INVESTIGACIÓN


Qué hay dentro del cerebro


Por Victoria Pérez Zabala..


Qué hay dentro del cerebro 

¿Cómo pensamos, decidimos, imaginamos, juzgamos, aprendemos, recordamos, olvidamos? En los últimos años, creció el interés por saber cómo funciona el cerebro humano. Los avances que ya pican en punta. Quienes investigan ya no son científicos ermitaños, encerrados en oscuros reductos. En los laboratorios actuales, se reúnen y trabajan en forma multidisciplinaria antropólogos, filósofos, físicos, ingenieros, matemáticos, neurólogos, biólogos y psiquiatras para descubrir los secretos del órgano más complejo del universo, el único que intenta entenderse a sí mismo.  

De alguna manera, y después de haber sido develados casi todos sus misterios, el corazón dejó de ser el protagonista. El foco pasó al centro del sistema nervioso: allí residen nuestros odios y emociones, nuestra memoria, nuestra historia. “Somos cerebros con patas. Abrís The New York Times y una vez por semana hay una nota sobre el cerebro. Lo mismo pasa con el Times de Londres o El País de España. En la Argentina, las neurociencias están de moda porque es un fenómeno a escala mundial; aquí hay grupos que están empezando a investigar un terreno que era virgen”, explica Facundo Manes, director del Instituto de Neurología Cognitiva (Ineco) y director del Instituto de Neurociencias de la Fundación Favaloro.

Distintos ámbitos del conocimiento adquirieron una “neuro” dimensión. Esto se observa en la aparición de disciplinas inéditas, como la neuroeconomía, la neuroteología, la neuropolítica, la neuroeducación y el neuromarketing. Antes, los neurólogos debían esperar a que una condición horrible acechara al paciente para analizar el cerebro. Hoy, en cambio, pueden visualizar qué pasa cuando uno crea, imagina, piensa o resuelve un problema. 

“Hoy en día, sabemos que el cerebro pudo haber evolucionado gracias a nuestra capacidad de interaccionar con otros y de ‘leer’ la mente ajena: inferir las intenciones, deseos, emociones o creencias”. Agustín Ibañez

Jimena Ricatti y Laura Caltana son dos médicas que trabajan incansablemente y con dedicación exclusiva en la tarea académica e investigativa en el Instituto de Biología Celular y Neurociencias Profesor De Robertis, ubicado en la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires (UBA). 

“Ahora, están los medios para trabajar; por ejemplo, la tecnología con las resonancias magnéticas funcionales”, señala Ricatti, que es doctora en Neurociencias. Por su parte, Caltana, que está terminando su doctorado en Ciencias Biomédicas, opina: “La tecnología hace su aporte, así como la capacidad de manipular los genes. Tenemos animales modificados genéticamente que permiten el estudio de todo tipo de patologías neurodegenerativas. Los avances también se deben a los equipos multidisciplinarios: hay médicos, bioquímicos, físicos, biólogos, ingenieros y biotecnólogos trabajando en un mismo tema”.

¿Cómo funciona la mente? ¿Qué molécula es la que activa el reconocimiento de una cara, el reconocimiento de un recuerdo? Estas preguntas empiezan a tener su respuesta. “Era un dogma que las neuronas no proliferaban luego del nacimiento, que nacemos con aquellas que vamos a mantener toda la vida. Hace veinte años, un investigador mexicano, dirigido por otro argentino, descubrió que el cerebro tiene la capacidad de generar nuevas neuronas relacionadas con el olfato y la memoria. Lo que se está intentando ahora es estudiar esas neuronas que proliferan para renovar las células que están muriendo en enfermedades como el mal de Parkinson y el Alzheimer. Es decir, la neuroregeneración en función de reparar la neurodegeneración”, explica la doctora Ricatti.

