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La supervivencia emocional


Por Agustina Tanoira.



El siglo XXI va a ser el siglo de la supervivencia emocional 

Para la filósofa española Elsa Punset, que estudió en Oxford, comprender y entrenar nuestras emociones es el único secreto para una vida más relajada, optimista y feliz. En su último libro ofrece infinidad de argumentos y consejos para cambiar positivamente nuestra manera de vivir. Cuenta que cuando ella era pequeña nadie hablaba de las emociones y que la psicología, como la medicina, era para los locos o los enfermos. Por eso, en busca de respuestas, Elsa Punset decidió estudiar Filosofía “aunque resultó algo decepcionante porque la ciencia andaba lejos de la filosofía”. 

Pero los descubrimientos de la última década de cómo nuestros pensamientos y comportamientos están completamente dictados por las emociones la hicieron volcarse al estudio de estas últimas hasta convertirse en una experta divulgadora de la gestión emocional. Convencida, afirma: “La psicología y la neurociencia ya forman parte de la filosofía; no sirven solo para curar enfermedades mentales, sino para enriquecer nuestra compresión de la vida”, explica. Por eso, se propuso llevar el lenguaje científico a la calle, a las emociones cotidianas. En su último libro, Una mochila para el universo. 21 rutas para vivir con nuestras emociones, brinda una guía indispensable para transformar radicalmente nuestras vidas, llenarlas de optimismo y sortear positivamente las crisis que nos afectan. “No necesitamos tanto –asegura–; en una mochila ligera cabe lo que nos ayuda a comprender y gestionar la realidad que nos rodea”.

–¿La inteligencia emocional es algo que debe desarrollarse? 
–La inteligencia emocional es el reconocimiento de que tenemos un cerebro emocional y que las emociones forman parte ineludible de nuestro día a día. Tienen que ver con lo que amamos, odiamos, despreciamos, tememos; con las decisiones que tomamos; con cómo nos relacionamos. Es algo que todos tenemos y que se entrena.

–¿Cómo?
–Educando las emociones y potenciando las que nos ayudan a vivir mejor. 

–¿Puede enseñarse en las escuelas?
–Sí, las habilidades emocionales y sociales se enseñan de forma directa, así como se hace con las matemáticas o la lengua. Pasa por crear entornos seguros y solícitos para conocer las propias emociones, aprender a gestionarlas.

–¿Cómo sería eso?
–“Gestión emocional” es una expresión que dice poco a primera vista, pero que encierra nuestra llave de libertad: significa que no necesitas ser víctima de cada emoción que te asalta, sino que es posible filtrarlas, transformarlas, potenciarlas y cambiarlas. No somos conscientes de que podemos entrenarlas para que nos sirvan mejor.

Nosotros y los miedos

“En este siglo, frente a la avalancha de enfermedades mentales y emocionales que nos asedian, sin duda el reto será aprender los gestos y los mecanismos que consolidan nuestra supervivencia por dentro”, escribe Punset, y propone transformar nuestras vidas y relaciones a través del dominio de nuestras emociones más básicas.

–¿Cuáles son las emociones más instaladas en la infancia, la adolescencia y la adultez? ¿Por qué?
–Cuando nacemos priman los patrones emocionales que nos motivan a descubrir el mundo, como el amor y la curiosidad, pero con los años aparece el miedo, que es la señal de alarma de un cerebro programado para sobrevivir. El tema es que cuando esto suena descontroladamente, puede ahogar la capacidad innata para el amor, la curiosidad y la creatividad. 

–¿Un consejo para lidiar con el miedo?
–Entrenar el cerebro en positivo.

–Afirmás que las emociones se contagian. ¿Esto sucede con las emociones positivas y con las negativas? 
–Como al cerebro le importa más la supervivencia que la felicidad, tiende a magnificar lo negativo. Decimos más palabras negativas que positivas o neutras, recordamos más las cosas malas que las buenas… ¡Un insulto se nos graba en el cerebro cinco veces más que una palabra amable! El cerebro cree que con este mecanismo te ayuda a sobrevivir. 

–¿Y entonces?
–Hay que centrarse en lo que cada uno hace bien. Buscar metas claras que tengan sentido para uno, que nos den alegría. Pasar el tiempo con personas positivas porque sus emociones también son contagiosas.

–¿O sea que la mente ayuda a construir una emocionalidad saludable? 
–Nuestra mente es una explosión química y eléctrica que se conforma de acuerdo con lo que pensamos y sentimos. Cambiar lo que uno piensa y siente modifica el cerebro físicamente de una forma mucho más potente y precisa que la farmacología.

–¿Eso es lo que se conoce como la plasticidad cerebral?
–Exactamente. Pero la paradoja de la plasticidad es que en el cerebro se fijan los patrones con los que uno se alimenta, sean estos útiles o perjudiciales. Y como este no es un proceso superficial, no basta con decirse de vez en cuando palabras optimistas. Hay que cambiar realmente nuestra manera de pensar y sentir. 

