“Soy grande y chica a la vez”


“Soy grande y chica a la vez”


Por Gaudalupe Treibel.


“Soy grande y chica a la vez”
Con motivo de su novísimo sexto disco, WED 21, la mundialmente aplaudida Juana Molina habla de su reciente material y explica por qué el mundo está patas para arriba.

Con la cualidad del halo hipnótico o un mantra ineludible, las invenciones sonoras de Juana Molina reinventan el mundo y lo sumergen en un clima de extrañamiento donde es fácil zambullirse. Es sencillo y placentero prestar la oreja a capas perfectamente equilibradas y una voz atípica, suave, que canta sobre invocaciones oníricas, osos, ojos, edades. Esa es la propuesta de WED 21, el sexto disco desde que se lanzó a la carrera musical, en 1996, con Rara, y que presentará el próximo sábado en Ciudad Cultural Konex. Pero, en honor a la exactitud, su primera incursión fue a los 5 años, cuando su papá, el cantante de tango Horacio Molina, la invitó a grabar “Te regalo esta canción”, para obsequiarles a la siempre espléndida Chunchuna Villafañe, su mamá, por el Día de la Madre. No imaginaba esa niña que el tema no solo sería editado, sino que vendería miles y miles de copias… 

La niña-mujer Juana, que ha sido festejada por figurones como David Byrne; que produce todos sus discos (salvo el primero); que es aclamada en Estados Unidos, Francia y Japón –por mencionar unas pocas latitudes–; que vivió en París cuando su familia se exilió tras el golpe de 1976, y se mudó a Los Ángeles en 1998 porque acá le iba muy mal. Juana, que nunca muestra el rostro entero en esas fascinantes tapas que crea junto al artista Alejandro Ros; que tiene una hija, Francisca, melómana y música, que está armando una banda “más trash, más punk”. Juana, que sigue cimentando el reconocimiento (mundial) sobre la base de excelentes producciones, y que ahora, con buenísima disposición y afabilidad, se sienta en una casa de Florida, provincia de Buenos Aires, para repasar vida y obra…

–WED 21, tu flamante sexto disco, ha sorprendido a todos por la inesperada aparición de la guitarra eléctrica en las canciones. ¿Su uso marcó una diferencia en el proceso de composición?  
–El objetivo principal era hacer un disco y, una vez en camino, sorprenderme a mí misma. Entonces, me dije: “Ah, esto nunca lo probé”, e incorporé la versatilidad de la guitarra eléctrica y otros sonidos nuevos. Cuando estás amplificada, cada nota cobra una importancia mucho mayor, te sugiere un mundo más vasto… Por otra parte, quería explorar otro tipo de composiciones. Cuando empecé a loopear, lo hice por una necesidad: que “algo” (una máquina) tocara todo eso que estaba grabado. Porque, vale aclarar: en los discos, no hay loops; no hay fotocopias de la primera vuelta; soy yo tocando cien veces lo mismo. Eso le da un carácter más natural –odio la palabra “orgánico”–, no tan rígido, y me permite entrar en ese trance; hacerme un autoarrorró. El tema es que, ahora, el loop es un pedal más de cualquier músico; entonces, un poco me quiero alejar, a pesar de que me sea absolutamente propio. Como la loopera está en alza, cotiza menos, está en baja para mí. No sé qué va a pasar de aquí en más. Diría que este disco es una transición entre lo que hice y lo que haré.

–Es curioso que el único tema que compusiste antes de “descubrir” la guitarra eléctrica, “Eras”, haya sido el elegido como primer corte difusión… 
–Es una canción que me gusta mucho y que me costó resolver. Me encantaba tocarla, pero, al momento de grabarla, no resultaba, hasta que se me ocurrió darle una nueva forma. La versión anterior es muy diferente. Por ejemplo, la guitarra inicial, que era la base de todo el tema, no está. 

