ENTREVISTA


“En la pasión está todo”


Por Alejandro Duchini.


“En la pasión está todo”
Adolfo Nigro es uno de los artistas más importantes del país. Sus obras, muchas de ellas premiadas, adornan los mejores ámbitos del arte. 
¿Su secreto? El poder de la fe para crecer en un ambiente donde nunca se acaban los maestros. La sencillez de un grande.

Entrar al mundo del artista Adolfo Nigro es una gran experiencia. Única, podría aclararse. Su vivienda, en el cuarto piso de un antiguo edificio del barrio porteño de Monserrat, es tan grande como maravillosa. Cuartos enteros colmados de obras propias, igual que en los pasillos. En cada rincón se respira arte. No es común encontrar lugares así en una Buenos Aires cada vez más enérgica, donde hay menos tiempo para detenerse a ver esta clase de trabajos. 

El anfitrión es atención y generosidad pura. Muestra cada detalle y describe su historia. Habla de un collage hecho por su hija, de otro armado por él, de un cuadro que pintó en determinado momento y de aquel que es fruto de cierto estado de ánimo. Durante una mañana que plácidamente se transformará en mediodía, hablará de la pasión por su trabajo, del daño que puede hacer la autocrítica en el artista, de los maestros que marcan un camino, de los amigos que acompañan y del poder de la fe. Ese poder único que es la fe.

La pasión, según Nigro 

“Si uno no es apasionado… en la pasión está todo”, dice el artista. “Pero primero tiene que haber necesidad de hacer: un collage, una pintura, lo que sea. Y tiene que haber pasión para soportar una carrera en la que en principio uno se va a morir de hambre. Porque cuando se arranca no se sabe cómo saldrá todo. Cuando yo estudiaba había muchas contras: solía faltar la calefacción, los modelos y los objetos. A veces, cuando había modelos, hacía tanto frío que uno no les podía pedir ni que salieran a la calle. Igual insistí en el arte. Porque sentía que era lo mío. Esa era mi pasión. Siempre me gustó el dibujo. Siempre. Y también me gustaba la escultura: mis mayores influencias vienen de los escultores”.

–Tengo entendido que en sus comienzos era demasiado autocrítico. ¿Qué le queda de aquello?
–La autocrítica que tenía era tan feroz que llegué a romper todo lo que hacía. Todo, ¿eh? Todo. Pensaba que cualquier cosa que hiciera debía ser una obra maestra. Cientos de cosas rompí en mi juventud. Ahora no tiro nada. Hoy creo que la obra se transforma. Se repinta y se transforma. ¿Por qué voy a tirar algo? Una autocrítica como aquella no sirve para nada. Si uno rompe algo y lo tira, ¿cómo hace para comparar lo que hizo con lo que debería hacer? Tenía esa idea de la exigencia, que se terminó al irme a vivir a Montevideo. Desde entonces comencé a confiar más en la práctica.

–¿Qué piensa de la perfección?
–Por lo perfecto nunca me preocupé, pero sí, como te decía, era muy autoexigente. Porque una cosa es elegir un gusto estético y otra es elegir qué es necesario para introducir en el propio desarrollo. Hay obras que me influencian y otras en las que puedo introducir mi propio desarrollo.

–¿Qué lugar tienen los grandes maestros en su aprendizaje?
–Uno siempre va compartiendo vivencias o aprendizajes con sus maestros o con los libros. No participo de la teoría de que se terminan los maestros y que, llegado un momento, ya no se los necesita. Para nada.

–¿Siempre se sigue aprendiendo?
–De todos lados se puede aprender. En lo personal, varios son los factores. Por un lado, me ayuda haber pintado desde que tenía 10 años; hoy tengo 71. Y siempre copié a quienes consideraba maestros: los viejos renacentistas, los españoles, los italianos. Todos. Los miraba y quería parecerme a ellos. Copié a (Vincent) Van Gogh, a (Henri) Matisse. Siempre me apoyé en ellos, en su visión de la realidad, en su experiencia. Pero hoy hay muchos que no creen lo mismo.

–¿Por qué lo dice?
–Porque hoy hay quienes cuestionan. Los más muchachos creen que saben más que los maestros. Y posiblemente esté bien que sea así. Pero como no pertenezco a esa generación, no puedo opinar. Mi experiencia es otra: cuando murió (José) Gurvich, dije: “Maestros nuevos no tendré”. Desde entonces, me puse a ver lo que él había hecho, y pintaba para seguir aprendiendo. O sea, el maestro siempre está.

–¿Cuándo se da cuenta de que una obra está terminada?
–A ver: trabajo sin un plan previo. Voy sobreponiendo colores, tapando, corrigiendo. Siempre con la mirada, nunca con la teoría. Y si veo que la obra, desde lo plástico, va cerrando todos los vínculos que desarrollé, empiezo a sentir que está lista.

