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Perder peso sin renunciar al placer


Por Daniela Calabró.


“Perder peso sin renunciar al placer” 

La nutrición se renueva. Para bajar unos kilos y mantenerse en forma, la doctora Mónica Katz, en su libro No Dieta, propone un cambio. La clave es comer con medida lo que más nos gusta, hacer ejercicio y reeducar las emociones.

Todos tenemos los mismos derechos”. Vaya frase en boga en estos tiempos. Tan cierta como trillada, se la escucha a troche y moche en discursos de todo tipo. Pero, hasta ahora, nunca se la había visto en una aplicación tan original y que definiera tan al dedillo una problemática: ¡Todos tenemos el mismo derecho a comer rico! Con esa sentencia, la doctora Mónica Katz, médica especialista en Nutrición, alza la bandera de la No Dieta, título de su libro y eslogan de lo que ella define como el cambio de vida al que todos deberíamos animarnos, sobre todo aquellos que se han sometido una y otra vez a dietas y muchas privaciones a cambio de muy pocos resultados. 

“No Dieta es un nuevo paradigma, una nueva mirada en el tratamiento del sobrepeso y de la obesidad”, introduce la especialista en Nutrición. “Tradicionalmente, la idea era la abstinencia, la prohibición, el énfasis en la pérdida de peso rápida a cualquier costo. Y eso siempre llevaba a la demonización de lo placentero. El tema es que la ciencia y el tsunami de la obesidad en el mundo entero demostraron que hemos fracasado con esas estrategias”. 

–¿Y cuáles son las correctas?
–El primer cambio es cultural y consiste en comprender que todos nacemos con derecho a comer y que puede perderse peso sin renunciar al placer. Las dietas tradicionales suponen que las personas son robots y, en cambio, somos seres deseosos. Además, diversos estudios muestran que quienes nunca hicieron dietas restrictivas son más delgados que los dietantes.  

–¿Cuál es, entonces, la forma ideal para bajar de peso?
–El descenso no debe ser consecuencia de prohibiciones, sino de un cambio en el estilo de vida que nos generó excesos. Los enfoques tradicionales te dicen que no sientas hambre y nosotros ayudamos al paciente a anclar la ingesta precisamente al registro de hambre. Lo central para mantener un cuerpo cómodo y sano es ser capaz de detener la ingesta a tiempo. 

–Solés hablar de “alimentación sensorial”. ¿Tiene que ver justamente con saber lo que el cuerpo necesita y cuándo debemos frenar?
–Claro. Existen cuatro tipos de saciedad; la sensorial es una de las más importantes de dominar. Si mis sentidos perciben adecuadamente lo que ingresa, mi cerebro se entera y yo puedo parar de comer. Para eso, debo degustar cada bocado como si se tratara de una cata de vino. Usar todos los sentidos, vista, tacto, gusto, olfato… Así, al ser consciente de lo que como, mi mente puede registrarlo y puedo tomar decisiones saludables a mi favor. 

El día a día 

Como en todo cambio, para que esta filosofía de vida quede arraigada hay que comenzar por pequeños pasos cotidianos. La doctora Katz habla de tres pilares fundamentales para tener en cuenta: el movimiento del cuerpo, la relación con la alimentación y el manejo de las emociones. 
“El primero tiene que ver con que debemos ser activos en la vida. Si, además, podemos agregar ejercicios que disfrutemos y que puedan convertirse en cotidianos, mejor aún. Los que no hacen nada pueden comenzar usando un cuentapasos y viendo cuántos dan por día. Lo ideal es no dar menos de mil”, detalla. 

–¿Y en cuanto a la alimentación?
–Todos poseemos un diseño destinado a sobrevivir frente a la carencia; esto nos convierte en monos completadores que comen todo lo que tienen delante de los ojos con tal de prepararse para  tiempos de escasez. De allí que lo principal sea hacerse dueño de la propia alimentación y manejarla a conciencia. 

–Suena bien, pero ¿cómo se logra?
–Hay algunos puntos clave: realizar cuatro comidas en horarios flexibles; armar un plato y comer solo esa porción; en una comida ingerir carnes o proteínas con verduras y en la otra, harinas, cereales, pastas o pizza, siempre con verduras. Los golosos pueden comprar una golosina, pero que sea una unidad en sí misma. Y lo más importante: armar un ambiente en casa y el trabajo donde sea sencillo no descontrolarse ni picotear. 

–El problema es que eso implica cambiar la alimentación también de quienes están alrededor, como la familia.
–Esa es una típica y lógica coartada para no cambiar nada en la lista de  compras, en el menú o en las porciones que se vienen consumiendo. Lo que hay que preguntarse es qué quiere uno, y si lo que está haciendo lo acerca o lo aleja de ese estilo de vida. Nosotros somos siempre los protagonistas del cambio. Y al no haber una dieta restrictiva, la familia no debería sentir un cambio negativo. 

