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Guardianas de la memoria


Por Revista Nueva.


Guardianas de la memoria
Hace 150 años, algo más de un centenar de galeses llegaron a la Patagonia para formar una colonia. Sus capillas, de las cuales se conservan dieciséis en la actualidad, constituyen la huella más importante de su cultura. La lluvia era torrencial aquella noche de abril de 1866. El aguacero había empapado los manteles tendidos sobre las enormes mesas de tablas del jardín y la fiesta había tenido que armarse adentro, en el mismo lugar en donde esa tarde se habían celebrado las dos bodas. Afuera, el martilleo incesante de las gotas copiosas empezaba a mezclarse con los sonidos sordos de los primeros truenos.  

De repente, apareció el cacique de cuerpo enorme y envuelto en un poncho. De pie junto a la puerta, casi inmóvil, miró a todos con sus ojos oscuros mientras otros dos indios de torsos desnudos lo flanqueaban con sus lanzas en alto. La sorpresa y el miedo silenciaron a todos hasta que una mujer, una de aquellas que rodeaba a las radiantes novias, se acercó a paso lento hasta el cacique y lo convidó con una taza de té. El recién llegado la miró, dudó unos instantes y luego bebió. Con la taza ya vacía, el cacique se limpió los labios con el poncho, agradeció en una lengua extraña y pidió más. Sonriendo, la mujer fue por otro té mientras el miedo iba desapareciendo. Solo entonces, la fiesta de casamiento empezó a resucitar.

Aquella noche tormentosa de la doble boda fue la primera vez que los colonos galeses y el cacique tehuelche Francisco Chiquichano se vieron cara a cara. Los colonos habían llegado a la Patagonia apenas un año antes, tras cruzar el océano en el navío La Mimosa para instalarse en las áridas tierras cercanas al río Chubut que el gobierno argentino les había cedido formalmente. El cacique era el líder de los tehuelches, una etnia amerindia que habitaba la región desde hacía varios miles de años, hábiles cazadores a los que los conquistadores españoles llamaron “patagones” por el enorme tamaño de las huellas de sus pies. Ambos grupos iniciaron, a partir de entonces, una convivencia pacífica y establecieron de inmediato un fluido intercambio de usos y costumbres en el que los galeses aprendieron a cazar guanacos con las boleadoras y los tehuelches se hicieron diestros en el arte de preparar el pan y la manteca. Los dos pueblos estaban formados por gente de honor, hombres que consideraban la palabra empeñada como un juramento inquebrantable y que forjaron una sincera amistad que duró muchísimos años.

Muchos de los galeses que estaban en aquella fiesta de abril de 1866 se encuentran hoy enterrados en un cementerio que orilla la capilla Moriah, la más antigua de las dieciséis que existen en el valle del río Chubut y que fueron levantadas por los colonos en los años que siguieron a su llegada a la Patagonia. Las llaves de esa capilla están en manos de Cristina Hughes, bisnieta de uno de aquellos pioneros, que está encargada del cuidado de Moriah, tarea que comparte con su prima Glenda.“Pasé mi infancia y me hice grande viniendo a esta capilla. Nuestra familia se sentaba en el tercer banco para asistir a los oficios religiosos”, cuenta Cristina, quien fue bautizada en Moriah hace casi setenta años, poco después de que sus padres se casaran aquí mismo. 

Tierras áridas 

Los galeses llegaron a la Patagonia en julio de 1865, luego de partir desde el puerto inglés de Liverpool y haber navegado el océano durante dos meses en el velero La Mimosa. “En ese barco venían 153 personas, que habían pagado doce libras cada una para hacer el viaje y algo menos por cada niño. Desembarcaron frente a lo que hoy es Puerto Madryn, en las costas del Golfo Nuevo, y se decepcionaron mucho cuando se dieron cuenta de que estas tierras a las que estaban arribando no eran como se las habían imaginado y les habían prometido, ya que lo único que encontraron era un desierto semiárido que poco tenía que ver con su Gales natal”, señala Cristina.

