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Inolvidable


Por Mariano Petrucci.


Inolvidable
Así es Sandro. Así pretende ser la muestra que presenta su legado, patrimonio cultural argentino, cuando se cumplen cincuenta años de su carrera musical. Una colección privada e íntima que no tiene desperdicio.

Seguramente, le habría gustado celebrar sus Bodas de Oro arriba del escenario. Muy probablemente, primero en Rosario (ciudad a la que definía como su “novia”); después, en su segunda casa: el teatro Gran Rex, en Buenos Aires (su “amante”). No es una suposición. Más de una vez soñó con un último show que incluyera cada uno de sus éxitos –aunque, en rigor, apuntaba alto y fantaseaba con hacerlo a los pies del Obelisco, en la avenida 9 de julio–. No pudo ser. 

Con 64 años, Roberto Sánchez bajó los brazos en Mendoza, a las 20.40 del 4 de enero de 2010, al no poder superar las complicaciones que surgieron por el trasplante cardiopulmonar que debió hacerse por el enfisema pulmonar que le diagnosticaron en 1998 y que “talló artesanalmente” –como solía admitir, con humor– durante sus años mozos. “Murió el Elvis argentino”, publicaron los diarios de Estados Unidos, país que fue testigo del boom: fue el primer latinoamericano que cantó en el Madison Square Garden.

Sandro ya había dicho adiós bastante tiempo atrás. Su última vez sobre las tablas fue el 16 de mayo de 2004, cuando tuvo que suspender, a sus 59 años, el espectáculo La profecía, debido a un debilitamiento preocupante de su salud: luego de la función, su frecuencia cardíaca era de 180 latidos por minuto. Al borde del infarto, sus doctores le aconsejaron: “Si querés suicidarte, hacelo de otra manera”. Ya había echado mano a todos los recursos para no colgar la bata roja: en 2001, para los shows de El hombre de la rosa, utilizaba tubos de oxígeno conectados al micrófono o a una rosa artificial que colocaba sobre el piano y simulaba oler, entre cada canción.

Es que siempre se resistió a tirar la toalla. A lo sumo, la regalaba, como les contestaba a sus “nenas” cuando se la pedían desde la platea, una vez que el astro se secaba con ella su transpiración tras mucha agitación. Esa es la imagen que dejó: la de un hombre que se entregó de lleno, hasta en el suspiro final en su lucha por vivir.

Precisamente, en este 2013, su vasta carrera musical sopla cincuenta velitas (se evoca el lanzamiento de su álbum ¿A esto le llamas amor?). Para homenajearlo, se realiza una exposición donde se exhibe, por primera vez, su universo íntimo, ese del que era celosísimo y al que solo podían acceder quienes atravesaban el inmenso e impenetrable paredón blanco de su casona de Banfield. Son ni más ni menos que los tesoros de un hombre que desató pasiones, una figura que trascendió fronteras y generó vanguardias, un artista al que no le costó convertirse en un verdadero fenómeno nacional y mundial. 

Con la venia de Olga Garaventa, la única que lo hizo “poner el gancho”, y bajo la dirección de Alejandro Salade, director de la Fundación Miguel de Molina, la apuesta tiene como objetivo dar a conocer aspectos nunca antes vistos de la vida profesional y personal de este ícono de íconos. 

Desandar Yo, Sandro. Un mundo de sensaciones es una auténtica tentación para cualquier fan que se precie de tal. Allí podrá contemplar su vestuario original (obvio, está la bata roja); sus premios y distinciones; sus autos (un Mercedes-Benz cupé y un Rambler Ambassador); sus letras manuscritas (borradores, correcciones y partituras de “Rosa, rosa”); su colección de guitarras y teclados; fotografías inéditas; sus películas y discos; sus tapas de revistas; retratos, cartas y rosarios que le obsequiaron; sus pertenencias más queridas (como el anillo grabado con el signo de Leo); los dibujos que hacía en la computadora… y sus recetas de cocina. 

Sí, leyó bien. Don Sánchez, así le gustaba que lo llamen puertas adentro, era un eximio chef. A la vez, era un bon vivant al que le encantaba degustar su martini –aun cuando la dieta no se lo permitía– y cenas sofisticadas (el almuerzo lo pasaba de largo porque se levantaba pasadas las dos de la tarde, por lo que directamente merendaba). De hecho, Olga suele recordar su exquisito y exigente paladar. Una vez que se mudó con “Rober” –como le decía ella–, descubrió que la mesa debía servirse cual restaurante: con vajilla finísima, entrada, plato principal y postre. Y nada de milanesas con papas fritas: el cantante solicitaba comidas gourmet. ¡Hasta la mandó a Olga a hacer un curso de cocina! Un personaje. Un loco lindo.

Todo esto se respira en cada rincón del Centro Cultural Borges. Vaga por cada recoveco el espíritu de este hombre que vendió más de veinte millones de placas a lo largo y a lo ancho del planeta; que hizo 49,7 puntos de rating en su debut televisivo; que encabezó once largometrajes; que escribió “Tengo”, ubicado en el puesto número quince entre los mejores temas de la historia del rock argentino, por la cadena MTV y la revista Rolling Stone; que alcanzó el récord de cuarenta noches consecutivas en el Gran Rex, donde convocó a más de ciento veinte mil espectadores; que fue despedido por más de cincuenta mil personas en su velorio en el Salón de los Pasos Perdidos del Congreso de la Nación y acompañado por más de cien mil almas en su cortejo fúnebre. Sandro es leyenda. Puede comprobarlo. “Nenas”, a no abstenerse.

Dónde visitarla

La muestra está montada en el Centro Cultural Borges. El emblemático edificio, declarado Monumento Histórico Nacional en 1989, se encuentra en la calle Viamonte, esquina San Martín (CABA). Las puertas están abiertas de lunes a sábados, de 10 a 21; y los domingos, de 12 a 21. Menores de 12 años, sin cargo. La idea de los organizadores es que la exposición, en un futuro, recorra el país. 

Más información:
www.ccborges.org.ar


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