INVESTIGACIÓN


Súper mamás


Por María Alvarado.



Súper mamás 

A pesar de la cultura exitista y materialista, y las económicas, hay  matrimonios jóvenes que apuestan a la familia numerosa. Historias de madres, que además de criar a sus hijos, desarrollan sus vocaciones profesionales. Un homenaje a las mamás en su día.  Es casi innegable esa vocación maternal con la que nacen las mujeres y, aunque no ejerzan la maternidad, por las razones que fueran, despliegan esa sensibilidad y ese amor en su vida y con quienes les toque compartirlos. Solo basta pensar en el primer regalo anhelado por cualquier niña pequeña: una muñeca. Y luego ver cómo esa niña juega a ser madre. Muchas ni siquiera saben hablar y ya abrazan, abrigan, pasean y alimentan a esa muñequita, dando claras muestras del instinto maternal. 

Esa vocación maternal viene de la mano de la capacidad de estar en muchas cosas a la vez, sin descuidar ninguna. “Como Dios quería estar en todos lados, creó a las madres”, reza un antiguo proverbio. La mujer puede llevar adelante una casa, cuidar a los hijos, trabajar, dar amor y tener tiempo para su pareja. “Las mujeres tenemos algo muy femenino, que es la capacidad de estar en muchas cosas a la vez. Estás trabajando, pero también tenés presente la lista del súper y lo que tenés que cocinar a la noche, pagar una cuenta, llevar a tu hija a tal lado, preparar el disfraz para el acto del colegio... y no te explota la cabeza”, explica María Viglione (35), madre de Martina (7), Lola (6), Amparo (4), Margarita (2), Torcuato (7 meses) y de una beba que nació prematura y murió a los doce días. 

“Es importante tener algo que te nutra y despeje la mente; por ejemplo, yo voy a clases de baile una vez por semana. Y esa hora y media es sagrada para mí”. Asunción Saravia 

Se casó a los 26 años con Emilio, el hermano de su mejor amiga, y ya de novios soñaban con formar una gran familia. “Los dos venimos de familias numerosas y teníamos la idea de tener muchos hijos. Nuestro proyecto de familia era tenerlos sin por eso abandonar nuestras carreras profesionales. Ya de novios pensábamos que yo podía trabajar desde casa; lo planeábamos cuando el teletrabajo no era una moda como es ahora y cuando Internet era casi ciencia ficción”. 

Como madre de cinco hijos, esta comunicadora social encontró el equilibrio perfecto trabajando desde su casa. “Para tener una familia numerosa era necesario que trabajara, pero más allá de eso, me hace mejor mamá y esposa desarrollar mi profesión. Es súper importante para mí ver gente, ponerme metas, trabajar, estar con colegas. Soy más feliz porque trabajo y esto me permite ser mejor con mi familia. Mis hijos crecieron viéndome trabajar en casa, así que están acostumbrados a que esté ahí, pero trabajando. La clave es mucha organización y disciplina, con un horario de trabajo de nueve de la mañana a cuatro y media de la tarde, así cuando vuelven del colegio estoy con ellos”.  ¿Qué es lo más lindo de una familia numerosa? María responde: “Me gustan las familias grandes porque da la sensación de que todo sobra. Quizás en lo material se pasan algunas carencias, como no tener tu cuarto, ni tu tele, ni tu compu, ni tu ropa propia. Mis chicos duermen todos en el mismo cuarto, por ahora. Les puede faltar individualidad en cosas materiales, pero creo que se crían en la generosidad, en el pensar en el otro, en aprender a compartir, en el hacerse escuchar, porque en la mesa, cuando nos juntamos todos, ¡habla el que lo hace más fuerte! Me encanta ver cómo se protegen entre ellos, su complicidad, cómo se cuentan cosas. A la noche, entre ellas se cuentan cuentos y juegan juntas por horas”.

