ENTREVISTA


Si canto, ya está


Por Carolina Cattaneo.


“Si canto, ya está”
Paula Almerares, soprano platense de prestigio internacional y con 20 años de carrera, se presenta por primera vez en una puesta completa en la calle Corrientes. Actuará junto a Juan Rodó en el musical Pasos de amor. ¿Si da el salto a un arte más popular? No lo sabe. Ella sólo quiere cantar.

Ahora la pequeña Paula y su hermana, Viviana, corren por el camino de lajas que atraviesa el jardín y une la casa con el estudio del fondo donde ensaya su padre, primer violín de la orquesta del Teatro Argentino de La Plata. Pegan la oreja a la puerta para oír lo quesucede dentro. Dialogan: 
–¿Abrimos o no? 
–Esperá un poquito. 
–Ya termina, ya termina… 
–¡Me parece que terminó! 

Golpean, saludan a papá, salen contentas. Después, Paula observa cómo su madre, primera bailarina del mismo teatro, prueba pasos y giros sobre sus zapatillas de punta en el patio: es pleno invierno. Y un poco más tarde, Paula oye a su hermana tocar el violonchelo; sabe que lleva haciendo lo mismo unas ocho horas. 

Ahora es de mañana, Paula Almerares tiene 13 años, se acaba de levantar de la cama y les dice a sus padres: “Quiero ser cantante, cantante de ópera”. Difícil imaginar un destino distinto al que tuvo esta soprano, una de las más prestigiosas del país, dos décadas después de aquel despertar. Difícil para alguien que creció en una casa en la que cada cual tenía su espacio de ensayo, y donde cada espacio debía estar meticulosamente repartido para que no se mezclaran los sonidos. 

Un lugar en el que el silencio era tan importante como una nota bien colocada, donde lo que se escuchaba eran conciertos de magnos violinistas del mundo interpretando a los grandes compositores de la historia. Difícil también de predecir un destino diferente para quien comenzó a estudiar canto a los 13 años, que cuando se iba de vacaciones se llevaba el xilofón para vocalizar, que aún hoy prepara sus roles con seis meses de anticipación y que los días previos a un espectáculo se entrega a una mudez casi monacal. 

Esa es Paula Almerares, la soprano, la que estudió con la cantante del Colón Mirtha Garbarini; la que hizo su primera presentación operística en el Teatro Argentino de La Plata con apenas 20 años; la que, en 1993, debutó en el Teatro Colón con Alfredo Kraus, un gigante de la ópera; la que cantó tres veces con el tenor Plácido Domingo y la que ganó concursos internacionales como el de Ópera y Opereta Hans Gabor Belvedere, de Viena, Austria, o Traviata 2000, organizado por la Ópera de Pittsburgh, Estados Unidos. La que fue dirigida por enormes figuras de la ópera como Zubin Mehta o Michael Tilson Thomas, y la que pisó el escenario de teatros, como el Metropolitan Opera House de Nueva York, el Regio de Torino, el Verdi de Trieste o la Ópera de Roma. 

Esa misma Paula, la que dice sentirse en la plenitud vocal, ahora da el salto a la calle Corrientes y, por primera vez, se sumerge en una puesta completa, en el género del musical, con la obra Pasos de amor, que acaba de estrenarse en el teatro El Nacional. Allí, junto a Juan Rodó –estrella del musical argentino– y a otros cuarenta artistas, Paula interpreta canciones de una forma y en un idioma (el español) a los que no está habituada. En el escenario, sin embargo, nada de eso se nota y parte, sólo parte de lo que sucede cuando ella canta, son una voz descomunal que no parece humana y una serie de agudos que rajan el centro mismo de la tierra. La entrevista con Paula es en un hotel de la porteña Recoleta donde se hospeda para estar cerca de la sala de ensayo. La acompaña Rubén Martínez, tenor y director escénico, su marido desde hace 22 años. 

–Digamos que tu casa era como una especie de centro cultural…
–¡Un conservatorio, te diría! –sonríe–. Los que venían eran todos músicos, como mis tíos, que formaban parte del Cuarteto de cuerdas Almerares (por el grupo que más tarde formó su padre). Mi casa era un conservatorio y sigue siéndolo: mi papá ahora está dedicado a la enseñanza y a veces vienen chicos a estudiar.