Las emociones en la era digital

Superar el miedo al fracaso, borrar el mal humor en noventa segundos, vivir sin miedo, hablar en público, vivir el presente, cambiar la suerte y hasta adelgazar son algunas de las metas que se pueden alcanzar con una mente positiva. Es verdad que la vida no es muy sencilla en el mundo moderno, pero también está compuesta de palabras, miradas y pequeños gestos. Y es allí donde hay que enfocar la mente para, según Punset: “Aprender a reconocer y a entender los mecanismos ocultos que nos mueven y los gestos y las emociones que nos delatan”.

–¿Cómo se viven las emociones en la era digital, en la cual tenemos la fantasía –o no– de estar todos conectados?
–Los estudios muestran que necesitamos estar conectados a los demás para tener una buena salud mental. ¿Cómo hacerlo? Todas las formas pueden ser buenas. Y la conexión digital también si refuerza nuestra necesidad de formar y mantener vínculos. Claro que conviene equilibrarla con otras formas de conexión más física, porque acariciar, mirar a los ojos y sentir físicamente a los demás también forman parte de nuestra necesidad de conexión.

–¿Tenemos que abrazarnos más?
–Un abrazo de seis segundos ya genera esa química maravillosa que nos hace sentir bien y vivos. ¡Necesitamos dar y recibir muchos abrazos, sonrisas y palabras amables! Estando al alcance de todos, ¡no entiendo bien por qué somos tan tacaños con ellos!

–Según la OMS, para 2020 la depresión será la segunda causa de discapacidad en el mundo. ¿Por qué crees que hay tanta gente deprimida?
–Venimos de siglos en los que priorizábamos la supervivencia física, pero abandonamos el plano emocional. El siglo XXI va a ser el siglo de la supervivencia emocional. Así como en los cincuenta entendimos que el deporte mejoraba nuestra salud física, ahora asumiremos que entrenar nuestro cerebro mejorará nuestra salud mental. 

–¿Y qué sucede con el marketing y la obsesión de construir una imagen de perfección? ¿Cómo afecta esto a lo que se llama “emocionalidad”? 
–Compararse con los demás es otro mecanismo del cerebro que nos ayuda a competir y a aprender: a sobrevivir. El tema es que cuando nos comparamos con modelos imposibles o inalcanzables se produce lo que el psicólogo Carlo Strenger denominó “el miedo a la insignificancia” o a no ser nada ante los ojos de los demás. Por eso, es muy importante recuperar el propio centro y tener claro qué es lo verdaderamente relevante para uno, ya que eso ayuda a superar la parte destructiva de compararse con los demás.

–¿Y cómo recuperamos la confianza, la alegría y el optimismo?
–Hay que empeñarse en tomar las riendas de las emociones que llenan cada casillero de nuestra vida.

–¿Es el fin de los psicólogos?
–¡Qué va!?(risas). A todos nos vendría bien una ayuda profesional, de vez en cuando, para poder ajustarnos a los cambios y decisiones que tomamos en torno a nuestras vidas. Deberíamos hacer chequeos mentales como hacemos los físicos. Dicho esto, todos somos psicólogos en potencia porque si nos explicasen nuestros mecanismos mentales básicos, no dependeríamos tanto de esa ayuda externa. 

–¿Qué cosas nos harían sentir más felices y plenos?
–Vivimos debatiéndonos sobre lo que nos haría más felices: el dinero, estar casado o soltero, tener hijos, tener amigos, tener un trabajo que nos guste... Es curioso que dudemos tanto. Será porque hay muchas sugerencias científicas sobre este tema. ¿Doy una pista? Casi la mitad de nuestra felicidad depende de algo que está en nuestras manos: la actitud.


En Una mochila para el universo... 

Punset da algunas pistas acerca de qué idea de mundo hay que transmitir a los niños. “Si logramos prevenir determinadas actitudes, les haremos un gran favor a nuestros hijos”, afirma. Por eso llama a recordar que ser una familia, cuidar y amar a un hijo no son conceptos, sino realidades que se tienen que expresar a diario, con palabras y actitudes positivas y en un entorno constructivo y amoroso. 

Con relación a qué valores fomentar en un mundo en donde prima el consumo indiscriminado, Punset alerta acerca del peligro de dejarse seducir por un concepto de abundancia. “Llevamos décadas en Occidente viviendo como si esa fuese la respuesta a una buena vida. Sin embargo, comprobamos ahora que aunque nuestros niveles de confort han subido mucho en los últimos tiempos, nuestra salud mental es muy frágil. Es bueno haber pasado por esta experiencia, porque ahora estamos preparados para fijarnos prioridades más adaptadas a nuestras necesidades reales. Esto es algo que tendremos que pensar y conformar entre todos, colectivamente”.

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