INVESTIGACIÓN


Volver a ser


Por Aníbal Vattuone.


Volver a ser
Nuestras selecciones juveniles vivieron años de esplendor. Durante una década, derrocharon puro fútbol y comportamiento ejemplar. Pero la máquina se detuvo: hoy se atraviesa una etapa más austera. ¿Los chicos ya no son lo que eran? ¿Cómo recuperar la gloria perdida?

Cuando Mauro Zárate pateó, el balón se direccionó hacia el palo derecho del arquero checo. A poco del final, el chico de Vélez encendió la lámpara de la felicidad. La Argentina, campeona mundial juvenil. Otra vez. Cerca del Polo Norte, nuestros chicos daban vuelta el cuento: los regalos los hacían ellos y, desde Canadá, ponían a cantar a todo un pueblo en el fin del mundo.  Todo encajaba para los argentinos: el fútbol, ser campeón, la alegría. Pero, en ese momento, ni el alma más premonitoria habría podido predecir lo que vendría. De 2007 a la fecha, la Asociación del Fútbol Argentino (AFA), que había saboreado la excelencia, se vio sumergida en un mar de dudas. 

Sergio Batista, Walter Perazzo y Marcelo Trobbiani no supieron continuar la tarea que había comenzado a mediados de los noventa, y que se extendió por una década con el boom Pekerman. Quizás haya sido un lastre de mucho peso, amén del campeonato de la Sub-17 el año pasado (sumado a los podios en 2009 y 2011). Lo que encendió definitivamente la alarma fue el declive de la Sub-20, más allá del tercer puesto en el Sudamericano de Perú 2011. No se clasificó para los mundiales de 2009 y 2013, y su última participación fue sufrida. En el Sudamericano organizado en San Juan y Mendoza, la Argentina contaba con buenos augurios gracias a diamantes en bruto como Juan Manuel Iturbe, Manuel Lanzini, Adrián Centurión, Alan Ruiz y Luciano Vietto. Pero no. No pasamos la fase inicial. Sabor a poco. Demasiado poco.

“No tenemos los mismos chicos que teníamos antes. Así las cosas, creo que estamos en un proceso de crecimiento. Hay que tener un poco de paciencia. El fútbol juvenil es algo que se va moldeando a medida que pasa el tiempo. Hay camadas que son extraordinarias. Lo que pasa es que veníamos de una ‘cosecha’ récord”, diagnostica Gerardo Salorio, “El profe”, quien se encargaba físicamente de los púberes argentinos en el ciclo de José Pekerman. Y nos tentamos con preguntarle si existe una receta mágica para iniciar otro proceso como aquel  inolvidable. Pero no. Todo es esfuerzo. “El título de Qatar, allá por 1995, nos dio la posibilidad de trabajar más tranquilos. Cuando vos tenés solo un año de contrato y a los cinco meses salís campeón del mundo… todo se facilita. 

En las selecciones juveniles hay que trabajar y trabajar. Nuestra meta era jugar bien, los logros se fueron dando según las circunstancias. Ser campeón mundial no es natural, ni es algo que se da todos los días. Nosotros lo tomamos con tranquilidad. Recuerdo que después de Qatar, clasificamos al Sub-17 para el Mundial de Ecuador, y ahí estaba el futuro del fútbol argentino: Pablo Aimar, César La Paglia, Esteban Cambiasso, Sixto Peralta… Tuvimos la suerte de encontrar una camada de futbolistas excelentes; nosotros, con trabajo, la ayudamos”.  

Formar y/o ganar, esa es la cuestión

Nuestro Sub-17 compite internacionalmente desde 1985. Tiene una maldición con respecto a los mundiales: es, hasta el día de hoy, el único espacio vacío que mantienen las vitrinas de la AFA. Por su parte, los seleccionados juveniles para menores de 20 años ostentan una longevidad mucho más añeja: el primer campeonato sudamericano Sub-20 se disputó en 1954. ¿Pero quién puede olvidar cuando la zurda de Diego Maradona posibilitó que el equipo nacional se quedara por primera vez con el mundial de la categoría, allá en Japón, en 1979? 
Más de quince años tuvieron que pasar para ocupar las primeras planas. Pekerman, que venía de hacer escuela en Argentinos Juniors y en el fútbol chileno, era un perfecto desconocido para propios y extraños. 

Mediocampista por derecha en los setenta, tuvo que retirarse a raíz de una lesión y hasta supo ganarse el mango como taxista. El día que cambió su vida para siempre fue cuando llegó a la AFA con una carpetita  en la que explicaba su proyecto para refundar las juveniles. “Parecía escrito por Borges”, exageraron algunos. Convenció a Grondona y lo demás es historia conocida: un encadenamiento de éxitos, bajo su ala o la de sus herederos directos, como Hugo Tocalli y Francisco Ferraro.

