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El cazador de besos


Por María Alvarado.


El cazador de besos 

Ignacio Lehmann fotografía cien besos en cada ciudad que visita. Lo que empezó casi como un juego se convirtió en su proyecto de vida. Esto lo lleva por el mundo transmitiendo un mensaje de amor y paz. Sus tomas las eligió León Gieco para proyectar en un recital y pronto se editarán en un libro.

Recibir ese correo fue una invitación a soñar dentro de un sueño. Me reuní con él y todavía me cuesta creerlo. Hablamos de mis besos y de su música. Me convocó para hacer un video y proyectarlo en sus conciertos. Salí de la reunión emocionado y caminé hasta una plaza. Me acosté en el pasto. No lo podía creer. Miré el cielo, cerré los ojos y solté mi ilusión al viento. Me sumergí en un nuevo sueño dentro de un sueño. Viajé en mi cabeza desde esa plaza porteña hasta el estadio Luna Park. Él ya vestía de armónicas y guitarras sobre el escenario gigante. El legendario estadio estaba colmado por miles de personas que vibraban al ritmo de su sola presencia. La atmósfera del mítico Luna Park me hizo temblar. Imposible adivinar hacia dónde un sueño te puede llevar”. 

Ignacio Lehmann (30), el fotógrafo de los besos, recibió el llamado del mismísimo León Gieco para proyectar en su concierto las fotos que el viajero capturó en su recorrida por el mundo. Jamás había imaginado que aquellos solitarios pasos que había dado en las noches de Japón o en los atardeceres de México iban a ser honrados con la voz del reconocido músico.

La vida de este fotógrafo dio un giro radical cuando decidió renunciar a su trabajo como guía de un museo porteño para cumplir con una fantasía: contar, mediante fotografías de besos, las historias de amor de sus protagonistas. Su primer objetivo consistió en conseguir cien tomas en Nueva York y, a medida que la gente se entusiasmaba con el proyecto (“100 World Kisess”), fue por más. Desde hace un año y medio, recorre el Planeta buscando besos de parejas, de padres a hijos, de abuelos a sus nietos, de amigos… besos en todas sus formas. 


“El proyecto transmite un mensaje de amor y de paz muy potente –define Ignacio–. Ese es el feedback que recibo de la gente, que me escribe muchísimo. Me llegan cientos de mensajes a diario, en los que me dicen lo inspiradora que les resulta esta movida. Me gusta que el mensaje sea que es posible ir detrás de nuestros sueños. Estamos acostumbrados a estar rodeados de muchos ‘no’, de tanta cosa negativa, de tanta violencia. El beso es un símbolo universal que se comprende en cualquier parte del mundo; por eso esto tuvo tanto éxito en Japón, en Holanda y en culturas distintas y, muchas veces, frías y reacias a expresarse en público”.

El “fotógrafo del amor” ya recorrió once países y tiene fotografiados más de mil besos. Camina unas doce horas por día, por plazas, calles, iglesias y bares. Puede ser a la mañana, a la tarde, a la noche o en la madrugada. En todo momento, en todo lugar. Luego, publica las  fotos en su Facebook y las acompaña con un relato en el que cuenta la historia de sus protagonistas. “Es muy lindo porque, además de la imagen, se ven los pensamientos y los deseos de esas personas que se están besando. Cuento cómo se conocieron, dónde fue su primer beso, por qué están juntos, cuáles son sus planes”, relata Ignacio, quien nunca imaginó la repercusión que tendría la movida.

“Me entrevistaron en la televisión de Japón, de Holanda, de España, de Italia. En ABC News, en CNN, en Televisa… Y me nombraron embajador de la Argentina de la Marca País. En el mundo me reconocen como ‘el argentino cazador de besos’”. El ida y vuelta con la gente es otra caricia al alma: “Me escriben cosas fuertes, íntimas y muy lindas. Me cuentan, por ejemplo, que una foto los motivó a llamar a una abuela o a un padre que no veían hacía mucho tiempo; que renunciaron a sus trabajos porque estaban angustiados y decidieron salir a viajar sin rumbo y sin tiempo; que comenzaron un proyecto de fotografía gracias al mío... A la gente le da energía y eso se siente en el Facebook; es algo que dispara sensaciones. Es una tarea hermosa poder hacer esto, poder soñar y que la gente sueñe conmigo”. 

