INVESTIGACIÓN


¿Vos tenés buena onda? Yo también


Por Ana Claudia Rodríguez.


¿Vos tenés buena onda? Yo también
La energía positiva no solo nos vuelve más creativos, generosos y saludables, sino que nos ayuda a afrontar mejor las dificultades. Descubrí cómo sintonizar con la buena vibra porque se contagia y es un músculo que se entrena.

El atleta estadounidense Roger Bannister consiguió en el año 1954 lo que todos creían impensable: correr una milla en menos de cuatro minutos. Se entrenó durante meses y hasta modificó su técnica para poder atravesar esa barrera invencible. Lo asombroso de este asunto fue que, una vez que Bannister rompió ese récord, los mejores corredores del mundo también lo hicieron, y sin necesidad de cambiar de manera sustancial su forma de correr. Bannister, con su logro, contagió a sus compañeros. En silencio les dijo: “Sí, es posible”. 
A la vista de este efecto dominó, nos preguntamos: ¿Es contagiosa la buena onda? Y la psicóloga María Silvina Fernández Toribio contesta: “Por supuesto, siempre y cuando haya una actitud de apertura para poder recibir esa energía positiva”. Y es que los seres humanos, en materia de emociones, nos manejamos como pequeñas antenas Wi-Fi: emitimos y recepcionamos sensaciones sin parar. 

La afirmación la corroboran los últimos estudios en neurociencias sociales, que investigan cómo actúa el cerebro al interaccionar con otras personas. Uno de los últimos descubrimientos es el de las “neuronas espejo”, un tipo de células cerebrales que actúan como redes neuronales inalámbricas capaces de rastrear el flujo emocional, el movimiento, e incluso las intenciones de la persona que tenemos cerca. Y no solo eso: además de detectarlo, copian este comportamiento (ambos cerebros empiezan a activarse exactamente en las mismas zonas). En palabras de un estudio realizado por la Universidad de Utah: “La cercanía emocional permite a la biología de una persona influir en la de otra”. 

¿Vos tenés buena onda? Yo también. Excelente noticia entonces: la buena onda se transmite. ¿Pero qué efectos tienen en nosotros esas vibraciones? “El impacto de las emociones positivas, como el amor, la alegría o la serenidad –apunta Bárbara Fredrickson, esta vez de la Universidad de Michigan–, es que amplían nuestra capacidad de pensamiento, de análisis holístico y de observar interrelaciones”. La psicóloga Mariana Alvez Guerra, productora y conductora del programa de radio on-line El club de los optimistas, añade: “Los que ven el vaso medio lleno viven más tiempo, tienen una mejor salud, saben tomar los fracasos como desafíos y son personas tolerantes, creativas y generosas”. 

Pero si bien lo benigno se expande rápido como un estornudo, también vuela y se contagia lo corrosivo. ¿Qué hacemos, entonces, para protegernos de las tan temidas emociones negativas? “Establecer la distancia óptima con cada persona”, señala Fernández Toribio. “Y cuando hablo de distancia, no me refiero solo a lo físico, sino también a lo emocional”. Es decir, poner tierra de por medio cuando la ocasión lo permita y, cuando no, desarrollar habilidades para impermeabilizarnos a mensajes sombríos. Una de las herramientas, por ejemplo, consiste en bajar las expectativas con respecto a qué es lo que esperamos del otro. O bien decantarse por “oír” antes que “escuchar”. En el segundo caso procesamos e interpretamos el contenido que nos llega para luego generar una respuesta desde la palabra o la actitud. En el primero, en cambio, la implicación es mínima. 

La manzana podrida en la propia cancha

Muchas veces, personas de nuestro entorno nos tiran mala onda. Como no podemos prescindir de ellas, hay que hacer lo que se puede. Si nuestro impulso es querer cambiar al otro, la terapeuta Lucila Casco aconseja: “La mejor ayuda es resistir al juego del otro. No hay que dejarse influenciar y, sobre todo, no criticarlo. También es fundamental no intentar socorrer a nadie si no nos lo pide. Hay que aceptar que todos tienen derecho a elegir el tipo de energía que irradian”. En el ámbito laboral, la buena onda es tan fructífera como en cualquier lado: un estudio elaborado con 272 ejecutivos –que figura en el libro de Daniel Goleman Contagio emocional– detalla cómo aquellos trabajadores que desempeñaban mejor sus tareas y llegaban más alto eran precisamente los que se mostraban más positivos. En este caso, es importante manejar el estrés (saber delegar, planificar, priorizar o renunciar al perfeccionismo), mantener la calma (escribir las preocupaciones, tener el escritorio en orden o ralentizar los movimientos) y, naturalmente, rodearse de personas tranquilas y en paz. 

Y si en la oficina convivís con gente mala onda, no te sientas menos, pues no es nada excepcional: “En el trabajo cada uno llega con su mapa personal y familiar, su carga particular. Esto puede verse claramente cuando alguien quiere descargar su negatividad sobre el otro y, para eso, busca a alguien que lo soporte”, analiza Casco, quien recomienda fortalecer la buena energía interior para ser inmune a este tipo de ataques: “Si uno se siente entero, sólido, jamás será elegido para la descarga. Por otra parte, si el que arremete es el jefe, podemos hacer otra lectura: reflexionar por qué nos toca vivir esa experiencia y fortalecernos transformando nuestros puntos débiles”. 