Lo que planteó Perkerman –y la actualidad pide a gritos que se retome el debate– es la cuestión formación-campeonatos. Con eso cambió la ecuación. “Los logros siempre los van a solicitar. En el Sudamericano, el objetivo es clasificarse para el Mundial y, si da el margen, salir campeón. Ya en el Campeonato del Mundo, la idea es que tu bandera flamee hasta el último día. De alcanzar esos objetivos, al menos cuatro o cinco futbolistas tienen que llegar a la selección mayor”, dice Salorio. Y acota en cuanto al tema del “juego limpio”: “Las cosas cambiaron mucho. Los chicos vienen de una sociedad complicada en la que si te parás en una esquina, observás que nadie le cede el paso al otro. A pesar de ello, nosotros combatimos a quienes sostenían  que ‘el fútbol es para los vivos’. Con José no creemos que sea así: el fútbol es para los que juegan bien”.

Humberto Grondona, el hijo del presidente de la AFA, está encargado ahora de seleccionar a las jóvenes promesas. “En esta etapa, los chicos están en formación. Tienen que aprender. Nuestra labor se centra en perfeccionar lo bueno que tienen y mejorar lo que les cuesta un poco. Ejemplo: hay muchos futbolistas, ya mayores, que tienen solamente una pierna hábil. Hay que intentar que, en su club y con nosotros, se esfuercen desde chicos por entrenar su pierna inhábil. Lo mismo pasa con el cabeceo, el saber parar la pelota y otro montón de cosas en las que pueden seguir preparándose”, subraya “Humbertito” (hay apodos que resisten la genética).
Hay dos puntos del diagnóstico con los que Grondona hijo es crítico. Por un lado, la injerencia de los padres en el fútbol juvenil. La ira se apodera de él: “Me parece pésimo. En muy pocos casos esta injerencia es positiva. Y en esto englobo a los representantes. Soy muy terminante en cuanto a este tema porque, en numerosos casos, hasta me da alergia verlos. ¿Qué se logra con todo esto? Que el chico, a veces, no quiera que el papá vaya a verlo jugar, ya que le produce una presión triple. Los padres piensan que el hijo los va a ‘salvar’, y eso no es así. No todos llegan”. 

En cuanto a la aparición de cracks, tampoco es tan optimista respecto al futuro: “Es difícil que surja alguien ‘distinto’. Pero esto es un fenómeno mundial, no atañe solo a la Argentina. Dentro de diez años, tal vez suceda, pero ahora no: ya no hay un Lio Messi, un Sergio Agüero o un Carlos Tevez. De ese calibre, no hay más”. Y agrega: “El otro día escuchaba una nota que le habían hecho al recientemente fallecido Luis Aragonés. Él hablaba sobre el concepto de ganar, ganar y ganar”. Quienes nos desempeñamos con juveniles debemos apuntar a ‘formar, formar, ganar; formar, formar, ganar’. Formando siento que se gana, y ganar es bueno también, ya que el chico va creciendo como ganador”.

Será que el ADN no se apaga, ni se termina con una casualidad. A ese gen, habrá que sumarle sacrificio y esfuerzo para que la victoria obtenida con el Sub-17 en 2013 no sea un espejismo. “Humbertito” se ilusiona: “Pienso que puede haber un renacimiento de las juveniles. Hay muy buen material. Varios jugadores ya se desempeñan en Reserva y hasta debutan en Primera División. Eso es muy bueno”.

Inolvidables

Para rememorar, los campeonatos Sub-20 obtenidos en 2001 (aquí, en la Argentina) y 2005 (en Holanda) son los “hitos” que más valor y datos aportaron. En principio, el elenco albiceleste de 2001 fue una “aplanadora”: en apenas ocho encuentros, efectivizó veintisiete tantos y recibió tan solo cuatro. Javier Saviola ganó al Botín de Oro (por sus once gritos) y el Balón de Oro, y Andrés D’Alessandro se quedó con el Balón de Plata. Fue récord por todos lados. A la vez, los chicos que viajaron a la tierra de los tulipanes fueron acompañados por un muchachito algo retraído, de gesto tímido y mirada sincera… Esa que muta cuando entra a un campo de juego. Lionel Messi hizo allí su aparición mundial y, por supuesto, no desentonó: Botín de Oro (seis goles) y Balón de Oro. ¡Ah, qué tiempos aquellos!

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