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En bici por las vías del tren


Por Tamara Smerling.


A los 79 y 70 años  En bici por las vías del tren 
Martín Puerreydón (79) y Mariano Petroni (70) no les temen a las nuevas aventuras: llevan recorridas más de siete provincias y unos cuantos kilómetros. Lo inusual no es la edad ni el viaje, sino el modo: se trasladan siempre en bicicleta y sobre los rieles de los trenes. Un sistema novedoso. 

La idea principal de nuestro viaje por el norte fue demostrar que los viejos también podemos”, dice, como para dejar en claro desde el principio por dónde va la cosa. A Martín Pueyrredón le faltan pocos meses para cumplir 80 años y, quizá por eso, se ríe de casi todo. Nació a principios de la década del treinta, y, sin embargo, eso no lo amedrenta para seguir viajando. “Otro de los objetivos de nuestro recorrido era mostrarles a los argentinos qué lindo país tenemos. Nuestro plan busca emocionar y hacer reír a los viejos, a los chicos, a los que no conocen el norte, a los extranjeros que quieren visitarlo”, reconoce. Su proyecto es un viaje por el norte del país, sobre el ramal de uno de los trenes más altos del mundo, ¡pero en bicicleta! “Me crié en el campo, cerca de Cañuelas. Ya a los 17 años comencé a hacer travesías a caballo: me iba hasta la chacra donde vivían mis primos, a 350 kilómetros de mi casa, en el partido de General Viamonte. Me quedaba un mes de vacaciones y volvía otros 350 kilómetros al trote”, rememora. Un día decidió que quería estudiar Ingeniería en la UBA y, al poco tiempo, también se vendió su chacra. Entonces, los viajes se hicieron más asiduos, pero en lugar del caballo se compró una mochila. “El primer viaje lo hice a Bariloche en tren: dos días sobre asientos de madera. Me iba todos los veranos y hacía amigos en la ruta. Yo fui un mochilero que mutó a ciclista”, confiesa, y se ríe. 

Unos años después, se graduó de ingeniero industrial y, como no sabía inglés, se fue a Estados Unidos con doscientos dólares para aprender. Nada como viajar para decir yes con el fonema correcto. Se quedó un año. Trabajó en todos los oficios y profesiones  imaginables, fue vendedor de veneno para cucarachas, peón en una fábrica de carteras, cadete en una empresa de contadores, profesor de equitación y también ingeniero en Puerto Rico. A su regreso, conoció a su mujer, Ersilia. Y se enamoró: hace cincuenta y un años. Se casaron y se quedaron a vivir más de nueve años en San Francisco, donde volvió a trabajar de (casi) todo. Un día, regresaron a la Argentina. Era 1970. “Cuando volví, trabajé en veinte mil cosas, desde la construcción de caminos en el norte hasta la represa de Futaleufú. También nos dedicamos a viajar siempre que podíamos. En un tren por toda Europa, recorrimos desde Estocolmo hasta Estambul. Siempre dormíamos en los asientos y comíamos allí alguna cosa. Con mucha dificultad tuvimos dos hijos, Micaela, que ahora tiene 37 años, y Tadeo, que cumplió 35”. 

Hace unos diecisiete años Martín consiguió trabajo en una fábrica. Eso también le hizo pensar en un cambio de rutina. Yendo al trabajo en su auto todos los días se dio cuenta de que perdía más de tres horas por embotellamientos, accidentes y colas. Entonces, pensó que la distancia más corta, desde su casa al trabajo, era la vía de un tren que cruzaba en línea recta el trayecto. Una mujer que servía café en la empresa le dijo que había visto a un señor que había transformado su bicicleta para que circulara por la vía del tren, justo lo que él estaba imaginando. “Empecé a buscar a este hombre como loco hasta que lo ubiqué. Enrique Costilla vivía en Junín. Este señor se filmaba a sí mismo, además de construir sus propias bicicletas”, cuenta Pueyrredón, que es descendiente directo de José Cipriano. Se consiguió un tornero, Hugo Prodan, y un mecánico, José Lanza, para armar el experimento. A diferencia de las viejas “zorras” que circulaban por las vías del tren en otros tiempos, esta sería plegable y con tres ruedas para hacerla portable. Una vez que todo estuvo en marcha, se animó a contarle el proyecto a un amigo de su hijo para ver si podría filmarlo. 

–¿Y lo lograron?
–Sí, la idea era tomar las vías del ferrocarril Belgrano, que en Villa Rosa se transforma en el Belgrano Cargas. El proceso llevó cinco años; venía a la chacra y filmábamos con sus ayudantes. Hacíamos pruebas. Mientras tanto, yo usaba la bicicleta para ir todos los días a la fábrica; como me quedaban diez cuadras por camino de tierra, la plegaba –como quien cierra una ventana– y ¡listo! llegaba hasta el trabajo. 

