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Un lobo italiano tras las letras


Por Ana Claudia Rodríguez.


Un lobo italiano tras las letras
Lo llaman Il Lupo, es escritor y en su país su imagen se acerca al mito. Stefano Benni es una especie de Woody Allen a la italiana. Brilla por su fabulosa inventiva y su capacidad sin límites para producir. Conózcalo.

Ustedes colocaron a Francisco en el Vaticano. Y esa ha sido una maravillosa operación de marketing. En Roma les agradecemos porque los restaurantes ahora están llenos. Con Ratzinger eso no sucedía”. El público se regocijó ante el hilarante discurso del escritor italiano Stefano Benni, cuando colmó una de las salas de La Rural para presentar su extensa producción literaria. Benni, que es famosísimo en su país, se atreve con todos los géneros. En Buenos Aires, por ejemplo, dio a conocer su última novela (De todas las riquezas) y su libro infantil La historia de Cyrano de Bergerac.

Este último título forma parte de Save the story, una colección impulsada por Alessandro Baricco (otro escritor italiano) que propone rescatar los clásicos de la literatura, pero dislocando un poco la historia original. Umberto Eco, Ali Smith o Mario Vargas Llosa son otros de los autores que participan en esta iniciativa. Sin embargo, Stefano Benni es, seguro, el más productivo de todos ellos (su agente de prensa nos dice:“Es imposible tener un dossier con su obra porque genera muchísimo”). Y, además, es el más versátil. Sus libros tienen un idilio con el número veinte. ¿Por qué? Porque creó dos docenas de títulos, que se tradujeron a una veintena de idiomas y cuya cifra de ejemplares vendidos en Italia asciende a los veinte millones. Pero en su trayectoria aparece, a la vez, el periodismo (sus valoraciones sarcásticas son comunes en diarios y revistas italianas de primera línea), el jazz (desde 1999 dirige un ciclo internacional), la poesía y el teatro. 

La solidaridad también: es fundador del proyecto social Grupo Lupo (o sea, Grupo Lobo), que lleva estampado en el nombre el apodo del escritor. “Me llaman Lobo desde que era pequeño, ya que era un niño muy selvático y porque siempre paseaba solo de noche con mis perros”, reveló el escritor italiano. El caso es que el Benni adulto, el Benni de hoy, es una sugerente mezcla de atractivos cuyo personaje se compara, a veces, con Woody Allen o los hermanos Marx. De cerca, sus 67 años solo se notan en el pelo blanquísimo, de algodón, que adorna su cabeza; y si en su piel hay manchas o surcos hondos, los matiza ese bronceado persistente con el que arribó a la Argentina desde el verano europeo. Frente a su audiencia, su fuerza juvenil –una manada de lobos– se esparce en la energía del lugar atrapando todas las miradas. No hay opción de escapar de las garras del ingenio que exhibe este autor. 

“También puedes hacer preguntas poco serias, como de amor o de fútbol”, nos arenga Benni, después de dar su pronóstico sobre el futuro del libro: “Lo digital no matará al papel; lo harán los malos editores, los malos escritores y la falta de formación”. Y, como al pasar, aconseja: “Nunca hay que dejar de leer, porque esa música de los otros se cuela luego en ti”.

Stefano Benni, como si fuera poco, es conocido por sus aforismos. De hecho, tiene un libro que recopila frases como “Las ideas son como los pechos: si no son los suficientemente grandes, se pueden inflar”, “Para correr detrás de los sueños hace falta un gran físico” o “La jirafa tiene el corazón lejos del pensamiento. Se enamoró ayer y todavía no lo sabe”.

“Uno debe morir en cada página”, desliza este hombre nacido en la ciudad de Bolonia, en Italia. “A veces, he reescrito hasta cuarenta veces un mismo párrafo. Sin embargo, lo más importante de mi vida no es la literatura. Es mi hijo”, admite.

Demasiada ilusión

Benni está convencido de que es imposible no tener fantasía. Que más bien se trata de un acto de renuncia en el que la imaginación se pone en manos del otro: “Algo tan peligroso como venderle el alma al diablo”, sentencia. 

