ACTUALIDAD


El más codiciado


Por Mariano Petrucci.


El más codiciado
Por las mujeres, por los paparazzi, por Hollywood… George Clooney regresa a la pantalla grande, primero con Sandra Bullock y después con Matt Damon –en este caso se pone también en el papel de director–. Confidencias de un eterno galán solterón.

El festejo fue en Alemania y, por cierto, bastante austero. Sopló las 52 velitas, rodeado de amigos. Fieles y famosos amigos, como Matt Damon, Bill Murray, Cate Blanchett, Jean Dujardin, Bob Balaban, Hugh Bonneville y John Goodman. Y no mucho más. No hubo borracheras (esas que lo tuvieron a mal traer más de una vez), ni trasnochadas (“Hay un enorme malentendido sobre mi persona: no vivo de juerga continua ni de exceso en exceso; las cosas son mucho más simples de lo que todos imaginan”, suele defenderse). Apenas una cena en un restaurante, con salida obligada a la calle para estamparles un par de autógrafos a los fans que se agolpaban en la puerta. “Así fue mi fiesta. Ya lo celebraré más adelante”, se resignó.

Eso fue en mayo y, tal vez, George Clooney –de él hablamos– ya venía de capa caída. Dos meses después se confirmaría una nueva separación: esta vez, de la escultural Stacy Keibler (de 33 primaveras), con quien novió por dos años. “Al tiempo se cansan de mi trabajo, de los viajes… No las culpo”, confesó él. Y eso es verdadero en el caso de la actriz, modelo y exluchadora estadounidense: los rumores coinciden en que ella lo dejó porque sueña con formar una familia. Final repetido para uno de los sex symbols más aclamados del planeta: se sabe, el canoso de sonrisa ladeada no quiere tener hijos. “La gente no puede comprender que alguien no desee lo que la mayoría sí. Yo soy sincero: no sería un buen educador. Prefiero hacer de tío loco en casa de Brad; es mucho más divertido”, afirmó sobre su relación con los purretes de su entrañable compinche Pitt. 

Con Keibler, la máxima se respetó a rajatabla. Como siempre. Es que si repasamos  los epílogos de sus vínculos amorosos, subyace una insólita ausencia de escándalos y declaraciones cruzadas. Es difícil que las “viudas” de Clooney (algunas de ellas: Deedee Pfeiffer, Kelly Preston, Talia Balsam –la única con la que se casó en 1989; se divorciaron en 1993–, Celine Baitran, Krista Allen, Lisa Snowdon, Sarah Larson, Elisabetta Canalis) lo critiquen o ventilen intimidades. Al parecer, nada (ni nadie) puede con su don de caballero, ese que lo hace desempolvar la billetera y abonar la cuenta de la mesa de al lado si un día discute con amigos y considera que molesta con sus gritos a los comensales vecinos. La anécdota es constatable. Ocurrió. 

Con el corazón con agujeritos (¿aunque quién duda de que debe de estar bien acompañado?), este hombre nacido un 6 de mayo en Lexington –Kentucky–, ganador de un Oscar por Syriana (como actor de reparto) y otro por Argo (como productor) se aboca en la actualidad, cien por ciento, a su faceta profesional.

Su cumpleaños lo encontró en tierras bávaras, más precisamente en Berlín, Goslar y la cordillera de Harz. ¿Por qué? Es que por esos pagos rodó, durante tres meses, The Monuments Men, el film que dirige y protagoniza, basado en el libro de los escritores Robert M. Edsel y Bret Witter. Situado durante la Segunda Guerra Mundial, allí se narra la historia de siete hombres que se adentran en el régimen nazi, enviados por el presidente norteamericano Franklin Roosevelt, para recuperar las obras de arte sustraídas por el ejército hitleriano y devolverlas a sus respectivos propietarios.

Pero antes de este estreno, que arribará a la pantalla grande a fin de año, Clooney compartirá cartel en octubre con Sandra Bullock en Gravedad, del mexicano Alfonso Cuarón. La trama gira alrededor de la doctora Ryan Stone, una brillante ingeniera que afronta su primera misión en un transbordador espacial, y de Matt Kowalsky, un veterano astronauta que encara su último vuelo antes de retirarse. Todo se complica (qué raro, ¿no?) cuando el transbordador se destruye, y Ryan y Matt quedan completamente aislados, atados el uno al otro flotando hacia la nada. 

La dupla Bullock-Clooney levantó el telón del 70º Festival de Venecia, ciudad a la que este fanático del Cabo San Lucas a la hora del relax aterrizó con una camiseta que promocionaba el tequila que él mismo produce y comercializa. “¿A quién le importa cuánto recauda una película? Entiendo los millones de dólares que se mueven en torno a la industria, pero me interesa hacer cine que el público recuerde. En mi vejez, quiero que se acuerden de mí por cinco o diez largometrajes que perduren en la memoria. 

Tener un Oscar es muy lindo para poner encima de la tumba. Lo mismo me pasa con el espíritu competitivo: son tonterías. Lo reconfortante es que los demás aprecien lo que hacés”, definió. Y prosiguió: “Hoy solo me inclino por buenos guiones, excelentes compañeros y mejores directores: ese trío es el que marca la diferencia. A esta altura, tengo la fortuna de poder elegir”.