Cómo seguir disfrutando

–¿Por qué pinta todavía?
–Porque es el único medio que tengo para expresarme. Para la literatura hay que estudiar, para hacer cine hay que tener dinero. Y pintar me daba la posibilidad del silencio. La pintura para mí es mi sentido en la vida. Eso. No es poco.

–¿Sigue disfrutando de lo que hace?
–Sí, claro. Y mucho. Me levanto cada mañana y empiezo haciendo algo chico, como para no moverme mucho. Hago un juguete, un collage, lo que tenga ganas. A veces, esta mesa en la que hablamos está llena de cosas sobre las que trabajo. ¿Cómo no voy a disfrutar si mi objetivo lo logré?: vivir del arte y poder criar a mis hijos. Y eso sin dejar de hacer otras cosas. Si tengo que cocinar, cocino. Si tengo que ir a hacer las compras, voy a hacerlas. Es que tampoco puedo estar todo el día pintado. Ayer, por ejemplo, vino una amiga y estuve todo el día charlando. Porque yo vivo de mis amistades también.

–¿Qué significan los amigos?
–Son mi gran familia. Son mis hermanos. No son solo mis amigos, son más que eso.

–¿Con qué cosas sueña una vez concretado el deseo de ser artista?
–La verdad es que me siento realizado. Porque siempre soñé con ser artista y lo logré. Nunca quise otra cosa más que ser pintor. No porque venda o no, sino porque puedo hacer arte.

–¿Por qué cree que lo logró?
–Por varios motivos. Porque vendía mis cuadros en galerías y a veces a conocidos. También porque tuve algo de suerte y amistades que me acompañaron, porque solo no se puede hacer nada. El artista aislado, solitario, que no es generoso, no puede esperar que alguien lo apoye. ¿Y sabés qué?

–¿Qué?
–Que hay que tener mucha fe. Y pintar, pintar y pintar. Y trabajar, trabajar y trabajar…

–¿En qué está trabajando ahora?
–Estoy preparando una muestra de obras y collage para la Galería Ricardo López. Están todos invitados.

• Adolfo Nigro tuvo como maestros a los artistas Aurelio Macchi, Diana Chalukián, Héctor Nieto, Antonio Pujía y Víctor Magariños, a quien mencionará en varias oportunidades. En los años cincuenta hizo sus primeras pinturas con óleo y témpera. Radicado en Montevideo, en los sesenta realizó su primera exposición individual, con gran éxito. Entonces, se sentía influenciado por Pablo Picasso. Ya en los setenta dejó la pintura por la cerámica y el tapiz. Fue en los tiempos en que regresó a Buenos Aires y comenzó a ser reconocido y premiado por su trabajo. Su última exhibición, en la Galería Zurbarán, fue todo un éxito. Entre su premios se destacan los siguientes: Primer Premio, XXIV Salón Nacional de Grabado y Dibujo 1988; Gran premio de Honor, LXXVIII Salón Nacional de Artes Plásticas 1989; Primera Mención, II Bienal Chandón, MAMBA 1989, y Premio Trabucco, ANBA 1994.

Un artista genuino 

“¿Querés quedarte a almorzar? En un rato viene mi hijo y comemos todos juntos”, propone Adolfo Nigro con una generosidad poco habitual. Lo dice después de casi dos horas de entrevista. La referencia es a Joaquín, el único varón entre Trilse, Inés y Violeta. Son sus cuatro herederos. “Violeta es universitaria y está en la Sorbona. Y mi abuelo era analfabeto. Mirá cómo cambiaron las cosas”, dice. Y mientras se ríe recordará su infancia en Rosario, donde nació el 22 de septiembre de 1942. “Tenía 4 o 5 años y ya me gustaba leer historietas. Mi papá era obrero, pe-ro al mismo tiempo había un primo que tenía una gran biblioteca. 

De ahí saqué mucho. Entonces, la cultura se valorizaba en el saber, en la lectura de libros. Éramos humildes, trabajadores, pobres, de origen campesino, con una familia que trabajaba en el Mercado de Abasto de Rosario. Y cuando éramos chicos nos vinimos a Buenos Aires con mi familia. Yo no quería venir, pero mis padres –Ernesto e Inés– nos trajeron igual”, recuerda.Estudió en una escuela nocturna. Eran los tiempos en que leía las cartas que Vincent Van Gogh había enviado a su hermano Théo. “Fueron un ejemplo. Tenía 13 años y me asombraba que hubiera dejado todo para vivir de la pintura. Eso me marcó”, cuenta. Más grande, en cuanto pudo, dejó Buenos Aires para irse a Montevideo, donde creció como artista. A mediados de los años setenta volvió a la Argentina. Y empezó a escribir la historia que llega a estos días.

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