ENTREVISTA


Leyrado en el diván


Por Cristina Noble.


Leyrado en el diván
Juan Leyrado no necesita presentación. En cada uno de los personajes a los que les dio vida, se notó su talento y su profesionalidad. Hoy se luce en la obra Dios Mío junto a Thelma Biral.

Juan Leyrado trabaja de Dios todas las semanas y se siente como nunca: “Es notable lo que me mueve este personaje”, se entusiasma. Se trata del creado por Anat Gov, la reconocida dramaturga israelí. Ella le dio forma a un Dios cansado, casi rendido, luego de sobrellevar durante siglos la pesada losa de hacerse cargo de los humanos. Asumir la obra le despierta sentimientos confusos. “Hago el Dios que me imagino, un Dios total”, dice el actor. 

De esta manera, Leyrado encarna cinco veces por semana a un Dios culposo que acude al psicoanálisis para encontrar alivio. La curiosa idea de un Dios vestido con un elegante traje de lino que cuenta sus cuitas a una profesional del inconsciente no neutraliza para nada el momento místico que el actor crea cuando en determinado instante eleva sus brazos y parece subir hasta el cielo con sus manos abiertas.  
 
–Hubo momentos en que parecías tener el poder de levitar. ¿Fue algo que te salió de casualidad, o algo que te marcaron que hicieras?
–Eso salió solo en los ensayos. Apareció a partir de una zona de  mi cuerpo que siempre me ayuda. En todos los roles que interpreto, pero en este muchísimo más, la energía interior es fundamental. Siempre dejo que primero avance el cuerpo y, después, el intelecto. Para mí es casi un principio de vida. El cuerpo tiene un censor, una inteligencia particular mucho más integradora que la mente. Si a un personaje lo filtro por la cabeza, si lo critico, me pierdo. 

Cuando me dejo llevar por la pulsión y la energía interna, todo va bien: no soy ni bailarín ni acróbata (se sonríe); simplemente dejo que el cuerpo se maneje con su plasticidad natural. Si interfiero con un pensamiento o un deseo de perfección, entonces, lo arruino. Eso me pasó con la pintura. Antes pintaba de manera intuitiva: me acuerdo de que mezclaba los colores sin ninguna inhibición. Así seguí, hasta que se me ocurrió hacer un curso para aprender la técnica; entonces, dejé de pintar. En esta obra, la teoría no mete la cola, así que interpreto mi idea de Dios…

–¿Y cuál es tu idea de Dios?
–Bueno, es una  búsqueda continua. Es sorprendente lo que me pasa al terminar cada función: mientras vuelvo a casa manejando, no puedo dejar de pensar todo lo que me provoca  este rol que hago. Es una síntesis de todos los roles. En general, cualquier personaje te deja siempre algo y también se lleva algo tuyo. Pero este es especial. Llego a mi personaje a través de la energía, más que de forma intelectual. Me encanta hacerlo. Subo al escenario y  me entrego con mucha tranquilidad, con mucha protección. Me entrego a lo que me pase en el plano energético.

–Quizá Dios te esté ayudando. ¿Creés en él?
–Sí, sí... (Pausa). Sí, creo. Dios para mí es energía y movimiento: está en las células, en los átomos, en todo lo que vive y cambia. Cada uno lo ubica donde quiere: en el pecho, en el alma…

–¿Cuándo empezaste tu carrera?
–Uh… ¡Hace rato! Era un chico de 16 años cuando descubrí esta pasión por actuar; yo nunca había ido al teatro. A esa edad me empecé a dar cuenta de que el tiempo del juego se estaba terminando y que tenía que elegir algo para hacer. El tema era dónde poner mi sensibilidad y cómo ampliarla. Tuve la suerte de cruzarme con un grupo de teatro muy familiar que ponía una obra en Almagro, Las de Barranco. Ahí empecé. Me acuerdo de que me dieron dos o tres instrucciones para arrancar, me aprendí la letra de memoria y la dije.