–¿Qué ocurre si uno desconecta su parte imaginativa? 
–Vive su vida a medias. Hay que contar y escuchar historias, tener fe en la fuerza de nuestra imaginación… Así debe ser. Estar en sintonía con ella y con el mundo es un modo muy concreto de inventar, de encontrar nuevas posibilidades e historias. Sin imaginación no solo no existiría la literatura, sino ni siquiera la ciencia. 

–¿Y cómo hizo usted para mantener viva esa imaginación, a pesar del paso de los años y los libros?
–No hago ningún esfuerzo, la imaginación en mí es natural. Como respirar.

Sobre todo en el pasado, esa respiración del escritor era demasiado agitada y hasta molesta. No es raro leer en entrevistas viejas cómo su extrema fantasía era, a veces, indomable. “Mi orquesta tiene cien instrumentos y solía ponerlos a sonar todos al mismo tiempo; esto, seguramente, fue un error. Ahora intento ser menos colorido y pensar más en blanco y negro”, confesó hace unos años.
Tal vez ahora regule mejor su ímpetu creativo, pero a su ingenio lo sigue alimentando con el mismo énfasis. En su página oficial de Facebook, por ejemplo, los posts son la evidencia de una actividad frenética: viajes a la China, a Hungría, a Nueva York… Benni parece un experimentador voraz de la vida, con ganas de probarlo todo para luego –error o acierto– poder reírse con la boca abierta. Los estímulos, una vez tamizados por su mente de Lupo, volverán a volcarse en la realidad. Se transformarán en una lectura musicalizada, en una columna de La Repubblica o en un cuento inédito. 
“¿Supera la realidad a la ficción?”, le preguntamos, en relación con la sátira sobre la realidad italiana que siempre acompaña sus textos. Y Benni contesta: “Hay un continuo desafío entre ambas. Una supera a la otra, y así sucesivamente. Pero la fantasía es siempre más fuerte y, sobre todo, hace menos daño”. 

La crítica social a través de la descripción de mundos imaginarios es –junto con su aspecto deportivo, estilo blazer y remera oscura– un sello de identidad en el “universo Benni”. Palabras dadas vuelta o imitaciones burlescas. Un hombre que nace grande y muere minúsculo, o una tierna familia que mira en la tele la muerte del primogénito como si fuera un partido de fútbol. La pluma del italiano esculpe la sociedad a golpe de ironía hasta que la risa o la desesperación acaben en llanto. Y, precisamente, su pena más grande, su miedo máximo, es el de convertirse en la que, para él, es su peor realidad posible. “Terminar engullido por el espíritu de esta época: ser un siervo. Eso me asusta”, concluye. 

Del pasto al papel 

Se despidió de su carrera fulgurante como futbolista (era joven cuando la rodilla derecha lo separó de su querido Bologna Futbol Club) y, como Julio Iglesias, construyó con éxito su otro futuro. La segunda posibilidad de Stefano Benni fue el mundo de las letras. Y ahora, como quien habla de alienaciones ganadoras o ligas internacionales, el escritor da un diagnóstico de los puntos dolientes en el sector editorial actual. Las grandes empresas en Italia, dice, se deshicieron de su alma cuando apostaron por un mayor tamaño. Pero, ahora, sostiene: “Por suerte aún quedan las pequeñas casas editoriales que son las que sacan buenos libros, aunque caen en algunas tentaciones y tienen resbalones comerciales”.?

Estas están en las antípodas de los negocios estadounidenses cuyo único objetivo, según Benni, es vender y quedarse con la máxima porción del mercado. “Dan a conocer a sus autores más mediocres, lossúper publicitan, y nadie habla de escritores norteamericanos de calidad como Vonnegut”, se enoja.  A través de Feltrinelli –una carismática editorial italiana–, llegan los pensamientos de Benni hasta las manos del lector. Su último libro, De todas las riquezas, habla la vida de Martín, que llega a su madurez lleno de recuerdos de viajes, familia y amores. La vida, sin embargo, como la de su autor, continúa intensa hacia el futuro y siempre tiene que algo más que decir.
 
 

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