ENTREVISTA


Yo soy así


Por Mariano Petrucci.


Yo soy así 
El tango tiene nuevos exponentes que pisan con fuerza. Provocadora desde su look, Natalia Lopópolo canta los clásicos, pero, a la vez, se aleja de los estereotipos y se anima a entonar piezas que aggiornan el género. Un prometedor aire de frescura.

Ya no se trata de los cosos de al lao que bailan porque bautizaron al purrete de la piba. Ni del que sueña ser un Baldonedo, un Martino, un Boyé. Tampoco de aquel que solito entró al conventillo, echao a los ojos el funyi marrón. O sí se trata de eso, pero también de la netbook que amaina la soledad. De los amigos de Internet. De las de Venus y los de Marte. Es que sopla una bocanada de aire fresco en el tango y sus letras. 

Y la que suma un granito de arena para renovarlo, incluso honrando sus raíces, es Natalia Lopópolo, quien no tiene ningún prurito en mezclarse entre el público y empezar a tararear con ruleros y bata, para, segundos después, subirse al escenario, arrancarse el look “doñarosístico” y lucir jean ajustado, musculosa y chaleco canchero. Así se canta al ritmo del 2x4 en el siglo XXI: sexy y arrabalera. Al menos, ella.

Aparte de la percha (ya que estamos con el lunfardo…), esta mujer, pura empatía, tiene talento. Y cuando la receta incluye ese ingrediente, se cosecha lo que se siembra: se quedó con la edición 2010 del certamen Hugo del Carril, actuó con la Orquesta de Tango de la Ciudad de Buenos Aires en el teatro Presidente Alvear, y ya tiene su propio álbum, Mamita, que fue nominado a los Premios Gardel. Sí, lo tituló Mamita. Y tiene más de una explicación: “Con el disco intento mostrar a la mujer contemporánea. Hoy, la ‘mamita arrabalera’ es la que se levanta, cría a sus hijos, ‘labura’ todo el día, atiende su casa y, como si fuera poco, se preocupa por ‘estar buena’ (risas). Quiero remarcar el contraste entre las ‘mamitas’ de antaño y las de ahora: no somos mejores, peores, ¡ni menos tangueras! Por otro lado, ‘mamita’ es una condición femenina por excelencia. Y, en plena grabación, experimenté, por primera vez, la maternidad. Felicitas cambió mi vida para siempre”.

Atrevida, Lopópolo se anima con piezas inéditas que cuentan relatos nuevos, diferentes. Claro que completa su repertorio con clásicos que navegan lo pasional, lo divertido, lo sensual y lo dramático. Pero ojo: por “clásico” no debe entenderse trillado. “La maternidad me puso un espejo de frente. Quiero transmitir, en especial a mi hija, mi costado más honesto, más genuino. No voy a cantar los treinta tangos que entona todo el mundo solo porque son los que generan más trabajo o porque te llevan a Japón para cobrar en dólares. No voy a cantar los tangos que el turista está esperando.

¡Yo quiero hacer tango para argentinos! ¿Qué puedo aportarles yo a obras de arte como ‘Naranjo en flor’ o ‘Los mareados’? Son reliquias indiscutidas, de las que disfruto y me nutro constantemente, pero tienen tantas versiones magistrales que me resulta más interesante ir por temas menos transitados. ¡Y pucha que hay muchos!”, se entusiasma. Y agrega: “Mamita contiene dieciséis canciones, dos de ellas son de Marisa Vázquez, una cantautora que escribe con un estilo con el que uno se puede identificar. Dentro de cien años, habrá quienes se preguntarán qué pensábamos, cómo vivíamos y qué decíamos a principios de este siglo.?Es como que siento el deber de dejar una huella de esta era”.

–¿Es necesario aggionar el tango?
–Bueno, el planteo está relacionado con esto de la huella para las generaciones venideras. El proceso es inevitable. Como dice “mi” mamita, lo único permanente es el cambio. Todo muta y se transforma con el tiempo. En el tango esto no solo no es una excepción, sino que es obligatorio. Me deleita cantar una milonga como “Tortazos”, pero no creo que un chico de 20 años sepa el significado de la palabra “rastacuer”. Además de esas letras increíbles, que mantienen una vigencia asombrosa, hay que manejar nuestro lenguaje actual. 

–Ese concepto ya lo defendés desde tu vestuario, por ejemplo. 
–Es que no hace falta ponerse vestido largo, ni engominarse el pelo para ser tanguera. Tampoco debiera influir la manera de presentarte ni el modo de cantar. Gran parte de esta “honestidad” de la que me jacto está vinculada a evitar caer en estereotipos impuestos. Quiero romper con eso. Lo de los ruleros lo hacía en los conciertos del año pasado: aparecía como la “mamita” de hace cien años y terminaba siendo la “mamita” de hoy. Aunque en las musculosas siempre tenía la cara estampada de nuestras heroínas tangueras, como Tita Merello o Libertad Lamarque. 

Aprendo de ellas, pero busco y defiendo mi propio espacio. En este 2013, reemplacé los ruleros y esas musculosas por remeras con la frase: “¡Estoy viva!”. Los tangueros de esta época necesitamos que nos divulguen, nos escuchen y que nos vengan a ver. Lamentablemente, la mayor parte de la difusión es para aquellos que nos heredaron un legado riquísimo, pero que no están vivos como para poder llenar un teatro. 