–Además, me imagino que para los chicos también es saludable esta “educación nutricional”. ¿Qué hay que tener en cuenta para ayudarlos a crecer alejados del concepto de delgadez, de gordura o de dieta permanente?
–Lo primero es aprender a detectar qué tipo de padre soy y qué estilo educativo tengo en relación con la alimentación. No debe usarse la comida como premio o castigo y no se puede  permitir que un chico de 3 años decida qué desea comer. A la vez, no se puede controlar lo que un hijo come  sin educarlo para que tenga sus propios registros, pues con el tiempo quedará alejado de su percepción y tendrá riesgo de obesidad o trastornos alimentarios. Por otro lado, no podemos esperar que los hijos coman bien si nosotros no lo hacemos. Somos sus modelos. Ellos no nos escuchan, nos miran. Por último, si hay un chico con sobrepeso en la casa, debe ser un asunto familiar y hay que equilibrar la comida de todos. 

La gula del corazón 

El tercer punto de este nuevo paradigma es, tal vez, el más importante de todos y tiene que ver con esos momentos en que el hambre se confunde con las emociones. “La idea es volver cotidiano lo más deseado, pero sin excesos, en porciones chicas. Y eso no puede hacerse estando fuera de nuestra zona de confort emocional, enojados, aburridos o ansiosos”, argumenta Katz, y amplía: “Toda vez que comemos por emociones dejamos una huella en nuestra mente que hace que vayamos por más”. 

–¿Cómo se hace para disociar la angustia de la necesidad de comer?
–Es que, en realidad, se trata de un círculo. Si trago en vez de comer, si solo quiero llenar con comida lo que no tengo, no puedo o no soy, solo agregaré calorías innecesarias; pero nunca vendrán solas, sino con frustración. Eso hará que uno pierda la guía, la noción de cuál es el problema. En ese caso, no podremos resolver lo que realmente nos complica la vida. Lo fundamental es generar herramientas para afrontar los problemas sin recurrir a la comida. 

–¿Hay alguna propuesta para obtener esas herramientas, más allá de las terapias tradicionales?
–Por un lado, es siempre bueno tener socios en el cambio, ya sean amigos o profesionales. Por otro lado, algunas disciplinas, como la danza o el arte, hacen que las personas se pongan en contacto con su registro y puedan percibir mejor sus necesidades. Al entrar en contacto con una comunicación más asertiva, pueden sacar afuera lo que les sucede y no buscar refugio en la comida. El arte, en todas sus formas, es una herramienta que se agrega a la palabra cuando esta no puede salir por sí misma. 

“El primer cambio es cultural y consiste en comprender que todos nacemos con derecho a comer y que puede perderse peso sin renunciar al placer”.

 Y vos, ¿de qué lado estás? 

En su libro, Mónica Katz plantea una diferencia entre las personas restrictivas no dietantes y los dietantes crónicos, invitando al cambio de bando.“Las primeras son personas que viven atentas a la cantidad de comida de su menú habitual. Este tipo de persona es cuidadosa con su alimentación, es un comensal saludable, informado y educado. Su humor no fluctúa de acuerdo con los números de la balanza, porque dietar no es su vida”, explica. 

“Para los dietantes crónicos, dietar es su forma de funcionar y de pensar su mundo. Nada de lo que son, poseen o han logrado tiene valor si la balanza acusa un kilo más”. El problema es que a este estilo de vida lo sobrevuelan la frustración y la irritabilidad: “La privación del alimento implica, antes que nada, un estrés para el organismo. Se percibe como una amenaza a su equilibrio. ¿Qué hará el cuerpo, entonces, sino defenderse de eso?”.

Una ayudita 

A aquellos que se animan al cambio, la doctora les recomienda un sitio web gratuito y educativo para la prevención del aumento de peso: www.fat-fit.com.ar“ Allí encontrarán ayudas muy útiles y de todo tipo, no solamente vinculadas a la alimentación. Por ejemplo, en Herramientas nutricionales, en el botón de Relax, hay diversos ejercicios de relajación, como una flor con la que pueden acompañarse para respirar y así lograr no comer por hambre emocional”.

Las tres etapas del paradigma No Dieta  

La del aprendiz: El trabajo consiste en adoptar el enfoque no dietante y comenzar a comer saludablemente alimentos de todos los grupos (inclusive los que más nos gustan) en porciones pequeñas. La del practicante: En esta etapa, para no volver a los viejos hábitos, hay que internalizar que no se requieren castigos para comer saludablemente y que todos los días se puede satisfacer el deseo de comer lo que uno quiere. La del experto: En este tramo final, hay que aprender a mantener a largo plazo todo lo aprendido. Implica conservar el peso cómodo y sano, sin ayunos, atracones, picoteos ni fundamentalismos.  

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