“Con los años descubrí que mi profesión me encanta, pero que hoy elijo estar la mayor parte tiempo en casa. Trabajo porque amo ayudar a los chicos con discapacidad”. Celina Oribe

María vivió uno de las cosas más duras que una madre puede vivir: la muerte de un hijo. Y su familia fue su gran sostén. “Estuve seis semanas en cama, inmóvil, porque había roto bolsa (N. de la R.: la beba nació prematura y luego murió). En ese tiempo tuve gente que nos ayudaba permanentemente a mi marido y a mí con las chicas. Con mi marido somos así; a lo que nos toca le buscamos la vuelta”. Y la pregunta obligada es cómo se lidia con el miedo a poder mantener una familia numerosa. La madre valiente responde: “Creo que no podemos planificar nuestra vida en función de eso, porque la verdad es que no podemos controlar todo, tengamos uno o seis hijos. Es difícil, pero siempre de alguna forma las cosas se van solucionando.

Si no tuviera cinco chicos, quizás habría viajado mucho más, pero apuesto a otra cosa. Si no nos podemos ir de vacaciones, disfrutamos de lo que tenemos a mano”. Esa es la mentalidad que elige inculcar a sus hijos, la de disfrutar de las pequeñas cosas: “La idea es ser felices con lo que toca. Cuando hay plata vamos a comer a un restaurante, y si no hay, hacemos un rico picnic. Y lo pasamos igual de bien. Hacemos hamburguesas con los chicos y maratón de Pictionary Junior. En el verano, ponemos la Pelopincho y los vecinos quizá piensen que tengo una pileta olímpica porque la disfrutamos como si lo fuera. Buscamos siempre el lado positivo, que siempre está”.

“¡Son dos!”, dijo la partera

A los nueve meses de casada, Asunción Saravia (31) ya tenía dos hijas. Esta salteña se casó a los 23 años y quedó embarazada de mellizas en su luna de miel. “En la primera ecografía que me hice a las cuatro semanas, descubrimos que había dos bolsitas latiendo. Mi marido saltaba de la alegría y yo estaba contenta pero shockeada”, cuenta, y continúa: “Pasamos de estar acostumbrándonos a la convivencia a ser cuatro de golpe. ¿Cómo iba a ser como madre de dos? Tenía miedo”. Si bien planeaban tener una gran familia, nunca imaginaron que fuera tan rápido. “La verdad es que la naturaleza es sabia y te da nueve meses para prepararte física y mentalmente. Por suerte, tenía la fuerza y la paciencia de la juventud. 

Además, me sentía muy madura e independiente porque hacía tiempo que vivía sola”. Cuando terminó el colegio, Asunción dejó Salta y se instaló en Buenos Aires para estudiar. Ya embarazada de Jacinta y Candelaria (7), terminó su carrera como catequista. “Cuando nacieron las mellizas y hasta que cumplieron un mes, estábamos circunstancialmente en lo de mis suegros. Fue lo mejor que me pudo pasar, porque me podía dedicar solo a ellas. Éramos muy chicos los dos y estábamos empezando nuestras carreras profesionales”. Patricio, su marido, que había estudiado Psicología, comenzó a estudiar Magisterio. Asunción cuenta cómo hicieron para organizarse: “Empecé con horarios muy estrictos; las bebas comían a la mañana temprano, al mediodía, a la tarde y a la noche. Y a las ocho las acostaba. 

Como después del mes nos fuimos a una casa alquilada y ya no teníamos ayuda, esos horarios me daban a mí un momento para descansar y para comer tranquilos y solos. Después, a las cuatro de la mañana, sonaba el despertador y cada uno le daba una mamadera”. Después de las mellizas llegaron José (5) y Matías (1). “Mi proyecto de vida era tener una gran familia unida y vivir con alegría el día a día. Más allá del cansancio, es un proyecto que da muchísima felicidad”. Asunción da clases de Catequesis en un colegio donde también es tutora de alumnos. ¿Cuál es su estrategia para poder con todo? Ella responde con energía: “Soy muy organizada y trato de aprovechar cada minuto. 

