ENTREVISTA


Jane, una mujer sabia


Por Carolina Cattaneo.


Jane, una mujer sabia
Jane Goodall, defensora del medio ambiente, visitó estas tierras para filmar un documental en la Patagonia. Conozcamos a esta mujer que fue nombrada, entre otras cosas, Mensajera de la Paz por las Naciones Unidas.

La mujer llega a la conferencia con pasos lentos pero firmes, sonríe apaciblemente, observa, habla poco, va acompañada de sus colaboradores, de algún fanático. Tiene su pelo blanco, sin una gota de tintura, atado con una cola de caballo. No hay señales de maquillaje, ni joyas, ni decorados inútiles. En su rostro hay rastros de belleza. De cartera, lleva una de esas bolsas de tela que se entregan en los supermercados para evitar el uso de las de nailon. Unos pocos rasgos que, como un iceberg, muestran solo una parte. Lo que está en lo profundo, lo que hace que sea ella y no otra, no tardará en emerger, en salir a la luz. 

Son las diez de la mañana, la pequeña sala del hotel Hilton de Puerto Madero está lista para que unas veinte o treinta personas participen de una conferencia sobre un documental que se filmará en la Patagonia. El director del proyecto, el actor Boy Olmi, entra y trae consigo el entusiasmo por las nubes y un botellón plástico lleno de flores que parecen haber sido cortadas de algún jardín. Las pone sobre la mesa donde se sentarán los dos protagonistas del documental. La doctora Goodall –Jane, para el mundo entero– es una de las científicas especialistas en chimpancés más prestigiosas del planeta. Quienes por los años sesenta leían la revista National Geographic quizá la recuerden como la joven de 26 años que en julio de 1960 montó un campamento a la orilla de un lago, en Gombe, Tanzania, para estudiar el comportamiento de estos animales. 

Solo llevaba consigo una lapicera, un anotador y un par de binoculares, a su madre y a un cocinero local. Quizás algunos la confundan con Dian Fossey, la investigadora cuya vida fue retratada en la película Gorilas en la niebla. Pero no es Dian, a quien asesinaron en 1985. Es Jane, está viva, más que nunca, tiene 79 años, viaja por el mundo trescientos días al año y visitó la Argentina por cuarta vez para filmar un documental con otro científico de 79, Roger Payne, dedicado al estudio de las ballenas. Con ella trajo también esa extraña combinación de anciana entrañable y entusiasta joven, de monje sereno y guerrera de la paz. Con ella trajo la sabiduría que le dio el contacto con la selva y el dolor que le causan la pobreza, el consumo desmedido, los campos de refugiados, las guerras, los desmontes, los cambios en los patrones climáticos, el maltrato animal y los niveles de contaminación de los suelos y de los océanos. Frente al micrófono, la dama, elegante, paciente, responde a las preguntas. 

–¿Qué le diría a la gente que critica a los proteccionistas de animales y en su lugar propone ocuparse de los problemas de los humanos?
–Trabajando en África descubrí que en muchos lugares donde hay pobreza, donde no hay para comer, la gente tiene que destruir el ambiente en el que vive para generar recursos. Entonces, los animales están perdiendo el ambiente, y la gente, volviéndose más pobre. Cuando llegué a la conclusión de que para poder cuidar el hábitat de los animales teníamos que ayudar a la gente a encontrar alternativas de vida que no perjudicaran al ambiente, creamos un programa de conservación y desarrollo que se está aplicando en cincuenta y dos localidades alrededor del área de protección de los chimpancés. La idea es ayudar a las comunidades humanas a encontrar educación y salud y ellos mismos ahora están trabajando en conservación y actividades económicas que los benefician, y a la vez cuidan el ambiente. La manera de ayudar a estas comunidades no es darles dinero, sino lograr que encuentren sus propias soluciones. No darles el pescado, sino enseñarles a pescar. 

