Retrato de un titiritero


Retrato de un titiritero


Por Natalia Kiako.



Retrato de un titiritero

Por primera vez en la Argentina, se exhiben los inquietantes trabajos del australiano Ron Mueck. 
Vida y obra del artista que revitalizó la esculturafigurativa contemporánea.

Hijo de una pareja de jugueteros alemanes que amaban su oficio, Ron Mueck creció entre títeres y disfraces, conviviendo con técnicas dedicadas a dar vida a los muñecos. Nunca recibió formación artística formal de ningún tipo, pero de niño ya dedicaba largas horas al modelado de figuras. Poco a poco, el hobby se transformó en un oficio dentro de la industria del cine, la televisión y la publicidad, como realizador de efectos especiales y creador de personajes. Trabajó en programas como Los Muppets y Plaza Sésamo, y luego incursionó en la pantalla grande. 

Uno de sus trabajos más exitosos fue la creación de los personajes de Laberinto, una película fantasy de culto protagonizada por David Bowie. A partir del año 1996, empezó a colaborar con su suegra, Paula Rego, produciendo pequeñas figuras que formaban parte de una muestra en la Galería Hayward. 

A partir de entonces, Mueck abandonó progresivamente la producción de maquetas y marionetas para cine y televisión, hasta que un día llegó el salto a la fama. Fue cuando Charles Saatchi incluyó en la muestra “Sensation” (1997), de la National Gallery, una de sus primeras obras: Dead Dad, el retrato hiperrealista escultórico del padre, desnudo, tras su muerte. Mueck utilizó por primera y última vez un material humano para esta pieza: su propio cabello. 

La obra generó una revolución en el ambiente local y su nombre empezó a provocar unas olas que siguen expandiéndose hasta el día de hoy.

Poco le interesa a Mueck esta fama: sin excepción, visita las ciudades donde expondrá solo para montar la obra y se retira a rajatabla antes de la inauguración, lejos de críticos y periodistas. No brinda entrevistas. Aunque nació en Melbourne (Australia) y su familia es de origen alemán, él vive y trabaja en Londres, donde tiene su taller.


“Nos sentimos mirados frente a sus esculturas. Las obras de Mueck conmueven no tanto por su realismo o por su escala, sino porque indagan profundamente en el ser humano”

¿Megalómano o hiperrealista? 

Por primera vez, la obra de Mueck se exhibe en Buenos Aires, en la Fundación Proa, y permite a los argentinos la experiencia de acercarse a estas piezas descomunales… en todos los sentidos. 

La muestra se compone de solo nueve esculturas, pero, en el caso de Mueck, puede considerarse una cantidad desbordante. Por un lado, porque sus piezas monumentales tienen una presencia arrolladora y ocupan tanto la sala como la conciencia del espectador, que queda abrumado ante cada una de ellas. Por otra parte, porque, en total, la obra de toda su vida comprende menos de cuarenta piezas, por lo que estamos ante una porción importante de su producción. 

Para realizar sus piezas, Mueck recurre a los mismos materiales: resina, fibra de vidrio, silicona y pintura acrílica. Con un perfeccionismo pasmoso, recrea cada detalle de la apariencia humana de manera meticulosa y obsesiva. Realiza un primer estudio de arcilla, modelándolo con las manos, que le permite decidir la escala que utilizará para cada pieza. Produce, entonces, un nuevo borrador del mismo material, incorporando detalles como texturas y gestos. 

Sobre esta base, aplicaba, originalmente, varias capas de resina poliéster y fibra de vidrio, formando una capa rígida sobre cada detalle. Pero, hace poco, empezó a sustituir la fibra de vidrio por silicona, que es más blanda y flexible. Hacia el final, aplica una pintura que se adhiere al material sintético para obtener el efecto traslúcido de la piel. En su taller del norte londinense, también fabrica la ropa a medida para cada personaje, los zapatos y los objetos. 

Pero es la cuestión del tamaño lo que desplaza la atención y moviliza al espectador. Se sabe que el trabajo de Mueck con la escala fue un descubrimiento casual. El artista acostumbraba fotografiar su trabajo para apreciarlo con ojos frescos y aprovechar la nueva mirada para mejorar la obra. Una vez, sin saber por qué, dibujó un hombrecito de caricatura sobre la impresión, junto a una figura humana: un simple dibujo en pocos trazos, pero de un tercio de altura de la escultura. El clic en su perspectiva fue instantáneo, y entendió de inmediato que había un camino enorme que debía potenciar.
Desde adentro
A primera vista, como es habitual, se trata de escenas corrientes con algo en común: todas muestran duplas. Dos adolescentes de la mano. Una madre haciendo las compras, con su bebé sobre el pecho. Una pareja de ancianos veraneando y descansando en una playa. 

El primer impulso es tocar: uno quiere acercarse y sentir el tacto de estas criaturas casi humanas, o más que humanas. A punto tal es común este deseo que hay un sector en la pieza del anciano donde se permite al público transgredir las prohibiciones y palpar una parte de la obra. 

Alrededor de cada pieza es posible construir un relato. Las preguntas sobre el qué, el cuándo y el porqué de esa pequeña viñeta de la cotidianidad brotan en el espectador y se acentúan con cada detalle que se percibe: un gesto, la alianza que lleva solo la mujer y no su compañero, otra pareja que parece amorosa y esconde un gesto de violencia en el reverso... Indicios, más o menos evidentes –algunos realmente sutiles–, que están ahí esperando que cada uno los reúna en la medida de su curiosidad y su conexión con la obra.

“Todos pueden encontrar un momento de su vida que se corresponde con una escultura de Ron”, reflexiona Gautier Leblond, director de Naturaleza muerta: Ron Mueck trabajando, el corto documental que acompaña la muestra. Y concluye: “Nos sentimos mirados frente a sus esculturas. A veces, casi se siente que te estás mirando a ti mismo. Eso es lo que las hace fascinantes. Las obras de Mueck conmueven no tanto por su realismo o por su escala, sino porque indagan profundamente en el ser humano”.

La exhibición itinerante de Ron Mueck comenzó su recorrido en París, en la Fondation Cartier 
pour l’art contemporain (fue visitada por más de 300.000 personas), y, tras su paso por Buenos Aires, se trasladará al Museo de Arte Moderno de Río de Janeiro. Aquí se puede disfrutar hasta el 23 de febrero en Proa (Av. Pedro de Mendoza 1929, CABA). Días y horarios: martes a domingos, de 11.00 a 19.00. Más info en www.proa.org




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