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Volver con un viejo amor


Por Daniela Calabró.


Volver con un viejo amor 

Hay infinidad de casos que avalan que las segundas partes son buenas y hasta mejores. Gracias a un arduo pero gratificante trabajo de pareja, muchos llegan a buen puerto y caminan juntos la vida.  

Dicen que las segundas vueltas nunca llegan a buen puerto. Sin embargo, y aunque en materia del corazón no pueden plantearse generalidades, parece que ese presagio apocalíptico es más mito que realidad. Un estudio de la Universidad Estatal de California, dirigido por la doctora Nancy Kalish, sugiere que las parejas que vuelven a estar juntas cinco años después de haberse separado tienen un 76% de posibilidades de permanecer unidas, frente al 40% de continuidad que se le augura a un matrimonio en cuya historia no ha habido un punto muerto. La causa es fácil de comprender: quienes se animan al regreso son personas que no solo se eligieron, sino que se volvieron a elegir. 

Eso fue lo que les pasó a Florencia y Esteban, hoy casados hace dos años y papás de Micaela, de ocho meses. “Nos conocimos cuando yo tenía 23 años y él, 31. Estuvimos juntos por tres años, pero los diferentes momentos de la vida en que estábamos hicieron que nos distanciáramos”, recuerda Florencia. “Yo recién estaba estudiando y él quería formar una familia en el corto plazo. Intentamos conciliar, hacer algún tipo de acuerdo, pero no pudimos”. Pasaron los años. Ella se recibió de diseñadora gráfica, consiguió un buen trabajo y llegó a sus 30 con las cuentas más o menos saldadas. 

Esteban dice que, sin darse cuenta, nunca dejó de esperarla. Tuvo otras dos novias en esa “pausa” de cuatro años, pero la familia con la que soñaba tenía una sola mamá posible. “Lo supe cuando la volví a ver. Miento si digo que en el ‘mientras tanto’ pensé todo el tiempo en ella; solo me daba cuenta de que algo no funcionaba, de que no podía avanzar con nadie”. El reencuentro fue casual, en la calle, cerca de la casa de los padres de Esteban. Habían hablado solo algunas veces desde la separación, pero en esta ocasión se permitieron la famosa grieta del “cafecito”. Se casaron dos años más tarde. “Nuestro vínculo se hizo mucho más fuerte –reflexiona Florencia–, más independiente pero más simbiótico a la vez. Fue volver a empezar con las ideas más claras y eligiéndonos sin miramientos”.

“En general, esto ocurre cuando lo que predominó, a pesar de la ruptura, fue un sentimiento amoroso y de respeto por el otro”, sostiene Ricardo Rubinstein, médico psicoanalista, miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina y autor de los libros Deportes al diván y El nunca jamás en el siglo XXI. “El encuentro puede darse cuando la separación fue porque los caminos se abrieron, porque hubo un amor con inexperiencia o crecimientos dispares en la pareja; no así cuando hubo situaciones de odio, de humillación, de ofensa o de tremendo desgaste”, agrega.

Jorge Daniel Moreno, médico psiquiatra, especialista en terapia de familia y de pareja, y autor de los libros Yo no quiero un amor para toda la vida, quiero un amor real y Trece consejos para fracasar en pareja, ve en la reconciliación una suerte de nuevo vínculo: “Una segunda vuelta que funciona es una re-unión de la pareja en un orden distinto al anterior. Bien podría decirse que se constituye otra pareja, la que se organiza  sobre la base de un acuerdo diferente del que se fracturó por la crisis. Este recontrato, hecho desde otro lugar, con una buena elaboración de la crisis, da lugar a una relación nueva, aunque sea entre las mismas personas”.

Los pasos del regreso 

Los especialistas coinciden en que reconstruir un vínculo no es, como quien dice, soplar y hacer botellas. Si bien el mayor trabajo debe hacerse sobre el presente, no puede omitirse un pequeño cierre del pasado. “Eso implica una lectura desapasionada de lo que ‘no funcionó’, sin echarle al otro culpas, sino asumiendo lo que a uno le corresponde, de modo que esa elaboración no deje un cajón de facturas”, recomienda Moreno, y pone el foco en las disculpas: “El acto de pedir perdón siempre es una calle de doble mano. Las heridas deben repararse, de modo que el que hirió asuma su acción y el que fue herido perdone. Este proceso implica, en mayor o menor medida, cerrar un duelo. Eso permite redefinir una posición, abrir otro horizonte, crecer”.

Rubinstein suma el concepto de tolerancia: “Poder entender al otro, aceptar lo que hizo uno y rever lo que ocurrió es todo un trabajo. Para llevarlo a cabo, la actitud más acertada es la tolerancia para con los errores o los problemas del otro. Por otra parte, hay que tener apertura para ver qué cosas de uno pueden modificarse. Las claves, creo, son la tolerancia y la autocrítica, dos cosas que deberían ganarse con la edad”. 

