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El placer de volar


Por Carlos W. Albertoni.


El placer de volar
El parapente es una de las actividades más populares entre los deportes aéreos. En la Argentina existen varios lugares en los que los neófitos pueden realizar vuelos de bautismo en equipos biplaza. Sensaciones únicas.

Allí arriba, entre las nubes, uno se siente acunado por los vientos. Colgado de una inmensa tela que se infla con el aire, se vuela como los pájaros, en silencio, empujado apenas por las corrientes térmicas que trepan desde el suelo distante. El parapente es una actividad ligada con la aventura, con la libertad y la adrenalina. Suspenderse del vacío y dejarse llevar a través del cielo es la consigna para quienes lo disfrutan. Y es también su premio.

Pariente cercano del aladeltismo, es uno de los deportes más simples y  económicos que ofrece el particular cosmos de las actividades de vuelo. Un ala flexible capaz de ser plegada y guardada en una mochila, arneses y mosquetones de seguridad, un casco, un varioaltímetro, un paracaídas de emergencia y un equipo de radio son suficientes para despegar y navegar las alturas. Sin duda, un equipo mucho menos costoso que el que se necesita para, por ejemplo, volar un ultraligero o un globo aerostático. El origen del parapente se remonta apenas al final de los años setenta, cuando un par de aventureros franceses decidieron adaptar un sistema de paracaídas que la NASA había creado en 1965 para la recuperación de naves espaciales. 

Modificando su estructura, diseñaron unas alas de perfiles semielípticos, de planta cuadrangular y a base de cajones intercomunicados, que al poco tiempo comenzaron a ser usadas por los alpinistas, quienes con ellas podían lanzarse desde las cumbres que habían escalado y evitar así los lentos y peligrosos descensos realizados con equipos de montaña. Con el tiempo, las alas creadas por aquellos aventureros franceses –cuyo nombre, “parapente”, deriva justamente de aquella utilidad que le daban los alpinistas como paracaídas de pendiente– evolucionaron y se transformaron en verdaderos planeadores de tejidos sintéticos resistentes que permitían volar durante varias horas y recorrer grandes distancias aprovechando las corrientes de aire para ganar altura. 

En la actualidad, el equipo de parapente tiene como elemento principal un ala flexible de unos diez metros de envergadura y dos de ancho, elaborada en tela de nailon con un tramado fino y reforzado con un hilo especial que impide las rasgaduras. Esta ala está unida a un arnés de seguridad a través de varias cuerdas de Kevlar forradas en nailon, cuyo número oscila entre setenta y ciento cincuenta, capaces de soportar cada una hasta ochenta kilos de tensión. Asimismo, el arnés va ajustado al cuerpo del piloto, lo que reduce al mínimo el riesgo de accidentes. Por otra parte, el peso total del ala nunca supera los diez kilos, lo que posibilita plegarlo y cargarlo en una mochila común, facilitando de esta manera el desplazamiento de quienes practican la actividad.

El origen del parapente se remonta apenas al final de los años setenta, cuando un par de aventureros franceses decidieron adaptar un sistema de paracaídas que la NASA había creado.

Desde hace ya casi dos décadas, la Argentina se ha convertido en uno de los mejores sitios de Latinoamérica para el parapentismo, con una larga lista de lugares ideales donde practicarlo, entre los que se destacan el Valle de Lerma (Salta), la Sierra de la Ventana (Buenos Aires), los Faldeos del Chapelco (Neuquén), el cerro Arco (Mendoza), el cerro Carpintería (San Luis), los acantilados de Las Grutas (Río Negro), Cuchi Corral (Córdoba), el cerro San Javier (Tucumán) y el Dique de Ullum (San Juan). “En nuestro país tenemos una gran variedad de lugares para realizar la actividad, ya sea lanzándose desde cerros a gran altura o planeando sobre sierras o costas de acantilados de escasa elevación. 