–Nobleza obliga: el videoclip de “Eras”, muy festejado por la prensa internacional, que fue dirigido por Mario Caporali, es una maravilla que oscila entre el terror y la fantasía. 
–Está bueno, ¿no?

–Muy. ¿Es verdad que es apenas el tercero de toda tu carrera?
–¿No es el segundo? 

–No. El primero fue “Solo en sueños”, del disco Rara; y el segundo “Un día”, de tu LP homónimo, donde te filmaste con una camarita web distorsionando la imagen…
–¡Tenés razón! Me había olvidado de “Un día”… Si pudiera, me gustaría hacer todos los videos así: una cosa del momento que tiene gracia por lo fresco. Pero me falta esa cosa de lo mediático, de estar presente en otros formatos. Entiendo que solo con la música no alcanza, que hasta la banda más desconocida tiene un clip por tema, pero… me da una fiaca. No me entusiasma, no se me ocurre nada. Ni siquiera pienso en eso. Es un tema que me agobia.

–De todas formas, no es que lo necesitás para difundir tu obra…
–Creo que sí, y lo siento en especial ahora. Fijate que yo misma, cuando oigo el nombre de un artista, lo primero que hago es ir a YouTube a buscarlo, de modo que me parece algo necesario, de la época, generacional. Y si bien no pertenezco a la generación que hoy día lidera, me tengo que adaptar un poco. Así y todo, me cuesta; tengo otros tiempos, soy lenta… 

–“Eras” fue filmado en la mítica mansión neocolonial Fracassi, ¿cierto?
–Sí, un lugar increíble, rarísimo, con una colección de estilos y cosas que era perfecta para este personaje… 

–“Bichapong”, que interpretás vos misma, es una criatura extrañísima de tres ojos. ¿Por qué ese nombre?
–Porque me hizo acordar a una película oriental, Tío Boonmee recuerda sus vidas pasadas, de Apichatpong Weerasethakul. La bauticé en honor a esa memoria. Un tiempo después leí que, para hacer esos bichos, él mismo se había inspirado en programas infantiles tailandeses muy berretas, donde a los monstruos (unos peluches gigantes de pésima calidad) les ponían dos ojitos brillantes para que los chicos por lo menos supieran dónde estaba la cara.


“El mundo se equivoca en la ruta que eligió: el rumbo del consumo. La propia palabra lo indica: algo que se consume es algo que  se termina, que se agota”  


–Volviendo a la música y a la composición: ¿en qué momento del armado de la canción llegan las letras?
–Las letras son lo último, es la burocracia de la canción, el trabajo. Con la música, en cambio, me zambullo en otro mundo, voy flotando. Las letras son una necesidad del tema, algo que no llega naturalmente. 

–WEB 21 retoma ciertos tópicos presentes en discos anteriores. “Ferocísimo”, por ejemplo, vuelve a hablar de los pormenores del progreso, que ya habías desarrollado en el fantástico “Sálvese quien pueda” años atrás. 
–Es que el mundo está tan equivocado… Se equivoca en la ruta que eligió: el rumbo del consumo. La propia palabra indica que algo está mal: algo que se consume es algo que se termina, que se agota. Entonces, en lugar de consumir, habría que crear. Se equivoca, además, cuando genera necesidades que, de no inventarse, de no inducirse, la gente no tendría. Idiotizan a las personas. Siempre las idiotizaron, pero ahora más que nunca. Se equivoca con la agricultura; en lugar de mejorar, la alimentación cada vez está peor. Soy vegetariana hace muchos años y no entiendo cómo no da asco comer como se come, bajo esa política norteamericana de que la fruta tiene que ser perfecta. Después abrís un tomate y está hueco, blanco, sin gusto. Para colmo, ahora vienen en racimo… ¿Desde cuándo los tomates vienen en racimo? ¿Nadie se pregunta con qué los cruzaron? Para mí está todo mal, pero no tengo la capacidad suficiente para emprender una cruzada de algún tipo.  

