ENTREVISTA


El grito de libertad


Por Guadalupe Treibel.


El grito de libertad
Es el artista más exitoso de la Argentina y el ganador del último Gardel de Oro, pero la fama no le ha quitado una pizca de humildad. Talentoso y parsimonioso –aunque animado–, Abel Pintos habla sobre su nuevo disco, el homónimo Abel, y reflexiona sobre la aceptación, el amor y la música. 

En una callecita del Palermo porteño, Abel Pintos se presta con voluntariosa disposición y animado humor a una sesión fotográfica mientras unos pocos transeúntes pasan, miran, saludan. Niñas de 10 años, hombres de variopintas edades y señoras piden el trofeo de llevarse un beso del artista argentino que más discos vendió en el año 2012 y cuya suerte parece estar por repetirse este año, con su reciente Abel, noveno disco de estudio del muchacho nacido en Bahía Blanca un 11 de mayo de 1984.

Y, después del natalicio, lo harto conocido: el coro juvenil, la pasión por Mercedes Sosa, una precoz carrera iniciada a los 13 con el disco Para cantar he nacido, Cosquín, el padrinazgo de León Gieco, giras, tablas, premios (incluido el Gardel de Oro por Sueño Dorado) y tanto, tantísimo más. Para hablar de los hitos de su vida y ahondar en la novedad –su último larga duración, lanzado en octubre–, el joven Abel Pintos, parsimonioso, humilde y agradable a más no poder, se larga a conversar.  

–En general, muchos artistas titulan el primer disco con su nombre; en tu caso, ha sido el noveno. ¿Por qué llamarlo Abel? ¿Es, de alguna forma, tu trabajo más autorreferencial?
–En verdad, el disco no lleva mi nombre porque sea más autorreferencial que otros; todos mis trabajos lo son por igual. Tiene que ver con un concepto general: Abel habla de aceptar y, en mi opinión, cuando aceptamos momentos, personas o situaciones, logramos una especie de objetividad que nos permite pasar a tomar protagonismo de la circunstancia, por muy simple o dificultosa que sea. En todas las canciones, en un verso en particular, el protagonista de la historia acepta, y, a partir de ahí, la canción es otra, porque cuando uno acepta, el punto de vista es otro. Y si lleva mi nombre, es porque todo lo que aceptamos en nuestra vida lleva nuestro nombre. De eso hablo, a través de un disco que intenta ofrecer herramientas o caminos al público para que ellos mismos acepten. Me habría gustado que cada disco tuviese el nombre de quien lo escucha y se lo apropia, pero como es imposible, se llama Abel (risas). 

–¿A vos qué te ha tocado aceptar?–Lo más significativo es musical y tiene que ver con que, habiendo hecho un repaso de las canciones que se volvieron más conocidas en mi carrera, me detuve en el detalle de que cada una de ellas pertenece a un género o a una subdivisión musical distinta. Entonces, entendí que el público estaba haciendo foco en lo que digo y cómo lo digo, y no en el contexto musical. Eso me dio una libertad enorme, porque pude componer sin pensar en los géneros. Y por esa sensación de libertad fue justamente que me decidí a que este fuera el primer disco que producía. Si hay un disco que tenía que llevar mi nombre, es este.

–¿El empujón te lo dio el éxito de Sueño Dorado, tu disco anterior?–Con Sueño Dorado se logró un balance importantísimo y necesario de toda una etapa de quince años, y, con ese balance, no solo pude empezar a hacer este disco: también di los primeros pasos de lo que finalmente será mi personalidad o mi carácter dentro de la música. Es significativo para mí: siempre quise hacer música popular y componer canciones sin importarme los géneros, y en este disco (Abel), es donde me lo permito con absoluta libertad. 

–¿Sentidos (2004) fue el primer disco donde empezaste a crear tus propias costumbres?–Sí, sí, totalmente. Y no es casual que sea un disco grabado con 21 años. De la misma manera que tampoco es casual que mi disco más ecléctico lo haya hecho a los 18, saliendo de la adolescencia, cuando uno no sabe lo que quiere, pero lo quiere ya. En mis primeros discos hice la música de mis ídolos porque –como decía antes– era influencia pura. Pero es probable que el día de mañana necesite transmitir un mensaje y crea que el contexto y la estética folclóricas tradicionales sean las más adecuadas para hacerlo. No son las más propicias para lo que tengo que decir hoy. 