Los primeros años fueron muy duros para los inmigrantes, ya que el lugar en el que se habían asentado no solo era casi un enorme desierto, sino que, además, estaba muy alejado de los centros poblados de aquel entonces. “La única forma de comunicarse con Carmen de Patagones, la ciudad más cercana, era por mar. Y de Buenos Aires los separaban miles de kilómetros y varios días de navegación. El gran problema fue que los colonos fundaron sus primeros pueblos en las márgenes del río Chubut, que era la zona más apta para desarrollarse, pero ese río no era navegable en su desembocadura, lo que hacía imposible que los barcos salieran desde allí hacia Carmen de Patagones o Buenos Aires. 

Por ese motivo fue que, en 1884, el colono Lewis Jones consiguió la autorización del gobierno argentino para construir un ferrocarril que conectaba la zona del valle del río Chubut con la costa del Golfo Nuevo, desde donde podían salir las embarcaciones”, explica Cristina, quien agrega: “Es durante esa primera época de colonización cuando comienzan a levantarse las capillas, que no solo se usaban para la celebración de oficios religiosos sino que, además, constituían el centro social y político de la comunidad”.

Las dos primeras capillas se edificaron en 1876 y 1877, con materiales muy precarios que no les permitieron resistir la gran inundación que sufrió la región del valle chubutense en 1899. Por eso, la más antigua de las capillas que se conservan en la actualidad es Moriah, construida en enero de 1880 y ubicada al sur de la ciudad de Trelew. “Esa zona era la que los colonos llamaban Glyn Du, que quiere decir ‘valle negro’ en galés. El primer pastor fue el reverendo Abraham Matthews, que fue el encargado de dar el primer oficio el 4 de enero de 1880. Los restos de Abraham Matthews están entre los que descansan en el cementerio que está detrás de la capilla”, relata Cristina mientras camina por entre las viejas lápidas de piedra que recuerdan a casi cuarenta de los primeros colonos galeses. “Esta es la tumba de Lewis Jones, que fue quien se entrevistó en 1862 con Guillermo Rawson, ministro del Interior en la presidencia de Bartolomé Mitre, para obtener del gobierno argentino las tierras en las que se asentarían tres años más tarde los inmigrantes que habían venido desde Gales”, cuenta la cuidadora de Moriah, mientras señala una lápida herida por el tiempo y rodeada de algunas verjas ya oxidadas. 

A la antigua capilla de Moriah le siguieron, muy poco tiempo después, las de Seion, Glan Alaw, Nazareth y Tabernacci, que se construyó en 1889, en Trelew, gracias al aporte de los trabajadores del recién inaugurado Ferrocarril Central de Chubut. “Fue bautizada Tabernacci, que quiere decir ‘tabernáculo’, en recuerdo de una vieja capilla del pueblo galés de Porthmadog que lleva ese nombre”, precisa Cristina, quien revela que esa capilla fue uno de los primeros edificios de la ciudad de Trelew que tuvo luz eléctrica. Edificada con ladrillos cocidos y puertas de madera de pinotea, Tabernacci sirvió de modelo para la mayoría de las capillas que se levantaron a partir de los primeros años del siglo XX, como Bethesda, Salem y Bethel, esta última terminada de construir en 1913 y capaz de albergar a más de medio millar de fieles, lo que la convirtió en la más grande de las capillas galesas que se encontraban en el valle del río Chubut. 

Las dieciséis capillas que todavía se conservan, son, sin duda, las huellas más significativas de la obra realizada por los colonos galeses que llegaron a tierras patagónicas hace casi ciento cincuenta años. “Nuestras costumbres permanecieron a lo largo del tiempo, en gran medida, gracias a las actividades comunitarias que se llevaban a cabo en esas capillas. Aún hoy se siguen realizando competencias de canto y poesía, que son tradiciones muy añejas de la cultura galesa, tanto como los son nuestro té y nuestras tortas. En noviembre de 1995, Lady Di, princesa de Gales, visitó nuestra colonia y, entre otras cosas, estuvo tomando el té en Gaiman. Su venida fue una fiesta para todos nosotros”, recuerda Cristina con cierto tono emotivo.  

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