–¿Qué decían tus compañeros cuando te veían entrar?
–Al aparato le dicen “el Ratamóvil”, porque en la fábrica me apodan “el Rata”. Qué sé yo, dicen que estoy loco, ¡pero ya saben que soy raro! 

En ese amor por pedalear y pedalear, Martín se hizo nuevos amigos: se empezó a reunir con otros ciclistas que paseaban los fines de semana por la zona. Uno de ellos fue Mariano Petroni, con quien comenzaron a esbozar la idea de emprender otro viaje más largo: al norte. Hicieron algunas experiencias previas: siete, ocho provincias, pedaleando, entre los dos, por todas partes. Después, Pueyrredón habló con el director de cine amigo de su hijo, con los proveedores, hasta con el gobierno de la provincia, y se armó el documental Plan C 14, que recorre el periplo que va desde Campo Quijano –que en la provincia llaman “El portal de Los Andes”, hacia el oeste de la ciudad de Salta– hasta bien entrado el recorrido del famoso Tren a las Nubes por parte de estos dos amigos. “Yo sé que nos dirán que estamos locos, pero en realidad somos personajes muy simples”, reconoce Pueyrredón. 

–¿Por qué eligieron un lugar a más de cuatro mil metros de altura para hacer este gran recorrido?
–Porque me gustó; es el mismo ramal del Ferrocarril General Manuel Belgrano que pasa cerca de mi casa y mi trabajo. Es una trocha angosta que va, justamente, al ramal C14, que entra desde la Argentina a Chile, por el viaducto de La Polvorilla, sobre la cordillera de los Andes. Me gusta, además, porque es muy alto y los turistas le temen porque siempre se apunan. Nosotros lo hicimos en bicicleta, nos entrenamos, tomábamos té de coca y comíamos ajo crudo; todas cosas buenas a la hora de combatir el mal de altura. 

Además del norte del país, Pueyrredón también probó el Camino de Santiago de Compostela, en España, lugar al que piensa volver cuando cumpla los 85. Durante este último verano paseó su bicicleta por El Bolsón y el Cañón del Azul, donde viajó con dos amigos (uno de 66 y el otro de 77) por la Patagonia de la Argentina. Martín, que tiene la voz diáfana y se ríe siempre con ganas, sigue yendo al trabajo montado en su bicicleta cada mañana, por casi veinte kilómetros.“A la ida tardo una hora y, al regreso, un poco más, sin apuro; aprovecho el amanecer y la tardecita... un goce total”, confiesa, casi como un adolescente. Luego suspira y concluye: “Cuando la gente me ve trepado a una montaña, me dice: ‘Pero, ¡este viejo no para nunca!’”. La película que finalmente rodaron sobre el viaje al norte se realizó en dos semanas y transcurre en unos veinte minutos. Los muestra en medio de burros, desiertos y baqueanos, con el Tren a las Nubes como marco de fondo. Se trata de un documental que ya obtuvo premios. En la Argentina pudo verse en el Banff Mountain Film Festival World Tour de cine de aventura en San Martín de los Andes, Bariloche, Buenos Aires, Mendoza, y en El Calafate, en la Patagonia.

El compañero ideal 

Mariano Petroni, al que había conocido en los paseos en bicicleta hace unos años, acompañó a Pueyrredón en estas travesías: Jujuy y su Quebrada de Humahuaca, pasando por Cafayate, Purnamarca, San Antonio de los Cobres, las Salinas Grandes, la Quebrada del Toro en uno de los viajes. Salta, Córdoba, Tucumán, Catamarca, La Rioja, San Luis en otros recorridos. “Nos conocimos pedaleando. Nos encontramos en un grupo con el que hacíamos salidas programadas en bicicleta y Martín se prendió con nosotros. Enseguida nos hicimos amigos y de ahí surgió el reto del viaje al norte. Ya llevamos recorridas más de siete provincias juntos, hemos hecho varios viajes; no sé, forma parte de nuestra existencia. Hoy hacemos cien kilómetros y mañana quizá se nos ocurre que con veinte está bien porque nos gustó el pueblo; entonces, nos quedamos y listo. La idea siempre es pasear, conocer, viajar. Hemos bajado y subido montañas, nos peleamos, nos enojamos cuando estamos cansados, nos divertimos, viajamos en compañía. Lo más importante es que no falte agua; después, cuando te agarra la noche, te quedás a dormir donde sea”,  concluye, con una sonrisa.


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