–Hablando de mensajes, en Abel el imaginario va y viene sobre los amores y desamores, encuentros y desencuentros ¿Dirías que el tópico acorazonado despierta tus pasiones?–El amor es un tema que nos identifica a todos; todo ronda siempre a su alrededor. Es una de las grandes raíces y luego están sus ramificaciones. De hecho, pienso que cada uno de nosotros tiene más historias de amor que las que vive: también están las que pensamos, las que fantaseamos. Fijate que, en el disco, hay un tema titulado “El amor”, donde –a las claras– se habla de esos momentos crudos que son inevitables; me parecía importante hablar sobre cómo aceptarlos y vivirlos de forma pasional sin deprimirse. Abel no trabaja muchas metáforas; intenta ser visceral, más bien literal. Aun así, las canciones siempre tienen un cajoncito oculto y el mensaje navega por un contexto que, aunque claro, necesita todo su recorrido. 

–¿Creés que la cuidadosa atención que le prestás a tu voz es por haber comenzado tu carrera siendo intérprete de otros autores y no compositor?
–Sin ninguna duda. Y una vez que empecé a componer mis temas, nunca dejé de sentirme un intérprete. No creo que mis canciones sean mías únicamente por haberlas escrito; siento la necesidad de apropiármelas desde la interpretación.

–¿Dirías que con Abel darás el paso de federal a mundial?
–Es la intención, pero la palabra clave es “paso”. Es un paso más. Sony decidió editar mis discos en otros países y pronto iremos a presentar mi trabajo a México y España. Me emociona mucho pensar en dar afuera los mismos pasos que di acá. 

–¿Aunque signifique enfrentar a públicos nuevos?
–Especialmente por eso. Estar frente a oídos y ojos nuevos es bárbaro, me llena el alma. Además, enfrentarme a nuevas audiencias es una constante en mi carrera: en general, toco en muchos festivales y nunca hay un ciento por ciento de personas que fueron a verte solamente a vos. 

–Constantemente estás de gira. Sos un poco fanático de los tours, ¿cierto?
–Sí, porque el concierto es el momento en el que hablamos; ahí está nuestro idioma. En el vivo pasa todo: nos miramos a la cara, expresamos con el cuerpo. La frescura de ese momento es fundamental para mí. Todo lo que hago lo hago para irme de gira; me vuelve loco. 

–En 2012, fuiste uno de los artistas que más placas vendió en la Argentina. El año pasado, editaste Abel y a los pocos días alcanzó el doble platino. En un momento en el que se habla de crisis discográfica, resulta muy meritorio. ¿Cómo vivís estas cifras?–Me emocionan, me conmueven. Valoro mucho que el público me acompañe; en especial, porque nunca me obligó a adoptar una postura determinada en escena o en la vida. Siempre recibieron buenamente lo que tuve para transmitir. Por eso, en mis shows no hay histeria: está la euforia de sentirnos felices. Por otra parte, siempre quise tener mis discos de oro y de platino, y ahora que los tengo, los colgué en el living de mi casa para compartirlos con mis visitas, para que los vean. Con orgullo, sin vanidad. 

–Si bien en un comienzo parecías tener más banca en la platea femenina, hoy día generás la misma emoción en los hombres, que van a tus shows, te saludan en la calle… ¿Qué nervio sensible les tocan tus canciones?
–Creería que tiene que ver con el hecho de nunca haberme visto obligado a tener una postura para vender. Cuando notamos algo descontracturado en un músico, los varones nos sentimos más cercanos. Quizás eso ayuda a que mi mensaje les llegue más fácilmente. Además, ellos entienden que no les quiero conquistar a la novia: canto cosas que a la mujer le gustan y que, por el lugar desde donde las canto, el varón puede tomarlas prestadas para comunicar sus propios sentimientos. En los shows veo a muchas parejas dedicándose mis canciones, y es lo mejor que me puede pasar. Fijate que todos los días grabo entre cinco y diez mensajes de felicitaciones, que, luego, envío por mail, y muchos son para casamientos. Varios hombres me dicen: “Con tal canción tuya conocí a mi mujer”.

–¿Hay alguna que haya unido más parejas que otra?
–Absolutamente. “Sin principio ni final” es la canción Cupido por excelencia. 