–¿Seguís cultivando la huerta que tenés en la casaquinta de Pacheco que heredaste de tus abuelos?
–Antes tenía algunas cosas, pero ahora ya no. Lo que pasa es que viajo mucho y la huerta implica un trabajo enorme, de mucha constancia. No podés abandonarla una semana y un tiempo después ir a ver cómo está todo: hay bichos, yuyos, agua, una caña que se cortó… 

–¿Te gusta cocinar? 
–Sí, pero no lo hago muy seguido. Como casi todo así, tal cual viene. Tomate, palta, arroz: con eso ya soy feliz;? no necesito mucho más. 

–O sea que sos de las que prefieren los platos sencillos…
–No necesariamente. Me encantan las comidas elaboradas, siempre y cuando las cocine alguien más. 

–En “Ferocísimo”, hay una queja explícita: el ruido (“Acá no se puede estar por el ruido, hay tanto ruido. En cuanto deja de haber ruido, todos se espantan y hacen más”). ¿Hasta qué punto te irrita, te sensibiliza?
–La verdad es que, cuando me voy a dormir, prefiero morirme de calor antes que usar el aire acondicionado. Apenas lo apagás, hay paz, silencio. 

–Lejos de la ciudad, en Pacheco, ¿encontraste la paz que buscás? 
–No. Sinceramente, me tendría que ir muchísimo más lejos, pero tampoco me quiero aislar del mundo. En todo caso, el ruido me parece un detalle del gran error; un síntoma más, no el problema en sí. 

El esperado reencuentro 

Aunque la música llegó antes que la actuación (de chica, se pasaba semanas jugando con las mismas notas y hacía canciones que eran “como bucles”), durante años Juana Molina estuvo asociada a esa pequeña maravilla cómica que fue Juana y sus hermanas, el programa de sketches que le valió un Martín Fierro y el mote de “la nueva Niní Marshall”, y le significó un merecido espacio en el panteón de las producciones locales. Ya había incursionado en el humor en 1988 con La noticia rebelde y, más tarde, junto a Antonio Gasalla. Así y todo, fue Juana y… el programa que la puso en el candelero. Tras ¡décadas! de ausencia, el año pasado, y, gracias a una seguidilla de publicidades de una compañía de celulares le regaló al público lo que tanto supo estimar: la modelo Marcela Balsam, Flor de Li, Gladys la “cosmiatra”, Roxana la concheta…

–¿Cómo te resultó la experiencia de reencontrarte con los personajes de Juana y sus hermanas? 
–Me gustó; fue fácil: dos jornadas de grabación muy alegres. Y no tuve que hacer nada para que me salieran de nuevo. Se ve que están ahí; solo es cuestión de despertarlos y que se pongan en acción. 

–¿Es cierto que tu abuela paterna también jugaba a imitar a la gente que veía por la calle, en el mercado...?  
–Sí, y también mi padre, mis tíos, mis primos, yo misma de chica. Jugábamos mucho alrededor de eso

–Aunque ahora te estás presentando con nueva formación (Odín Schwartz y Diego López de Arcaute), durante mucho tiempo lo habitual en tus shows era verte sola en escena. Cuantas menos personas te acompañen, ¿mejor? 
–No necesariamente. Llegué a tocar hasta con cinco personas, y salió bárbaro. Pero siempre fui muy solitaria. La actitud de líder no me queda cómoda. No me gusta mandar y que el otro, sometidamente, vaya y haga. Me gusta que se liberen un poco, manteniendo mi estilo; que se diviertan y, a la vez, aporten y enriquezcan. 

–¿Hay más vértigo estando sola o estando acompañada?
–Los nervios son los mismos...

–¿Sí??Después de tantos años, ¿todavía seguís sintiéndolos?
­–Sí, aunque cada vez estén más sopesados por la adrenalina. En cambio, si salgo a escena y el público está muerto, me subo todas esas almas al lomo y se me hace muy cuesta arriba. 

