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Mi mejor historia


Por María Alvarado.


Mi mejor historia 

Todos los años se repite. Y nace otra vez la ilusión. Los niños cuentan los días y las horas para que llegue. Los jóvenes y los adultos ponen un freno en sus vidas para celebrarla. Aquí, relatos de las Fiestas que dejaron huella en sus protagonistas.  

Muchos las aprovechan para reflexionar. Sobre lo vivido, sobre lo bueno y lo malo que dejó el año. Otros intentan vivirlas como los más pequeños, llenos de ilusión y de esperanza. Es que las Fiestas son eso; un tiempo de esperanza, de alegría, que invita a la reflexión, a creer. Es un tiempo de unión, de familia, de amistad. Es esa bocanada de aire renovado que refresca el alma y nos invita a volver a empezar. Modificar lo que no anduvo bien e ir tras lo que queremos lograr. Tiempo de reflexión y de pura oportunidad. Tiempo de encuentro con uno mismo y con el otro. Tiempo de emoción.  “Las Navidades que recuerdo con mucho cariño son las que pasé en el hospital haciendo guardia”, cuenta Abel Albino, el médico que, desde CONIN, combate la desnutrición infantil. 

“Durante muchos años trabajé en el hospital los días 24 y 31 de diciembre; es una época en el que todo el mundo está más sensibilizado. Nos visitaban los vecinos, pacientes habituales del hospital, y nos traían sidra, pan dulce, comida. Como se habían enterado de que me gusta el matambre, me traían también matambre casero. La gente es muy buena con los médicos, los recuerda con cariño, siente que nunca llegan a agradecerles lo suficiente. Es muy bonito que se reconozca el trabajo del médico que está de guardia porque es muy sacrificado. Uno está ‘en el arco’; quizás el arquero no corrió como los otros jugadores pero está tan agotado como cualquiera porque su trabajo es de tensión permanente”.

“Tanto mi familia como yo nunca hemos protestado por las guardias en esas fechas. Las hemos visto como una oportunidad de servir y ayudar al necesitado como si fuese un Cristo que sufre y a quien uno le da una mano”.

 Más allá del sacrificio, Albino lo reconoce como un trabajo muy gratificante. “En Mendoza, en las Fiestas, aparecían mi mamá, mi papá y mi esposa a saludarme. Y luego se sumaron mis cinco hijas mujeres. Era muy lindo verlas llegar; era una verdadera fiesta y las enfermeras se sacaban fotos con las chicas. Después comparábamos las fotos porque eran siempre las mismas personas que iban creciendo. Mi mujer, que falleció hace catorce años, aprovechaba para saludar a los enfermos y, con toda su simpatía, generaba un clima muy agradable. Tanto mi familia como yo nunca hemos protestado por las guardias en esas fechas. Las hemos visto como una oportunidad de servir y ayudar al necesitado como si fuese un Cristo que sufre y a quien uno le da una mano”. 

Además de su marcada vocación de servicio, Albino tiene una gran vocación familiar como padre de cinco hijas y abuelo de dos varones. “La Navidad pasada fue muy especial porque la pasé con mi primer nieto. El encuentro entre un abuelo y un nieto es una conjunción ideal. El nieto tiene todo el tiempo pero no tiene la experiencia. Y uno tiene toda la experiencia pero ya no tiene tiempo, se va acortando. Uno le trasvasa conocimientos y conceptos, y el chico tiene una edad en la que escucha; a pesar de ser chiquitito (un año y ocho meses), escucha. Como mi yerno es holandés, el niñito me dice ‘Opa’, que significa ‘abuelo’ en holandés. Esta Navidad va a ser muy inspiradora, porque ya es más grande y porque ahora tiene un hermanito y, entonces, trata de hacer todas las travesuras posibles, todas juntas, para llamar la atención y para seguir siendo el centro de la escena. 

