INVESTIGACIÓN


El amor a una distancia prudencial


Por Guadalupe Treibel..


El amor a una distancia prudencial
Son cada vez más las parejas que eligen decirle no a la convivencia y estar juntos, pero en casas separadas. ¿Es factible mantener este statu quo en el tiempo? Los especialistas analizan el fenómeno bautizado “Living Apart Together” (juntos pero separados).  

Silvana F. es veterinaria, tiene 31 años y, desde hace nueve, está en pareja con Juan B., un diseñador de 38 años. Hace dos decidieron vivir juntos: compraron una casita, la pusieron a tono –cuadros de autoría compartida, objetos vintage por aquí y por allá, entre otros curiosos detalles– y se instalaron. La coexistencia, sin embargo, resultó más difícil de lo que esperaban y decantó con el pasar de los meses: ahora, de los siete días, solo conviven dos o tres; el resto de la semana, él duerme en su estudio/segundo hogar. “Fue una decisión orgánica que ni siquiera tuvimos que conversar. Por los horarios atípicos de mi novio –es freelance y hace buena parte de su trabajo a la noche–, nos resulta el arreglo más efectivo para que nuestras rutinas no se empasten mutuamente y el vínculo se mantenga saludable”, explica la joven profesional. 

“De momento, es una fórmula que funciona para ambos. Ni él tiene que lidiar con mis mañanas ni yo con sus noches. De paso, ¡esquivo sus ronquidos!”, bromea la especialista frente a una relación que hoy ha vuelto a ser, según dice: “Amorosa, alegre, muy divertida y, en términos generales, feliz”. Ante tan gozosos resultados, ¿mantendrán el convenio a largo plazo? “No pensamos qué ocurrirá en un futuro, pero –por ahora– estamos bien así. Vivimos el hoy”, responde, categórica, Silvana. María I. (30) es ejecutiva de cuentas de una agencia de publicidad. Fue en el mismo contexto laboral, gran devorador de horas y vida social, donde tuvo la fortuna de conocer al creativo Manuel F. (33), acorazonada media naranja desde mayo de 2012. 

Entonces se gustaron, se buscaron, se encontraron y, tras muchos meses de relación, no solo conservan la frescura de los primeros encuentros sino que, a la par, siguen consolidando uno de esos vínculos “para toda la vida”. Con todo, viven en casas separadas. “Preferimos esta forma de convivencia a distancia: vacacionamos juntos, pasamos muchas noches juntos alternando hogares, pero cada uno tiene su lugar”, destaca la publicista. Y agrega que, en parte, la decisión se sostiene por no encontrar la manera de congraciar las rutinas de ambos: “Manuel tiene un hijo chiquito con su pareja anterior, lo que implica otro tipo de cotidianidad, de obligaciones y rutinas”. Por eso, María no cree todavía que sea tiempo de resignar tantas libertades.      

Quizás el ejemplo de la relacionista pública Andrea E. (30 años) sea el más usual: ella y su pareja Rodrigo O. alquilaron un departamento y probaron vivir juntos. No resultó. “Nos matábamos por las cosas más pequeñas: la toalla mojada en el piso, el control remoto, quién cocinaba… Un cliché de película”, describe sobre una cotidianidad que pudrió la, hasta entonces, impoluta relación. Pero el amor seguía estando, así que dieron un paso al costado, anularon el contrato de vivienda y retomaron su arreglo anterior. “Si bien fue algo que erosionó lo que habíamos construido, ahora estamos mejor. Nos extrañamos, nos elegimos; es nuestra manera de poder estar juntos. ¿Cuándo vengan los hijos? Y, no sé…”, asegura la treintañera.  

Los números 

Estos pocos casos muestran un patrón que ha desembarcado en la realidad de muchos y tiene nombre propio. “Living Apart Together” (LAT) es la etiqueta que recibe la tendencia de estar juntos aunque en casas separadas. Pero, ojo: si bien hoy se ha extendido, la práctica tiene sus bastiones en personajes de larga data, muchos de los cuales la pusieron en acción por agridulces razones, o con agridulces resultados. Patricia Sosa y Oscar Mediavilla llevan añares proclamando las bondades del LAT; sin embargo, adoptaron este estilo de vida después de casarse, pelearse, divorciarse, volver a encontrarse. Tras barajar y dar de vuelta, hoy se eligen de otra manera. Harto conocido, mientras estaban casados, Woody Allen y Mia Farrow tuvieron residencias distanciadas en Nueva York; de más está aclarar, no funcionó. Otro es el caso de Helena Bonham Carter y Tim Burton, quienes –por ahora– comparten calle, no así techo: sus respectivas direcciones están a dos casas de distancia.  
   
