Entrevista


Los códigos del amor y la amistad


Por Cristina Noble.


Los códigos del amor y la amistad
El exitoso director de cine Daniel Burman acaba de estrenar su último film, El misterio de la felicidad. En él indaga en las relaciones entre amigos y en sus reacciones. Con protagonistas de lujo –Inés Estevez y Guillermo Francella–, la película ya es una de las más vistas del año.

Daniel Burman nos atiende en su reducida y ecológica productora BD cine, ubicada en el corazón del Palermo Viejo porteño. Las enredaderas lo cubren todo en la terracita del primer piso donde Burman sonríe ante cada flash. No parece un estado de ánimo impostado para quedar bien en las fotos. Burman tiene razones para estar contento: acaba de estrenar El misterio de la felicidad, con Guillermo Francella e Inés Estevez, dos actores que admira; ya lleva dirigidas nueve películas, cuatro cortos, dos documentales y un telefilm. No es poco para su edad: “Tuve la suerte de descubrir esta vocación a los 20 años”, explica. Y desde ese momento no dejó de producir y dirigir. En cada film, hay alguna temática que le interesa especialmente. En este último,  centró su lente en la amistad masculina, con sus recovecos y contradicciones.
 
–La película se centra en cómo funcionan los códigos masculinos, en las lealtades y deslealtades entre varones. ¿Es algo que te preocupa?
–Es algo que me parece interesante de analizar. Los códigos están, siguen vigentes al margen de los cambios y avances tecnológico de este siglo. A mí me sigue impresionando cómo en los últimos cien años se modificaron las relaciones de pareja –hay familias ensambladas, parejas heterosexuales, homosexuales con los mismos derechos– y, sin embargo, hay códigos que se mantienen como hace siglos en cualquier tipo de relación. Eso no varió en el tiempo. Por más libres que sean las sociedades, hay códigos de hombres y de mujeres que se desarrollan de manera diferente. 
 
–¿Qué se mantiene de los viejos códigos entre varones?
–Lo de siempre. Creo que la amistad es una manera del amor, es una forma sublimada. No incluye el encuentro erótico y, sin embargo, no carece de profundidad. Esa falta no la hace menos compleja o profunda. De hecho, es más común que sobrevivan las amistades que las parejas (se ríe). En El misterio… indago en los diferentes pactos que establecemos y en su caducidad. La amistad entre dos personas suele comenzar con un pacto iniciático que puede vincularse a un viaje, una experiencia adolescente, haber compartido algo muy fuerte alguna vez, etcétera. Lo interesante para mí es mostrar cómo esos viejos pactos, por más que se hayan vaciado de sentimientos, son difíciles de romper. Fijate que hay quienes continúan viendo a amigos de la secundaria, por ejemplo, con los que poco y nada se tiene en común.

–También es cierto que un amigo nuevo no es lo mismo, te quiere por la mitad, como dice la canción de María Elena Walsh…
–Hay algo de verdadero en eso; los amigos recientes no conocen a aquel que fuimos, y ese detalle aparece… Es interesante esa visión.
 
–En la película se muestra la relación entre dos amigos que además son socios, lo que agrega intensidad al vínculo. Parece una relación que no se va a quebrar nunca, pero algo falla…
–En realidad, algo se quebró hace mucho y uno de ellos no quiso darse cuenta. Y eso es lo que muchas veces pasa. A mí me gusta hacer paralelismos entre las relaciones comerciales y las afectivas; porque en lo comercial, cuando se rompe un contrato, uno deja de comprarle a un proveedor, o sea que la decisión y la acción son casi simultáneas. Pero en el amor no. Hay relaciones afectivas que tardan años en decidir qué hacer cuando se rompió un contrato, e incluso a lo mejor nunca se toma ninguna decisión. Es por la fuerza de los pactos, que suelen ser más fuertes que los propios sentimientos. Esto no es una crítica, sino todo lo contrario; uno no podría actuar siempre siguiendo a sus sentimientos. La película roza lo utópico, que consiste en desarmar esos viejos pactos sin dañar al otro. No sé si eso es posible, pero creo que vale la pena intentarlo.
 