Roncito, como lo llamamos, hace todo lo posible por opacar a su hermanito nuevo”. Este médico es fe, es esperanza, es empuje, es perseverancia, es alegría. Es el vivo ejemplo de que con trabajo y convicción todo se puede lograr. “Si pienso en esta Navidad, pienso en todos los centros CONIN que hay en el país. Pienso en los cuatro mil niños que tendrán una vida mejor. En los casi quince mil que ya han salido de nuestra mano, en los mil doscientos niños recuperados en el hospital de desnutridos severos, y en que, gracias a Dios, no hemos tenido ni uno solo muerto. Así que hay mucho para agradecer, celebrar y festejar en estas Fiestas. Pidamos, todos juntos, un futuro mejor para nuestro país”.

Navidad, también, en la calle 

Si de Navidades diferentes se trata, la de Manuel Lozano, creador de la Fundación Sí, cuadra a la perfección. “La pasada, fue mi mejor Navidad. Junto a cuatrocientos voluntarios la pasamos en la calle, acompañando a quienes duermen a la intemperie. Fueron hermosos incluso los días previos, cuando familias enteras venían a preparar las siete mil empanadas que cocinamos para entregar”. A las nueve de la noche, los “locos lindos” se reunieron en una esquina de la Ciudad de Buenos Aires para organizarse y, en distintos grupos, partir hacia diferentes rumbos con el objetivo de entregar empanadas, pan dulce, turrones, jugos, juguetes y lo más importante: muestras de afecto a quienes lo necesitan, en un día tan especial. 

“Son fechas en las que la soledad pesa, y poder acompañar a quien está solo es una oportunidad para arrancar a acercarnos al otro. Fue una noche muy movilizante porque compartimos la Navidad con quienes conocemos y visitamos durante todo el año en las recorridas nocturnas de la Fundación”. Para este líder de la solidaridad, pasar las Fiestas en la calle es algo natural. “Cuando uno conoce una situación en cierta profundidad, es imposible hacerse el distraído. Sobre todo, cuando descubre que lo que uno hace puede modificar en algo la vida del otro”. Durante todo el año Manuel realiza las “recorridas nocturnas”, en las que les acerca un plato de comida, abrigo y hasta la posibilidad de reinsertarse en la sociedad. “Empezamos llevándoles alimentos y luego, con el tiempo, se creó un vínculo de afecto que nos permitió trabajar otras cosas, hasta inclusive sacarlos de la calle. Nos fijamos si necesitan un médico, si necesitan DNI, tratamos las adicciones y, en algunos casos, les conseguimos trabajo”.

Actualmente son dos mil los voluntarios que recorren las calles todos los días. Y si bien se iniciaron en Buenos Aires, se extendieron por el interior del país en Mar del Plata, Córdoba, Rosario, San Miguel de Tucumán y Posadas. Manuel y su gente ya están preparando los encuentros para esta Navidad y este Año Nuevo. La convocatoria está abierta para quien quiera dar una mano, para acercarse a ayudar, cocinar o simplemente para donar alimentos y juguetes. Lo más importante es celebrar las Fiestas con los que más necesitan no tanto un alimento como un gesto de cariño. Para que se produzca, otra vez, el milagro de la Navidad.

Las Fiestas, lejos de casa 

Si para el común de los mortales pasar una Navidad alejado de los suyos es una experiencia diferente, para Aniko Villalba (27) es casi normal. Desde hace cinco años que recorre el mundo y retrata las culturas con las que se va topando a través de sus escritos y fotografías. “Desde chica quería usar mi escritura y mis vivencias para tender puentes y para derribar algunos prejuicios muy asociados a ciertas nacionalidades”. Gracias a los viajes pudo comprobar que el contacto humano entre personas de distintas culturas es posible y que la hospitalidad es algo real. Y desde entonces, la viajera recorrió más de treinta países, todos de mochilera, sola y de manera independiente. Y como es lógico para alguien que vive viajando, Aniko pasó algunas Navidades lejos de su hogar. 