Más allá de nombres propios, las cifras actuales hablan por sí solas y muestran un estallido en lo que el sociólogo y ensayista polaco Zygmunt Bauman llamó “parejas semiadosadas”. De hecho, solo en los Estados Unidos, se calcula que 1,7 millones de duplas viven en estas condiciones. En Inglaterra, se habla de 2,2 millones, aunque las estadísticas confirman que el 54% de los británicos admite este estilo de vida como “normal”. En Suiza, el 6% que optaba por esta fórmula en 1993 aumentó considerablemente y en 2010 ya alcanzaba el 14%. Incluso, hay libros dedicados específicamente a la temática, como Living Happily Ever After – Separately, de Lise Stryker Stoessel, o Going Solo: The Extraordinary Rise and Surprising Appeal of Living Alone, escrito por Eric Klinenberg. Como se ve, la opción es socialmente aceptada por personas que, frente a la dificultad de la convivencia, eligen otra manera de vivir.   

Palabra autorizada 1

A considerar: hombres y mujeres con experiencias de convivencia previa malas, sin experiencia previa, divorciados, vueltos a juntar, viudos o solteros sin hijos; todos entran en una ecuación de “parejas sin domesticidad común”. Ecuación que el doctor Jorge Daniel Moreno, en su calidad de médico psiquiatra especializado en terapia familiar y de pareja, ayuda a desentrañar. Sobre el LAT, el autor de los clarividentes 13 consejos para fracasar en pareja y Yo no quiero un amor para toda la vida. Quiero un amor real, declara: “El amor es vivido según pautas sociales. De alguna manera, la manifestación amorosa y su materialización son formateadas por reglas sociales. En el caso de las parejas que viven separadas, si bien es difícil generalizar, creo que es un fenómeno que ocurre en ciertos sectores –los medio altos– y que intenta proteger ciertos valores –la independencia y la autonomía, la ritualidad– que la amorosidad puede afectar.” 

–¿Considera que hay mayor amplitud de pensamiento a la hora de entender los vínculos en la época actual? De ser así, ¿eso habilita a que más parejas opten por formas menos convencionales y elijan la no convivencia?
–Las posibilidades de desplegar una relación amorosa son mayores en la época actual porque los cambios sociales lo permiten. Son los cambios sociales los que abren nuevas perspectivas personales para vivir el amor. Cada pareja define a través de un acuerdo más o menos implícito qué considera que consolida su relación. A mi entender, el vínculo se fortalece en la intimidad y no solo me refiero a la intimidad sexual sino al entramado donde el uno y el otro se encuentran en la cercanía de sus afectos, y nutren y satisfacen esa cercanía sin perder el colorido y el perfume de lo amoroso.

 “Existe la creencia de que la convivencia puede ‘gastar’ la relación, pero lo que gasta cualquier relación es la rutina de la cotidianidad (porque aburre)”. Jorge Daniel Moreno

–Vivir el amor de esta manera, ¿ayuda a preservar la relación?
–No necesariamente. A veces, la convivencia se hace habitualidad, y el tiempo se estanca, y el devenir parece hacerse circular, y el amor se hace compañía y acostumbramiento. Pero eso no depende de vivir o no vivir juntos. Existe la creencia de que la convivencia puede “gastar” la relación, pero lo que gasta cualquier relación es la rutina de la cotidianidad (porque aburre) o la creencia de que por convivir se pueden permitir conductas que no solo no enriquecen la relación sino que la empobrecen y vulgarizan. El amor siempre debe mantenerse, nutrirse, explorarse, crecer; es un sentir y un hacer, no un “hice, ocurrió y ya está”.

Palabra autorizada 2 

Consultada para que opine del tema, la psicoanalista y escritora Laura Palacios, miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina, se despacha con un adelanto de su libro El bolero. Canto a la felicidad clandestina (que trata acerca de las etapas y vicisitudes de la vida amorosa, iluminadas por el bolero). En su libro, la especialista plantea lo siguiente: “Con cuánta razón Sigmund Freud propone que la antítesis del amor no es el odio, sino la indiferencia. Ese invierno que congela las raíces del amor, esa temida flecha de plomo”. Y agrega: “La vida amorosa tiene etapas. La primera es el enamoramiento, cuando Cupido te flecha y estás obnubilado, la gloria amorosa, un estadio donde el amor-pasión –tan vulnerable a la rutina– es protagonista. 

En la segunda etapa, se va todo un poquito al demonio a causa de los celos y, en especial, de la convivencia”, destaca la psicoanalista que define el “Living Apart Together” con estas palabras: “Es un recurso casi sociológico en resguardo de los signos del amor-pasión, de esos primeros momentos en los que las personas están en un estado hipnótico, narcisísticamente placentero”.  