–¿Cómo evaluás el momento que atraviesa el tango en nuestro país?
–En mi opinión, hay dos realidades, como si fueran dos dimensiones. Por un lado, la visible, la de los grandes espectáculos para los turistas, con todos esos estereotipos contra los que lucho. Por el otro, una no tan visible, pero que cada vez mueve más gente. Hay una movida tanguera joven, que incluye orquestas típicas, milongas, músicos, arregladores, cantores… Y las mujeres estamos conquistando nuestro lugar. Sin dudas, hay un resurgimiento del género. En los setenta y en los ochenta, el tango era “casi” mala palabra. En este milenio, es hasta cool, está de moda. ¡Enhorabuena! 

Tango para todos

Lopópolo es una privilegiada. No solo descubrió su vocación, sino que vive de ella, desde hace casi veinte años (ah, por si lo asalta la duda, no tiene problemas en confesar abiertamente cuántas primaveras ostenta: “Estoy a uno de los 40. ¡¿Y qué?! En estos tiempos, donde todo es efímero y parece que a los 35 ya estás ‘baqueteada’ y no servís para nada, yo me planto y grito mi edad a los cuatro vientos”). “Eso sí, tuve que cantar cualquier cosa para poder parar la olla (se ríe). 

Canté por todos lados y en todos los idiomas… Hasta que un día, casi por casualidad, fui a una milonga y me sorprendí, un miércoles de otoño, con cuatrocientas personas, de todas la edades, bailando en el sótano de un club. ¡Flasheé! No podía creerlo. Me encantó, comencé a bailarlo y fui incorporando tangos en mis recitales. Hasta que no pude cantar más otra cosa”, recuerda quien, a la vez, es diseñadora gráfica –ella misma se encargó de la portada de Mamita– y, cada tanto, despunta el vicio de la actuación (estudió con los maestros Luis Agustoni, Joy Morris, Susana García y Víctor Bruno). 

–¿Cuáles son tus referentes?  
–Tita, por lo rebelde, corajuda y por esa forma única que tenía de “decir” el tango. Asimismo, Ada Falcón, Rosita Quiroga, Libertad Lamarque y, por supuesto, ¡la genia de Nelly Omar! 

–Destacás lo de tener coraje. La grey tanguera es un círculo un tanto cerrado, sobre todo para la mujer. ¿Cómo te imponés para que te consideren?
–¡La remo en dulce de leche repostero diariamente! (risas). Poquito a poco, voy ganando mi espacio y la ponderación de algunos. Todo es perseverancia.

–Leí que querías lograr con el tango lo que Soledad Pastorutti hizo con el folclore. ¿Realmente es así? 
–Totalmente. “La Sole” pudo meter al folclore en casas donde nunca se había escuchado nada del género. Yo quiero hacer lo mismo: hay que perderle el respeto al tango. Por favor, entiéndase bien: hay que bajarlo del pedestal donde lo pusieron y no tenerle temor. No muerde ni son solo canciones grises, tristes y desgarradoras. ¡Es mucho más que eso! ¡Hay que sacudirse el miedo y ponerse los zapatos! Motivar a los jóvenes a que se acerquen a las milongas. Por eso, mi desafío personal es llegar a los “no” tangueros. Creo fervientemente que todos lo tenemos en el ADN. Es cuestión de darse la chance para conocerlo.

–¿Qué proyectás para el futuro?
–Seguir cantando tangos que reflejen lo que vivimos en esta etapa. Quiero ser “mamita” otra vez… Y quiero ser como Nelly, que tiene 102 años y sigue arriba del escenario.

Entretelones 

Ya sea en el disco Mamita –con una gráfica kitsch muy divertida, lejos de la clásica estética arrabalera– o en sus recitales, Natalia Lopópolo deja conformes a los nostálgicos (con piezas como “Bajo un cielo de estrellas”, “Y todavía te quiero”, “Tortazos” y “Parece mentira”) y también a los que desean escuchar versiones modernas, como “Madrugada y soledad” o “Gualicho de luna”. 

En sus performances la suelen acompañar Damián D’Alessandro y José Torelli (guitarras), Sirso Iseas (bajo eléctrico), Germán Cavallero (flauta traversa) y Rubén Slonimsky (bandoneón). Ya lleva alrededor de 1500 shows realizados en diferentes escenarios del país y del extranjero. En 2004, además, participó como actriz y cantante en la revista de tango y sainete Ensalada Mistonga, presentada en el teatro José Verdi, bajo la dirección de Néstor Sabatini. ¿Los próximos pasos? Animarse a componer y desembarcar con su espectáculo en ciudades como Rosario y La Plata. 
Para conocerla más, ingresar a www.natalialopopolo.com

Satisfacciones

Sus padres: “Siempre están al pie del cañón, apoyando, conteniendo y motivando este loco berretín de la nena”.
Generaciones: “Cuando me presenté en The Roxy –¡todo un acontecimiento: una tanguera en un escenario tan roquero!–, se acercó una chica joven y me dijo: ‘Vine con mi abuela de 82 años. Gracias por haberme regalado un espacio para compartir con ella’. ¡Casi lloro! Ese día sentí que iba por el buen camino”.
Alfajores: “En mi repertorio hago ‘La milonga y yo’, donde se nombra al personaje ‘El Cachafaz’. No sé por qué se me ocurrió revolear los famosos alfajores al público. Lo que comenzó como un chiste, cobró dimensión en las redes sociales y la gente venía a verme… ¡‘exigiendo’ el alfajor! Le envié un e-mail a la empresa que los fabrica contándoles lo que hacía y les adjunté un video. Desde ese momento, me mandan alfajores para que arroje a la platea. Puede parecer una pavada, pero para mí fue un logro”.

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