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La vigencia de Roux


Por Inés Chavanne.


La vigencia de Roux
En estos días, el nombre del artista Guillermo Roux suena con insistencia. Una muestra homenajea su mural de Santa Fe y sus obras decoran una estación de subte. Un gran maestro.

A sus 84 años, Guillermo Roux está muy activo. Ingresar una tarde en su mundo mágico y colorido es un regalo. Sobre su mesa de trabajo descansan sus más recientes obras, una serie de noventa carbonillas en las que utensilios de su hogar cobran vida bajo sus trazos. También hay unas témperas inspiradas en bandas de jazz cuyo ritmo visual sorprendería al mismísimo Miles Davis. Su arte no termina en sus lienzos, ya que inevitablemente atraviesa todo su ser. Se extiende por los azulejos de los baños de la casa hasta los pisos y las paredes de los cuartos, invitándonos a un lugar de otra dimensión, como él. Guillermo revuelve el café con precisión y lentitud, como si estuviese creando un nuevo color para pintar sus respuestas. Al escuchar la pregunta, reflexiona y suspira sonriendo.

–¿Qué diferencia a un artista de una persona que pinta?
–Soy muy cuidadoso con la palabra “artista”, creo que se usa mucho. Cuando hablo de lo que hago, digo que “trabajo” y trato de no utilizar la palabra “arte” ni “artista”. Justamente porque hoy todos somos artistas, y si hay tantísimos, quiere decir que no hay ninguno. El arte es un juego y tiene reglas. Si uno conoce el oficio y las cumple, hace algo bueno y correcto con su trabajo. El verdadero artista es aquel que reinventa las reglas del juego y las hace nuevas como si fueran de hoy. Al reinventarlas, lo que quiere es darnos una nueva visión del mundo sin romperlas. Y eso es lo más difícil de lograr.

–¿A qué edad tuvo un pincel en sus manos por primera vez?
–No tengo memoria de no haberlo tenido, porque mi padre era dibujante y desde que nací lo único que vi fue dibujar, así que fue instintivo tomar un lápiz y un papel. Mi padre influyó seguramente en que yo haya querido imitarlo. Pero no lo que él hacía sobre el papel, sino vivir el mundo que él vivía. Era un lugar que me divertía mucho más que jugar. Si me daban un lápiz y un papel, no me aburría, lo cual me dio una autonomía que me resultó muy útil en la vida porque ha sido no solamente un refugio, sino que me ha dado la posibilidad de tener una parte mía que no se negocia.

–Guillermo, ¿cuándo supo que pintar era lo único que quería hacer y cómo transitó ese período?
–Empecé a los 15 años como dibujante en una editorial. Me gustaba tener el lápiz en la mano y me entregué a los trabajos editoriales; ilustraciones, historietas, viñetas, todo lo que cayera. Todavía no tenía ni idea de qué era ser pintor; yo lo único que quería era ganarme la vida dibujando. No se me cruzaba por la cabeza ser artista, bueno, ni siquiera ahora. Soy un hombre que trabaja, nada más. Hasta que un día, a los 17 o 18 años sentí que había cosas dentro mío que no podían ser expresadas por el camino que iba, que había algo más que yo quería hacer. Empecé a ver obras de muchos pintores y pensé: “Yo quiero esto”, sin saber claramente qué era. Después de estar tres años en la Academia de Bellas Artes, la dejé para irme a Europa a ver los originales de aquello que veía en los libros.

–¿En qué lo cambió su experiencia en Europa?
–Aprendí el italiano como pude y busqué trabajo en Roma, que estaba en pleno momento de reconstrucción después de la guerra. Había unos cuantos estudios que trabajaban con pintores, decoradores y restauradores que se encargaban de la restauración de iglesias y monumentos. Trabajé en uno de ellos. Había que hacer los bocetos, dibujos, ampliaciones, los cambios de escala, aparte de algún techo... en fin, era un trabajo de ocho de la mañana a ocho de la noche todos los días en todos los planos del oficio. Permanecí allí cuatro años, hasta que  la vida empezó a cambiar en Roma. El mundo comenzó a hacerse complejo y el maestro empezó a hacer una reconstrucción para Jerusalén y ya no necesitaba un ayudante. Entonces, emprendí mi vuelta a la Argentina.

–¿Qué se respiraba en Buenos Aires en los años sesenta?
–Llegué a un Buenos Aires caprichoso sin plata y sin trabajo. Se respiraba el Di Tella; todo el mundo hablaba de eso, al igual que de los disidentes del Di Tella. No me sentía identificado ni con uno ni con otro, no adhería ni al partido comunista, ni a la izquierda declarada de esa manera como ideología. Creo que el hombre es bueno o malo y se acabó la historia.

–Y no se encontraba a gusto…
–¿Qué iba a hacer en Buenos Aires? Me tenía que emplear en una editorial otra vez, cosa que no quería hacer, pintar solo de noche, y eso me parecía un destino tristísimo para mí. No había hecho todo lo que había hecho y soñado todo lo que había soñado para terminar de nuevo en una editorial. Me ofrecieron un puesto de maestro en una escuela en el norte. Hice la valija y me encontré en una escuelita en un camino terroso, frente al Ingenio Ledesma.

