Pura adrenalina y diversión


A toda vela


Por Por Federico Svec..


A toda vela
Los S33 son los veleros de regata más modernos que compiten en nuestro país. Fueron creados a partir de un nuevo concepto de navegación. Para conocerlos, nos subimos a uno de ellos. ¿El resultado? Pura adrenalina y diversión.

Era un sábado de verano y el sol caía a plomo sobre la blanca cubierta del barco, pero a ninguno de los navegantes (incluidos nosotros) parecía importarles la radiación ultravioleta o la temperatura de más de treinta grados centígrados. Su única preocupación, su única obsesión (y, por consiguiente, la nuestra) era el viento…

Ese ente invisible, cambiante, caprichoso, impredecible –a veces, suave como una caricia; otras, tremendo como un cross directo a la mandíbula–, hace que la navegación a vela, más que una ciencia, sea un arte que se aprende durante toda una vida. Por eso, navegante se es por siempre, hasta que llega el momento de arriar definitivamente las velas y partir en otros viajes, buscando un paraíso perdido o lo que fuera. Pero nos fuimos demasiado lejos… 

Decíamos que estábamos a bordo del velero deportivo Gancia S33, para acompañar a su tripulación en un día completo de regatas durante la disputa del Campeonato Argentino.

Antes, nos habíamos encontrado en uno de los bares que tiene el Yacht Club Argentino. Requisito sine qua non: había que calzarse la ropa para navegar (esto es, remera, bermudas, zapatillas náuticas, gorra y anteojos de sol) y dejar en el muelle todos los objetos personales para minimizar el peso del barco. Solo estuvieron permitidas botellas de agua mineral, algunos sándwiches para engañar al estómago y el protector solar. 

La navegación a vela como deporte se denomina yachting y este es un velero de la clase S33. ¿Qué significa esto? Un barco de clase es un diseño específico de un ingeniero naval, y todos los barcos de esa clase que corren son exactamente iguales. En consecuencia, la diferencia en el rendimiento la logra su tripulación, que en el caso de los S33 está formada por siete personas, cada una con un rol determinado de antemano. 

La S viene del apellido de su diseñador (Javier Soto Acebal) y el 33 marca su eslora (largo) en pies, que equivalen a unos diez metros. La gran novedad es que son los veleros grandes más modernos que compiten, hoy por hoy, en nuestro país. 

El S33 nació en el año 2011, cuando su arquitecto, Soto Acebal, cumplió su viejo sueño de diseñar barcos de diez metros de eslora, muy livianos y con tácticas y rutinas muy parecidas a las de las grandes categorías de la náutica internacional. Además, fue creado a partir de un nuevo concepto de navegación y competencia: una flota simple de usar, que fuera por demás divertida y en la que predominara la habilidad de su tripulación. 

El padre de la criatura: Javier Soto Acebal es un diseñador de barcos reconocido internacionalmente. Lleva más de cincuenta proyectos realizados a la fecha. Se destacan, entre otros, el velero Maxi de regata de 98’ de eslora construido en el astillero Wally Yachts de Mónaco; los veleros de 62’ de eslora construidos en nuestro país para armadores españoles que realizaron el cruce del Atlántico; y, por supuesto, los veleros de regata Soto 33 de diez metros de eslora y con tecnología de última generación.
De proa a popa 
De los siete tripulantes, solo dos pueden ser navegantes profesionales; no obstante, a bordo de los S33 nadie cobra un peso por correr, ya que la idea es mantener bajos los costos para que esta clase que es tan moderna pueda competir en la Argentina. 

El costo de mantenimiento de una campaña anual para los S33 está valuado entre los 40.000 y 50.000 dólares, mientras que para la clase S40, los hermanos mayores que compiten en el circuito internacional con tripulaciones profesionales, la cifra asciende a medio millón de dólares.

Como decíamos, los S33 son barcos idénticos. Además de la destreza del timonel (que es el que “maneja” el barco), de los trimmers (los que llevan las velas) y del táctico (una especie de director técnico a bordo), la performance del barco depende de la coordinación de la tripulación en cada una de las muchas maniobras.