Para el que recién se inicia es una experiencia única, algo que no se olvida jamás”, dice Rodolfo Blanco, un experimentado parapentista sanjuanino que ofrece vuelos y dicta cursos en la zona del Dique de Ullum. “Aprender a volar en parapente no es difícil. Se necesitan unas veinte clases de práctica donde se vuela en tándem, en biplazas, siempre acompañado y supervisado por un instructor. Luego de las clases, que duran unos dos meses, se realiza un vuelo de bautismo de quince o veinte minutos, ya en un parapente de una única plaza y guiado desde tierra por una radio”, agrega Blanco, que suele volar en otros sitios sanjuaninos, como el cerro Villicum.

Cóndores, sierras y mares 

Cuchi Corral es no solo uno de los lugares más populares del país para los parapentistas, sino también un sitio al que suelen llegar varios de los mejores pilotos del mundo para intentar batir récords o mejorar sus estilos. Está ubicado en las cercanías de la localidad de La Cumbre, en Córdoba, y constituye un enorme balcón natural desplegado sobre una pendiente de 400 metros que cae sobre el valle del Río Pintos. “Las corrientes térmicas de aire caliente en este lugar son inmejorables, por la disposición que tiene el sitio desde el que se lanzan los parapentistas y el impacto calórico del sol de la región. Cuanto mejor son las térmicas, más alto puede uno subir y más tiempo se puede ir de un lado a otro con las velas”, cuenta Marcelo Pagano, guía de la agencia cordobesa de turismo especializada en los deportes de aventura. “En Cuchi Corral es posible realizar vuelos de bautismo en parapentes biplaza con pilotos muy experimentados. Lo único que hay que hacer es sentarse en una de las dos sillas que cuelgan del ala y disfrutar del vuelo, sobre un espectacular paisaje de quebrachos y molles. Y, de tanto en tanto, acompañado por el planeo de un cóndor”, completa Pagano.

Desde hace dos décadas, la Argentina es uno de los mejores sitios de Latinoamérica para el parapentismo, con una larga lista de lugares donde practicarlo.

El Cerro San Javier es otro lugar de condiciones geográficas y climáticas similares a Cuchi Corral. Está situado en Tucumán, a corta distancia de las localidades de Villa Nogués y Yerba Buena, y es considerado la capital del parapente en el norte de la Argentina. Al igual que en Córdoba, se pueden realizar allí vuelos de bautismo en parapentes biplaza, acompañados por un instructor. “Son vuelos de unos veinte o veinticinco minutos, que cuestan alrededor de quinientos pesos. Uno se lanza desde Loma Bola, que es la cima del cerro. Y puede ver a sus pies un paisaje extraordinario”, precisa el guía tucumano Hugo Olgiatti. Caracterizada por una geografía muy diferente a la que ofrecen Tucumán y Córdoba, la zona de las Sierras de Tandil es otro de los lugares para la práctica del parapente. 

En este contexto de serranías de pendientes suaves se destaca La Barrosa, especial por sus condiciones atmosféricas. “Cuando las térmicas son favorables, los parapentes pueden subir hasta los dos mil metros de altura. Desde allí arriba todo resulta minúsculo. Se pueden ver las sierras e ir sobrevolando hasta la costa, para planear sobre los acantilados que se extienden sobre el mar”, explica Ezequiel Dignani, director de Parapente MDQ, una de las empresas de vuelo con mayor experiencia en la región. “Hay mucha gente que viene hasta las sierras para hacer su vuelo de bautismo, en especial en el verano. Volar sobre este paisaje y tener la posibilidad de hacerlo sobre el mar es especialmente fascinante. Solo se necesita estar preparado para las emociones fuertes y dejarse llevar por el instructor que maneja el biplaza. Una vez que uno está en el cielo, siempre te envuelve una sensación de libertad única, en medio de una tranquilidad increíble. Vas usando las corrientes térmicas y al mismo tiempo dejás que las corrientes te usen también a vos. Uno se siente flotar y, por eso, cuando se aterriza, cuando se regresa al suelo, se está ya pensando en volver a subir”, concluye Dignani, para resumir así el espíritu del parapente, que, mágicamente, te hace colgar de las nubes. 

Más información:

www.aapp.com.ar
www.parapentemdq.com.ar
www.tucumanparapente.com.ar
www.flyparapente.com.ar
www.cordobaserrana.com.ar/parapente


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