–Y fue profesor solo por un tiempo…
–Sí, en un momento sentí que necesitaba saber qué pasaba en el mundo y me fui a Nueva York y me interesé por los movimientos de esa época. No obstante, nada de eso tampoco era para mí. Estuve poco más de un año y volví a Buenos Aires, porque me había casado y tenía una hija. Tuve una crisis fuertísima, estaba cada vez más empecinado en encontrar respuestas que no encontraba y la angustia era cada vez mayor. En ese momento conocí a Franca, mi mujer actual, y encontré el equilibrio. En ese clima de serenidad empecé a encontrar mi camino, por primera vez sentí que eso era lo que quería.  

–¿Cuál fue su camino?
–Fueron las acuarelas, donde se mezclaba la realidad, el pasado y el presente. Lo que había aprendido en los museos y lo que había experimentado del fresco. Todo se mezcló en una sola imagen y en un solo momento, y logré una síntesis.

Los murales 

–¿A esa altura, cuáles eran sus sueños artísticos?
–Siempre tenía el sueño de hacer una pintura importante, donde pudiera aplicar todo el cúmulo de conocimientos que tenía, y apareció “Homenaje a Buenos Aires”. Pude sintetizar ahí todo lo que había visto y aprendido, en una superficie, haciendo participar también a la arquitectura. Hay un enlace arquitectónico entre la pintura y el espacio en el que se encuentra. Me tomó bastante más de cuatro años.

–¿Qué sintió cuando le encargaron un nuevo mural, La Constitución guía al Pueblo en Santa Fe? 
–Angustia, porque era un peso político que podía tener consecuencias. Me había jurado a mí mismo no hacer nuevamente un mural, ni entrar en esas aventuras. Pero un día me llama Binner, de Santa Fe, y me dice que habían decidido que yo tenía que hacer un mural relacionado con la Constitución. El tema de la Constitución y la República era complicadísimo. Coincidió con una inestabilidad tremenda en el país y yo necesitaba una forma de convicción, quería hacerlo para reafirmarme en las ideas.

–¿Como ciudadano, qué aporta para usted la obra a la sociedad?
–Lo primero que quiero es que la obra sea entendida por todo el mundo. La segunda es que no pinto ni para la crítica ni para el mercado; pinto para decir algo que le llegue a todos por igual. En cierto modo, quiero ser didáctico, claro y transmitir un mensaje. 

–¿Está contento con el resultado?
–Creo que el resultado va a ir creciendo con el tiempo. Me gusta, como a todos, que las cosas tengan éxito y ganar dinero, pero no es mi prioridad en absoluto.

–Guillermo, ¿cuándo pinta, mira o imagina el objeto?
–Cuando dibujo se borra el mundo y queda solo una estructura; yo me desaparezco como persona en la realidad. Ese estado de juego, esa aventura, en la cual no sé lo que va a ocurrir, me resulta apasionante. A veces miro y no miro el papel. La condición es que yo tengo que dejar de “ser” para darle lugar a un otro dentro mío que hace las cosas bien, basta que no lo molestes. Si me meto a corregir, se acabó todo. Si lo dejás ser, sin crítica, sale como debe ser. Si esa voz interna me dice que ponga negro, lo hago. Es así.

–Qué bueno que tenga esa voz.
–Está en todos, pero la presión del medio, la cultura, lo que “sabemos”, los prejuicios, el destinatario... todo eso viene a anular esa voz. Es como jugarse entero, te tenés que vaciar.

Inspiración nocturna

Guillermo cuenta que anda con insomnio y que en esas noches dibuja en la cocina. Y muestra unas láminas en carbonilla, con detalles en tonos pastel, donde se ven imágenes de planchas, cacerolas y todo tipo de artefactos culinarios.?También dice que su forma de dibujar es  secuencial: empieza en una punta superior de la hoja y termina en la parte inferior de esta, sin armar estructuras previas y sin volver atrás para corregir. Al igual que el jazz, él sabe que tiene un comienzo y un final; lo que le apasiona es que en el “durante” puede pasar de todo. Allí ocurre la magia. 

–¿Y a dónde imagina que irán estas obras que está pintando?
–Estos dibujos que estoy haciendo se van a llamar “Nocturnos” y van a estar en el Museo de Arte Decorativo en noviembre. Como estoy con insomnio, en vez de deambular por la casa, me propuse hacer un dibujo todas las noches. Al querer dormir y no poder, hay un estado intermedio en el que no estás despierto ni dormido, y los objetos se transforman. Descubrí que eso tenía que aprovecharlo.

Roux en todos lados 

No es una muestra más, porque esta exposición, que puede admirarse en la galería Colección Alvear de Zubarán de la capital porteña, rinde homenaje al gran mural de Roux que está instalado en la Cámara de Diputados de la provincia de Santa Fe desde 2011. Por primera vez, y hasta el 9 de noviembre, pueden verse maquetas y más de treinta obras realizadas para el mural. También en la capital porteña, Roux se encargó de ambientar la recientemente inaugurada estación de San José de Flores con obras de diversos temas y formatos entre las que se destaca la obra titulada El ángel de Flores.


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