ENTREVISTA


El arte no ofrece respuestas


Por Ana Claudia Rodríguez.


“El arte no ofrece respuestas” 

La curaduría estrenó el siglo pisando fuerte y hoy se convirtió en una profesión altamente reconocida. Victoria Noorthoorn con 42 años, es una de las principales referentes del país. Ya trabajó en los grandes museos de todo el mundo y ahora lidera uno en la Argentina.

Aquí, la historia de una mujer que ama su trabajo. “Es que no sé hacer otra cosa, ni un flan con dulce de leche”, se ríe la flamante directora del Museo de Arte Moderno de Buenos Aires (MAMBA). Victoria Noorthoorn tiene 42 años y un CV que cualquiera envidiaría, aunque ella se empeñe en destacar que, a su edad, ocupar una posición de responsabilidad es “normal” en el primer mundo. Cuando repasamos su trayectoria, recita casi de memoria, pero sin rastros de ínfulas: coordinadora de proyectos en el MoMA de Nueva York, curadora asistente en el Drawing Center de la misma ciudad; curadora del MALBA/ Fundación Constantini… y la lista sigue: como comisaria artística independiente comandó la 29.° Bienal de Arte de Pontevedra (2006), la 7.° Bienal del Mercosur (2009) y la 11.° Bienal de Lyon (2011). Entre las últimas distinciones, el gobierno francés la condecoró como Chevalier de l'Ordre des Arts et des Lettres. 
Su ambicioso proyecto busca transformar el MAMBA en una institución emblemática del arte argentino. Feliz con el desafío, puso manos a la obra.

–La curaduría es un trabajo un tanto desconocido, ¿cómo lo definirías?
–Un curador es una persona que imagina visualmente una exposición de arte, la organiza y la cuelga. Si hilamos más fino, se pueden diferenciar dos tipos. Por un lado, el curador institucional, es decir, el que está a cargo de una colección concreta en un museo y a partir de allí organiza exposiciones; y, por el otro, el curador independiente, que no trabaja con un patrimonio, sino con diferentes artistas. Se mueve en un terreno más abstracto.

–En el siglo XXI, la profesión de curador entra por la puerta grande. 
–Sí, la figura empieza a brillar desde finales de los noventa. En rigor, existe desde los años treinta. Los museos antes no organizaban exposiciones temporales, sólo mostraban las colecciones permanentes. Sin embargo, en los últimos tiempos, el movimiento de estas exposiciones temporales se aceleró gracias a Internet, que ayuda a que circule la información. Yo no hubiera podido organizar las bienales en las que estuve a cargo si no hubiera contado con las facilidades de comunicación que hay actualmente y las posibilidades de desplazamiento. 

–¿Cuál es la cuna de estos comisariados artísticos?
–La figura surgió en Alemania, Italia, Francia, los Estados Unidos. En Latinoamérica están Samuel Oliver o Jorge Romero Brest, ambos argentinos.

–Investigación, diseño de montaje, sentido de la muestra. ¿Qué parte del trabajo te gusta más?
–¡Me gusta todo! En la curaduría, disfruto de todos los procesos. Me encanta trabajar en el concepto de la muestra, me muero por los números y los presupuestos y, bueno, quizás lo que más me gusta es colgar un cuadro al lado del otro. Mi fuerte es visual:?veo muy rápidamente cómo las obras van a interaccionar entre sí, cómo se va a sentir el espectador, cómo puede funcionar un recorrido… 

–Imagino que se necesita un equipo.
–Somos seis personas: Rafael Cippolini es el curador de arte argentino,  y Javier Villa, el curador de arte contemporáneo. En breve, se incorporarán dos curadoras asociadas, especialistas también en arte argentino –del 1800 y de los años cuarenta del siglo anterior–. Y, por último, contamos con una asistente. Todos conocedores del arte local, son curiosos y se preocupan por temas que exceden su propio ámbito. No se quedan en su rancho. Están dispuestos a cambiar, a abrirse. Precisamente esa es la función del arte en la sociedad, ¿no? Cuestionarse, abrir posibilidades de pensamiento. 

–¿El curador es un artista? 
–Algunos consideran que sí. Yo creo en el poder de las obras de arte, que dicen mucho más de lo que los curadores pueden decir. Prefiero no imponer discursos sobre estas, sino que las propias obras se encarguen de expresar. Por eso hay que observarlas bien para ver cómo son y cómo se pueden mostrar de la mejor manera. 

