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“Sin antinomias no se puede vivir”


Por Carlos Baudry.


“Sin antinomias no se puede vivir”
Lo afirma Rodolfo Braceli, quien, en su último libro, demuestra que en el fútbol, como en la vida, los seres humanos solemos repetirnos. Además, opina que rivalidades como las de River y Boca revelan lo más profundo de nuestro ADN nacional.

Tal vez no sea patrimonio de estos pagos y ocurra en todo el mundo. Nos referimos a esto de que los chicos de un barrio se peleen con los del otro vecindario. O los de una escuela con los de otra, lo mismo da. En una mirada bien salvaje, vendrían a ser como animales que defienden su territorio. Rodolfo Braceli está de acuerdo con esta lectura: “Existen similitudes en los comportamientos de animales y humanos. Pero soy de los que piensan que nosotros vamos mucho más allá del elemental acto de marcar el territorio. 

Los animales no luchan hasta la muerte con los miembros de su propia especie; los humanos sí. Uno de los conceptos que maneja, por ejemplo, el austríaco Konrad Lorenz es que la destructividad del hombre… muchas veces acaba con el hombre. Debiéramos aprender de los animales, que se agreden, pero hasta cierto punto. Nosotros, en cambio, usamos hasta herramientas para matarnos. A veces, no nos basta con ‘vencer’ al otro, tratamos de ‘aniquilarlo’”. 

Esa idea de rivalidad es la que el periodista y escritor aborda en su más reciente libro, Querido enemigo, para el que elaboró cuentos en los cuales el fútbol se tutea con la literatura, con un estilo tan directo como terso. Braceli hace pie en este deporte porque considera que, en reiteradas ocasiones, espeja comportamientos destructivos. “Aunque echarle la culpa al fútbol es una comodidad”, aclara.

–Explayate un poco más…
–Supongamos que no existiese el fútbol, ¿no habría hambre, guerras ni genocidios en el mundo? Creo que, aparte de ser un juego prodigioso, puede presentarse como una oportunidad para autoconocernos. Es el espejo que mejor nos espeja.

–¿Qué espeja? 
–Nuestros complejos de superioridad, que son de inferioridad; nuestro racismo social; la violencia de los barras bravas y de los bien vestidos; nuestras supersticiones convertidas en religión y nuestra religión convertida en superstición; una sociedad ciclotímica; nuestras euforias y depresiones; nuestros saltos desde el amor por lo propio hasta el enceguecido amor propio. Pienso que no hay ninguna actividad ni suceso humano que nos provea de más linternas para alumbrar nuestros recovecos. No debiéramos enojarnos con el espejo, ni romperlo.

–Rodolfo, en tu libro sacás a relucir el asunto de las antinomias.
 –Justamente, el fútbol permite alumbrar las antinomias. A partir de ese apocalipsis de River que fue su descenso al Nacional B, observé también qué pasó con el “enemigo” Boca.

–¿Y qué pasó?
–Se entró en una rara instancia en la que la cargada empezó a desteñirse. Asomó el desasosiego por la falta de “enemigo”. Las antinomias están selladas en nuestro ADN. Yo uso a River y Boca como metáfora, podría haber escrito los mismos cuentos con Estudiantes y Gimnasia de La Plata, con “Ñuls” y Rosario Central, o con Talleres y Belgrano de Córdoba. Y podemos agregar: Fangio y Gálvez, Chevrolet y Ford, federales y unitarios, Borges y Sabato, Prada y Gatica, Nélida Lobato y Zulma Faiad, las empanadas con mucha cebolla o poca cebolla… La antinomia, para bien o para mal, les da pulso a nuestras vidas.  

–¿Cómo comenzó la antinomia Boca-River? ¿Es anterior al momento en que Los Millonarios se mudaron a Núñez?
–Creo que es anterior a la mudanza de barrio. Si River hubiese seguido en la Boca, la rivalidad seguiría intensa. Pasa con Independiente y Racing: en ese pedacito de mapa porteño que es Avellaneda, conviven furiosamente a unas pocas cuadras.

–¿Qué creés que es necesario para que un boquense de ley acepte como amigo a un riverplatense también convencido? 
–A la pregunta le añadiría: “O viceversa”. Conozco a decenas de amigos y hasta de hermanos y matrimonios que conviven, pese a que uno y otro hinchan por colores opuestos. La amistad, la hermandad y el matrimonio no disuelven la antinomia. Aunque suene contradictorio: sin antinomias no se puede vivir, y menos si uno es argentino.
 
–El hecho de que haya tantas antinomias, ¿tiene que ver con lo mejor o con lo peor del ser humano? ¿Tiene remedio?
–Tiene que ver con la naturaleza humana. Lo que debiera observarse, para corregirse, es que la especie humana es la única que atenta, en un porfiado suicidio, contra  su propia sobrevivencia. Vale la pena –y la alegría también– observar cómo las antinomias futboleras se anidan en matrimonios, entre hermanos, entre vecinos. Y, reitero, el vínculo no se pierde: persisten las cargadas, las discusiones furiosas, los enconos. Nos recuerda Konrad Lorenz que un tal Freud explicaba lo apretadamente ligados que están la agresividad y el amor humanos.