De niña, Paula fue su alumna durante unos seis años, hasta que un día vio un video y decidió que su instrumento no sería el violín, sino su voz. La película mostraba al gran violinista Itzhak Perlman interpretando a Tchaikovsky. Dice que lo que vio y oyó le impactó tanto que le hizo el efecto contrario: “No podía creer la dificultad de lo que estaba tocando ese hombre. Era realmente impresionante. Y mis padres me preguntaron: ‘¿Te gustó, Paulita?’. ‘Me encantó –contesté yo–, pero como no voy a poder tocar así, no quiero hacerlo”.

Había nacido Paula, la autoexigente, la rigurosa, “el bicho raro” de la escuela. La que llegaría a ensayar más de ocho horas diarias; la que más tarde se iría a tomar clases con la repertorista Janine Reiss, en Francia; la que decenas de veces les pediría a los técnicos de los teatros que le dejaran aunque sea una luz prendida de la sala para que ella pudiera seguir ensayando hasta la medianoche, solísima, en la inmensa oscuridad de un escenario vacío. “Estábamos todo el día. Me iba al estudio de casa, me quedaba una hora, descansaba diez minutos, volvía a ir… Y cuando me daba cuenta, eran como las diez de la noche. Tanto es así que, un día, un vecino me tiró un ladrillazo en el techo de chapa para que me callara”. 

La biografía oficial de Paula Almerares dice que su primera presentación operística fue en el Teatro Argentino de La Plata, en el rol de Musetta, de la Boheme de Puccini. Lo que no dice es que entró por la puerta grande: “El Teatro Argentino no era para foguearse. Ahí había que estar listo”. Y Paula estaba lista. “Y después del Teatro Argentino saltabas al Teatro Colón, y si en el Colón no te iba bien, después no saltabas a ningún lado”. Y Paula saltó al Colón y le fue bien, y entonces su carrera fue siempre ascendente.

De aquellas primeras presentaciones en las salas más importantes del país, Paula recuerda la concentración. “Me pasaba horas sola. Iba al teatro dos horas antes o más, y estaba en la mía, metida en el personaje para poder dar el máximo. No permitía que nada me distrajera; como los caballos, me aislaba. Ya en el escenario, algo que me enseñó mi mamá, yo buscaba un punto para no dispersarme y no sentir la presión de la gente”. 

Pese a los años y la experiencia, aún mantiene aquellos rituales. Las horas en soledad en el camarín, la concentración, las fotos de sus seres queridos cerca, la Biblia a mano. “Leo un poco antes de cantar, para que me dé aliento, nada más. Busco la calma y estar centrada”. Cuenta que antes de un espectáculo parece entrar en un canal, y se compara con un tenista. Una vez arriba del escenario, la sensación es la de estar en un tubo. “A veces me preguntan qué veo. Nada. Nada. No veo nada. Mi vista no está puesta en la gente, sino en mí misma y en el personaje”.

Sueños 

Esta es una palabra que nuestra protagonista dice muchas veces, como si quisiera dejar en claro que su carrera está hecha de eso. Cuenta una anécdota: después de sus debuts en el Argentino de La Plata y en el Colón, fue a escuchar a Plácido Domingo al Monumento a los españoles. Ese día dijo: “Con Plácido voy a cantar”. Fue con Rubén a verlo a una presentación que hacía en Capital y le llevaron un video de ella interpretando el rol de Micaela de la ópera Carmen. Sortearon a los guardias, entraron a la sala y se sentaron en las primeras filas del teatro donde el tenor ensayaba. 

