ENTREVISTA


La leyenda viva


Por Carolina Cattaneo.


La leyenda viva
Fue el pionero en los avistajes de ballenas en Puerto Pirámides, al sur de Península Valdés, en Chubut. Fue guía de expediciones de Jacques Cousteau, y cineastas franceses filmaron un documental sobre su trabajo. Con 68 años, Mariano Van Gelderen repasa una vida de película.  

Puerto Pirámides. Domingo, 11.30. El hombre está aún en la cama, que está en el living de su casa de paredes de chapa, recostado sobre el lado izquierdo de su cuerpo inmenso. Tiene el celular apoyado en la cara, no lo sostiene con la mano, habla con alguien. Le dice que no tiene agua, que anoche tuvo fiesta por su cumpleaños, que la casa se llenó de gente. Su hija Lucía –que llegó desde Buenos Aires para el festejo– ordena la cocina. 

Mariano Van Gelderen, flamantes 68, pide un rato para componerse, para darse su inyección de insulina y para terminar de despertarse. En su casa hay fotos con sus dos hijas, mapas antiguos, un tronco petrificado, el cuadro de un cóndor, de un ñandú, de un paisaje de mar, de un grupo de cormoranes; boyas de mar; patas de rana; una placa: A Mariano Van Gelderen. Iniciador y pionero de los avistajes turísticos de ballenas en Puerto Pirámides. Administración Área Natural Protegida Península Valdés. “El Gordo”, como le dicen los que lo conocen (y lo conocen muchos), o “El Rey de las Ballenas” (como lo llaman otros) es parte de la historia viva de Puerto Pirámides, el pueblo donde se estableció hace más de cuarenta años. 

Como dice la placa, Mariano fue el primero que, con una lancha y unos pocos turistas y documentalistas extranjeros que llegaban a ese enclave patagónico en el sur de Península Valdés (Chubut), dio inicio a una actividad que hoy moviliza a miles de personas al año para ver a las criaturas del mar. Los mismos que convirtieron a ese rincón del planeta  en uno de los atractivos más visitados del país, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1999.“Soy uno de los que descubrió  que los pingüinos en la Península fueron impuestos. Vinieron camiones con tierra y huevos y pingüinos, y los tiraron en las pingüineras”. Así arranca Mariano, y será difícil pararlo. Uno querrá saber sobre sus orígenes, y el hombre, ahora sentado a la punta de la mesa, en su pequeña cocina comedor, hablará de los animales que habitaban la Península y ya no están, de Perón, de consecuencias “siniestras” de una fábrica en Puerto Madryn y del calentamiento planetario. Habrá que arriarlo como a un corderito para que cuente cómo empezó todo. 

“Soy nacido en Bahía Blanca, porque mi padre era aviador naval”, desliza. Sobre sus orígenes, contará que, por parte de padre, sus ancestros eran nobles holandeses; y que sus parientes maternos eran italianos, de apellidos Adano y Morixe. Dirá que unos vendían a Italia madera y naranjas del Delta, que habían reparado un barco que después regalaron a la Marina uruguaya y que los otros eran dueños de un molino al que terminaron rifando. “Lo fundieron”, refunfuña. Y sigue: “Mi tíos me habían mandado a trabajar a la parte de correspondencia del molino para estar cerca de la gerencia. Pero ¡qué correspondencia!, yo me pasaba todo el día en el laboratorio con los laburantes, y hasta sabía hacer pan…”.  

