ENTREVISTA


Ser otro por un tiempo enriquece


Por Cristina Noble.


Ser otro por un tiempo enriquece
Mercedes Morán nos tiene acostumbrados a interpretaciones extraordinarias. Ahora, además de ser la protagonista de Betibú, el film basado en la novela de Claudia Piñeiro, actua en la serie de tevé Guapas.

Habla a media voz, se diría que susurra. Cuando posa, lo hace con una naturalidad absolutamente profesional. Cuida cada mirada, cada perfil, cada detalle de su vestuario, que lleva con gran elegancia. Todo muy sencillo: jean, blusa de seda gris, casi blanca, y zapatos con taco al tono. Cuando viaja, lo primero que acomoda en su valija son sus zapatos (varios pares), sus cremas y su música. Pasada la quinta década, Mercedes Morán luce en su cara unas mínimas arrugas que mejoran su imagen. Como ocurre con algunos hombres, ella se vuelve más atractiva con los años. Su belleza parece surgida de un gran trabajo sobre sí misma. Para decirlo en otros términos: Mercedes tiene la cara y el cuerpo que ella misma elaboró (sin cirugías). 

Dueña de una expresión y un estilo muy personales, no dejan de convocarla para hacer de todo: teatro, tiras de televisión y cine. Tres dimensiones artísticas que ella valora por igual. Esta semana la veremos en la serie de tevé Guapas compartiendo cartel con Carla Peterson, Florencia Bertotti, Isabel Macedo y Araceli González. Una producción que promete alto rating. Además, es también la protagonista de Betibú, el policial basado en la novela homónima de Claudia Piñeiro, dirigida por Miguel Cohan. “Fue una propuesta nueva para mí. Cuando me dieron a leer el guión, lo sentí como un desafío –dice–, en parte  porque el personaje tiene puntos de contacto conmigo. Allí soy Nurit Iscar, una escritora que se gana la vida como ghost writer. Cuando empieza la película, Nurit está aún golpeada por el dolor que le dejó un viejo amor”.

–No es tu caso, ¿no?
–(Se sonríe). No, por suerte, hace años que estoy con el hombre indicado… Nurit no. Sin embargo, se sobrepone, y lo hace metida en una investigación que la supera: ella es una escritora de ficción, con escaso interés por las novelas policiales.

–¿ A vos te gusta el género policial?
–No soy una especialista en el tema. Soy muy obsesiva con la cuestión de la verdad y la verosimilitud, y me parece que una historia tiene que estar realmente muy bien construida para que se pueda creer. Hay que tener un carácter muy especial para ser mujer y dedicarse a investigar crímenes. Nurit no se dedica; la investigación le cayó del cielo. Ella es un personaje muy humano, tiene distintas facetas. En las series policiales en las que aparece un protagónico femenino, por lo general, se trata de mujeres que están abocadas básicamente al trabajo, que no tienen vida propia. En este caso, Nurit está dominada por una cuerda afectiva. Ella tiene reacciones muy parecidas a las mías.

–¿Esa cercanía te ayudó a entenderla?
–Me dio mucho vértigo componerla; está demasiado cerca. En cualquier caso, ser otro por un tiempo enriquece. Muchas veces me pasa que a través de la interpretación de un personaje salen a la luz aspectos míos desconocidos. En más de una ocasión, eso me ayudó a resolver cosas personales…
 
–¿Por ejemplo?
–En Buena gente, una obra maravillosa que hice el año pasado, tuve a mi cargo el protagónico de una mujer que se equivocaba todo el tiempo. Margarita era una mujer divertida, poco convencional. Es más sencillo hacer a alguien que despierta reconocimiento, que representar a una mujer que hace todo mal. Con ella aprendimos, todos los que participamos en la obra, a emitir menos juicios sobre los demás. Yo aprendí a ser más piadosa con las equivocaciones ajenas.

–De los distintos personajes que interpretaste a lo largo de tu carrera, ¿a cuál quisiste más?
–Quiero a todos mis personajes, establezco un vínculo como de pariente o de amiga con ellos. Es una cosa extraña: quedan como colgados ahí, como un vestido querido que cada tanto saco del placard para probármelo. Los que con más frecuencia traigo de vuelta, después de abandonarlos, son aquellos que me han permitido descubrir algo mío. Después están los personajes que hice en los filmes de Lucrecia Martel; a esas mujeres del interior las quise especialmente…

–Vos sos de San Luis…
–Sí, viví hasta los 6 años en Concarán, un pueblito de San Luis. En mi infancia, las primeras mujeres que me deslumbraron fueron las mujeres de ese pueblo, muy diferentes a las de las grandes ciudades, que son las que en general interpreto. Personajes como la Tali, de La Ciénaga, o el de La Niña Santa me obligaron a hurgar en el cajón de los recuerdos y desempolvar a aquellas mujeres que tenía guardadas en mi memoria. Esas películas me llevaron a tener largas conversaciones con mi madre, algo que fue una bendición para mí. Ella me reveló algún secreto sobre aquella tía mía, aquella vecina, esa maestra… Fue un reencuentro maravilloso.

–Lucrecia Martel te convocó para hacer La ciénaga, su ópera prima. ¿No tenés reparos en trabajar con directores que recién empiezan?
–No, al contrario; me encanta participar de una ópera prima. Me parece hermoso el vínculo que se establece entre una actriz y un director.
 
