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Becas para crecer


Por Daniela Calabró..


Becas para crecer

Mucho se habla de los sub-30, de su falta de compromiso y de su poca responsabilidad. Sin embargo, muchos de ellos tienen una buena lección que darle al mundo. Estas son las historias de jóvenes voluntarios que se entregan a causas muy importantes. Los escuchamos en primera persona.

Lucía López Laxague es abogada, tiene 25 años y es voluntaria de la Fundación Grupo San Felipe hace tres años. Como todos sus compañeros, está convencida de que la educación es el principal motor de cambio. Por eso, se sumó a esta organización que se dedica a becar a jóvenes de pocos recursos para que puedan hacer una carrera terciaria o universitaria. “Trabajamos en Añatuya, Santiago del Estero, y en el barrio de Retiro, en la Ciudad de Buenos Aires. Tenemos becados en las dos ciudades. Por otra parte, contamos con un programa de orientación vocacional y también capacitamos a los chicos con técnicas de estudio. Todo esto lo lleva a cabo un grupo de psicólogas y psicopedagogas, y a los chicos les sirve mucho a la hora de prepararse para seguir estudiando”, relata Lucía. 

–¿Cuál es tu trabajo específico dentro del Grupo San Felipe?
–Estoy en el área de formación. Hacemos cinco viajes al año a Añatuya. Para aprovechar el tiempo y los recursos, decidimos sumar un programa de formación en valores, en el que hablamos con los chicos de diversos temas relacionados con el desarrollo de la persona, con las etapas de la vida, con la salud y las enfermedades, con las adicciones. Yo trabajo en esa área.

–¿En la organización todas las personas que participan son voluntarias?
–Sí, en total somos alrededor de treinta personas. Y todas voluntarias. 

–Y jóvenes…
–Sí, la Fundación nació hace cinco años. Los fundadores, que son cinco, tienen hoy entre 30 y 35 años. Ellos son los más grandes. Y de ahí para abajo, hay de distintas edades. En general, somos todos chicos que acabamos de terminar la universidad o estamos en los últimos años.  

–Me imagino que muchos de ustedes tienen otros trabajos. ¿Cómo se organizan para poder hacer las dos cosas?
–Los viajes son los fines de semana, y las reuniones las armamos fuera del horario laboral. A veces nos quedamos haciendo cosas de la Fundación hasta tarde y nos cuesta, pero vale la pena porque, además de ayudar a otras personas, también te sirve a vos. Y como todos tiramos para el mismo lado y todos los que estamos acá lo hacemos porque queremos cambiar las cosas, hay un ambiente súper agradable para trabajar. 

–¿Qué creés que motiva a los jóvenes a acercarse a este tipo de misión?
–En nuestro caso, somos personas que siempre quisimos hacer algo. Que estamos inquietas, a las que nos interesa el futuro de nuestro país y que queremos que las cosas cambien. Ahora está pasando algo muy lindo que es que los primeros becarios egresados están participando también como voluntarios. 

–Como una forma de seguir trabajando en lo que a ellos les permitió formarse y crecer…
–Sí, y es muy lindo, porque descubren que desde su lugar también pueden lograr que el efecto multiplicador sea más grande. 

–¿Qué respuesta tienen de los chicos a los que ayudan?
–Valoran mucho todo lo que hacemos, y es increíble la fuerza que le ponen, a pesar de todas las complicaciones que tuvieron en su vida. Realmente luchan por lo que quieren con un compromiso admirable. Son chicos que nunca habrían pensado que podrían estudiar; nunca estuvo en sus planes. Yo, por ejemplo, soy del interior y nací sabiendo que me iba a venir a Buenos Aires a estudiar. Pero para ellos eso es algo imposible de imaginar. Y verlos cómo todos los días se superan y se esfuerzan para lograrlo es muy lindo. 