Ese día Plácido se llevó la cinta. “Luego se la dimos a una persona que iba a organizar un concierto, y Plácido dijo: ‘Esta chica’, y ahí se contactaron conmigo para la reapertura del Teatro Avenida”. Después de ese concierto vinieron dos presentaciones más, una en el estadio Centenario de Montevideo y otra para interpretar la ópera L'elisir d'amore en Washington. Kraus, Plácido Domingo, el Argentino, el Colón. Era tiempo de cantar afuera. “Pero, primero, para viajar a Italia o a los Estados Unidos no tenía dinero. Segundo, ¿qué hacía? ¿Golpeaba puertas? Las puertas de los teatros no se golpean, te tienen que presentar un agente”. 

Entonces llegaron los concursos, los premios, los viajes y la mudanza a una casa de Verona, donde el olor a los tilos le recordaba a su entrañable ciudad, La Plata. Hoy va y viene de una a la otra, aunque su base está aquí, en la Argentina. El camino al prestigio no fue, por supuesto, un lecho de rosas. Le costó tiempo aprender a poner límites, le costó aceptar que un director le pedía que cantara un aria boca abajo, tirada en el piso. “En la ópera, y en el arte en general, hay que trabajar, estudiar y estar constantemente actualizándote, sino, estás fuera del circuito. Y es cruel, lógicamente que es cruel”. 

–¿Dónde se da esa crueldad?
–En los momentos en que estás expuesta y tenés que mostrar siempre lo mejor de vos, porque si no puede venir plan B, plan C, plan D. Una vez un manager me dijo: “No olvides que en esta carrera nadie es indispensable”. 

Ella comprendió entonces que el mundo del arte podía convertir a un artista en un producto. Dice que, entonces, eligió otro camino. “Si para el otro yo soy un número, es un problema del otro. Yo lo que voy a demostrar es todo lo que sé hacer. Me funcionó. Pero no porque me lo haya propuesto, sino porque siempre vuelvo a la fuente. Al público lo que le tengo que transmitir es todo lo que yo tengo acá dentro –dice, y se señala el estómago–. No le tengo que transmitir un producto, y hay mucha gente que lo hace. Yo no. Y siento la devolución de la gente en el aplauso, en el llanto, en la alegría, en el abrazo. Eso es lo que quiero. Lo veo ahí. Eso es lo que necesito ver. Mi entrega. Yo me despelecho”. 

Le suena el teléfono y le anuncian que es hora de ir al ensayo. Pide disculpas, se va a cambiar de ropa y después se sube al auto. Conduce Rubén. Ella va de acompañante y revisa una partitura. Luego hace sonar una melodía por su celular que acompaña cantando. Desde el asiento de atrás, sólo se oye una voz dulce, muy suave. 

–Esto del musical es bastante nuevo para vos...
–Tuve la oportunidad de hacer un homenaje a Marilina Ross y ese fue mi ingreso a la música popular. Después canté en la celebración de los 30 años de Ángel Mahler y Pepito Cibrian en el Planetario. Entonces, un poco ya se estaba asomando el tema.

–¿Hay algo de abrirse camino hacia el musical, o empieza y termina acá?
–No lo sé, la verdad no lo sé.

–¿Qué te genera este nuevo lenguaje?
–Es con orquesta, así que me siento dentro de lo que es mi ambiente. Me gusta el contenido. Sin haber oído nada, ya me había gustado el libreto, el mensaje. Después, Gabriel Senanes  (el creador de la música y director orquestal) me mandó la música por Internet y ahí me cerró absolutamente todo. Me produce ganas de hacerlo, me incentiva. Y además, bueno, cantar. Si canto, ya está. Ya está –sonríe–. No tengo nada más que decirte. 

Un musical para la paz 

Pasos de amor, el musical de la paz es una historia de ficción (escrita por Rafael Jijena Sánchez, con dirección orquestal de Gabriel Senanes) basada en hechos reales, relata el encuentro de cuatro jóvenes de 20 años en un tren. Esos personajes, en el futuro, serán Juan Pablo II, Teresa de Calcuta, Mahatma Gandhi y Marthin Luther King.  En la obra, Almerares interpreta a Ana, la esposa de Alex, el guarda del tren (Rodó). “Mi rol es realmente de una integridad enorme y voy a cantar con mi voz, pero con más naturalidad en el canto, en un registro un poco más entendible”. 

www.facebook.com/pasosdeamorelmusicaldelapaz

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