 
•Constantemente se menosprecian como personas. 
•Sienten mucho miedo a la soledad.
•Presentan dificultades para tomar decisiones cotidianas si no cuentan con el consejo y la reafirmación por parte de los demás. 
•Necesitan que los demás asuman la responsabilidad en las principales áreas de su vida.  
•Tienen dificultades para expresar el desacuerdo con los demás por temor a la pérdida de apoyo o  aprobación.
•Se sienten desvalorizados, por lo que buscan personas a las que intentan cuidar para sentirse valiosos.
•Vivieron un infancia con problemas: con padres ambivalentes (que están y no están), sobre protectores, adictos, depresivos o que no pudieron estar muy presentes.

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