–Esa es la mayor motivación para seguir trabajando, ¿no?
–Sí. Esa y ver la transformación de los chicos. Cuando entran al primer año de beca, hay muchos a los que les cuesta expresarse, que casi no hablan… y cuando terminan la carrera, son personas que dialogan bárbaro, que pueden decir lo que piensan y lo que creen, y que están llenas de ideas y de proyectos. Se transforman en otras personas, y ese es el cambio que nosotros queremos.

Brindar un hogar

Matías Miguens tiene 23 años, es estudiante de Periodismo y voluntario del Techo (“Un techo para mi país”) desde 2009. Esta organización se dedica a construir viviendas de emergencia en barrios marginales y de transmitir a las familias valores como el del ahorro y el del esfuerzo para llegar a tener una casa propia. Así es como luego de varios estudios, reuniones, y un contacto muy cercano con cada grupo familiar, llega el fin de semana en que levantan el tan esperado hogar. “La casa es modular, de madera prefabricada y con un techo de chapa y aislante. La instancia de construcción dura un fin de semana, y las familias construyen junto con los voluntarios. Siempre hay mucha carga emotiva, porque se cumple un objetivo concreto en un fin de semana y se generan vínculos afectivos entre familias y voluntarios que, en algunos casos, duran toda la vida”, cuenta Matías. “Además, recibimos un gran compromiso de las familias con las que trabajamos y eso, creo, es nuestra principal motivación. Una vez que se construyó la vivienda, la mantienen y la mejoran”. 
 
–Es que tener un techo les debe cambiar muchas cosas.
–Para ellos significa la resolución de un gran problema. Nos suelen comentar que no les llueve más y que no tienen que ir tanto al hospital porque, al no estar más en contacto con el suelo, están menos expuestos a enfermedades. Todo eso les da un empujón enorme para progresar y poder enfocarse en otros aspectos. Incluso, más adelante, vemos cómo construyen por su propia cuenta viviendas de material.

–¿Cómo decidiste acercarte a “Un techo para mi país”?
–Hacía tiempo que quería participar en alguna organización que ayudara a personas que estuvieran en una situación adversa. Y, sobre todo, quería que mi participación fuera útil. Después de probar en distintas organizaciones, un fin de semana fui a una construcción masiva de viviendas del Techo. Lo hice por sugerencia de un amigo. Esa experiencia fue tan fuerte y me marcó tanto que hizo que me quedara. 

–¿Cómo fueron esos dos días?
–La construcción fue muy intensa, llovía mucho, las calles se inundaron completamente, la logística de materiales fue imposible… de las peores construcciones de que se tenga registro. Pero el objetivo se logró, y eso me marcó a fuego. Fue muy fuerte ver que había familias que vivían en situaciones indignantes y que, pese a todos los obstáculos, durante ese fin de semana pasaban a tener un hogar un poco más digno; o ver cómo se formaron vínculos y cómo se cayeron abajo tantos prejuicios en tan solo cuarenta y ocho horas. Después de esa experiencia, entendí que era el lugar indicado. 

–¿Por qué creés que tantos jóvenes se acercan a ayudar?
–Creo que la razón principal es la inquietud y la indignación que les genera saber que hay personas que están en una situación difícil. Y, después, conocer la realidad de los asentamientos hace que el compromiso sea aún mayor; cuando conociste la situación de esas personas, ya no podés mantenerte ajeno. Además, el Techo es una organización donde participan muchos jóvenes, y se forman ambientes de trabajo muy amenos que motivan a seguir.

–¿Qué balance hacés de estos tres años como voluntario?
–Que sigo acá porque es donde más he visto que las acciones del voluntariado se transforman en soluciones concretas. También por el trabajo directo en los asentamientos y porque la experiencia de trabajar con las familias y establecer un contacto demuestra que la frase “juntos se puede”, por más trillada que parezca, es totalmente cierta. Y porque participar y hacer algo siempre va a ser más productivo que cualquier otra cosa. 