–¿Se puede sostener en el tiempo ese estado de enamoramiento que intenta preservar el LAT? 
–La flecha tiene fecha de vencimiento; y es que uno no puede estar en un estado de enamoramiento constante porque, según Freud, implica un empobrecimiento yoico, imposible de soportar mucho tiempo. Además, el amor-pasión es muy devorador… De todas formas, aunque insostenible, es un recurso válido para hacer que dure más. “Todo se soporta en la vida, menos una etapa de continua felicidad”, decía Goethe. Para eso está la convivencia…

–¿De modo que usted opina que una relación en casas separadas no podría durar toda la vida? 
–Depende de las ganas que se tenga de tener hijos, punto importante que rompe la ecuación. Porque toda esa modernidad, toda esa libertad, se quiebra con el primer llanto y el primer pañal a las cinco de la mañana… Ahí se vuelve a lo clásico.

–Es curioso: resalta que el LAT es una táctica para salvaguardar la etapa del enamoramiento cuando, a priori, se podría entender como una decisión cerebral individualista…
–Si bien entra en juego la inteligencia de alguien que lo decide, que lo sostiene, que se le planta a la familia y al runrún social, no creo que sea cerebral. Lo que prima es el uno a uno, la singularidad, y –aunque está muy bien– no es lo que se acostumbraba.  

–¿Sería entonces un invento moderno? 
–Exacto. Hay lugar para la invención, saliéndose de la tradición, del deber-ser. Si no sabés nadar y estás en el medio del río, te buscás un tronco pero no dejás de patalear. Tiene que ver con la salvaguardia del amor. Hay un carácter salvador: convivimos, nos peleamos, pero si hay amor, ¿por qué no vamos a estar juntos? Me parece un síntoma de los tiempos, con sus característicos “toco y me voy”, no armar compromisos demasiado duraderos, no atar las libertades individuales, no pasarlo mal. Porque seguramente los que lo hacen no se lo proponen desde el principio; o sea no es un punto de partida sino una salida después de algún tipo de experiencia de convivencia. No es un a priori en la relación, sino la respuesta a una experiencia que no gusta. Esta alternativa es un camino lateral, una salida elegante para preservar el vínculo. Un volver a pactar. Porque, en definitiva, la vida amorosa es encuentro y desencuentro; siempre hay una no coincidencia básica que, de alguna manera, hay que hacer encajar.


–¿Es posible nutrir el compañerismo con este estilo de vida?
–Es un “la remamos juntos”, porque la fantasía que prevalece es la del “te elijo todo el tiempo”, “te veo cuando quiero”, “estoy con vos porque quiero, no por obligación”. El intento de convivencia es expandir el texto de nuestras obligaciones.  

“Depende de las ganas que se tenga de tener hijos, punto que rompe la ecuación. Porque toda esa modernidad, toda esa libertad, se quiebra con el primer llanto y el primer pañal a las cinco de la mañana”. Laura Palacios

Los boleros y el amor 

“Palito Ortega es el autor de ‘Sabor a nada’. Un clásico”, dice Laura Palacio. “Allí se reflexiona (¡sí, se reflexiona!) Acerca de ese gélido antisentimiento, hijo de la rutina y de aquello que para el ideólogo del bolero tiene el mismo efecto que tiene la kriptonita sobre la vitalidad de un reputado superhéroe: la diaria convivencia. Dice así: ‘Qué nos sucede vida que últimamente / ya nos miramos indiferentes / y ese amor que hasta ayer nos quemaba / hoy el hastío ya le dio sabor a nada’”.

Cuando llegan los hijos…

Si en algo concuerdan los especialistas es que la ecuación de no convivencia dura hasta la llegada del primer retoño; luego, es difícil sostenerla. “De lo contrario, sería una familia monoparental…”, reflexiona Moreno. Ahora bien, una vez que, hijo mediante, los enamorados apuestan a vivir con el otro, ¿cómo sortear el tedio que puede conllevar la cotidianidad extendida? “Es importante que, conforme el niño va creciendo, la pareja defienda un espacio en común donde pueda tejer intimidad y haya una cercanía emotiva. De lo contrario, la conyugalidad va desapareciendo y se hace virtual en función de la parentalidad. Y entonces aparece el aburrimiento, porque solo quedan los rituales de lo cotidiano, vaciados ya de sentido. Entonces, el colorido de la relación muere y la rutina termina agobiando”, explica. ¿Cuáles son sus consejos para mantener la paleta viva, la intimidad recreada? “Nada extravagante: defender ciertos espacios y provocar otros. Sentarse a tomar un café, salir a cenar, ir a cine; pero solos. Esa es la palabra clave”, define.



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