ENTREVISTA


Señor orquesta


Por Mariano Petrucci.


Señor orquesta

En la previa de los conciertos con los que cerrará un 2013 exitoso, el multiinstrumentista Pedro Aznar no deja tema sin tocar: Serú Girán, el Pat Metheny Group, la influencia beatle, su espiritualidad, sus poesías… Aquí se confiesa una parte del rock nacional. Cuánto le debemos a ese tocadiscos con el que se pasaba horas hipnotizado, viéndolo girar y girar. Cuánto, a esa colección de discos de vinilo de colores que descubrió en el jardín de infantes, y al álbum Revolver, que le regalaron a sus 7 años. Y cuánto, a Elba Vignaldo, su primera maestra, que lo guió en el arte de la guitarra clásica. “Fui a regañadientes, como es de esperarse en un chico de 9 años. Pero me encontré con una mujer amorosa, que enseñaba con naturalidad y hacía parecer todo muy sencillo. Esa confianza fue clave para que le perdiera miedo al estudio y lo considerara una gran herramienta de crecimiento. Salí de la clase fascinado, sintiendo que ya sabía tocar”.

El que recuerda la anécdota es Pedro Aznar (54), quien de muy pequeño, mientras golpeaba ollas y tarareaba inventando idiomas, fue moldeando su pasión por la música, esa que se le hizo “hambre del alma”, como define este ícono del rock nacional. No exageramos: para entender parte de la época de esplendor del género, hay que caer, inevitablemente, en su nombre y apellido. Eso no significa que quien naciera el 23 de julio de 1959 duerma en los laureles: este cantautor, director orquestal, arreglador, escritor y multi instrumentista (sí, todo eso) goza de una absoluta vigencia, a fuerza de su infinito talento. Precisamente, en menos de una semana estará en Rosario, con su nuevo espectáculo –en formato unipersonal– bautizado Mil noches y un instante, en donde ejecutará el bajo, la guitarra y el teclado, entre otros instrumentos. “Son varios conciertos en uno: repaso mis discos, estreno canciones y hago dos segmentos temáticos, dedicados al folclore y a Los Beatles”, concede Pedro, con la amabilidad y la calidez que lo caracterizan.

Durante los últimos dos años, no abundaron los casilleros vacíos en su agenda. Lanzó dos CD (en uno de ellos,  Puentes amarillos, registró el recital en honor a Luis Alberto Spinetta), fue nombrado Personalidad Destacada de la Cultura de la Ciudad de Buenos Aires, y compuso para la película chilena Patagonia de los sueños (una constante en su trayectoria: lo hizo en varios largometrajes, como Hombre mirando al sudeste o No te mueras sin decirme adónde vas). Es un desafío complejo dimensionar la magnitud de este artista. ¿En dónde anclarse y de dónde partir para ello? ¿Cuándo lo convocan de Serú Girán o del Pat Metheny Group? ¿En su frondosa discografía como solista o en sus producciones con sus compinches de Serú Girán, con Fabiana Cantilo, Shakira, Roger Waters y Paulinho Moska? ¿En sus grabaciones en Abbey Road o en su libros de poesías? Corrió agua debajo del puente, es cierto. No obstante, Pedro guarda determinados tesoros en su retina: “Con Serú Girán, el ensayo/zapada en San Pablo –fue la primera vez que nos vimos las caras–, una presentación en La Rural –ante sesenta mil personas, en 1980–, y cuando espiábamos con mis compañeros, desde los camarines de la cancha de River, a esa multitud llena de amor que había ido a ser testigo de nuestro reencuentro. A la vez, me acuerdo especialmente de otras tres ‘fotografías’: con el Pat Metheny Group en las calles de Montreal, allá por 1989, celebrando la década del Festival Internacional de Jazz ante cien mil espectadores; la presentación en el Teatro Colón, en 1999, de Caja de música, donde musicalicé poemas de Jorge Luis Borges, el día del centenario de su nacimiento; y, obviamente, el tributo al ‘Flaco’ Spinetta en Plaza Italia, ante cincuenta mil almas”. 

Ida y vuelta: reflexiones 

En los shows del 7 y 21 de diciembre en los teatros El Círculo y Gran Rex, Aznar repasará, por ejemplo, temas de su álbum Ahora. Hay dos curiosidades alrededor de esta placa: para componerla, se instaló un mes entero en los bosques de Mar de las Pampas. Por otro lado, para grabar parte del disco, dirigió una orquesta de veintidós integrantes en el Estudio Uno de Abbey Road, en Londres. “La creatividad está vinculada a una decisión, a lo deliberado de ‘ponerse al servicio de crear’. De allí la búsqueda de apartar tiempo para dedicarlo, íntegramente, a eso. La intuición es un proceso sorprendente, que te direcciona a sitios impensados: adónde te llevan las ‘musas’ es impredecible”, desliza. Y continúa: “Fui en tres ocasiones a Abbey Road, y cada vez fue una especie de peregrinación a Tierra Santa. De ese lugar salió música que cambió el mundo. Y no solo la de Los Beatles, sino la de Arturo Toscanini, Pink Floyd y un largo etcétera. Aunque Los Beatles fueron la electricidad catalizadora que me convirtió en lo que soy. Así de fácil y de contundente”.