“Una Navidad la pasé en Indonesia. Fue el único año de mi vida que no festejé esa fecha, ya que ese país es de mayoría musulmana y en la ciudad que estaba viviendo no hubo festejos. Fue raro, pero hice cuenta de que no era Navidad y me fui a dormir antes de las doce. A la mañana siguiente (que por la diferencia horaria seguía siendo Nochebuena en la Argentina) hablé por Skype con toda mi familia, que estaba reunida en Buenos Aires como todos los años, y vi los fuegos artificiales y la mesa de comida a través de la pantalla. Ya llevaba bastantes meses de viaje y me generó cierta melancolía, aunque no tan fuerte como para volver”. 

La otra Navidad que recuerda de manera especial es la que vivió en Asturias (norte de España) porque la celebró en casa de sus parientes asturianos que había conocido una semana antes. “Después de veintiséis años de saludarnos por teléfono y conocernos por fotos, viajé a España y pude verlos en persona. La cena de Navidad empezó temprano y la mesa estuvo repleta de comida. Ya me lo habían advertido en Madrid: ‘En Asturias se come muchísimo’. Para mí, en Madrid ya se comía demasiado, así que me costaba imaginarme que se pudiera comer más. En la mesa de Navidad hubo de todo: una picada de entrada (con todo tipo de quesos y jamón), pescado y mariscos, ensaladas y, cuando pensé que ya íbamos a pasar al postre, el plato principal: un cordero entero. Después, los postres.

Me obligaron a probar todo lo que se puso en la mesa. Así conocí lo que los asturianos llaman ‘fartura’: esa sensación de haber comido hasta el hartazgo y de no poder probar un bocado durante días. Los volví a ver unos meses después, cuando volví a España, y siempre estamos en contacto. Para mí, no pasé las Fiestas lejos de mi familia, sino con otra parte de mi familia...”.

“Son fechas en las que la soledad pesa, y poder acompañar a quien está solo es una oportunidad para arrancar a acercarnos al otro. Fue una noche muy movilizante”.


Aniko, la curiosa viajera a quien le encanta conocer cómo se festeja en otros lados del mundo, recuerda entre los más especiales el Año Nuevo que vivió en Yogyakarta, Indonesia, en 2011. “Antes de las doce de la noche nos reunimos todos (toda la ciudad) en una zona central y vimos un show impresionante de fuegos artificiales. Después nos fuimos a una de las playas cercanas y nos quedamos ahí hasta que salió el sol. Estaba lleno de gente joven. Como Indonesia es un país de mayoría musulmana, no se toma alcohol (o por lo menos ‘no se debe). Así que fue un Año Nuevo muy sano, no se veía gente tomando sino divirtiéndose con amigos en la playa. Me encantó el ambiente de festejo que se sentía en toda la ciudad”.

Otra forma de regalar
 
Para promover la solidaridad en tiempos de Navidad, Marcos Felsenstein (26) y su mujer, Delfina Sáenz Valiente (26), crearon Regalos Solidarios. “La dinámica consiste en hacer regalos a la familia por la mitad del valor que se pensaba regalar y con la otra mitad realizar una donación. A quien recibe tu regalo le llega además una tarjeta que explica dónde está ‘la otra mitad de su regalo’”, cuenta Marcos sobre este proyecto, que se materializa en un sitio web que ofrece regalos, ideas de regalos y la plataforma para realizar la donación. Y continúa: “La idea es desincentivar un poco el consumismo de las Fiestas y facilitar las donaciones, incluyendo la solidaridad en un plano nuevo de la vida cotidiana (el regalar). La propuesta es generar una forma de redistribución solidaria. El regalo se entrega, conservando la muestra de afecto que significa, y la generosidad se duplica porque otra persona que tiene necesidades recibe parte de su valor económico”.

regalossolidarios.wix.com/home

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