ENTREVISTA


Tengo ganas de que no pase el tiempo


Por Revista Nueva.


“Tengo ganas de que no pase el tiempo”
Guillermo Francella celebra su película número treinta, Corazón de León, donde interpreta a un hombre muy bajito. En su vida privada, su sensación es la de atravesar la etapa de la madurez. Hay satisfacción, pero también la intención de eternizar los buenos momentos.

Guillermo Francella mide 136 centímetros de altura. Es, en realidad, el nuevo envoltorio que luce en Corazón de León, la película de Marcos Carnevale. El actor argentino, que no necesita presentaciones, da vida en esta ocasión a un hombre de escasa estatura que debe mirar el mundo desde abajo. Pero en el barrio porteño de Palermo, en una tarde gris, Francella es el de siempre, con sus proporciones normales. Tenerlo enfrente es extraño: es uno de los rostros más populares del país y, al mismo tiempo, un hombre convencional tras su camisa a cuadros y los jeans que viste, desenfadado. Es curioso porque sus famosos ojos azules hipnotizan, sí, pero nada alrededor se inmuta en realidad. El vestíbulo del edificio donde vive es un fondo estándar en la conversación. Y, a la vez, uno tiene delante años de series televisivas, horas y horas de teatro y una treintenta de películas (entre ellas, El secreto de sus ojos, Oscar de 2010). También, simplemente, a un hombre de 57 años que se acomoda el pañuelo azul sobre el sofá. Todo en simultáneo.  

–Ahora te achicás en la gran pantalla. ¿Cómo fue la experiencia?
–Corazón de León es una película interesantísima, en la que interpreto a un personaje que tuvo un problema con la glándula pituitaria, lo que le impidió crecer en estatura, aunque no a nivel intelectual o profesional. A pesar de su metro treinta y seis construyó una vida hermosa: se casó, tuvo un hijo, es un arquitecto exitoso…  Pero ahora está solo. Y de eso habla la película: de qué sucede cuando una persona se vincula sentimentalmente con alguien diferente. De qué pasa con la mirada ajena, con los prejuicios.  

–Fue un rodaje distinto a los convencionales. ¿Cuánto tiempo duró? 
–Siete semanas. No fue sencillo, pero sí muy entretenido: había que actuar con encuadres diversos, a veces arrodillado, mirando al interlocutor hacia arriba; había dobles enanos... Pero el trabajo más fuerte en la película fue el de posproducción: el equipo de Marcos Carnevale estuvo casi cuatro meses editándola. Usaron los mismos softwares que para El Señor de los Anillos y el resultado es extraordinario. A los diez minutos te olvidás del efecto digital, del achicamiento, y la historia te atrapa, más allá del enanismo artificial. 

–¿Cómo viviste en tu propia piel eso de ser diferente al resto?
–Bueno, León está muy entrenado para manejarse en la vida. Entiende que su sola presencia a veces genera rechazo y sabe perfectamente cómo sortear la situación. En la película conoce a una mujer y cuando se encuentran en un bar, cara a cara, ella se pone muy nerviosa. Nadie puede disimular. “No es nada grave”, le dice él, y enseguida empieza a desplegar una seducción enorme. Su personalidad es muy atractiva por donde se la mire. Genera una corriente de afecto al instante. 

–¿Es difícil ser diferente?
–Sí. La sociedad aquí es prejuiciosa, hay sexismo, exitismo… Y eso genera un gran temor a la reacción del otro.  

–Vos, en cambio, sos una persona carismática, y, seguramente, nunca tuviste dificultad en la interacción. 
–Sí, desde chico me manejé muy bien socialmente. Tengo esta cosa natural. Es innato. Y tiene que ver a la vez con la personalidad de mi familia. Mis padres también fueron muy extrovertidos, mi hermano igual. Nos vinculamos sin trabas, gracias a Dios.

–¿Cómo llevás la popularidad?
–Ya aprendí a convivir con eso. La mitad de mi vida, prácticamente, fue de un anonimato absoluto. Y la otra, de popularidad absoluta. Los dos mundos los conozco muy bien. Y confieso que lo disfruto. Lo que me exterioriza la gente es de tanto afecto, de tanta devolución, de buena onda… me da felicidad, y también me doy cuenta de que genero felicidad en los demás. 

–Parece que siempre estás sonriendo. ¿Dentro de tu casa también?
–La verdad es que soy un hombre feliz. Lo llevo todo para el lado del humor. Tengo mis días malos en que me caigo, en que me deprimo un poquito… A veces, no hay un motivo, pero estoy con menos energía o algo más triste. O tengo esas cosas medio melancólicas de ir para atrás y recordar pérdidas. También me gusta el silencio y estar solo. Pero, por lo general, mi estado de ánimo está muy arriba. 

–¿Y qué es lo que más extrañás en esos momentos más bajos?
–A mi padre, que no lo tengo... El inexorable paso del tiempo. 

“Soy muy temperamental”

Francella tiene esa característica tan suya de alargar las vocales. Susurra por momentos, y alterna agudos con graves. Modula la voz como si fuera de plastilina, y escucharlo es ver montañas de colores que suben y bajan. Lo único diferente, ahora, es que con su paisaje no quiere hacer reír a nadie. 

–¿Con qué soñás?
–Con conservar lo que tengo: una familia linda; una mujer que es mi compañera hace veinticinco años; un trabajo que amo. Quiero mantener eso en orden. 

