ENTREVISTA


Cambio de rumbo


Por Ana Claudia Rodríguez.


Cambio de rumbo
Era modelo, pero prefirió la actuación a las pasarelas. Casi veinte años después, Carolina Peleritti vuelve a abrir el horizonte: esta vez, a través del canto. En una etapa de madurez y profundidad, revela el porqué de su decisión. Es jueves en Buenos Aires. Hace frío, pero no tanto, y las calles del barrio de Palermo están tranquilas. En uno de sus bares, hay un escenario oscuro que espera la actuación de Carolina Peleritti. Pero la actriz, hoy, no interpretará ningún papel: esta noche será ella misma. Los músicos ya están listos sobre la tarima del local de Boris Club. De repente, se aplaca el murmullo y aparece Carolina –exótica y?escultural– sobre el último peldaño de la escalera caracol. Va de negro absoluto, con unas gasas que parecen alas. Y baja lenta, con los pies descalzos, como si levitara. 

Al cabo de unos segundos, ella rompe el silencio. “Vámonos vida mía” entona a capela mientras hace sonar un tambor pequeño y su voz profunda llena el local. Carolina cierra sus ojos oscuros cuando canta, por lo que no puede ver cómo las decenas de palmas aplauden con ganas al terminar el primer tema del recital. La semilla de estos aplausos habría que buscarla muchos años antes, antes aún de que despuntara la Peleritti actriz (la de las tiras de televisión, la del cine y el teatro), y antes de la Peleritti modelo (la que a los 16 años se fue a Europa a probar suerte en las pasarelas y a quien su madre fue a buscar meses después para reconducirla y traerla de nuevo al sur). Las raíces del canto se plantaron en su infancia, cuando era una niña curiosa que escuchaba “de todo” en el tocadiscos de casa: tango, clásica o folclore. 

“El contacto con la música en esa época forjó mis raíces. Luego, el tiempo pasó y crecí, y mis gustos también se fueron transformando. Escuchaba rock, jazz, bossa nova, los Beatles…”, cuenta lejos del micrófono y relajada. 

–Tu faceta más conocida es la de actriz. ¿Cómo te acercaste al canto?
–Tiene que ver con un proceso muy interno y muy profundo. En realidad, empecé a estudiar canto a los 18 años y, desde entonces, nunca más lo dejé. En ese momento, era un instrumento que me ayudaba a expresarme, porque yo era muy tímida y me costaba mucho hablar. Pero a medida que entrenaba, pude ir sacando la voz, y descubrí que la mía era muy arraigada y profunda. Al principio me daba mucho pudor y no se lo contaba a nadie. Pero le di el tiempo para que surgiera, y ahora fluye sin trabas. 

–Si la Carolina adolescente te viera ahora cantar, alucinaría. 
–(Risas). Sí, es que esa voz tenía mucho miedo a salir. Pero con paciencia empezó a tener caudal. 

–Junto con la voz, ¿qué otra cosa salió?
–Mi identidad. Y el sentimiento. El canto es la huella digital de cada uno. Todos tenemos una voz para expresar. Todavía tengo mucho que descubrir: este camino no termina nunca. 

–¿Y por qué elegiste el folclore?
–Cuando empecé a experimentar con el canto, me acompañaba todo el tiempo una pregunta muy importante: “¿Qué quiero cantar?”. Y redescubrí algo que ya estaba dentro mío: las zambas y todas esas músicas de cuando era chica. Me atraía su sensibilidad, su poesía. Hay mucha suavidad e  intimidad, y, a la vez, mucha potencia… El ritmo y el fuego de una chacarera o el sentimiento de una baguala o una cueca. Cuando comencé a probar me dije: “Es por acá”. Y de eso ya hace unos cinco o seis años. Solo necesitaba encontrar esa respuesta. 

–¿De niña escuchabas folclore?
–Sí, en casa se escuchaban todos los géneros. Recuerdo el día en que mi madre me llevó a un concierto de Mercedes Sosa. Yo tendría 8 o 10 años y la emoción que transmitía su canto no la olvidaré jamás. En mi casa, además, mi lala, mi segunda mamá, era de Santiago de Estero, y me hizo conocer el chamamé, la chacarera… Así que el folclore está muy arraigado en mi vida: me inspira fuerza, melancolía, tristeza, alegría.

–¿La primera vez en el escenario?
–Con mucha adrenalina. Fue hace cinco años, en Humahuaca, con el maestro Jaime Torres. Él organiza encuentros desde hace más de veinticinco años con la asociación que preside, Tantanakuy. Cantar allí, en ese paisaje, con esos músicos… En esos instantes es cuando uno se da cuenta de que se está abriendo algo. Y yo le di permiso para que eso nuevo naciera en mí. A raíz de eso surgió algo muy bello: Jaula abierta, un espectáculo que hicimos en Buenos Aires, en 2010, junto con otras cantoras: Teresa Parodi, Lidia Borda, Rita Cortese y Dolores Solá. Era una tertulia musical.

–¿Qué esperás encontrar en el canto?
–El canto me va mostrar cosas mías que ni yo sé. Es hermoso cantar. Es una de las expresiones más sagradas y hermosas. Tiene libertad, vuelo. 

