Esa loca pasión


Esa loca pasión


Por Por Daniela Calabró..


Esa loca pasión 

Descubrir nuestro motor en la vida no es tarea sencilla, pero vale la pena intentarlo. Psicólogos e investigadores aseguran que hay que conocerse bien, trabajar en las propias fortalezas y animarse a romper con los mandatos. La palabra de quienes lo lograron.

Hay personas que no dudan un segundo cuando se les pregunta cuál es su pasión. Otras, sin embargo, piensan la respuesta unos cuántos minutos o se quedan en silencio. 

Podría decirse que son los artistas quienes más tempranamente descubren ese mandato del alma. Mozart componía a los 5 años y Pablo Picasso pintó su primer óleo a los 8. Sin irnos tan lejos, en la escena local y contemporánea, el fotógrafo Aldo Sessa recuerda que a sus 10 abriles ya pintaba y sacaba fotografías. Hoy, si uno se detiene frente a sus imágenes, descubre que reflejan mucho más que el abrir y cerrar de un obturador; e inclusive mucho más que un oficio o un desmesurado talento. Allí se ven las huellas de algo más interno… de esa cosa llamada pasión. “La vocación no alcanza. Se necesita el fuego sagrado, que es más irracional. Y lo irracional te permite hacer muchas cosas, como subir a un helicóptero para hacer una foto pese a los riesgos que se corren, o trabajar desde que sale el sol hasta que aparece la luna”, reflexiona el artista, que a los 10 años ya pintaba y fotografiaba. “Mi pasión por la fotografía está intacta. Trabajo igual que a los 18 años. Sigo dispuesto a salir a caminar de noche por la calle para encontrar ‘la’ foto. Mientras el cuerpo aguante, seguiré así”, agrega Sessa

Esos son los “yeites” de la pasión: lo que toca lo transforma, lo enciende, lo engalana; pero muchas veces cuesta descubrirla. La escritora Rosa Montero lo explica de esta manera: “Es difícil saber qué desea uno para sí mismo. Te pasas la vida creyendo que quieres ser médico porque tu padre te lo ha inculcado y, quizá, querías ser zapatero. Hay que saber cuál es nuestro deseo y cuál es nuestro lugar en el mundo, que es lo mismo. La mirada de los otros como compañeros es esencial, pero no hay que rendir el propio deseo a la exigencia del otro”. 

Esto de poner el propio sueño por delante, sin dejarse influenciar, es algo que también aprendió Elena Roger, una de las actrices y cantantes que mejor supo hacer carne sus pasiones: “El éxito es ser feliz. Es correrse de lo que todos llaman éxito y vivir la vida como a uno le plazca y no como les gustaría a los demás”, sostiene.

En el ámbito del deporte, también son protagonistas las pasiones. Bien lo sabe el tenista Horacio Zeballos, que a los 6 años ya portaba su propia raqueta: “Empecé a esa edad y seguí jugando toda la infancia. Me gustaba el tenis, no pensaba: ‘Uy, quiero ganar plata con esto. Uy, quiero ganar puntos’. Jugaba por el amor al tenis. Hubo un momento en mi carrera en que eso lo perdí, y quise recuperarlo: ese goce, ese disfrute de estar dentro de la cancha y pegarle a la pelotita, como cuando era niño. Intento que eso se refleje en mi cara y en mí mismo en la mayoría de los partidos”. Además del esfuerzo por mantener ese fuego vigente, el tenista pone el foco en transformar los temores en algo positivo: “Creo que uno debe hacer frente a las dificultades. Si uno intenta ocultar el miedo, aparecen los problemas, porque el miedo, siempre va a estar, los pajaritos siempre van a estar dando vueltas arriba de la cabeza. Lo importante es que no hagan nido”. En esa misma línea, Sessa aconseja trabajar todo lo necesario para hacer realidad los proyectos: “Hay una enorme diferencia entre soñar y concretar, algo que sucede en todos los terrenos de la vida. Siempre fui un hombre de no teorizar si no es para concretar. El gran sueño hay que bajarlo a tierra. No vale de nada si no se lo ejecuta”. 
El elemento 
Ese es más que el título del libro más famoso del educador inglés Sir Ken Robinson. Es también como él llama a la pasión, a lo que conduce nuestra vida. Para él, ese “elemento” tiene dos características principales: capacidad y vocación; y depende de dos condiciones fundamentales: actitud y oportunidad. Robinson explica que para llegar a él hay que desprenderse del sentido común y de las ideas preconcebidas sobre las propias habilidades y sobre lo que debe hacerse en la vida. También propone buscar un mentor y una “tribu” que compartan la misma pasión. Con esa compañía, mucha disciplina y una actitud positiva, el objetivo debería estar mucho más cerca. ¿Cómo descubrimos que se alcanzó el “elemento”? Robinson es determinante: “No hay duda, uno entra en un metaestado en el que se pierde la noción del tiempo y se tiene la impresión de que las ideas fluyen. Se genera una sensación de armonía y de plenitud que uno no logra de otra manera”.
Nunca es tarde 
Jacquelyn Mitchard es una prestigiosa escritora norteamericana. Desde pequeña, el amor por las letras le desbordaba las manos. Pero su madre, que era quien la alentaba y le leía los clásicos junto a la cama, murió cuando ella era adolescente, y su padre, en el intento de hacerle un bien, le dijo que debía buscar un empleo serio. 

