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Clásico & Moderno


Por Mariano Petrucci.


Clásico & Moderno 

Ama a Gardel y hasta formó su propia Orquesta Típica, pero le escapa a los acartonamientos del género y se anima a entonar piezas inéditas. Ariel Ardit, uno de los exponentes más talentosos del 2x4 actual, brilla en la Argentina y en los destinos más insólitos del mundo.

Escuché a Gardel y se metió en mis venas toda la pasión que siento por el tango. Traigo la esencia de aquellas voces con la sangre nueva para continuar. No es de antes, sino de siempre, el tango es uno solo, el mismo sentimiento, con toda mi garganta… yo lo canto hoy”. Mamá Adriana se lo compuso a medida y “Arielito” lo entona, casi que lo grita, a modo de bandera, en su más flamante trabajo discográfico (tiene como título Yo lo canto hoy… no podía ser de otra manera), que estrenó a puro aplauso en el teatro Coliseo. “Arielito” es Ariel Ardit, un cordobés radicado desde 1982 en Buenos Aires, que, desde hace más de tres años, se planta firme delante de su propia orquesta típica. Sí, como en la década del cuarenta, pero en los dos mil. 

Una verdadera quijotada con final feliz, ya que buena parte de la crítica especializada y del público en general lo consideran uno de los exponentes más destacados del 2x4 de su generación. “Yo lo canto hoy es, humildemente, una declaración de vigencia del género. No puedo adueñarme de la gloria que consiguieron los cantores de antaño porque el entorno era distinto. Mi compromiso es con la actualidad. La música es lo único que no envejece, por lo que no hay necesidad de rescatarlo de ningún pasado, ya que nunca se fue”, define este hombre que nació el 15 de mayo de 1974, y que está bien lejos de la gomina y de caer en estereotipos para aparentar ser un tanguero de ley. 

Claro que para disfrutar este presente exitoso, gastó “los miedos, las suelas y el traje”, como escribió la genial Eladia Blázquez. Desde 1999 hasta 2005 fue el cantor de la célebre orquesta El Arranque: grabó cuatro álbumes y realizó giras por Europa, Asia y América, visitando más de ciento veinte ciudades a lo largo y a lo ancho del planeta. Después, tomó coraje para afrontar la etapa solista con los discos Doble A, Lado B –homenaje al centenario del poeta Homero Manzi– y Ni más ni menos. Hasta que un día le picó ese bichito llamado ambición que lo hizo tirarse a la pileta y fundar la formación que deja boquiabiertos a quienes asisten a cada uno de los conciertos. “Siempre soñé con cantar con ese marco, pero nunca era el momento propicio por las imposibilidades económicas y la insuficiente seguridad de poder mantenerla. Fue una decisión del corazón y no de la razón, como suelo actuar”, confiesa Ariel con el resultado puesto.

–¿Cómo es grabar con los métodos de las grandes orquestas típicas? 
–Grabamos todos juntos: los músicos y yo, en vivo, dentro del estudio, en una misma toma. Al encararlo así, el clima de la versión es el real, sin artificios, aunque se corran algunos riesgos, como tener desprolijidades.

–En la placa hay tangos tradicionales y también piezas inéditas. ¿Hay que animarse a descubrir otros horizontes?
–A mí me colocaron en una simpática anacronía de personaje escapado del blanco y negro. Y lo cierto es que esa mirada evocativa hacia atrás me sirvió para comprender. Para mí es importante encontrar historias nuevas, melodías que me hagan sentir algo, como, seguramente, les pasó a los viejos cantores que tuvieron la oportunidad de estrenar tangos que, con los años, se volvieron clásicos. La continuidad de un género se lleva a cabo con el movimiento de este. Manzi, Enrique Cadícamo o Enrique Santos Discépolo se sobredimensionan con el paso del tiempo. Debemos seguir creando obras, ya que, de lo contrario, el repertorio se estanca en una postal del pasado.

–¿En pleno siglo XXI, es imperioso aggiornar el tango, aunque conservando sus costumbres?  
–Su esencia es y será siempre la misma. Por eso, mantuvo su raíz, soportando los embates de otros estilos y la escasa difusión nacional, sin contar aquellos años en los que ser tanguero era juzgado de poca categoría. Sí es necesario actualizar las formas en las que se lo presenta, y me refiero a producción, vestuario, contenidos artísticos… Todo eso debe ser atravesado por los cánones de la modernidad, ya que la danza, la música y la poesía siguieron dando sus frutos.

–Ariel, ¿el tango goza de buena salud?
–Yo lo veo floreciente. El recambio generacional es muy fuerte y en todos los ámbitos hay jóvenes muy valiosos y comprometidos. En mi caso, todo lo emprendí a base de sacrificio y respeto, y procurando cantar cada vez mejor, que es mi único objetivo. El oro del tango es el prestigio y para eso hay que trabajar. Dedicarse a este género es una demostración de cariño y de identificación cultural. 