Después de pasar más de veinte años sumergida en las entrañas de la selva estudiando a los monos, Jane viró el timón de su vida. Fue en una conferencia, en Chicago, en 1986, donde presentaban su libro Chimpanzees of Gombe: Patterns and Behavior. Allí había especialistas en chimpancés de todas partes. El resultado de aquella reunión fue que los investigadores, Jane incluida, se dieron cuenta del serio riesgo que corrían estos animales y del peligro que amenazaba al ambiente en el que vivían. Las biografías de la doctora Goodall dicen que el resultado de aquello fue que Jane entró a la conferencia como científica y salió como activista. 

Entonces, dejó los bosques ecuatoriales, donde había tenido y criado a un hijo, y se convirtió en una militante pacífica del conservacionismo. Se dedicó a viajar por el mundo. En el marco del Instituto Jane Goodall, creado en 1977, ideó un programa educativo, global, medioambiental y humanitario al que denominó Roots & Shoots (Raíces y Brotes). Lo hizo con la intención de mejorar la calidad de vida de las personas y de los animales y la salud de los ecosistemas. El programa hoy funciona en ciento treinta países, entre ellos la Argentina, y más de 17.000 grupos de gente de todas las edades trabajan para alcanzar distintos objetivos. Ella es la cabeza y el corazón de esa masa humana, la arañita incansable que minuto a minuto teje la red. 

–¿Cuáles son las cuestiones ambientales que más le preocupan actualmente?
–Responder a la pregunta llevaría mucho tiempo. Es muy complejo. Pero diría tres cosas que subyacen a todos los problemas ambientales. Uno es la extrema pobreza, porque cuando hay mucha pobreza en una familia, la familia tiene hambre y, entonces, las personas llegan a talar hasta el último árbol para sobrevivir. Y compran cosas baratas, como alimentos que se producen de maneras no amigables con el medio ambiente o prendas que hacen uso del trabajo infantil. Por otro lado, el estilo de vida no sustentable del resto de nosotros. Muchos tenemos más de lo que realmente necesitamos. Como factor subyacente, está el aumento de la población humana, que es una gran preocupación. Todas estas cosas conducen a la destrucción de los bosques y de las selvas, a la contaminación de los océanos, a la contaminación y reducción de la cantidad de agua dulce en todo el mundo, a la terrible polución de la tierra y del aire y luego los gases de efecto invernadero que conducen al cambio climático. Y adonde sea que yo vaya se habla de patrones climáticos cambiantes, de inundaciones, de sequías, de cambios en los hábitos de los animales. Todos sabemos que la quema de combustibles fósiles es la causa del aumento en los gases de efecto invernadero. Pocas personas se dan cuenta de que el aumento en el consumo de carne en todo el mundo genera una verdadera catástrofe ambiental, porque se talan bosques enteros para instalar lugares donde criar animales y, además, sus procesos digestivos, particularmente los de aquellos que comen alimentos no naturales, producen gas metano, que es peor que el dióxido de carbono. 

–Jane, ¿de dónde saca la fuerza para viajar trescientos días al año para trabajar por generaciones que, quizá, nunca llegue a conocer? 
–Es muy inspirador para mí que en todos los lugares que visito me reúno con gente joven a la que les brillan los ojos tratando de hacer la diferencia. Eso me mantiene joven. En segundo lugar, trabajar en conservación está lleno de obstáculos, uno siente que da un paso hacia adelante y dos hacia atrás, y muchas veces se pregunta si tiene sentido seguir adelante. Pero cuando veo a un niño, lo miro y me vuelvo consciente de cuánto hemos dañado al planeta desde que yo tenía esa edad, y tengo una sensación de enojo y desesperación al respecto. Y además debo decir que soy una persona extremadamente obstinada, así que no voy a dejar que me tiren para atrás.  