Trabajó de una y mil cosas, pero la felicidad plena solo aparecía cuando se sentaba a escribir. No fue hasta cumplidos los 40 años cuando, por obra del destino y de la perseverancia, le llegó la buena estrella: “Tenía dos trabajos de medio tiempo. Eso fue cuando mi primer esposo murió, joven todavía. Con tres hijos chicos que criar, expresé mi dolor escribiendo hasta altas horas de la noche. De eso resultó una novela que me lanzó a la carrera que siempre había soñado”, recuerda en un artículo periodístico.

Esa novela (la primera de su larga lista) es el bestseller The deep end of the ocean (El lado profundo del ar), que no solo fue uno de los primeros títulos seleccionados para entrar al club de libros de Oprah Winfrey, sino que fue llevado al cine tres años después de su publicación, en un film protagonizado por Michelle Pfeiffer. 

Sería sencillo creer que la historia de Jacquelyn Mitchard es la crónica de un éxito anunciado. La fórmula pasión + perseverancia, dicen, es infalible. Sin embargo, no siempre es fácil descubrir lo que a uno le apasiona. Y mucho menos, embarcarse en ese camino.

“Creo que todos tenemos una pasión y un propósito; el asunto es que algunas situaciones hacen que no los podamos hallar”, introduce Mariana Álvez Guerra, psicóloga uruguaya, especializada en Psicología Positiva y creadora del programa de radio El club de los optimistas. “Usualmente tenemos una tendencia a ciertas aficiones o talentos, pero, al no explotarlos, van perdiendo fuerza. Debemos identificar nuestras fortalezas y utilizarlas en nuestro beneficio”, agrega. 


Para lograrlo, el escritor norteamericano Mathew Kelly, director de una fundación que ayuda a las personas a descubrir sus motivaciones, propone hacerse una serie de preguntas: “Si pudieras hacer algo, ¿qué harías? ¿Estás dispuesto a hacer algún sacrificio? ¿Estás dispuesto a renunciar al dinero y a la posición social, vivir en una casa más pequeña, o tener menos tiempo libre para dedicarlo a formarte y estudiar?”. A partir de allí, sugiere hacer una lista para exteriorizar los gustos y llevarlos al plano consciente, para luego poder hacer un seguimiento de cada uno de ellos. 

Daniel Pink, escritor norteamericano, especializado en motivación y creatividad empresarial, también propone buscar las respuestas dentro de uno mismo: “Lo que verdaderamente impulsa a una persona a dar lo mejor de sus capacidades son los motivadores intrínsecos”. En su libro La sorprendente verdad sobre qué nos motiva, explica además que todas las motivaciones externas, como la búsqueda de aprobación o de dinero, no conducen nunca por el buen camino. 

A la vez, es importante diferenciar las pasiones de las obsesiones, ya que estas últimas nunca llevan por el buen camino. Robert Vallerand, psicólogo e investigador canadiense, lo define de la siguiente manera: “La pasión puede ser armoniosa u obsesiva. La armoniosa, caracterizada por la persistencia autónoma y flexible, conduce a resultados de crecimiento. La obsesiva, en cambio, está vinculada a la búsqueda de aprobación o de cierto estatus y puede volverse inmanejable, provocar ansiedad y atentar contra la autoestima”. 
Una emoción intelectualizada 
Ya en 1907, en el Ensayo de las pasiones, se hablaba de la fórmula para descubrir lo que a uno realmente lo motiva. Para hacerlo, el psicólogo francés Théodule Armand Ribot proponía diferenciar las pasiones de las emociones: “La emoción es la reacción repentina, brusca, de nuestros instintos. No va acompañada sino de un escaso grado de inteligencia. Se define por dos caracteres principales: la intensidad y la brevedad. La pasión tiene otros caracteres. Es una emoción prolongada e intelectualizada, siendo obra del pensamiento, de la reflexión aplicada a nuestros instintos y a nuestras tendencias”. 
Pasión por la vida 
“Muchas de las mujeres más felices que conozco han descubierto que el trabajo que más las apasiona es cuidar del hogar y los hijos. Hay muchas personas que se han retirado y que son cooperantes en una organización benéfica y sienten más entusiasmo del que han sentido jamás”, cuenta Kelly, en su libro Sé tú mismo, y agrega: “El voluntariado es cada vez más atractivo para las personas que buscan un trabajo que tenga sentido y al que puedan entregarse con pasión”. 