–¿Qué errores corregirías?
–Ser menos impulsivo y ansioso. Me gustaría ser más relajado y no lo soy. Poder  vivir de un modo en que no me pase naaaada, que todo fluya… y eso me cuesta. Soy muy temperamental. Y vivo muy intensamente todo. 

–¿Qué fue lo más difícil hasta ahora?
–No tengo episodios de cosas difíciles en mi vida. Lo más desgraciado que me ocurrió fue perder a mi padre. Eso me marcó para toda la vida. Yo tenía 26 años y me mató anímicamente. 

–¿Creés en Dios?
–Sí. 

–¿A qué le temés?
–Al deterioro, a la muerte. 

–¿Qué te saca?
–Me enoja mucho la impuntualidad, la desidia, la inoperancia. 

–¿Qué hacés por los demás?
–Por los que quiero, mucho. Por los que no conozco, no sé qué hago… Pero creo que mi función laboral atenúa los malos momentos, aunque sea por un ratito, porque genero cosas que despiertan risa, alegría.

“Holaaaa”. La que aparece, de pronto, es Johanna, la hija menor del capocómico. Durante la entrevista, la puerta del hall del edificio se abre de vez en cuando por los vecinos que entran y salen. Entre el sofá de cuero negro y la mesa desnuda de la sala, Johanna saluda suave y cordial. Tiene 19 años, pero podrían ser 15. “Subo, pá. ¿Subís después?”, le dice. Ella, al igual que su hermano mayor, quiere dedicarse a la actuación. Nicolás, de hecho, forma parte del elenco de la película, en la que interpreta lo que en la vida real lleva haciendo hace 22 años: ser el hijo de Francella. “A mis hijos los llamo tres veces al día. Siempre fui muy padrazo, hasta de mi propia madre”, dice el jefe del clan. 

Francella habla del teatro (“uno de los géneros que más me gustan”) y sobre los nuevos proyectos: a partir de abril de 2014 protagonizará, junto con Adrián Suar, una remake de la comedia Dos pícaros sinvergüenzas (en la versión original actúan Steve Martin y Michael Caine). Asimismo, participará en el largometraje El misterio de la felicidad, de Daniel Burman. ¿La TV? “No soy un hombre de la tele, sino un hombre que hizo mucha tele durante tres décadas. Hoy repiten todo lo que ya grabé. Y eso es lo que quiero evitar: volver a la televisión. Me tienen en el aire cien horas mensuales. Entonces, no me dan tantas ganas de arrancar con algo nuevo. Me gustaría que hubiera una pausa y después, sí, regresar con fuerza. Como fue El hombre de tu vida, el último ciclo que hice con Juan José Campanella”, sentencia 

–Hugo, protagonista de la serie, está afectado por la crisis de la mediana edad. ¿Cómo se pasa ese momento?
–Bueno, a veces es más complicada para algunos que para otros. Yo la viví de un modo medio atenuado; fue mayor la de los 40 que la de los 50. Pero las atravesé bien. Creo que tiene que ver un poco con cómo es tu presente, si te sentís productivo o medio una ameba. Y yo, claro, siempre tengo esta cosa de la zanahoria y el burro, de buscar o generar lo nuevo, que es tan atractivo. Eso logra moderar la seudocrisis que pueda haber. Pero, sí, el tiempo, el tiempo… Volvemos a hablar de lo mismo. Tengo ganas de que no paaaase. Evitar que haya un deterioro físico, mental…  Me gusta tener esta lucidez y esta rapidez que tengo siempre. Ojalá no merme… pero va a mermar. 

Francella y las mujeres

Que es encantador y que su magnetismo atrapa no es ninguna novedad. Francella sabe hacerte sentir bien. Por eso, la charla trascurre veloz: expone, pregunta, interrumpe, se interesa y habla de varias cosas; entre ellas, del otro género: la mujer. “Reclaman y reclaman. Nosotros, los hombres, no somos así. Dicen que la mujer habla 20.000 palabras por día, ponele, no me acuerdo bien. El hombre, 6000, pero 5900 se las gasta en la calle, así que en la casa ya no quiere hablar. Entonces, cuando llega, ella le dice: ‘¿Qué te pasa?’. Él: ‘No me pasa nada, no me hinches’. Ella: ‘¿Qué te pasa?’. Él: ‘¡Nada!’. El hombre se mete en la cueva y al ratito sale: ‘¿Qué comemos?’. ¿Me entendés? En realidad, no pasa nada, pero ellas lo viven todo de otra manera. Qué sé yo…”, se resigna, usando, naturalmente, su arma más infalible: el humor.

Mini ping-pong

–Si hubiera otra vida, ¿qué te gustaría ser?
–Tendría que ser algo diferente, para transitar otra cuerda y ver qué pasa. 
–¿Hombre?
–(Piensa). Sí, hombre, hombre.
–Te gustó.
–Me gusta mucho el universo masculino. Y el femenino lo entieeeeendo, pero somos de planetas diferentes. Me llevo mejor con el mundo masculino.
–Habría que especificar: no es lo mismo ser hombre argentino que hombre sueco.
–(Risas). En eso tenés razón.

nueva, todos los domingos con:


El Norte La Capital Nuevo Diario El Día La Gaceta Rio Negro Primera Edición Uno - Mendoza Uno - Entre Ríos Uno - Santa Fe Diario Norte Puntal - Córdoba La Nueva Diario Democracia El Independiente Diario Norte