Spinetta, el amor y la música 

“¿Alguien sabe si Spinetta sigue con la Peleritti?”. La frase circulaba por un foro de Internet en 2006, mucho tiempo después de que diarios y revistas anunciaran el romance “entre el Flaco y la Negra”. La relación empezó en agosto de 1995: él tenía 45 años, ella 24. El encuentro clave fue en Bariloche pero, aunque despertaron mucha expectación, dieron poca letra. En los cinco años que permanecieron juntos no hicieron casi ruido. En ocasiones, algunos medios repasaban el historial de los dos: Luis Alberto, con cuatro hijos y una mujer anterior con la cual el matrimonio había durado veinte años; Carolina, con el gancho sexual de una supermodelo que había atraído a Roberto Cepeda, Alan Faena, Nicolás Repetto, Gerardo Romano y David Lebón. 

Por eso, no pasó desapercibida, en 1999, la dedicatoria “Para mi amor, Carolina” incluida en el disco que Spinetta grabó junto a su banda. Luego, silencio. Tras la muerte del músico, en 2012, también. Solo se abrió una rendija meses después, en una entrevista que dio Carolina a la revista Playboy. Ella dijo sentir “un dolor enorme” con la partida del creador de “Muchacha ojos de papel”. ¿A qué viene todo este racconto? A que ella, además, reveló cómo él la hizo descubrir nuevos rincones de la música: “Con Luis compartimos mucha música. Me guió y me orientó, me enseñó a escuchar y a descubrir cantantes. Yo sabía quiénes fueron los Beatles, pero, gracias a él, ahora me llegan de otra manera. Él me hizo conocer a Bill Evans. Además de mi compañero, fue un maestro que me permitió encontrarme con cosas novedosas como el jazz, la música negra, el blues. Fue revelador”.

Y no soltó nada más. De nuevo, hermetismo. O, como ella prefiere nombrarlo, “reserva”. La misma que aplica cuando la consultamos sobre su declaración, de hace menos de un año, en la que afirmaba que sus sueños de ser madre y formar una familia permanecían intactos. Pero no… misterio. Lo que sí se vislumbra en el discurso de Carolina, y reiteradamente, son palabras como “abrir”, “nacer”, “nuevo”, “sentir”. Parece como un universo abstracto en el que uno está encerrado en el presente: el pasado es hermético (habla poquito de sus cuarenta y dos años anteriores) y el futuro no existe. Está indefinido. En el escenario sí confiesa sus deseos. Dentro del repertorio suenan Atahualpa Yupanqui, Gustavo “Cuchi” Leguizamón y Jorge Fandermole. “Cantar. Eso es lo quería”, dice, con la voz ya suelta. 

–¿Tenés algún ritual antes de actuar? 
–Cuando actúo como actriz, siempre paso por el mismo circuito para entrar en el escenario. Pero cuando canto no es lo mismo, porque quien actúa es mi persona. Es mi alma la que sube allí. 

–¿Valieron la pena tantos años de trabajo?
–Sí. Estoy feliz en este momento. Porque es algo verdadero. Porque hay una intuición muy fuerte dentro de mí que hizo que estudiara muchos años sin saber hacia dónde iba.  

–¿Dónde más encontrás la felicidad?
–En la naturaleza y en los animales que me rodean. En estar viendo el sol, las plantas y ser parte de todo eso. También en las personas, cuando se tienen encuentros profundos, cuando uno puede mirar a los ojos, cuando se siente querido y acompañado. Y en mis padres. Cuando habla de la felicidad, le sonríe la voz. “En el escenario siento como que estoy en casa. Tengo ganas de compartir eso que me da dicha”. 

–¿Querés que el canto lo llene todo y que sustituya también la actuación?
–El canto me va a llevar a donde me tenga que llevar. Sin especular y sin saltarme ninguna etapa. Vengo de un lugar tan profundo que después de este proceso no me interesa apurar nada. Me encanta actuar. Y uno crece y no se pelea con las cosas. Que cada una ocupe su lugar.  

Sensaciones

En el escenario del Boris Club, Carolina Peleritti se luce en Desde muy dentro de mí, junto a su banda compuesta por Marcos Di Paolo, Gaspar Tytelman y Diego Wainer. Los visitantes se regocijan cuando la ven cantando descalza o cuando suena un tambor. Y aplauden  cuando la primera invitada, la “Chiqui” Ledesma, entona “La zamba del catamarqueño” debajo de un poncho colorado. Aplauden de nuevo, un poco por inercia, con el segundo invitado. A este artista, Carolina lo presenta así: “Además de un compositor y cantor increíble, es un gran cocinero y un anfitrión. Lo conocí en el sur, en la Patagonia, en el marco de un paisaje en el que uno realmente puede ser”. Y acto seguido, vestido de negro y guitarra en mano, nos sorprende ¡Víctor Heredia!, quien puntea unos acordes y hace temblar su voz. Carolina se mece sobre la banqueta que está en el escenario. Y Víctor canta “Yo te desnudaba para ver cómo era el mar. Y el mar se enredaba a mis deseos de volar…”.

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