Y eligió. En 2014 lo aguarda Tomorrowland, de Brad Bird (Los Increíbles, Ratatouille, Misión imposible: protocolo fantasma). Su coequiper en esta cinta de ciencia ficción made in Disney (trascendió que a los espectadores los remitirá a Encuentros cercanos del tercer tipo, clásico de Steven Spielberg) será, nada más y nada menos, que Hugh –Dr. House– Laurie. Pero para esto habrá que esperar.

Linaje sobre tablas

Hay individuos con el destino trazado. George Timothy Clooney probablemente sea uno de ellos. Su padre, Nick, fue un presentador de televisión muy popular, lo que lo hizo acostumbrarse de pequeño a la luz de los flashes. Pero en el árbol genealógico hay más artistas: sus tíos, la cantante y actriz Rosemary y el actor José Ferrer (en 1950 se alzó con el Oscar por su papel en Cyrano de Bergerac). Y los hijos de este matrimonio: Miguel y Rafael. 

Sus primos fueron quienes lo incentivaron a “jugar” a esto de interpretar frases como “Ser o no ser…” y lo fueron metiendo, poquito a poco, en el ambiente, invitándolo a ser parte de filmes de bajo presupuesto. Tras comprobar que no tenía suficientes dotes para dedicarse al béisbol (otra de sus pasiones), empezó a ir a castings…. de un modo peculiar: solía asistir con su perro, motivando el asombro de propios y extraños que se miraban entre sí, absortos.

Después de participaciones menores, conoció la fama con la serie televisiva ER, que lo catapultó al estrellato. A medida que se agigantaba su reputación de galán, se engrosaban sus arcas bancarias y su filmografía: Un día muy especial, Un romance peligroso, Tres reyes, la saga de La gran estafa, La tormenta perfecta, El amor cuesta caro, El ocaso de un asesino, Batman y Robin (un revés mayúsculo en su trayectoria), Intriga en Berlín, Amor sin escalas, Quémese después de leerse y Los descendientes, son solo algunos de sus tantísimos títulos. 

“En esta carrera, se necesita un golpe de suerte. ER fue el mío. Pasé del anonimato absoluto a que me llovieran propuestas que nunca antes había conseguido”, admitió. Paralelamente, llegaron esos deslices de toda celebrity que se precie de tal, los que asumió públicamente: “Pasé por fases en las que bebía mucho. La seguidilla de resacas era intolerable hasta que pude decir ‘basta’. A la vez, existió una época en la que vivía enojado, conmigo mismo y con los demás. Tenía ataques de celos, rompía mis palos de golf o mis raquetas de tenis. ¡Y eso que me iba bien laboralmente! No sé por qué me sucedía… Gracias a Dios, todo eso ya pasó”.  

La libido, como ya lo mencionamos, la tiene puesta en cada uno de los millonarios contratos en los que estampó su firma. Claro que, si él pudiese, se correría del frente de la cámara y se ubicaría detrás de ella para profundizar su rol de director. Esto es algo a lo que le tomó el gustito con Confesiones de una mente peligrosa y que siguió despuntando con Buenas noches, y buena suerte, Jugando sucio y Secretos de Estado. “Como director, cometí muchos errores. 

Como actor, también. Pero en esos momentos aparecen los amigos, esos que no se pasan el día entero adulándome y diciéndome que soy perfecto”, admitió quien, aunque usted no lo crea, es muy solicitado, pero está lejos de los cachets de, por ejemplo, Tom Cruise, Leonardo DiCaprio o Adam Sandler. Y sobre su modus operandi en los sets, deslizó: “Suelo perder rápido la paciencia y soy de los que tienen el síndrome de atención deficitario. Pero, sobre todas las cosas, me intimida el talento ajeno. ¿Cómo lo llaman? ¿Envidia sana? (risas). ¡Ah! ¡Y le tengo terror al fracaso!”. ¿Quién no? Al fin y al cabo, aunque ellas suspiren y piensen lo contrario, es un mortal. De carne y hueso.

La intimidad del ídolo

•Un aplauso para el asador: ama hacer cordero a la parrilla.
•Padece dolores crónicos desde que sufrió una caída durante el rodaje de la película Syriana, que le causó un derrame en la espina dorsal.
•Tiene colesterol elevado y duerme poco (toma pastillas para conciliar el sueño). Le encanta tomar cerveza y mirar la serie South Park.
•Cuando era chico tuvo una parálisis facial periférica. Sus compañeros de curso lo apodaron “Cloon-dog”, por la forma de perro que había adoptado su rostro.
•Es cero metrosexual: nunca fue ni a la manicura ni a la pedicura. Muchas veces, hasta se corta el pelo él mismo. ¿Le creemos?
•No le gusta ir al gimnasio. Prefiere ejercitarse jugando al básquet o andando en bicicleta.
•Asistió a la universidad para estudiar periodismo… Pero abandonó al poco tiempo.




nueva, todos los domingos con:


El Norte La Capital Nuevo Diario El Día La Gaceta Rio Negro Primera Edición Uno - Mendoza Uno - Entre Ríos Uno - Santa Fe Diario Norte Puntal - Córdoba La Nueva Diario Democracia El Independiente Diario Norte