Aquel viejo romance 

Carolina y Juan Ignacio se conocieron en plena adolescencia, en Villa Gesell, y tuvieron un romance fugaz. Como en muchos amores de verano, los protagonistas vivían en diferentes ciudades y eso hizo que no pudieran seguir viéndose. Luego de llamados larguísimos y, a pesar del deseo de ambos, un día el teléfono dejó de sonar.

“Nos volvimos a ver ocho años después, otra vez en Gesell, en donde yo veraneaba todos los años. Mientras iba caminando por la playa, me pareció verlo de lejos, apoyado en el muelle, pero me costó confirmar si era él”, relata Carolina. Y sí, era Juan Ignacio, que recuerda ese momento con una mezcla de ternura y humor: “Vi que venía caminando y que, a la vez, se iba poniendo el short y la remera, muy torpemente. ¡No quería que la viera en bikini! Volver a verme la ponía nerviosa, una buena señal para mí, que iba con la intención de encontrarla”. 

Rubinstein comenta: “Tal como sucede en la película Asignatura pendiente, suele suceder que dos personas que se habían conocido de adolescentes y habían quedado con una historia pendiente, la retomen ya de adultos. A veces, se rinden las materias adeudadas y se sigue de largo; pero otras, se genera un vínculo intenso y estable, que perdura”. El especialista comenta que, en muchos casos, estos reencuentros se dan por la cuota de nostalgia que todos llevamos dentro: “Hay una cuestión de curiosidad, porque uno ve en esos amores el reflejo de quien era en ese entonces, y hay un intento de volver a esa época en la que uno era distinto”. 

Pero hay otros motivos que llevan a las personas a poner en reversa el corazón: “En quien tuvo un primer amor o un viejo amor calmo, apacible o romántico, y después transitó por experiencias más complejas, surge el ‘Lo que me perdí...’, ‘Tendría que haberme quedado con…’. Esto se da mucho: la necesidad de volver a un vínculo menos doloroso, menos conflictivo, más llano, más simple. Por ponerlo en términos de la Web, esos son motores de búsqueda habituales”, agrega Rubinstein. 

Sea cual fuere el caso, a nuestros amantes veraniegos el destino les jugó una buena pasada. Juan Ignacio había vuelto a la ciudad costera con un plan: quedarse a vivir allí. Y si la encontraba a Carolina, de quien había perdido todo rastro, mejor aún. Para ella, ese era su lugar en el mundo y él, su cuenta pendiente. Una puerta siempre abierta. El único tema por resolver fue el noviazgo que ella tenía hacía dos años, el que dio por terminado con mucha determinación y no menos dolor. Luego de otro año –como aquel de la adolescencia– de llamados eternos, decidieron vivir juntos en la ciudad de sus amores. Hoy llevan cuatro años de casados y son padres de Alma y Uma, de 3 y 1 año, respectivamente. 

Ya sea por un romance inconcluso que vuelve al ruedo, por el regreso al primer amor o por un nuevo intento con esa gran persona que una vez se dejó ir, lo cierto es que siempre hay detrás de escena un mismo personaje: un gran amor. Jorge Daniel Moreno lo resume de esta forma: “A la hora del regreso, es muy importante reconocer que hubo una historia que se frustró, pero es más importante aún saber que hubo un amor que sobrevivió a esa frustración. Eso es lo que hace que la historia pueda volver a germinar sobre suelo firme”.

¡Pido pausa! 

Es usual que parejas formadas en la adolescencia se disuelvan cuando se acerca la hora de formalizar el vínculo. Muchas de ellas vuelven al poco tiempo y, casi inmediatamente, se encaminan hacia un proyecto de vida en común. Ricardo Rubinstein, médico psicoanalista y miembro de la APA, explica que esas rupturas son utilizadas muchas veces para abrirse al mundo y transitar experiencias que el vínculo prolongado impidió tener. Jorge Daniel Moreno, médico psiquiatra especializado en terapia de familia y de pareja, agrega: “Para que haya una pareja se necesitan dos personas y, a veces, la relación las va absorbiendo hasta diluirlas en ella. En ese momento, la relación se resiente y la separación puede servir para ganar la autonomía perdida, reencontrarse en la propia individualidad y elegir realmente al otro”.

Los ideales al diván 

Muchas veces, el recuerdo de un viejo amor (sobre todo, el del primero) está cargado de ideales, pero a estos hay que pasarles un plumero si se quiere un vínculo real y saludable. El doctor Jorge Daniel Moreno los define como una especie de chaleco de fuerza: “Los ideales son gestados desde el medio social y funcionan como un corsé que no permite el devenir de una relación amorosa, la cual es, por sobre todas las cosas, dinámica”. 

El doctor Ricardo Rubinstein plantea que, en realidad, los ideales quedan a un lado cuando llega el momento de la segunda vuelta: “No necesariamente el reencuentro con un viejo amor está cargado de idealización, como un amor nuevo, justamente porque hubo un tiempo de conocerse, donde la idealización que pueda haber habido se diluyó”. Moreno concluye: “Después de todo, si una relación amorosa se reconstruye luego de una crisis es porque el afecto sobrevivió. ¿Existe un ideal mejor que este?”.

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