–¿Qué te pasa cuando el gran público sigue identificándote con Roxy, la protagonista de Gasoleros?
–Es que no me pasa eso. Lo que sí ocurre es que la gente sigue recordando ese personaje, algo que realmente me sorprende. Pero no me congelaron en ese papel (era un miedo que tenía). Cuando observé el grado de popularidad de ese programa, el nivel de identificación de las mujeres con ese personaje, me cuidé. Tuve un poco de miedo. Y de hecho, al año siguiente no hice televisión. Decidí correrme de ahí, y hacer algo totalmente distinto, como irme a Salta para hacer La Ciénaga. Esa decisión fue como saltar sin paracaídas: me fui con una directora que no sabíamos quién era para hacer una película muy independiente. Me encantó el guión. Cuando lo leí pensé: “Esto va a ser un gol o un desastre”. Acá la apreció un público limitado. Y afuera le fue muy bien. En el cine, el relato es del director; como actriz me entrego totalmente, dejo de chequear y controlar. Ese es un ejercicio que a mí me libera de tanto pensar. En general, soy muy mental.
 
–¿Qué otra cosa te libera?
–Cocinar. Es uno de los pocos momentos en que me entrego a lo que hago y no pienso en otros temas, ni me acuerdo del reloj. Simplemente corto la cebolla, limpio las hojas de la lechuga, pruebo de la cacerola cómo va quedando… Cuando una actividad nos colma, se pierde la noción del tiempo. Todo aquello que me saque de la convención del horario, todo lo que ponga entre paréntesis las necesidades cotidianas, que me haga olvidar de las preocupaciones, distintas presiones o tareas pendientes es lo más parecido a la felicidad. Y eso es lo que me ocurre siempre que cocino.
 
–¿Algún plato favorito?
–Me gusta la comida orgánica. Disfruto mucho de la comida sencilla, de las verduras, de las frutas… Elijo las frutas y las verduras de estación porque tienen un aroma y un gusto más intensos, además de ser más saludables. Trato de inculcar esos valores a mis tres hijas, especialmente ahora que llegaron los nietos.

–¿Siempre cocinaste?
–No como ahora. Yo cambié bastante. Mirá, hace un tiempo (diecinueve años) escribí un libro sobre las diosas, interpretadas como arquetipos femeninos. En ese momento me identificaba con Afrodita, una mujer aguerrida, la diosa de la belleza y del amor. Ahora  mi modelo es Vesta, la diosa del hogar, el paradigma de la mujer que prende el fuego, que hace de su lugar un espacio para recibir, dar abrigo o alimentar. Porque, definitivamente, es en mi casa el lugar donde más quiero estar y el que más extraño.

–Reemplazaste a Afrodita por Vesta como modelo, pero evidentemente la belleza te sigue importando…
–Obvio, pero siempre entendí el encanto de manera muy personal. Quizá porque mi cara nunca se correspondió con el prototipo de belleza establecida, y supe encontrarle su valor.


“Muchas veces me pasa que a través de la interpretación de un personaje salen a la luz aspectos míos desconocidos. En más de una ocasión, eso me ayudó a resolver cosas personales…”.

–¿Te hiciste alguna cirugía?
–No. No bien empecé a trabajar de actriz, me dijeron muchas veces que me operara la nariz, y siempre me resistí. Un poco por miedo, y otro poco porque aprecio mucho la originalidad. Creo que los cánones de belleza actuales hacen que todas las mujeres sean parecidas, casi iguales: todas con el mismo cuerpo, estiradas y  sin ninguna singularidad. Siempre quise conservar mi propias facciones, consciente de que era una manera también de preservar mi trabajo: otro motivo para no acudir al bisturí. Una vez Walter Salles, un director brasileño que admiro mucho, me dijo que los directores muchas veces tenían que descartar a artistas maravillosas por la cantidad de operaciones que se habían hecho. El estiramiento juega en contra, te quita expresividad.
 
–Vos sos madre de tres hijas, tenés una nieta y,  por lo que contás, tu madre parece una fuente de recuerdos. Viviste en un mundo dominado por un entorno femenino. ¿Podrías vivir en un mundo de mujeres?
–No, nunca. Adoro al género masculino, no he estado nunca sola. Siempre compartí con hombres períodos de mi vida, soy amiga de los hombres, me resulta atractiva su manera de ser. Pero es verdad que mi universo se compuso de mujeres, con mis tres hijas, mi nieta... Y ahora tengo un nieto, así que llegó a casa el varón, y ahí estamos haciendo todo para seducirlo.

“Quiero a todos mis personajes, establezco un vínculo como de pariente o de amiga con ellos. Es una cosa extraña: quedan como colgados ahí, como un vestido querido que cada tanto saco del placard para probármelo”.
 
–¿Hay algún otro hombre ahora en tu vida que quieras seducir?
–Hace varios años que vengo seduciendo a Fidel Sclavo, artista plástico uruguayo. Él es mi pareja, mi compañero que se alegra con mi crecimiento, que me ayuda a atravesar distintos caminos. No siempre la persona que te ama es buen compañero.  

Betibú 

A principios de abril se estrena Betibú, un film de tono policial basado en la novela homónima de Claudia Piñeiro. Mercedes encarna a Nurit, la protagonista, una escritora del género negro. Dirigida por Miguel Cohan, la historia tiene como eje central un crimen ocurrido en un country. Nurit, un experimentado periodista y el jefe de la sección policiales de un diario acuerdan develar los misterios de un delito que pone en riesgo sus vidas.   

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