–Llama la atención en la película que cuando uno de los socios y amigos  desaparece y deja todo en banda, el otro nunca se enoja…
–Es que Eugenio, el personaje que interpreta Francella, no entiende o no asume lo que ocurrió; piensa que si el amigo desapareció, alguna razón habrá. Siempre trata de encontrar el motivo. Cuando lo encuentra, se alivia. La película propone algo utópico, el alivio de poder asumir que el otro se fue pero está en algún lugar. El personaje dice en un momento que no quiere que vuelva, quiere saber que está, que existe…

–Y que no lo traicionó…
–La película dice que la traición no es la única salida, como a veces se piensa. La idea es que uno puede ser leal a sus sentimientos y lograr que los pactos se reformulen o se desarmen.

–Volviendo a las lealtades, ¿en qué caso un hombre puede sentirse traicionado por un amigo?
–La traición es un hecho muy subjetivo. Igualmente, la idea de la traición parte de un punto de vista muy egoísta. ¿Y si la otra persona no me amaba más? ¿Y si fue para algún lugar donde se siente mejor? La idea de traición conserva algo infantil y egocéntrico. El dolor de sentirse traicionado se disipa cuando uno comprende al otro, cuando lo integra. La traición desconoce al otro, porque lo único que le importa es la herida narcisista. No importa por qué se fue, lo importante es que nos dejó. Y a lo mejor no era eso. Si uno se pone a pensar, y descubre que el otro traiciona porque es fiel a otras cosas suyas, entonces, empieza el alivio. Hago películas para aliviarme a mí y al espectador.
 
–¿Qué es lo peor que puede ocurrir entre dos amigos? ¿Que uno se quede con la mujer del otro? 
–En ese caso, creo que el mayor temor no es perder a la mujer, sino perder al amigo. Hubo un famoso caso, hace poco, de una situación particular; una mujer del espectáculo empezó a salir con el amigo de su marido. Cuando le preguntaron por qué lo hacía, si no le parecía mal, ella dijo: “No eran tan amigos en realidad”… (se ríe). Me encantó esa frase. ¿Qué grado de amistad tiene que haber para que ese código tenga vigencia? ¿Si es una amistad leve no cuenta? Para mí estos son temas apasionantes porque no cambian ni con la tecnología ni con nada. Nos siguen doliendo las mismas cosas, tememos perder las mismas cosas: a mí me fascina que haya algo en los vínculos que no cambia. No por conservador, sino porque me gusta que siga eso que nos hace sufrientes y más humanos.

–La deslealtad a un amigo no se puede comparar con la infidelidad a una mujer. No ser leal a un amigo parece mucho más grave para los hombres…
–Es algo social; muchas veces se justifica una infidelidad debido a un impulso sexual. En cambio, una deslealtad a un amigo es algo más elaborado. Pero es una justificación que se cae a pedazos. Lo que pasa es que decir que la infidelidad fue por un momento de debilidad es aceptado socialmente. Está implícito que lo sexual tiene algo de efímero. Los pactos de amistad entre hombres tienen más rigor, son más complejos que un acuerdo matrimonial. Ni hablar de los pactos femeninos; no me atrevería a meterme. A la mañana me encuentro con un amigo y compartimos un café mientras cada uno lee su diario. A veces, no cambiamos una palabra y lo pasamos bárbaro. Imaginate qué pasaría entre dos mujeres. Eso tiene otra lectura: no hablarse implica un vacío, una ofensa, algo incomprensible. Veo a un montón de hombres a las nueve de la mañana de un domingo leer juntos, con una semisonrisa, el diario. Es más raro que eso pase entre las mujeres.