De proyectos y hallazgos

Actualmente Ricatti, que acaba de partir hacia Italia para realizar un posdoctorado en la Universidad de Padova, se aboca al olfato: “En la mucosa olfativa hay células que tienen la capacidad de regenerarse continuamente. Cuando envejecemos, esas células pierden tal capacidad: funcionalmente, se termina oliendo menos. Por eso, la gente mayor tiene mucho perfume o no se da cuenta de que huele mal. Se pierde  la capacidad de detectar un escape de gas o la pasión por la comida. La pérdida del olfato en los adultos mayores es la primera señal de la aparición de una enfermedad neurodegenerativa. Por eso se controla, aunque en nuestro país este examen no está estandarizado. 

El test consiste en reconocer olores en unas tiritas. Se va evaluando qué cantidad de tal o cual compuesto uno necesita para distinguir el olor. Muchos pacientes con Parkinson mencionan la anosmia –pérdida del olfato– como el primer síntoma de su enfermedad. De hecho, pueden pasar cinco años antes de que se manifieste de lleno el diagnóstico. Hoy por hoy, se está postulando que algunos tipos de Parkinson pueden ser causados por un virus que ingresa por el epitelio olfativo. Quizá, las enfermedades que afectan el sistema nervioso ingresan por ahí. Tal vez esta sea la puerta de entrada. Por el momento, experimentamos con ratones y ratas”.

Caltana busca fármacos que puedan proteger al cerebro en caso de un accidente cerebrovascular (ACV). El infarto cerebral es la segunda causa de muerte en el mundo y la primera causa de alteraciones neurológicas, como parálisis, problemas en la memoria, el olfato y la visión. Por eso, el interés conjunto, académico y de la industria farmacéutica, en dar con el tratamiento adecuado para evitar las secuelas. 
Un ACV se produce porque se ocluye (se tapa) una arteria o porque se rompe. La única terapia posible es en el caso de los pacientes que tienen la arteria obstruida, pero solo se puede hacer hasta seis horas después de sufrido el ACV. Pasado ese tiempo, ya no es efectiva y aumentan los riesgos de aplicar esa terapia.

“En estos casos el cerebro se queda sin oxígeno, sin nutrientes, y las neuronas mueren. Trabajo con unas drogas que actúan sobre los receptores canabinoides, que son los mismos sobre los que actúa la marihuana, reparando las neuronas dañadas. Todavía hay que ajustar las dosis”, subraya Caltana, quien, asimismo, estudia los efectos nocivos del tratamiento con canabinoides a largo plazo. “Producen degeneración neuronal en adolescentes. En un estudio realizado en Australia, se probó cómo disminuía la capacidad cognitiva de los adolescentes que consumían marihuana, a la vez de la capacidad de aprender y el rendimiento intelectual. A pesar de que luego dejaran de consumirla, el daño estaba hecho”, alerta Caltana.
 
Grandes avances, aportes concretos 

“Gracias a los avances de las neurociencias, si un chico no puede mover los brazos ni las piernas, puede mover un mouse con el cerebro”, se enorgullece Manes, quien publicó  trabajos científicos en prestigiosas revistas internacionales, como Brain y Nature Neuroscience. Y remarca: “El descubrimiento de la base molecular de muchos trastornos psiquiátricos, el reconocimiento de las intenciones y la empatía, las drogas psicotrópicas, la neurobiología de las decisiones morales y las moléculas que consolidan o borran recuerdos nos parecen notables por sus repercusiones sociales y culturales”.

Por esta razón, últimamente, no son solo los científicos los interesados en el cerebro. Educadores, economistas y políticos están discutiendo sobre este tema. “Hoy en día, sabemos que el cerebro pudo haber evolucionado gracias a nuestra capacidad de interaccionar con otros y de ‘leer’ la mente ajena: inferir las intenciones, deseos, emociones o creencias”, agrega Agustín Ibáñez, director del Laboratorio de Psicología Experimental y Neurociencias (LPEN) de Ineco. Otro de los avances, según puntualiza este investigador del Conicet, es el conocimiento de la plasticidad cerebral como un rasgo intrínseco de nuestro cerebro asociado al aprendizaje.