–En tus primeros shows, durante la década del noventa, cuando presentabas el primogénito Rara, la gente esperaba ver a la cómica de la tele y se encontraba con el músico. El público se iba en pleno recital, te gritaba. ¿Cómo te hacía sentir esa situación?  
–Era muy difícil. Me sentía muy presionada por mis propios prejuicios y por los de la gente, que estaba acostumbrada a verme en otro rol. Un rol de invulnerabilidad total, de ganadora. Como actriz, no había nada que me afectara. Nada. Como músico, me pasaba exactamente lo contrario: cualquier cosa me debilitaba.   

–A la distancia, ¿por qué creés que se planteaba esa dualidad? 
–Porque como actriz, no era yo; o, más bien, era yo burlándome de otras personas. Era puro power. Ahora estoy llegado a esa misma sensación con la música, pero desde otro lugar: desde la confianza y el bienestar que se genera, desde la alegría de los shows. El público, por suerte, también se relajó. Al principio, no sabía si estaba bien o mal que le gustara mi música. Ahora parece que está bien vista…    

–¿No coincidirías con que fue con Tres cosas, tu tercer disco, cuando empezó a estar bien vista? 
–Es verdad, fue con Tres cosas. Pero venía menos gente a verme. 

–¿En algún momento te molestó que la crítica local te haya dado el visto bueno solo cuando The New York Times publicó una crítica favorable de Tres cosas? Tu carrera remontó afuera antes que en la Argentina…
–Me acuerdo de esa fecha; fue una locura. Desde las cinco de la mañana, no paró de sonar el teléfono. Por esos días, armamos una mesa de periodistas locales y oí como uno decía: “Habrá que ver de qué se trata, ¿no? Si lo dice The New York Times, algo tendrá…”. Yo pensaba: “Hola, sí, estoy acá; te estoy escuchando”. Ahora cualquiera puede decir cualquier cosa con total impunidad. Encima, lo habitual es que el entrevistador quede bien parado y la entrevistada, como una idiota. Y yo, frente a la agresión sutil, a la intención de incomodarme, me pongo mal, a la defensiva, respondo cualquier cosa. Después, lo que se aprecia es que soy parca, difícil. Igual, no importa mucho. Hoy todo da lo mismo. Será algo generacional: siempre la generación anterior marca lo que le falta a la que sigue. Casi que es un clásico.   

–Hablando de generaciones, tu tema “Las edades”, de WED 21, se acerca bastante a esa temática… 
–En realidad, habla de que soy grande y chica a la vez, que tengo todas las edades; todas las que tuve las sigo teniendo. Por eso, cuando estoy con gente de 25, no me siento de otro palo. Y tranquilamente puedo charlar feliz de la vida con alguien de 80. Me adapto. Nunca tuve problemas con la edad… de los demás. 

–¿Con la tuya sí? 
–A veces, sí. Me da miedo ser vieja, porque estás cerca de morirte y digamos que nadie se quiere morir. 

–El problema es obsesionarse con el paso de los años, intentar ganarles la pulseada a las marcas en el cuerpo, que, por otra parte, son perfectamente naturales y tienen su propia belleza. ¿Te pasó alguna vez?
–A mí se me pasa todo el tiempo por la cabeza, ¿eh??No vayan a creer que no. Pero después no me animo. 

–¿De verdad fantaseaste con la idea de hacerte una operación? 
–Sí, claro.

–¿Algo puntual? 
–¡No te voy a decir! (risas). Todos se miran al espejo alguna vez y piensan que se tienen que hacer algo. Seguramente, no me haga nada, pero si alguien me garantizase que voy a quedar bárbara, voy corriendo a hacerlo. El problema es que a todos se les nota, y si se te nota, es feo. Tampoco te digo una plancha, pero sí un refrescada, una ajustada de tuercas, una aceitada para enfrentar lo que viene.





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