Educar a educadores

Cascos Verdes es una asociación que forma a jóvenes con discapacidades intelectuales en temas medioambientales, para que ellos, luego, asuman el papel de educadores en colegios y universidades. Nació hace seis años a partir de la idea de un estudiante de Ingeniería Ambiental. Su nombre es Javier Ureta, hoy tiene 30 años y acaba de recibir el Premio Abanderados de la Argentina Solidaria 2012. El dinero ganado lo utilizará para que la organización siga creciendo y pueda extenderse hacia el interior del país.

–¿Cómo fue el camino hasta acá?
–Comencé Cascos Verdes con el ánimo de compartir parte de mi vida con aquellas personas que me transmitían una fuerte enseñanza de vida. En estos seis años, trabajé como empleado en diferentes empresas y organizaciones, en las obtuve una remuneración, y de ese modo afrontaba mis gastos personales. Fue muy difícil lograr el equilibrio, ya que trabajaba, estudiaba y creaba Cascos Verdes al mismo tiempo. 

–Pero valió la pena…
–Sin duda. Hoy son más de ciento cuarenta los jóvenes que tienen la oportunidad de continuar con su formación. Esta etapa de inclusión es muy significativa para ellos. Y, después, ya en su rol de educadores ambientales, asumen una papel social distintivo: el de educar. Era impensable que una persona con discapacidad intelectual pudiera enseñar empíricamente al resto de la sociedad.

Por la dignidad

“Las manos que ayudan” es un proyecto solidario integrado mayoritariamente por jóvenes. Su objetivo es mejorar la calidad de vida de gente que vive en la calle. Cada semana los voluntarios reparten más de mil viandas de comida, bebida y abrigo, gracias a aportes anónimos y donaciones de empresas y particulares. Las zonas en las que trabajan son el Microcentro, los alrededores de la Ciudad de Buenos Aires, Morón, Zárate, Tandil y Rosario. Para conocer más sobre este proyecto, ingresar en www.lasmanosqueayudan.com.ar.

Regalar amor

“Hay un chico que está esperando verte y hay un niño dentro tuyo que quiere jugar con él”. Ese es el lema de “Corasonrisas”, un proyecto creado por voluntarios de la Fundación El Arte de Vivir para llevar amor, valores y sonrisas a los niños más necesitados. Empezaron en el Hospital Pirovano y luego siguieron en el Hogar San Pablo y el Hospital Gutiérrez. Hoy son más de cincuenta jóvenes los que van a compartir juegos y sonrisas con chicos con afecciones oncológicas y otras enfermedades. También les dan clases de cerámica y fotografía, celebran cumpleaños y escuchan y acompañan a las familias. Para sumarse, escribir a corasonrisas@gmail.com.

Para colaborar

•En Cascos Verdes se puede ser socio, hacer donaciones on-line o sumarse como voluntario. Para contactarse con ellos, ingresar a www.cascosverdes.org

•Para ser voluntario de “Un techo para mi país” hay que escribir a info@techo.org. También se puede colaborar asociándose a la Fundación para hacer aportes de dinero desde $1 por día. Más detalles en www.techo.org

•La Fundación Grupo San Felipe recibe voluntarios y donaciones de dinero. Para ser voluntario, escribir a voluntariado@gruposanfelipe.org.ar. Para aportar dinero, a info@gruposanfelipe.org.ar. Para más información, ingresar en www.gruposanfelipe.org.ar

Ayudemos a ayudar

Desde hace ya varios años, los egresados del Colegio Ceferino Namuncurá de Vicente López apadrinan la Escuela Dr. Juan Maurín Navarro de la ciudad de Malargüe (Mendoza). A pesar de que su institución educativa no pudo seguir con el apoyo a la escuela mendocina, el grupo de jóvenes decidió unirse de forma independiente y continuar ayudando a sus ahijados, que padecen discapacidades motrices, visuales, auditivas, mentales y del lenguaje. En 2009, la escuelita sufrió un derrumbe, y los niños fueron trasladados a otro centro que no cuenta con las instalaciones necesarias. Por eso es que “El grupo Malargüe” (así se hacen llamar estos jóvenes solidarios) necesita más ayuda que nunca. Para colaborar, escribir a grupo.malargue@yahoo.com.ar.

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