Contará también que en su casa eran nueve hermanos, pero que ahora quedan dos menos. “Siete varones y dos mujeres”, dice, y le da un sorbo al mate que ceba Lucía. “El primero de mis hermanos se murió. Y mamá decía: ‘No voy a poder tener más hijos’, y lloraba. Me dio tanta leche que mirá lo que salí, una bestia, y con el corazón deformado. Después de muchísimos años, y de haber buceado y de haber nadado veinticinco kilómetros y cosas por el estilo, descubrieron que tenía una parte del corazón así de grande y otra así de chiquitita, y que se me había calcificado la válvula aórtica. Y me pusieron una de titanio”. Mariano tenía unos 9 años cuando su familia se mudó a San Isidro, en el norte del Gran Buenos Aires. Allí empezó a jugar al rugby en el tradicional CASI (Club Atlético San Isidro), formó parte de la Primera, y hasta se rompió una pierna en el clásico contra el SIC (San Isidro Club). Cuando creció, trabajó con su padre vendiendo papel en Capital, hasta que un tío, dueño de un molino yerbatero, le ofreció vender yerba en la Patagonia. “Me pareció fantástico”, recuerda. 

Para entonces tenía 23 años: “Ahí arranqué en camión, con los camioneros, y aprendí a hacer asado con papelitos… y empecé  mirar para todos lados, al costado del camino”. El motor de un auto que se acerca corta la charla al medio, pero el parate solo se extiende unos instantes hasta retomar el hilo de la conversación: “La primera vez que vine a Puerto Pirámides fue en el verano de 1970, con los chicos de rugby de Trelew”. 

–¿Qué era esto cuando llegaste?
–Cincuenta y nueve habitantes. No había luz. Sol de noche. El agua venía en camiones. El teléfono era a batería.

–¿Cuál fue tu primera impresión?
–Todos eran paisanos, todo muy agradable, iba a jugar al bar… Y salí a conocer. Empecé a bucear, a nadar... empecé a hacer todo eso.

Al cabo de un año Mariano abandonó la venta de yerba. “A mi tío le dije que la yerba… pobrecito, que me disculpara”, evoca. Su siguiente empleo fue arriba de barcos, en Puerto Madryn, contando cajones de pescado podrido para hacer harina. Mientras tanto, viajaba a Península Valdés, a unos noventa kilómetros de Madryn, y hacía sus incursiones en el agua, recorría los médanos, desandaba los caminos solitarios. Años después, mientras nadaba buscando pulpos para comer, metió la cabeza en el agua y vio el ojo de una ballena: “Tenía una mansedumbre increíble, me dejó fascinado”. 

Una mañana, en un bar de Puerto Madryn, un mozo le pidió asistencia para traducir a un grupo de franceses. “Hablo inglés, francés,  italiano, estudié latín y entiendo algo de alemán. Los mozos se creían que eran suecos que venían de Sierra Grande al cabaret. ¡Y les querían dar whisky! Los franceses, imaginate, todos deportistas”, ríe a carcajadas. Aquellos franceses eran una avanzada del equipo de filmación del reconocido explorador y cineasta Jacques Cousteau, que más tarde llegaría a la Patagonia con su buque Calypso. En minutos, Mariano les había conseguido un lugar donde armar un helicóptero, herramientas, un sitio para acampar, un auto, un científico… 

Él, que para entonces ya organizaba salidas de pesca y avistaje de lobos marinos en Puerto Pirámides, que pesaba unos ciento cincuenta kilos y que buceaba sin traje de neoprene en aguas de temperaturas inclementes, se convirtió en el guía baquiano de aquella avanzada y, luego, del propio Cousteau, con quien compartió un vuelo en helicóptero.

“El agua es mía”

“El objetivo era individualizar ballenas en el Golfo Nuevo, aunque solo lograron divisar algunas con rapidez o afincadas en el San José. Sería al año siguiente cuando encontraría las primeras madres con cría establecidas en el Golfo Nuevo, y comenzaría  a llevar de a dos o tres turistas en un pequeño bote. Así empezaba la historia de Hydrosport, la primera empresa dedicada al avistaje de ballenas y los paseos náuticos en Península Valdés, que Mariano Van Gelderen refundaría en los noventas con Rafael Benegas”. Esto se lee en la web de Hydrosport. Aún Mariano es dueño con su socio.