África, donde está su corazón 

La pequeña Jane Goodall creció en Bournemouth, en la costa sur de Inglaterra. De niña leía las historias del doctor Dolittle, de Hugh Lofting, y los libros de Tarzán. Jane se hizo joven en un matriarcado, al lado de su madre, de su abuela, de su hermana y de sus tías, soñando siempre con llevar una vida en contacto con los animales, como había leído en esos libros infantiles. Como su familia no tenía plata para costearle los estudios universitarios, se anotó en un curso para ser secretaria y comenzó a trabajar desde muy chica, primero en la Universidad de Oxford, tipiando documentos, y luego junto a un grupo de cineastas eligiendo música para documentales. 

En 1956 una amiga la invitó a su casa en Kenia. Jane, que trabajaba en Londres, renunció a su trabajo y volvió a la casa materna para ahorrar. Trabajó de mesera. Juntó la plata necesaria y partió. Pisó suelo africano a los 23 años. Allí conoció al paleontólogo y antropólogo Louis Leakey, quien la contrató como asistente y secretaria en un museo. Ella lo acompañó en sus tareas de investigación de suelo, desenterrando fósiles. Leakey necesitaba a alguien que fuera a Tanzania a estudiar a los chimpancés, algo que le podría dar a él pistas sobre la evolución humana. Jane ya tenía 26 años cuando llegó a las orillas del lago Tanganyika, en Tanzania. Allí se instaló y pasó horas y horas de días enteros observando a los chimpancés. 

El resultado fueron descubrimientos que revolucionaron los conocimientos que se tenían de esos animales hasta el momento. Los estudió en su propio territorio durante unos veinte años, y de esta manera la selva se convirtió en su hogar. “África es mi verdadero hogar”, dice Jane. ¿Si vuelve? “Sí, dos veces por año –cuenta–. Vuelvo a Gombe solo por unos días. No tengo mucho contacto con los chimpancés, solo con algunas crías, que conozco, me conocen. Pero ahora se trata de estar allí, en la selva, escalar a los viejos lugares… Así puedo volver a cuando tenía 26 años y nutrir mi espíritu”. 

–¿Cree que lo suyo es un don? 
–Es un don relacionado con los animales, pero también con el contacto con las personas. Por eso, sigo viajando, porque está aquí –dice, y se lleva la mano a donde está su corazón–. 

Antes de irse, una fila enorme de gente la aguarda. Algunos quieren pedirle que autografíe el libro Through a Window; otros, que firme un folleto o una revista National Geographic. Una niña le muestra un elefante de peluche, una mujer pregunta cómo se dice en inglés “Solo quiero ver su mirada”, un joven le da el libro Malvinas, la otra cara. Muchos simplemente quieren fotografiarse con ella, darle un beso, abrazarla. Ella besa, estrecha sus manos, abraza.  

“En mis viajes he visto gente que dona más dinero del que gana, que arriesga su salud, que arriesga la vida, y que incluso la ha perdido para ofrecer soluciones a los problemas del planeta. Y ese es el principal motivo por el cual yo no pierdo la esperanza”.

“La gente suele preguntarme si realmente hay esperanza, porque vemos que los problemas que causamos son tantos y tan variados. Vamos camino a la destrucción si seguimos actuando como siempre. Realmente necesitamos empezar a pensar diferente y recuperar algo de la sabiduría del pasado, un pasado en el que la gente tomaba decisiones pensando en cómo afectarían a las generaciones siguientes. La única diferencia entre nosotros y los chimpancés y los demás animales no humanos es el desarrollo explosivo del intelecto humano. ¿No es impresionante que hayamos podido desarrollar un cohete que viaja hasta Marte, que camina sobre su superficie y que saca fotos que llegan a la Tierra para que la ciencia pueda estudiarlas? Es increíble que siendo los primeros seres intelectuales que caminaron sobre este planeta, lo estemos destruyendo de esta manera. Creo que la única manera de alcanzar nuestra verdadero potencial humano es usar nuestro cerebro inteligente en conjunto con el corazón, el amor y la compasión”.

Más información:
www.janegoodall.org
www.rootsandshoots.com.ar

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