–En tus cuentos esto se da una y otra vez. ¿Lo buscaste sistemáticamente?
–No. Todo empezó con un oyente de Alejandro Apo que me hizo notar que en la ficción había hecho convivir a Ángel Labruna, ídolo de River, con un maestro de frontera, Estupor Corcuera, fanático de Boca. Esta rara instancia de convivencia en armonía, al menos por un rato, se fue dando en otros relatos, por ejemplo entre dos cuchilleros, uno de Boca y el otro de River, que suspenden el duelo por unas horas para poder escuchar el clásico de los clásicos. Con mis cuentos no busco un paraíso de reconciliaciones, pero sí intento demostrar cómo, llegado el caso, los enemigos pueden convivir, sin que la antinomia pierda intensidad.   

–El cuento del tipo que llora con lágrimas celestes de un ojo y rojas del otro tiene un espíritu surrealista. De haberlo leído, Dalí lo habría pintado. ¿Lo interpreté bien?
–Tal como decía el sumo ciego, don Borges, el lector es realmente autor. La interpretación referida a Dalí me halaga. Uno, cuando escribe, escribe sin darse cuenta. Muchas veces, se arroja al vacío, sin red. Después viene el lector y lo significa. Y lo aviva a uno.

–Tu simpatía por personajes como el “Burrito” Ortega o por Corbatta, ¿no te hicieron exagerar sus méritos?
–Los exagerados, en cuanto a talento, fueron ellos. Me asomé a esos dos ídolos para mostrar que, como tantos ídolos, son vulnerables, terminan desguarnecidos más allá de las ovaciones que el viento se llevó.

–Lo que dice Héctor Tizón acerca de que el fútbol es un pretexto para meditar sobre lo esencial de la vida, ¿no es una exageración?
–Tizón dijo esto a partir de su lectura de alguno de mis cuentos. Para mí, sus palabras, tan generosas, son como una condecoración, porque él se reconocía muy ajeno y desinteresado por el fútbol. Insisto: estamos hablando de un juego prodigioso, que nos provee de herramientas extraordinarias para asomarnos a los goces y absurdidades de este pestañeo que es la vida. Tal vez, esto suene a exageración, pero creo que Shakespeare, Cervantes y Dostoievski, de vivir en este tiempo, se habrían metido con sus escrituras a penetrar en ese caracol infinito que es la condición humana.

–Abogás para que los cuentos sobre el fútbol no sean subestimados y se los juzgue con la misma vara que los de ciencia ficción. ¿La cuestión no es escribir con ganas, con vocación, con oficio y con talento, independientemente del tema que se trate?
–Sí, esa es la cuestión. Sería saludable que los académicos y muchos de los críticos estelares dejen de mirar a la literatura futbolera con condescendencia, como algo menor, de cabotaje. Observemos que Fontanarrosa y Soriano necesitaron enfermarse y morirse para ser considerados como correspondía.

–¿Qué puede hacerse para convencer a los detractores del fútbol que si el mundo entero se paraliza cuando hay un Mundial, por algo será?
–Poco se puede hacer para modificar los gustos. A algunos les gusta el jazz y otros lo pasan de largo. Hay quienes prefieren el ballet y la ópera, y están los que no toleran nada de eso. Lo que no me parece de mollera bien cerrada es despotricar contra el fútbol, sobre todo si la persona es una analfabeta del juego. Se recomienda hablar sobre lo que se entiende. Criticar lo que se ignora es una costumbre de algunos que, cuando eso hacen, dejan de ser intelectuales para recibirse de intelectualudos. En boca cerrada no entran moscas. Ni salen.  

–¿Jugabas al fútbol en Luján de Cuyo? ¿Cómo te fue?
–Sí y me encantaba. Jugaba en Carrodilla, en el límite de Luján de Cuyo, y lo hacía, a la vez, en el colegio Don Bosco, a donde mi padre me mandó aun siendo agnóstico y socialista. En el colegio comentaba los partidos en los que yo mismo participaba. Escribía una crónica y la pegaba en una pizarra. Hasta elegía “la figura del partido”. Dos por tres, “la figura” era yo. Así descubrí la tan mentada “objetividad periodística” (risas). Yo jugaba de 5, era un “centrojá” muy “conversador”. Pero debí largar el fútbol en plena adolescencia…

–¿Alguna lesión grave?
–Miopía. Con anteojos no se podía jugar. Y sin anteojos yo no llegaba ni a la cancha.

–Sos un futbolista frustrado entonces…
–Frustrado, pero hasta ahí nomás. Entre mis libros, ya edité tres de fútbol: el reciente, y antes Perfume de gol y De fútbol somos. Digamos que me saco el gusto escribiendo cuentos, me valgo de la prodigiosa impunidad de la ficción. Mientras tanto, trato de asomarme a la condición argentina y voy sacando algunas conclusiones…

–¿Por ejemplo?   
–Que los argentinos somos hijos de la euforia y la euforia es solo depresión al revés. Que hemos sido sembrados para el exitismo, por los medios. Que somos más racistas de lo que parece. Que ser argentino no es nada del otro mundo: es algo que le puede pasar a cualquiera. 
Quién es Rodolfo Braceli titulo

Mendocino oriundo de Luján de Cuyo, periodista de los mejores, escribió libros como El último padre y Don Borges, saque su cuchillo que he venido a matarlo. También, obras de teatro, como Y ahora, la resucitada de la violenta Violeta, y biografías de Julio Bocca y Mercedes Sosa.

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