–Y el agua, ¿por qué te atrae?
–En Buenos Aires yo ya navegaba; con mis primos nos robábamos la yola del Náutico de San Isidro y nos íbamos al Uruguay. ¿Viste que algunos son del fuego, otros del aire? El agua es mía.

Mariano interrumpe su relato y pide que prendan el ventilador para espantar a las moscas. Y continúa: “Las ballenas vienen al Golfo Nuevo a tener sus crías y a dar la primera lactancia. Emiten sonidos. El capitán las tiene que sentir”. 
Dueño de una técnica propia, cuando aún salía al mar con turistas a bordo, Mariano apagaba el motor de la lancha y la dejaba ir a la deriva. Con años al mando del timón, Mariano fue de los primeros en aprender a reconocerlas, a imitar sus sonidos, a diferenciar a los machos de las hembras. Les puso nombres propios. Fue testigo de los movimientos previos al apareamiento y aprendió a predecir el momento preciso, ese instante en que sacan la cola, saltan de lado o se sumergen para volver a salir y respirar. 

Todo ese conocimiento atrajo a más turistas, a más investigadores y a otros cineastas. Frédéric Rossif, un director francés, llegaría hasta él para filmar a los animales de la Península. “Vi una ballena que tenía la cola para afuera –describe–. Cuando se ponen así, están acomodando el feto. Yo dije: ‘Attention’. Y él empezó: ‘¡Color! ¡Apertura! ¡Foto!’. Yo iba despacito haciendo una espiral con la lancha”. Esa toma, que dura más de un minuto, en la que una cámara rodea en círculo la cola de la ballena, es parte del documental Sauvage et Beau –Salvaje y bello–?(está en YouTube).  Rossif esparció en el mundo del cine francés el nombre de Mariano Van Gelderen. Así fue como se acercaron el actor canadiense Donald Sutherland y otro equipo de cineastas franceses que filmarían un documental sobre su vida: Le roi des baleines (El rey de las ballenas). Tenía 40 años, ya estaba casado con Lucía Navarro Sansot, una porteña que había llegado a Pirámides de mochilera y se había enamorado de él en la playa, y ya era padre de su primera hija.

Aquella película ganó un premio en el Festival de San Sebastián y recogió críticas en diarios como Le Figaro, en donde, el 27 de junio del año 1987, un artículo decía: “… Frente a este personaje barbudo, que pesa 156 kilos, podemos preguntarnos si hizo algún tipo de comedia lírica perdida en las costas de la Argentina o a Robinson Crusoe o a un ermitaño que eligió vivir fuera del mundo civilizado. Van Gelderen es un poco todos esos personajes reunidos, porque él vive en este vasto espacio terrestre y marítimo al borde de estas aguas, donde las ballenas venidas del Antártico hacen escala para reproducirse ”.
Así pasó Mariano cuarenta años en el agua. Después, se operó del corazón y no quiso más. Cuando la salud le impidió seguir cerca de los animales, empezó a pintarlos. 

La salud, la exposición al mar, al sol, al frío y a algunos accidentes le jugaron una mala pasada, por lo que tiene una dificultad en el movimiento de sus manos que le impide seguir pintando. Ahora está escribiendo un libro. Lo hace con la ayuda de un software que obedece a las órdenes de la voz. No dice sobre qué tratará, pero quizá cuente aquello de que Pirámides fue primero un sitio de cacería de lobos, que luego fue un puerto desde donde salía sal, que con los primeros barcos frigoríficos ese negocio desaparecería... O quizá cuente que fue intendente del pueblo en la década del 70, o aquella anécdota en la que una noche lo fueron a buscar porque cinco buzos habían quedado a la deriva en el mar y Prefectura no se animaba a meterse. 

Muchos viajeros llegan hasta lo de Mariano para conocer qué hubo antes ahí. Tras un golpe de manos de alguna de las visitas ignotas e imprevistas, él dirá, desde adentro de la casa donde vive solo: “Pasá, estoy en calzoncillos, pero pasá”.

 

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