Luchador por donde se lo mire 

Quien se siente a conversar con Ardit tendrá enfrente a un interlocutor al que le sobran aristas para relamerse –sobre todo, si el que dialoga con él es un periodista–. Cantante lírico de excelencia, se viste con glamour, hace acordar a Perón (acertó en el parecido su abuela “Bele”), se empleó en una casa de fotografías, fue repositor de gaseosas en un supermercado, repartió diarios, y hasta se ganó el “mango” detrás del mostrador en un sex shop. Como si fuera poco, fue luchador de catch. Sí, leyó bien. Pero que lo cuente él: “A mis 8 años, que fue cuando llegué a Buenos Aires desde Córdoba, miraba Titanes en el Ring. 

Admiraba a Mister Moto y resulta que su hijo fue compañero mío en la secundaria. Le pedí que me lo presentara y, luego, me propuse ser luchador. ¡Pero pesaba sesenta y cuatro kilos! Era chiquito para el combate. Así que comencé a hacer pesas y a comer en cantidades industriales: a los seis meses ya había superado los ochenta kilos y empecé a subirme al cuadrilátero. Fueron tres años en los que me divertí muchísimo. Lo que reflexiono sobre aquella experiencia es lo maravilloso que puede ser el estímulo que puede provocarte un referente. Hoy, Alejandro Rodríguez, quien hacía de Mister Moto, es mi amigo. El esfuerzo que hice para ser un luchador me fue de suma utilidad para la vida”.

Lo del gustito por los escenarios ya venía de antes. Debutó a los 4 años imitando a Sandro y a su ídolo de Talleres de Córdoba, el “Hacha Ludueña”. Fue en el teatro Luz y Fuerza de Córdoba, durante una performance de Adriana Oviedo (su madre cantora) y sus tíos (actores cómicos). “Todo se dio naturalmente. A los 18 me metí con el canto lírico y, en el medio de mis berretines con la ópera, apareció la voz de Gardel… y listo. Desde ese instante, supe lo que quería hacer. Canto tango porque Gardel cantaba tango; si Gardel hubiese cantado otra música, allí estaría yo –se ríe Ardit–. Mis primeros pasos los di en el barrio porteño de Almagro, en El boliche de Roberto. Una noche de 1997, entré y me invitaron a cantar. Había cinco personas y yo solo sabía dos tangos de Gardel. Concurría todos los jueves y viernes y me sacaba las ganas con dos o tres canciones, no más porque los cantores eran otros…”.

Ahora, con bastante camino recorrido, las satisfacciones se le apilaron como figuritas. Con su Orquesta Típica paseó por destinos como Dubai (donde interpretó el Himno Nacional Argentino con Diego Maradona en la platea), Vietnam, Indonesia, Rusia, Estados Unidos, Austria, Polonia, Suiza, Suecia, Bélgica, Italia, Inglaterra, España y Portugal. Recientemente, fue de la partida en el Festival Internacional de Tango en Medellín y las Naciones Unidas lo convocó para que representara a la Argentina en París. 

Sin embargo, a quien tiene como guías (amén de “El Zorzal Criollo”) a Alberto Podestá, Rubén Juárez y Darío Schmunck –su maestro de canto–, lo que más lo reconforta es cuando sus dos hijas, Nina y Renata, le aseguran que él es el mejor cantante del mundo. “Sinceramente, me lo hacen creer”, se babea Ardit, quien sueña despierto: “Tengo muchos otros proyectos con el tango. El más ambicioso, tal vez, sea devolverle la masividad que perdió en nuestro país. Sería lindo escuchar silbar tango a los jóvenes…”. 
   
Discografía

Admirador de otros géneros, como la ópera y el folclore, Ardit grabó cuatro discos con El Arranque. Después, emprendió su camino como solista con los álbumes Doble A (con acompañamiento de guitarristas), Lado B(tributo a Homero Manzi) y Ni más ni menos. En 2010, ya con su Orquesta Típica, editó, en formato CD+DVD, el show A los cantores, un homenaje a aquellos vocalistas de las orquestas de los años cuarenta, sus máximos referentes. Con el objetivo principal de poder devolverles el tango de orquesta a los espacios naturales y clubes de barrio de todo el país, este último espectáculo se declaró, por medio de la Legislatura de la Ciudad de Buenos aires, de interés cultural.

Nadie se atreva…

No era Pappo el único que le hacía culto a “la vieja”. Ariel Ardit le debe mucho a su madre, Adriana Oviedo, quien no solo le escribe tangos para que él se luzca, sino que lo apoyó desde la primera hora. Claro, Adriana, cantante de folclore, llevó su arte a Japón, grabó discos y vivió en España. Por lo tanto, se sabe al dedillo eso de “la vida de artista”. Ardit le reconoce que nunca le haya puesto trabas para desenvolverse profesionalmente y que lo haya “dejado ser”, además de su constancia y el hecho de “dar pelea” siempre. “Ella se vino de Córdoba en 1982, separada y con dos chicos; trabajaba de día y cantaba de noche. Se las ingeniaba para que no nos faltara nada”, dijo de una mujer que no solo le compuso para su último CD la canción que titula el álbum, sino que lo acompañó en un dúo delicioso en el vals “Tu olvido”.  

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