El motor se usa nada más que para la maniobra de separarse del muelle y salir de la dársena. Después, solo se utilizan las velas para navegar.

Hay una cuenta regresiva para el segundo exacto de largada, y no se puede cruzar la línea antes porque se penaliza. Así es como los barcos dan vueltas continuamente, haciendo tiempo y calculando el momento justo para salir y la posición más beneficiosa con respecto a los demás. Por lo tanto, puede haber obstrucciones, algún “toquecito”, por qué no algún intercambio de insultos, y eventuales protestas a los jueces. Sí, es un instante crítico de la regata.

Cuando un tripulante no está haciendo algo de su función específica, se “cuelga” para adrizar (enderezar el barco con su peso). Al ir menos escorado (inclinado), el velero podrá navegar muchísimo mejor.
Como invitados, la única función permitida era “colgarse”, lo que no era poco, ya que había cambios de rumbo constantemente y uno tenía que pasarse de una banda a la otra rápida y coordinadamente, sin molestar a los otros tripulantes que corrían por cubierta. Y, claro, tratando de golpearnos lo menos posible en las viradas bruscas. Por suerte, lo conseguimos.

¿Quién gana? En las regatas de clase, el primer barco que pasa la línea gana la regata. Suena obvio, pero dentro del yachting hay todavía muchas regatas que se corren entre barcos que no son iguales y donde valen los tiempos compensados. Es decir, hay fórmulas matemáticas para cada barco en particular que dictaminan cuánto tiempo gana o pierde con respecto a los otros. Entonces, no gana el primer barco en cruzar la línea de llegada (lo que sería el tiempo real), sino el de mejor tiempo corregido. La tendencia actual en el mundo es que las regatas más importantes se corran con barcos de clase.

Un tripulante más 
La tripulación estaba compuesta por Sergio “Chino” Armesto, el dueño del barco (se le dice armador) y timonel; Sebastián Peri Brusa, el táctico; Juan Matías “Matute” Rigoni, trimmer; Ismael (“Largo”) Ayerza, también trimmer; Gara Armesto, piano, la hija del “Chino; Facundo “Máquina” Olezza, mástil, y Joaquín “Oveja” Duarte Argerich, proel, el otro tripulante profesional, que trabaja como encargado de barcos.

“Seguí desde chico la escuela clásica de quienes compiten en veleros, que comienza con los veleritos Optimist. Actualmente, navego en 49ers y S33. Dentro de la Argentina es la clase más moderna y las más cercana al mundo profesional internacional. Es muy demandante, tanto en el aspecto técnico como en el físico. En ese sentido, se complementa bien con los 49ers”, explica Peri Brusa, el táctico.

“Esta es mi pasión. Estos barcos son muy exigentes: son una excelente escuela para los jóvenes que quieran correr en el circuito internacional profesional. Se aprende a trabajar en equipo y a tener camaradería. Al final de un día de regatas, nos juntamos a comer y tomar algo todos juntos, como en un tercer tiempo del rugby”, agrega el “Chino” Armesto.

Las tres regatas que corrimos nos demandaron estar en el río entre las diez de la mañana y las cuatro de la tarde. ¿Los momentos más emocionantes y definitorios??Por lejos, las largadas y las viradas de las boyas.?Pero otra cosa que resulta increíble es cómo los tripulantes “ven el viento”. Sí, sí, “ven el viento”, no solo de dónde sopla, sino si calmará –o no–, o si vendrá una racha a unos cien metros hacia delante. Parece que unas ondas sobre el agua indican esto último, ¡pero la verdad es que solo ellos las notan!

Salimos terceros en una regata, y en las otras dos quedamos más atrás. Pero todo era muy parejo. El final llegó con un almuerzo tardío de todas las tripulaciones juntas. Mucho apetito para devorar las milanesas con papas fritas y ensaladas. Muchas risas y cargadas mutuas. Y una sobremesa larga, que refleja la gran camaradería que hay no solo en esta clase S33, sino también en el ambiente náutico en general.



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