“La capacidad de percibir las intenciones, los deseos y las creencias del prójimo es una habilidad que aparece alrededor de los 4 años. El cerebro, por su lado, alcanza la madurez entre la segunda y la tercera década de la vida”.Facundo Manes

El español Santiago Ramón y Cajal, padre de las neurociencias cognitivas y ganador del Premio Nobel de Medicina en 1906, creía que no era posible entender cómo la conducta humana podía ser tan flexible, adaptativa y cambiante con una base cerebral tan estructural y rígida. “Ahora sabemos que nuestro cerebro es un órgano eminentemente plástico y que, cuando hay aprendizaje de cualquier tipo, ocurren cambios en él. Por ejemplo, las experiencias adversas durante períodos críticos –abuso y violencia– producen secuelas a largo plazo en la evolución del cerebro. El lenguaje, el dominio del cuerpo y el pensamiento abstracto, por caso, dependen de aspectos madurativos del cerebro. Y parte del aprendizaje depende de la consolidación cerebral que ocurre durante el sueño”, detalla Ibañez. O sea que el mito que afirma que usamos solo el diez por ciento de nuestro cerebro… queda derribado.

Empatía cerebral 

“Para poder entender por qué sentimos amor, por qué mentimos, cómo hacemos para recordar hechos del pasado o para imaginar el futuro, se requiere la integración de estudios de investigación en múltiples niveles. Hay que examinar el cerebro desde lo clínico y lo conductual, apoyados en las neuroimágenes, la fisiología, la química y la biología”, comenta Ezequiel Gleichgerrcht, profesor asociado en la carrera de Psicología de la Universidad Favaloro. 

El también codirector del Instituto de Neurociencias de Ineco está trabajando para comprender cómo impacta la empatía de los médicos en su capacidad para atender pacientes, la del docente para enseñar, y cómo la empatía modula conductas en poblaciones carcelarias. “Con esto intentamos generar resultados que tengan implicancias desde distintos ángulos: realizar aportes teóricos al funcionamiento del cerebro, contribuir con hallazgos que sean relevantes para grupos patológicos o contextos específicos, y generar aplicaciones que puedan mejorar la calidad de vida de pacientes y de toda la población”, destaca Gleichgerrcht. 

Y prosigue: “Describimos la red neuronal que interviene en la empatía: el proceso por el cual logramos ponernos en el lugar del otro, e inferir sus sentimientos y pensamientos –y entender que son distintos a los nuestros–. La empatía puede afectarse en distintos trastornos neurológicos y psiquiátricos, y puede ir modificándose en distintas situaciones y contextos. Es alucinante el avance que se logró en el campo de la cognición moral: el proceso por el cual los humanos evaluamos qué está bien y qué está mal, y decidimos cómo actuaríamos frente a un dilema o una transgresión moral”.

Manes ahonda sobre este concepto: “La capacidad de percibir las intenciones, los deseos y las creencias del prójimo es una habilidad que aparece alrededor de los 4 años. El cerebro, por su lado, alcanza la madurez entre la segunda y la tercera década de la vida”.
En los últimos decenios aprendimos más del cerebro que en toda la historia de la humanidad. Para dentro de cinco a diez años, las neurociencias se preparan para protagonizar una verdadera revolución. A esperar.

Neuronas espejo y regeneración

Las neurociencias permitieron el descubrimiento de las “neuronas espejo”, que se estima son importantes en la imitación. Y también el hecho de conocer que las neuronas pueden regenerarse y establecer nuevas conexiones en algunas partes de nuestro cerebro, al tiempo que se pierden otras. En el ser humano, tanto las neuronas del epitelio olfativo como las del hipocampo tienen la capacidad de regenerarse durante toda la vida del individuo. El descubrimiento de esa capacidad regenerativa en los mamíferos fue uno de los mayores aportes de la neurociencia del siglo XX.

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