Así de sencillo. Lo hacía tal como me pedían (se sonríe). Parece que lo hacía bien, con naturalidad; eso me dijeron. Después, cuando empecé a estudiar, se me complicó un poco... La cuestión es que desde esa obra en Almagro no paré, me convertí en un bicho de teatro. Tuve maestros de primera: Martín Adjemián, gran actor; Alejandra Boero, pero con el que más me formé fue con Agustín Alezzo. Con el teatro no me pasó como con la pintura; seguí confiando siempre en mi intuición, y en esas cosas que se aprenden en las calle, en el barrio…

–Vos te criaste en Barracas. ¿Qué te dejó ese barrio?
–Barracas fue el barrio de mi infancia. Me dejó sensaciones, texturas, olores. Y un conocimiento de los estilos de vida de la gente que fue una gran escuela. En Barracas se vivía a puertas abiertas; había mucha comunicación  con los vecinos. Eso me ayudó a tener distintos personajes incorporados, a los que recurro en mis interpretaciones. Son conocimientos que no se adquieren leyendo. En Barracas, como en La Boca, había mucho inmigrante de distintas partes de Europa: era un abanico de colores y de formas… Y de aromas. En los mediodías se olía a tuco, a sopas, a asado... todo mezclado.

–¿Cocinás?
–Sí, incluso hice cursos de cocina. No tengo un plato especial, pero sí debilidad por todo lo que es pastas y salsas. Me encantan, por ejemplo, los tallarines acompañados por una salsa con verduras. Uno de mis mejores momentos es cuando vamos a almorzar con Mía, mi nieta de 5 años. Lo pasamos muy bien. Yo le pregunto dónde quiere sentarse, si le gusta lo que pidió, si quiere repetir… Ella siempre está entre “el husito” –así le dice al asado– o la pasta, que la llevamos en los genes, no hay caso… A mí me gusta mucho la comida mediterránea.

–El Mediterráneo debe de estar en tus orígenes…
–Sí, tengo españoles e italianos en mi haber. La parte siciliana es de mi madre, y la gallega, de mi padre. Todavía no fui a recorrer esas tierras: debe de ser porque no soy un buen turista. No me apasiona viajar, y si voy a un lugar, no recorro mucho, me quedo allí. Me pasa aquí también; soy hombre de costumbres firmes: voy siempre al mismo restaurante, al mismo café, al mismo lugar de veraneo… Mi mujer en ese sentido me ve un poco plomo.

–¿Y tu mujer también es la de siempre?
–Sí, hubo un par de separaciones, pero separarme ahora ni lo pienso, no quiero, no me imagino dividiendo nuestras cosas, eligiendo nueva casa, no viéndola todos los días… No, no...

–¿Seguís celebrando el encuentro con tu mujer?
–Sí, claro. Somos ese tipo de parejas de crianza, de toda la vida; nos conocemos tanto que ahora atravesamos uno de los mejores momentos. La forma de celebrar el hecho de vivir con mi mujer es no olvidarme de las cosas que le molestan, para evitarlas. Y recordar las que les gustan, para regalárselas. No somos una pareja que simplemente perdura. Nosotros, evidentemente, nos llevamos bien. No hablo de ella como la bruja. Odio eso. Si estoy, estoy, y si no, me voy.

–¿Ella también actúa?
–María viene de una familia de actores. Su abuelo, Mario Lozano, era un actor espectacular y en radio lo dirigió Discépolo. Cuando su padre era presidente de Actores, María vino a ver una obra mía: ahí nos conocimos. Hoy me preguntó si me acordaba de qué fecha era y yo no tenía idea. Resulta que era nuestro aniversario; nos conocimos hace cuarenta y cuatro años…

–¿Te psicoanalizaste alguna vez?
–¡Sí! Como Dios (se sonríe). Hace siete años que tengo el mismo terapeuta. Esa hora semanal en que puedo analizar lo que me pasa, ver mis luces y sombras es fundamental. Es un lugar de reflexión fantástico; no me imagino sin ese momento casi filosófico.

–Si hicieras una lista de las cosas que más alegría te dan, ¿cuáles serían?
–Soy un poco cambiante y siempre me quedo con lo último, lo del presente más inmediato. Lo que hoy me causa una gran felicidad son mis nietos: Mía, de 5, y Francisco, de 1 año. Ellos son un compendio de todo lo que viví y todo lo que me espera: son un universo de sensaciones. Todo lo que sea familiar, donde estén mis hijos, mi mujer y mis nietos, me produce una alegría enorme. 

–¿Qué cosas te molestan?
–Me molesta el desprecio que muchas personas le tienen a la vida, a la de ellos y a la de los demás. Me incomoda la falsedad, la mentira, la prepotencia, el engaño… Cosas pequeñas que de pronto se hacen grandes.

–¿Qué darías por un amigo?
–Lo que necesite.

–¿Le tenés miedo a algo?
–¿Miedo? (piensa). A las arañas.

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