Álvez Guerra coincide: “Formar parte de algo más grande que nosotros, como una causa humanitaria, puede aportar muchísimo a nuestra felicidad”. Es que el mundo profesional no es el único ámbito en donde canalizar lo que a uno más le gusta: “Podemos sentir pasión por nuestra vida, en general. Eso hará que demos lo mejor de nosotros en todo lo que nos propongamos. Vamos a cuidar a nuestros vínculos, a vivir emociones positivas, a disfrutar momentos de ocio y a ir tras nuestras metas con fuerza”, agrega la especialista, a la vez que recuerda que esto de las pasiones no es, necesariamente, algo inherente a la modernidad: “Si nos fijamos en la historia, descubrimos que los grandes genios fueron personas apasionadas. La búsqueda del entusiasmo estuvo siempre; quizás ahora simplemente esté más mediatizada. Debemos aprovechar que hoy existen más herramientas para darnos una mano en este proceso de bienestar”.

“Todas las pasiones son buenas mientras uno es dueño de ellas, y todas son malas cuando nos esclavizan”. Jean Jacques Rosseau
Tutelar pasiones 
El artículo donde Jacquelyn Mitchard cuenta su historia tiene un porqué: invitar a los padres a ayudar a sus hijos a descubrir sus pasiones. 

“Le estoy eternamente agradecida a mi madre por haberme animado a seguir mi plan A. Mientras mis hijos consideran sus opciones de vida, yo les doy mi mejor consejo: arriésguenlo todo. Los planes B, C, D y E siempre van a estar ahí”, escribe. Es que, por obra de las casualidades o las causalidades, tres de sus hijos eligieron caminos poco tradicionales. 
“Mis amigos creen que estoy loca. Les han aconsejado a sus hijos buscar una actividad en la que piensen que les irá bien, aunque no les guste. Yo prefiero que vuelen alto a que se rindan. El miedo no conduce a ninguna parte; el entusiasmo puede llevarnos a todos lados”, agrega. 

Con un padre que motiva y que no presiona en dirección contraria, ya hay un gran punto a favor. Sin embargo, aquí se hace presente otro de los avatares de las pasiones: no todos los adolescentes saben hacia dónde quieren enfocar el camino.

“A veces, es complicado decidir a esa edad qué se quiere hacer por el resto de la vida. Una manera de ayudarlos es identificar con ellos para qué actividades han demostrado tener facilidad. Hay estudios que dicen que no hay que forzar a los hijos a dedicar tiempo a aquello que realmente no les gusta o en lo que tienen dificultades”, detalla Álvez Guerra, y concluye: “Tenemos que reconocer, respetar y trabajar aquello que los caracteriza y les agrada, porque es ahí donde residen sus fortalezas. Seguramente, sea ese el terreno más fértil para cultivar una hermosa pasión que los acompañe por el resto de sus vidas”.
Apasionados
El mundo artístico es uno de los más fértiles para desarrollar las pasiones. Es usual escuchar a actores, cantantes, pintores o bailarines hablando de cómo descubrieron su vocación. 

“Era un chico de 16 años cuando descubrí esta pasión por actuar”, relató una vez Juan Leyrado. “A esa edad me empecé a dar cuenta de que el tiempo del juego se estaba terminando y que tenía que elegir algo para hacer. El tema era dónde poner mi sensibilidad y cómo ampliarla. Tuve la suerte de cruzarme con un grupo de teatro muy familiar. Desde entonces no paré, me convertí en un bicho de teatro. Tuve maestros de primera y seguí confiando siempre en mi intuición”. 

He aquí otra de las claves: los maestros. Muchas personas descubren su pasión a través de la admiración por otra persona, como le sucedió a Abel Pintos, quien a sus 6 años escuchó por primera vez un disco de Mercedes Sosa que lo hizo saber que sería cantante: “Fue escucharlo y quedarme paralizado. Todavía me acuerdo de la sensación que tuve en el cuerpo al escuchar su voz… algo me abrazó fuerte y no le di bolilla a nada más”. Ya de adolescente, comenzando su carrera, muchos decían que en su voz había huellas de su amor por ‘La negra’: “Lo que pasa es que, para mí, la única manera correcta de cantar era la de Mercedes. Y así como los guitarristas empiezan a tocar sacando solos de George Harrison, aprendí a cantar sacando su voz, su cadencia”. 

Otro grande que, al igual que Mercedes Sosa, hoy es ejemplo de muchos es Pedro Aznar. Él también era niño cuando descubrió lo que le corría por las venas. Cuando apenas caminaba, ya golpeaba ollas simulando sonidos; fue así como moldeó su pasión por la música, esa que se le hizo “hambre del alma”, como él la define. Hoy, como desde el primer día, su mayor placer se da cuando sube al escenario: “Aunque la atmósfera que allí se genera aún me provoca nervios, zambullirse es una delicia y uno comprueba por qué elige pasar esa ansiedad inicial. Cuando la música ‘ocurre’, emerge el placer mayúsculo”.


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