–¿Qué significan los besos para vos?
–Estamos muy acostumbrados a la conexión humana a través de medios electrónicos. El beso, en cambio, implica una conexión real entre dos personas. Ver ese mismo acto de amor congelado en distintas partes del mundo, para mí representa la paz. Y a la paz la imagino como algo mundial, es imposible pensarla sólo para mi barrio o para mi ciudad. En países tan diferentes, tan lejanos, y con idiosincrasias tan distintas, el símbolo de conexión es el mismo. 

–Ignacio, ¿Cuál fue el mejor beso que retrataste?
–Tuve una experiencia muy emotiva con el beso número cien, el de una pareja en Hiroshima. Él tiene 82 y ella 74; ambos sobrevivientes de la bomba atómica. Les saqué la foto de un beso con la Cúpula de Genbaku detrás. Es el único edificio que, milagrosamente, quedó de pie en la zona cero. En 1966 fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, y hoy representa uno de los símbolos de paz y esperanza más reconocidos del mundo. Implicó entrar a una historia de violencia y de terror, no desde el punto de vista de un libro o un manual, sino de los propios protagonistas. Ella me contaba cómo había sentido el calor de la bomba cuando tenía seis años y la forma en que estallaron los vidrios de la casa. 

Él, con catorce años, se había rateado de la clase de matemáticas y, escondido en el baño, vio el hongo a través de la ventana. Fue un momento muy fuerte y tremendo, y eso es lo que me gusta del proyecto, poder transmitir sensaciones reales y modificar en quien lo ve. Esta foto fue muy compartida, amén de ser publicada en los medios más importantes del mundo. La titulé “El beso de la paz”: dos ancianos hablaban de su historia sin rencor, sin odio, genuinamente. 

–¿Cómo entrás en contacto con los protagonistas?
–Todo es muy espontáneo: los besos no son pactados, no hay producción, no hay modelos ni actores. Estamos las calles, la gente, mi cámara y yo. No tengo un plan porque fotografiar besos es algo muy complicado, ya que es un acto muy íntimo. En Japón, por ejemplo, no se besan en público y mi meta es lograr cien por destino. ¡Y es muchísimo, un desafío muy grande! Implica caminar doce o catorce horas diarias. Depende la situación, tomo la foto y después me presento, les cuento del proyecto y les pregunto si quieren participar. 

–¿Creés que la gente necesita un mensaje de paz?
–Estamos viviendo momentos de caos, de poca comprensión, de poco contacto humano, de poco cariño. Y no hablo solo de la Argentina. En el beso hay algo divino, especial, de conectarse con el otro en una forma sincera y real. Nos da mucha luz. En esta obra que va mutando, me di cuenta del enorme potencial que tiene el amor. 

–¿Tuviste trabas para lograr tu sueño?
–No existe algo mágico, hay muchísimo trabajo por detrás. Lo hago solo, a puro pulmón. Con los sueños hay que insistir y perseverar. Cuando uno va detrás de algo y le pone toda la energía y la voluntad, tarde o temprano se tiene que dar. Las puertas se abren cuando uno se anima. Por supuesto, exige coraje, valentía y entusiasmo para llevarlo a cabo. Nadie me regaló nada. A las trabas las fui superando. En Japón, no solo la gente no se besa en público, sino que no habla inglés. Por eso memoricé unos párrafos en ese idioma. Lograr los sueños es ir en contra de la corriente.

–¿Cuál es tu próxima meta?
–Me gustaría seguir recorriendo América y poder fotografiar besos desde la Quiaca hasta Tierra del Fuego. Quiero fotografiar cien besos en cada provincia de nuestro país.

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