Pero no siempre el enemigo está afuera: muchas veces somos nosotros mismos los que emitimos mala onda. Un dolor de cabeza, una discusión o un retraso en el bus pueden ser motivo suficiente. ¿Qué hacer entonces? Los expertos coinciden en que esos momentos críticos son el resultado de una acumulación de negatividad que no hemos sabido limpiar a tiempo. “Demasiadas situaciones tóxicas nos hacen muy intolerantes ante cualquier contrariedad que aparezca, y eso nos genera una gran frustración”, asegura Fernández Toribio.Para no ahogarnos en un vaso de agua, los especialistas recomiendan estar muy atentos a las aguas sucias de nuestras emociones para expulsarlas gradualmente (la sobrecarga genera una nube negra que embota nuestro pensamiento), así como de-sarrollar la asertividad necesaria que nos permita expresar en forma directa lo que concebimos o sentimos y, por último, revertir nuestro pensamiento: darnos cuenta de que detrás de cada situación hay un aprendizaje oculto. Nos ayudará, sin duda, realizar acciones bondadosas y desinteresadas, cultivar amistades con personas positivas, perdernos en actividades que nos apasionen, fijarnos metas significativas y ser agradecidos. 

“Los que ven el vaso medio lleno viven más tiempo, tienen mejor salud, saben tomar los fracasos como desafíos y son personas tolerantes, creativas y generosas”. Mariana Alvez Guerra

¿Al mal tiempo, entonces, buena cara? “No, al mal tiempo, buena onda”, responde Casco. “Uno puede estar triste pero tener una actitud positiva para encontrar una solución o una respuesta creativa”. La psicóloga Alvez Guerra agrega: “No hay que sonreír sin sentido. Si hay dolor, hay que transitarlo, aceptarlo y, si podemos, crecer y aprender de él”. 

Mente sana, salud de hierro 

Cada emoción en acción moviliza circuitos hormonales que impactan a unos cinco trillones de células en tu sistema. La rabia, la preocupación, el rencor, el nerviosismo… contribuyen a la secreción de cortisol, que a su vez corroe las células, acelera el proceso de envejecimiento y, en ocasiones, puede precipitar la enfermedad (frente a la calma o sentimientos como el amor, que provocan la generación de serotonina, una especie de batería para tu cuerpo). No es algo nuevo: cientos de estudios ya han demostrado que la mala vibra nos hace más vulnerables ante las enfermedades. Por eso, según los expertos, es importante controlar el tiempo en el que somos presa de las emociones negativas. Y si el síntoma ya llegó, lo recomendable –apunta Casco– es reflexionar sobre qué es lo que causó su aparición. “Si optamos por tomarnos una pastilla, y por olvidar y posponer este análisis, corremos el riesgo de que el síntoma se recrudezca, se haga crónico o bien afecte órganos vitales”, advierte.  

El ritmo avasallador de estos tiempos no ayuda. Es más, la velocidad acentúa la desconexión con nuestros deseos íntimos y nos impide dar los pasos certeros para poder autorrealizarnos. ¡Hay que ir más lento! “La exposición a los medios de comunicación también nos descompensa el equilibrio interno –dice Fernández Toribio–. Y no solo por el contacto continuo con noticias vinculadas a dramas y catástrofes, sino también por la interpretación que hacemos de la información que recibimos y que luego repetimos mecánicamente en nuestros diálogos internos”. El mensaje es claro: hay que tener cuidado con lo que se lee, se mira, se escucha. Porque eso que dejamos entrar es el alimento que nutrirá nuestra psiquis.  

“El impacto de las emociones positivas, como el amor, la alegría o la serenidad, amplían nuestra capacidad de pensamiento y de análisis holístico”. Bárbara Fredrickson

Entonces, el quid de la cuestión –y en esto hay consenso– es responsabilizarse de la propia vida. Es decir, dejar de culpar al mundo por nuestros problemas y ser nosotros mismos los que atendamos nuestras necesidades. Decisiones tan simples como dormir bien, comer saludable u organizarse en el trabajo son gestos cotidianos, granitos de arena, con los que levantaremos cada día nuestro castillo particular de energía positiva. ¡La buena onda es un músculo que se entrena!

¿Por dónde empezar…?

Si elegiste la buena vibra, decidí hoy mismo cambiar tus hábitos. Acá te sugerimos algunas ideas para darle la vuelta a la vida:

*Sé ordenado. Procurá la máxima armonía en el ambiente donde te movés. Tirá lo que no sirve y verás cómo te revitaliza un ambiente limpio y bien dispuesto.
*Comprá plantas. Comprobarás enseguida que el verde da alegría y vitalidad. Ellas son una gran fuente de energía positiva.
*Música up. Manejá las melodías de acuerdo con tu ánimo. Elegí, según el día, canciones que te ayuden a calmarte, o bien que te den más energía. 
*Naturaleza. Aprovechá cualquier momento para estar en contacto con la naturaleza. Si estás en la ciudad, corré al parque y pisá el pasto… ¡y escapate cuando puedas al mar o la montaña!
*Buena letra. Paseate por la librería más cercana y elegí libros nutritivos: que te instruyan, que te orienten, que mejoren tu vida.
*Relajate. Y para ayudarte, formá una imagen de vos mismo que sea calmada y sonriente, y recurrí a ella tantas veces como puedas. 
*Cuidá el cuerpo. No solo con la alimentación y el ejercicio físico, sino también con un descanso adecuado, con ropa confortable y… ¡con tantos masajes como puedas! Lo dicen los especialistas: no postergues más el cambio de chip. Recordá que la buena vibra que compartís se contagia y ¡vuelve multiplicada!


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