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Educar es una acción preventiva


Por Cristina Noble.


“Educar es una acción preventiva”

Es de mañana y el sol ingresa por la ventana de la sede de Uniendo Caminos en el barrio porteño de Colegiales. Allí, desde hace trece años, Agustina Persoglia, directora ejecutiva de la ONG, planifica junto a otros quince jóvenes profesionales el trabajo en las cuatro villas de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Su misión es apoyar a jóvenes sin recursos para que terminen sus estudios secundarios. Más de una década dedicada a trabajar con frío y con calor, con sol o con lluvia, en lugares que para un gran número de argentinos son zonas ajenas. Agustina no la siente como una empresa heroica sino, simplemente, como una misión asumida con plena libertad y responsabilidad.  

“La idea que nos ha guiado a mí y a mi amiga María Maciel  –dice Agustina– es luchar contra la deserción escolar en esta etapa de la vida tan difícil que es la adolescencia. Una etapa doblemente complicada para quienes no cuentan con posibilidades”. En el acompañamiento a cada chico, la Fundación incluye ayudarlos a descubrir su vocación, para que después de terminar el colegio no queden solos, a la deriva, sin saber cómo seguir. “A lo largo de todos estos años, vimos distintas situaciones, diferentes historias –refiere Agustina–. Algunos eligen aprender un oficio; otros se dedican solo a trabajar y otros afrontan el desafío de alguna carrera universitaria. Con la Universidad Católica Argentina tenemos un convenio con becas especiales para nuestros chicos”. Gracias a Uniendo Caminos, miles de jóvenes tuvieron la posibilidad de insertarse en el mercado; de otro modo, seguramente habrían ingresado en el grupo conocido como ni/ni, los que ni estudian ni trabajan, con todo el riesgo que eso implica.
 
–Uniendo Caminos nació en 2001, el año de la gran crisis argentina. ¿Esa situación crítica fue un impulso para crear la fundación?
–En realidad, fue una coincidencia. Nosotras empezamos en junio de ese año, y la crisis se desató en diciembre; a partir de ese momento nuestro pequeño emprendimiento fue tomando más fuerza y se hizo más necesario. Cuando el descalabro de 2001 se manifestó, nosotras ya habíamos empezado a trabajar en Barracas, en la villa 21/24. Siempre encaro las cosas después de haberlas pensado seriamente. Con María elaboramos este proyecto a lo largo de la carrera de Trabajo Social. La idea era abocarnos a la población más desprotegida, la más vulnerable. La Fundación empezó a partir de un deseo muy fuerte de unas chicas que querían hacer un trabajo solidario, y dejar algo en esa población joven, un recurso que les sirviera para toda la vida. Eso para nosotras es la educación.

–¿Hubo algún motivo que te llevó a empezar por la villa de Barracas?
–Sí; allí estaba el padre Pepe. Un día le presentamos este proyecto, le pareció bueno, y nos abrió las puertas para que lo hiciéramos realidad. De su mano entramos a la 21. Pepe y la parroquia hicieron el nexo con los que podían beneficiarse con este proyecto, y poco a poco empezaron a caer chicos. Nosotros trabajamos con la familia: la madre, el padre, algún pariente que esté a cargo; la intención es comprometer al adulto desde un comienzo con la labor que encaramos. Los casos son muy distintos; hay chicos que tienen historias terribles, y otros que no tanto. Me acuerdo de Fanny y Rocío, las primeras que vinieron. Con Fanny después de doce años seguimos en contacto: terminó la secundaria y hoy trabaja y estudia. Rocío siguió otro camino, hoy es mamá.

–¿Nunca te dio miedo recorrer la villa, meterte en las casillas? Aparte de la inseguridad...
–No; hay gente muy amable y afectuosa. Nos recibían con las puertas abiertas, tomábamos mate con ellos, era como estar en casa. Por mi profesión estaba acostumbrada a meterme en esos espacios. Además (sonríe) lo tenía al padre Pepe…
 
–¿Y nunca sentiste que la tarea te sobrepasaba?
–No, jamás… Bueno… jamás no. Tuve períodos de gran angustia. A medida que la fundación crecía, iba creciendo nuestra conciencia de la responsabilidad que significa tener una ONG. Se necesita una estructura y ser muy organizados (por suerte, es una de mis virtudes). Desde un comienzo tuve un gran empuje, iba a la villa con todo el entusiasmo; pero ¿qué pasaba? Me iba de ahí y tenía otra vida. Dormía en un colchón confortable, no sufría la humedad, tenía agua corriente, cloacas… En fin, durante los primeros tiempos sentía una gran contradicción en lo íntimo… porque, además, hay una gran presión de parte de la gente. Me entrego en cuerpo y alma, pero tenemos límites, límites que siempre trato de franquear para poder dar respuestas.