–Los curadores de ahora, dicen, deben conectarse con las nuevas tendencias. ¿Cuál es la tendencia que predominará en el MAMBA? 
–En este museo no vamos a seguir una tendencia artística. Aquí daremos prioridad al patrimonio: debemos saber qué se vio, qué no, y si se mostró al público de forma atractiva. Y también cuestionarlo: encontrar cuáles son las preguntas que formulan las obras. Y a esas preguntas darles relevancia, darles espacio. 

–En el arte son claves las preguntas.
–Es que el arte no ofrece respuestas, pero sí distintos puntos de vista para poder pensar una misma realidad. Eso es liberador. No existe la afirmación “el mundo es así”, lo que  permite dar una respuesta particular a la pregunta “¿Cómo es el mundo?”. Las respuestas están llenas de color, hay miles de opciones, y así se vive una vida más liviana. 

–¿Esta curiosidad te la inculcaron?
–No sé… mi madre era inquieta: a lo largo de su vida vendió chocolates, seguros, cosmética, inmuebles… Y mi padre era agente de bolsa, pero coleccionaba objetos, cajitas de plata… Yo decidí seguir esta especialidad cuando estudiaba Licenciatura de Artes en la Universidad de Buenos Aires (UBA). En esa época, los noventa, estaban los museos con sus exposiciones, los artistas con sus talleres y, separadas, las universidades con sus profesores académicos. No existía un nexo de unión entre ellos. Yo hice este análisis y me interesé por la figura que podía unir y transitar estos tres espacios. En ese tiempo, el Malba no existía y el circuito artístico era escalofriantemente limitado. 

–Fuiste al Master of Arts in Curatorial Studies de Bard College y trabajaste en varios lugares hasta que, en  el 2004, te hiciste curadora independiente… 
–Así es. Al principio ejercía de una manera convencional. Pero luego me aburrí y fueron los mismos artistas los que me ayudaron a darme cuenta de lo previsible que era. Ese fue un momento bisagra, aunque haya sido un proceso gradual: ellos me enseñaron a potenciar la elasticidad de mi cerebro, a mirar de forma diferente. Para mí está relacionado con la alegría de vivir, con el aprendizaje continuo. Hay que reinventarse, cambiar con cada artista. Eso es lo que significa ser curador. Y para ello se necesita autocrítica y mucho sentido del humor.

–Es interesante tu postura sobre la edad y el liderazgo. 
–Es que, en los países desarrollados, los que tienen mi edad lideran instituciones, son senadores, CEOs de empresas, etcétera. A los cuarenta disponemos del equilibrio justo entre energía y sabiduría para poder liderar proyectos. Además ¡no soy la única! La gerente general de la feria de arte contemporáneo ArteBA es mucho más joven que yo (NDR: se refiere a Julia Convert, que tiene 32 años). En los grandes museos del mundo sucede esto. En la Argentina todavía no lo conseguimos, por eso agradezco la confianza que depositaron en mí. 

–¿Cómo tratás con los artistas?
–Con diálogo, reflexionando juntos. Uno pone en una vidriera su obra y eso implica tener que elegir. No sólo qué imágenes, sino también qué textos las acompañarán o cómo hablarán sus obras entre sí. 

–También fuiste curadora de una muestra del Malba, de Marta Minujín. 
–Ella es excepcional, una artista que siempre se quiere superar. Tiene una energía espléndida y desmesurada. Escuchaba mis sugerencias sin tener por qué hacerlo. Tiene la capacidad de sacar lo mejor de las personas, y, continuamente, se pregunta: “¿Este camino es el correcto? ¿O busco otro que convenga más?”.

El nuevo MAMBA 

“En la Argentina, debe realizarse un cambio de escala en la gestión de los museos: dedicarles más recursos, más dinero, más salas de exposción”. La nueva directora del MAMBA lo tiene claro. Por ahora, se inauguraron dos salas nuevas, se puso en funcionamiento el auditorio y se espera abrir nuevos espacios para oficinas y depósitos de obras, así como una tienda y una cafetería. Con meses en el cargo, Noorthoorn pisa fuerte: el 12 de octubre pasado inauguró seis muestras en simultáneo. Su visión implica una apertura hacia la comunidad artística y el público en general, y una gestión “plural” que deje atrás el modelo unipersonal  predominante en el país, en el que el curador era el que decidía todas las cuestiones.

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