–Tus covers logran un efecto tan poderoso como las versiones originales (“Ya no hay forma de pedir perdón”/“Sorry Seems To Be The Hardest Word”). ¿Cómo se explica? 
–Hay que conocer cuál es el actor, cuáles son los “papeles” que le quedan bien a uno. Cuando decido hacer una canción que no me pertenece, lo hago con el mismo cuidado que si fuera propia. Reinterpreto o modifico solo aquello que me agradaría oír de manera diferente, como un fan que pudiera cambiar una grabación favorita para adecuarla a su gusto. Así de simple... ¡y de irresponsable! (risas).

–Hablás sobre Jung, Borges, vegetarianismo, yoga. ¿Sos muy espiritual? 
–No somos nuestro cuerpo, ni nuestro empleo, ni nuestras posesiones. Tampoco nuestro nombre: somos conciencia. Y la conciencia es eterna; lo demás es pasajero. La chispa de luz que está detrás de nuestros ojos es hermana de todo lo visible y lo invisible. Saber que no somos una isla que termina en la piel, sino una gota que, a la larga, se funde en un océano hace todo más bello y la angustia es soportable. Me interesan estas cosas que pueden sonar rimbombantes, pero se trata de prestar atención a quiénes somos en realidad. Y esto impacta en mi trabajo, ya que  uno escribe muy parecido a cómo vive y piensa. No digo “igual”, ya que el que escribe suele ser “la mejor parte de uno”, que va, muchas veces, por delante de uno mismo.

–Aconsejan leer en esos momentos en los que uno tiene demasiado para decir, pero pocas palabras para expresarlo. ¿Qué estás leyendo hoy?
–Desde hace unos meses estoy con Ken Wilber y su “teoría de todo”: los cuadrantes, los estadios evolutivos sociales, los grados de desarrollo interior, su interrelación y su uso para analizar holísticamente la experiencia humana. Parece ser una buena herramienta para impulsar el salto que debiéramos dar como civilización global en el tercer milenio.

–¿Por qué poesías, Pedro?
–La poesía es el punto de partida de cualquier mirada artística. Sin una mirada poética, no hay verdadero arte, sino entretenimiento.

–¿Hay algún instrumento que te cause más placer que otro?
–El placer se da cuando “ocurre” la música, más allá del instrumento. Y la música no “ocurre” así nomás, automáticamente. En oportunidades se toca, se oye un sonido… y pará de contar. Cuando la música “ocurre”, acontece otra cosa mucho más abarcativa. Ahí emerge el placer mayúsculo, como cuando estoy en el escenario. Aunque la atmósfera que allí se genera aún me provoca nervios y ansiedad. Intuyo que debe de ser similar a lo que siente un paracaidista: ¿y si falla? Pero el zambullirse es una delicia, y uno comprueba por qué elige pasar esos nervios iniciales.

–Navegás por distintos estilos musicales. ¿Alguna preferencia? 
–En mi música convive mi música predilecta, en diálogo permanente. Me siento tan en casa bagualeando como rockeando. 

–Pedro, ¿qué lugar creés tener en la historia de nuestra música? 
–Seguramente, me sueño más grande de lo que represento, porque no es posible ser imparcial estando tan involucrado con lo que uno hace, amarlo tanto… y no imaginarse más importante de lo que en verdad se es.

El Sgt. Pepper de Aznar

Le preguntamos por sus referentes (en la música, en la vida...) y él propone, entre risas, hacer su propia versión de la carátula del trascendental octavo álbum de Los Beatles. Y enumera (tome aliento y prepárese): “No podrían faltar Mercedes Sosa, Sting, Peter Gabriel, J. M. Basquiat, Carl Gustav Jung, el Dalai Lama, Octavio Paz, Fernando Pessoa, Walt Whitman, Cortázar, Borges, Abelardo Castillo, Charly García, Luis Alberto Spinetta, Diego Ortiz Mugica, Edward Weston, Ansel Adams, Robert Mapplethorpe, Michelangelo, Leonardo Da Vinci, Henri Matisse, Van Gogh, San Francisco de Asís, Gautama Buda, Thomas Merton, Stan Grof, Rumi, Basho, Mishima, Yupanqui, el Cuchi Leguizamón, Astor Piazzolla, Leda Valladares, Bach, Mozart, Brahms, Chopin, Maurice Ravel, Stravinsky, Schumann, Puccini, Rachmaninoff, Tchaikovsky, Gandhi, Alan Watts, Led Zeppelin, Joni Mitchell, Nick Drake, Stevie Ray Vaughan, Ray Charles, Stevie Wonder, Marvin Gaye, Aretha Franklin, Rolling Stones... y Los Beatles, por supuesto”.

Un casete, una historia

En 1980, Pedro escuchó al Pat Metheny Group en el marco del Rio Monterrey Jazz Festival, una vez finalizada su presentación junto a Charly García, David Lebón y Oscar Moro. Quedó tan impresionado que le entregó a Pat una cinta con grabaciones caseras suyas. Al año siguiente, Metheny lo llamó encantado por su material. Finalmente, con Serú Girán ya disuelto, Aznar viajó a Estados Unidos para estudiar en la Berklee College of Music y aprovechó la estadía para hacer migas con Pat, Lyle Mays y Danny Gottlieb, e invitarlos a grabar en la Argentina para su disco Contemplación. El excelente clima durante las sesiones confirmó lo que se intuía: Pedro como integrante oficial del Pat Metheny Group. La experiencia –con giras por Estados Unidos, Europa, Japón, Hong Kong y Australia– se extendió de 1983 a 1985, y se repitió de 1989 a 1992 (bien sabe Aznar de segundas partes: quizás usted fue uno de los asistió al reencuentro de Serú Girán, años después de su separación).

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