–¿Por ejemplo?
–Hay límites económicos. Una de las tareas que encaramos todos los días es buscar apoyos institucionales. Y los conseguimos…Tuvimos que aprender muchas cosas. Yo no era del todo consciente de todo lo que se venía: por ejemplo, que ese gran entusiasmo nos llevó a conformar una pequeña pyme de solidaridad con quince rentados y ochenta voluntarios trabajando en cuatro villas de la Ciudad de Buenos Aires. No es poco. Hay que estar. Yo pienso en la Fundación, en casos concretos que se nos presentan o en el desarrollo institucional desde que me levanto hasta que me acuesto. No hay un horario. Pero después de trece años, hago otras cosas en mi tiempo libre, como yoga o tenis. Me di cuenta de que necesito parar un poco.
 
–¿Alguna vez te llegó un chico considerado un caso perdido?
–¿Alguna vez? Mil veces. Sin embargo, nosotros no nos damos por vencidos. Nunca. Buscamos la manera de entrar por algún lado, porque si un adolescente vino a vernos, ya forma parte de nuestro universo, no lo podemos abandonar. Por suerte, sabemos cómo hacer para que no se nos vaya así nomás… Es un trabajo muy gratificante, pero al mismo tiempo causa dolor y angustia. Me angustio cuando siento que no damos abasto. O cuando nos aparecen muchos escollos…

–¿De qué tipo?
–Escollos institucionales. Hay muchas escuelas que no están preparadas para integrar. Más bien son expulsivas. No todas son así, por suerte: hay maestros dispuestos a ayudarlos a superarse… Pero es difícil… Me pongo mal cuando noto que discriminan, pero no nos damos por vencidas.

–¿Hablás de esas cosas con alguien?
–Si, con mi psicoanalista. Hablo de las dificultades objetivas y subjetivas. Años de terapia me ha costado entender y aceptar que cada uno nace en lugares distintos y con distintas oportunidades. Tengo un límite, y los otros también. Elegí hacer este trabajo solidario porque no soy indiferente; nunca lo fui, ni cuando era chica e iba por la calle y miraba a la gente pidiendo, sentada con sus ataditos al lado de las iglesias, y no me olvidaba fácilmente. Esa imagen me rondaba en la cabeza y preguntaba, quería saber si los podíamos ayudar. Esos sentimientos los tengo desde siempre.
 
–¿Alguna influencia familiar?
–Mi mamá. Ella, como yo, habría querido dedicarse a esto. Pero su familia, muy tradicional, no la dejó seguir la carrera de trabajadora social, la veían como una alternativa poco apropiada para una mujer. Entonces, estudió magisterio, fue directora de una escuela en Villa Saldías, que funcionaba en vagones de tren. Es un barrio muy pobre que está pegado a la villa 31, en Retiro. Así que por parte suya heredé esta empatía con los que tienen necesidades. En mi casa todos recibimos como educación los valores de la solidaridad; de hecho, mis hermanos me dan una gran mano. Y Florencia, la menor, trabaja en Caminos.

–¿Tu mamá te apoyó en la creación y el desarrollo de la fundación?
–Sí y no: me alertaba sobre las dificultades, me decía que ideas hay muchas y que el asunto es llevarlas a cabo. Siempre me lo decía pero, en lugar de desanimarme, me ayudó a tomar conciencia de que para llevar a cabo una buena idea, hay que trabajar duro y parejo.
 
–¿Vos formaste una familia o no te quedó tiempo?
–(Sonríe) Sí, claro, y aunque mi marido tiene su trabajo, viene muchas veces a ayudarnos. Mi hijo Santino, con 10 años, también.

–Ellos forman parte de la excepción: ya que dentro del personal de la Fundación, solo uno es varón. En el trabajo solidario las mujeres son mayoría…
–Sí, las mujeres predominan en el trabajo social. Un poco por tradición, por cultura, y otro poco porque no se ha actualizado lo que significa trabajar en una ONG. En el mundo, son muchos los que conforman este sector, pero las mujeres son mayoría. Quizá porque se necesita mucho coraje, mucho temple, para hacerse cargo de situaciones dramáticas. Lo cierto es que ahora las ONG son como empresas en donde se requiere una comprensión del marketing, la organización y las formas de expandirse. Estamos allí donde el Estado no llega. Esa sería una buena síntesis de lo que realmente hacemos.

–Si comparás el momento en que empezaron y la actualidad, ¿cómo describirías la situación de los adolescentes en las villas de emergencia?
–Se complicó con la droga, con el paco. En 2001, el paco no existía, y no se veían esas imágenes tremendas de chicos tirados en las calles, consumidos, con la vida que se les está yendo… En ese sentido, aunque nuestro trabajo específico no está vinculado directamente a este problema –el padre Pepe y otros referentes sociales desarrollan una gran labor y tienen una enorme experiencia en este tema–, educar es una acción preventiva. La educación te ofrece herramientas que nadie te puede sacar, y te da una gran esperanza en el futuro, en tus capacidades, en la posibilidad de llevar adelante proyectos personales. Eso es impagable.

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