Por ejemplo, mientras espero a una de mis hijas en la psicopedagoga, preparo clases. Y conservo la calma cuando las cosas no salen como pensaba”. Y profundiza su receta: “Es importante tener algo que te nutra y despeje la mente; por ejemplo, yo voy a clases de baile una vez por semana. Y esa hora y media es sagrada para mí, porque me hace muy bien, y si yo estoy bien, toda la familia va a estar bien. Con mi marido hablamos mucho sobre el proyecto que queremos para nuestra familia, como matrimonio, y lo que queremos cada uno. Así, el resto se va amoldando a eso. Es como tratar de estar los dos parados en el mismo lugar, mirando hacia el mismo lugar”.

La felicidad en las pequeñas cosas

Celina Oribe (32) también cree que la felicidad está en las pequeñas cosas y el factor económico no fue un impedimento para llevar adelante su proyecto de familia numerosa. Ella es la madre de Sara (8), Isabel (6), Ana (4), Magdalena (2) y Juan Bautista (1). “El famoso refrán de que los hijos vienen con un pan debajo del brazo siempre fue así –cuenta Celina–. Cada vez que nacía uno o nos enterábamos de que estaba embarazada, Matías conseguía un trabajo nuevo. No vivimos con grandes lujos, tratamos de priorizar la felicidad cotidiana. Los chicos duermen en un cuarto y compartimos el mismo baño. Tenemos la suerte de que los fines de semana vamos a la casa con jardín de mamá y eso está buenísimo porque los chicos gastan energía, corren, lo pasan bárbaro. Siempre vivimos al día, pero no es algo que nos preocupe”. 

Mientras los jóvenes de su edad salían a bailar, Celina ya había formado una familia. A los 22 años se casó y al año llegó su primera hija. “Siempre supe que quería tener varios hijos, aunque nunca pensé tener cinco. A medida que nacía uno y crecía, queríamos otro. Al principio, cuando tenían siete meses, le decía a Matías: ‘Acordate de que no quiero tener más’. Pero al año y medio ya estábamos buscando. A mí me encanta que sean seguidos. Prefiero que sea así para después pasar a otra etapa, que tiene otras demandas”.

A pesar de su juventud y sus cinco hijos, Celina ejerce su profesión de fonoaudióloga. “Mientras los chicos están en el colegio, trabajo en un consultorio particular que alquilo con otras psicopedagogas. Hace varios años que trabajo en discapacidad, es decir, con chicos que tienen dificultad en la comunicación y en el lenguaje. Muchos de mis pacientes tienen TGD (trastorno generalizado del desarrollo). Trabajo con dos chicos por día en turnos de una hora”. Y explica la armonía que encontró entre sus dos vocaciones: “Con los años descubrí que mi profesión me encanta, pero que hoy elijo estar la mayor parte del tiempo en casa. Trabajo un par de horas porque me gusta, porque amo ayudar a los chicos con discapacidad y porque me despeja la cabeza. Es muy gratificante poder ayudar gracias a la profesión. 

Encontré un buen equilibrio, me voy un par de horas, a ellos les hace bien que yo no esté, respetan mi trabajo, conocen a mis pacientes y hasta les hacen dibujitos. Y después trato de no llevarme mucho trabajo a casa, más allá de programar las sesiones o las reuniones con los padres”. Como si el reloj de estos padres tuviera más de veinticuatro horas, Matías, que es médico y se especializa en cuidados paliativos, es además director de una fundación. “Trabaja con pacientes terminales. En esa última etapa, los acompaña y trata de que sufran lo menos posible, para que vivan dignamente el final de sus vidas. 

Además de hacerlo de manera rentada en un hospital, dirige como voluntario el Hospice Buen Samaritano. Es una casa gratuita para pacientes terminales, sin recursos, toda manejada por voluntarios. Si bien empezó como un proyecto suyo, terminó siendo de toda la familia. Cuando la vocación es fuerte, tironea a todos. Los chicos conocen a los pacientes, porque muchas veces los lleva a la fundación. Las chicas van y se quedan con la enfermera”. 
 

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