Estamos en el primer piso de un bar ubicado en Dorrego y Honduras, en ese punto neurálgico donde Palermo y Colegiales conversan. Mientras un mozo acerca el licuado que Abel ha pedido, el artista corre su libro para hacer espacio y comienza a dar parsimoniosos sorbitos…

–Veo que estás leyendo Prosa completa, de Alejandra Pizarnik. ¿Cómo te llevás con su poesía?
–Recién en el último tiempo comencé a leer poemas, así que todavía me cuesta un poco adecuarme. En la poesía, las oraciones son más fuertes; los conceptos, más condensadas. Hay que analizar bastante más que en la narrativa. Con Pizarnik empecé porque una persona que va a muchos de mis conciertos un día me regaló un libro. Como el público conoce mi gusto por la lectura, siempre me regala obras.  

–¿Pensás que este tipo de lecturas puede influir en tu manera de escribir canciones? Al fin y al cabo, los temas también son una forma de escritura condensada… 
–Creo que me nutre de nuevas formas de concebir conceptos. Porque, en definitiva, todos terminamos siempre hablando de los mismos temas. Los temas que tratamos en una canción –o en una charla de café– son recurrentes, porque tenemos pocas raíces y todo nace de esas raíces. En ese sentido, diría que la lectura me abre la mente a nuevas maneras de contextualizar y de conceptualizar esos mismos temas. 

–¿Es cierto que, si no hubieras sido músico, habrías estudiado Letras?
–Sí, lo descubrí de grande, porque de chico, tenía tres opciones: ser superhéroe, bombero o músico. 

–En alguna oportunidad mencionaste tu interés por escribir un libro. ¿Te gustaría escribir relatos de ficción, novelas, una autobiografía…?
–Algo autobiográfico no. Un autor que me gusta mucho es Wilbur Smith, que incorpora cantidad de datos históricos y geográficos en sus sagas. Tengo algunas ideas escritas, aunque nada desarrollado aún, pero iría hacia ese lugar: la ficción que coquetea con el dato real. 
  
–Ahondemos en tus lozanos inicios… Tu papá es músico y tuvo varias bandas de folclore antes de casarse con tu mamá. ¿Tocaba algunas veces para ustedes, en su casa?
–De modo terapéutico, sí. Llegaba a casa y, antes de cenar, cantaba folclore.   

–Y contame, durante el día, ¿escuchabas los temas que sintonizaba tu mamá en la radio?–Mamá era ama de casa y en ese hacer, siempre prendía la radio –que era una radio de fórmula–, donde pasaban a los cantantes de moda, la mayoría melódicos: Roberto Carlos, José Luis Perales, Ricardo Montaner… A mí me encantaba. Después, como mis hermanos eran adolescentes, sonaba rock a lo loco. Cuando me tocó elegir a mí, elegí a Mercedes... 

–¿Cómo llegan a tu vida las canciones de Mercedes Sosa, tu entrañable amiga e influencia inigualable?
–Tendría 5, 6 años. Era un sábado y mi papá me llevó a la disquería a comprar un casete de Roberto Carlos, porque nos íbamos de viaje y la única manera de entretenerme era metiendo un 20 Grandes Éxitos suyo. Cuando entramos, estaban promocionando un disco de Mercedes y fue escucharlo y quedarme helado. Paralizado. Todavía me acuerdo de la sensación que tuve en el cuerpo al escuchar su voz… Algo me abrazó fuerte y no le di bolilla a nada más. Durante cinco años, lo único que escuchaba y cantaba era Mercedes Sosa en Argentina.

–¿Sos consciente de que al comienzo  tu voz era muy parecida a la suya?–Total. Lo que pasa es que, para mí, la única manera correcta de cantar era la de Mercedes. Esa era la forma correcta. Y así como los guitarristas empiezan a tocar sacando solos de George Harrison, aprendí a cantar sacando su voz, sus modismos, su cadencia. Cuando empecé a tomar clases de canto, mi profesor entendió enseguida que no trataba de imitarla y me explicó que la de Mercedes era una forma posible, pero que podía tener otras. Recién entonces comencé a encontrar mi propia voz, mi propio estilo.  

–Dado que sos un expreso melómano y coleccionista, ¿no te gustaría editar un disco propio en vinilo?
–Me encantaría. Por suerte, la compañía donde grabo es muy abierta y trabaja de modo artístico y –dentro de lo que es la gran factoría– muy artesanal. Por eso, creo que me escucharían si lo pidiera. Pero si lo hiciera, querría que se cayera de maduro que ese disco tenía que editarse de esa manera, que fuera parte del concepto. 

–Que la fritura sirviera para algo…
–Claro, claro. No me gusta hacer nada por una cuestión cholula; me gusta que todo tenga su sentido.

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