–Además de dirigir, formaste tu propia productora cuando eras muy joven y no parás de filmar. ¿El trabajo, la dedicación a un objetivo, la constancia son para vos el secreto de la felicidad? 
–Sí, bueno… Pero no estoy exento de la fantasía de fuga, algo que se da mucho entre los hombres. Las mujeres son más coherentes; aquello que construyen es donde se quieren quedar. Esa fantasía masculina de escape complementa el deseo y el esfuerzo de construir un reino, un gran emprendimiento. Todos conocemos la famosa frase de un hombre que un día le dice a la esposa: “Me voy a comprar cigarrillos y vuelvo”. Y no aparece nunca más.

–¿Es tu caso, pensás muchas veces en huir, en dejar todo?
(Sonora carcajada.) –No, no demasiado… Pero uno a veces se siente cargado. No te creas que el trabajo de director es fácil; aunque es gratificante, también tiene momentos de angustia, como cuando llega la hora de presentar una película y exponerse. Igual, mi gran felicidad la tengo con mi familia. 

–¿Te casaste muy joven?
–Sí, y tuvimos nuestros hijos enseguida. Son tres. Yo quería ser padre joven. Ahora reconozco que no es lo más cómodo (se ríe): la juventud ofrece una oferta muy variada de atracciones que la paternidad cercena de manera inmediata, pero uno accede a una felicidad que da más trabajo y de la que no me arrepiento para nada. Pero es una felicidad bastante efímera…

–¿A qué te referís?
–A que ese amor infinito, esa presencia maravillosa de un hijo en tu vida, en poco tiempo se convertirá en ausencia y abandono. Demasiado pronto tu hijo aparece con una chica en tu casa para decirte, como si fuera lo más natural del mundo, que se va a vivir a África, o a Australia para salvar ballenas, o que se ha ganado una beca Guggenheim para estudiar en China alguna carrera innecesaria. A veces, me preguntan por qué me ocupo tanto de esos temas familiares. ¿No es sorprendente? ¿Hay otra problemática? ¿De qué habla toda la literatura clásica? De la familia. A esta altura, la juventud me aburre un poco. Cuando uno empieza a tener los problemas del mundo adulto, el conflicto adolescente me parece banal…
 
–Explorás especialmente la figura del padre en tus películas. ¿Te parece más importante que la madre?
–La madre es esencial, pero la figura del padre es un invento moderno… Los padres tenemos la tendencia natural a ser destructivos con nuestros hijos. Reprimir esta predisposición es, de por sí, ser un padre extraordinario.

–Tus ancestros vienen de Polonia. ¿Te queda algo de ellos?
–Creo que sí, yo soy judío polaco. La nacionalidad polaca la obtuve en el 2001, cuando muchos buscábamos los orígenes. Después, fui varias veces a Polonia y me gustó: es importante conectarse con los propios orígenes.

–¿Hiciste un film con esa temática?
–Sí, El abrazo partido reflejó esa búsqueda de la identidad.
 
–¿Qué buscas con tus películas?
–Que la gente las vea y despierten distintas cosas, que entretengan y ayuden a generar alivio y respuestas. Si eso sucede, soy el hombre más feliz del mundo.
 
–Por último, ¿a quienes considerás tus maestros?
–Me gusta mucho el cine de Favio, de Agresti; admiro a Antín como persona y pensador. De los de afuera, me inspiran Truffaut, Bergman, Fellini. Tengo una formación bastante ecléctica.

La carrera de Daniel Burman empezó con premios: su película Un crisantemo estalla en cinco esquinas (1998) cosechó, en el Festival Internacional de Sochi, el galardón a Mejor Director y a Mejor Película en Competición. Le siguieron una comedia titulada Todas las azafatas van al cielo, en 2002, y luego, junto al guionista Marcelo Birmajer, estrenó en 2004 El abrazo partido, por la que recibió el Oso de Plata. Derecho de familia y El nido vacío fueron dos comedias muy exitosas. La primera obtuvo, en 2006, el Cóndor de Plata a Mejor Director, de manos de la Asociación de Cronistas Cinematográficos de la Argentina, y la segunda se llevó la Concha de Oro en el Festival de San Sebastián. Luego filmó Dos hermanos, una comedia que protagonizaron Antonio Gasalla y Graciela Borges.



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