ENTREVISTA


Vivir es cambiar


Por Mariano Petrucci.


“Vivir es cambiar”
En su nuevo álbum, Alfredo Piro se anima, por primera vez, a componer y se desmarca de los tangos que lo hicieron triunfar aquí y en el exterior. Hijo de Susana Rinaldi y Osvaldo Piro, confiesa que atraviesa su mejor momento.

Crossover. La palabra no solo define al dedillo el flamante disco de Alfredo Piro, sino que es todo un significado de lo que corre (y se cruza, para honrar al término) por su torrente sanguíneo: el tango, el taquiraqui, la cumbia, el ska, Astor Piazzolla, Led Zeppelin, The Clash, Kiss, Iggy Pop, The Doors, Echo & the Bunnymen, The Beach Boys… Todos en el mismo lodo, pero manoseaos con maestría por este Johnny Cash argentino.

Apriete Play y notará que las influencias caen como piezas de dominó en El tiempo de los necios, acaso un salto al vacío con el que ya venía amagando. Es que la sexta placa de su carrera no solo se desmarca de esa impronta arrabalera, sino que es la primera con composiciones propias. “Diferentes circunstancias y estados de ánimo –¡llamémosle inspiración!– determinan o condicionan la construcción de cualquier canción en ciernes. En mi caso, esa parte estaba dormida –confiesa Alfredo–. A mis 13 o 14 años, empecé a entonar mis propios temas, ya que no me atraía hacer covers, salvo alguno que otro que pudiera devenir de una improvisación o zapada en la sala de ensayo. Después, dejé de escribir, no sé... Me formé profesionalmente como intérprete, sin agarrar una guitarra hasta hace poco. En el medio, estuve lejos de mi casa –en Estados Unidos– y nació mi hija Victoria. Estas eventualidades facilitaron que comenzara a exteriorizar las cosas que me pasaban”.

“Siempre me interesó hurgar por los márgenes. Nunca fui un tanguero “puro” en cuanto a estilo. Mis versiones nunca fueron ortodoxas. ‘Nada’ la hago como una canción de fogón”.

Esas cosas, que se reflejan en el álbum producido por el emblemático Richard Coleman, son, por ejemplo: “Este es el tiempo de los necios, de los que ahogan su suerte en resentimiento”. Alfredo, marplatense de nacimiento que ya pasó la barrera de los 40, subraya: “Esa frase cobra un actualidad sorprendente. Desde todos los estratos de poder insisten en sofocarnos en una realidad binaria, ausente de matices. ‘O sos esto o sos lo otro’: los que defienden este discurso son los necios”.

–Te animás a explorar otros horizontes. ¿No te dan miedo los cambios?
–Vivir es cambiar. Calculo que es la consecuencia de estar, permanentemente, en estado de búsqueda. Y no, no me dan miedo los cambios. Me provoca terror perpetuarme en un solo estilo. A veces, con algunos artistas que conllevan una significante personalidad, pasa eso. Si en definitiva soy lo que canto, cuando canto, soy esto.

–Del rock al tango, del tango al rock. ¿Cómo se da ese pasaje? 
–Siempre me interesó hurgar por los márgenes. Nunca fui un tanguero “puro” en cuanto a estilo. Creo que no hay tantas diferencias entre los géneros; y si las hay, son complementarias. En los conciertos, sigo incluyendo piezas de CD anteriores, como “Cerca de mí”, de The Cure, o “Tango Ballade”, de Kurt Weill. Y los tangos conviven de buen modo porque nunca fueron versiones ortodoxas. “Nada” la hago con mi guitarra, como una canción de fogón. 

Entre tantos referentes (desde David Bowie, Alfredo Zitarrosa, Roberto Goyeneche, Frank Sinatra, Alberto Marino, Floreal Ruiz, Edmundo Rivero y Julio Sosa hasta Gustavo Cerati, Bob Dylan, Patti Smith, Nick Cave y Marc Bolan), acaso tenga dos que inclinaron su balanza: sus padres, Susana Rinaldi y Osvaldo Piro (al clan hay que sumarle a su hermana, Ligia, que se luce con el jazz). “El imaginario colectivo supondrá que en mi casa habría una peña todas las noches”, se ríe Alfredo. Y continúa: “Claro que había música, pero no tanto o más que en cualquier otro hogar. Quizás una reunión podía derivar en que mi primo Juan se sentara al piano para acompañar a mi tía Inés, pero no más que eso... Los fines de semana, recuerdo que mi madre ponía en la bandeja de tocadiscos del living a Édith Piaf o Elis Regina, y Ligia las escuchaba. Yo estaba un poco en otra…”. 

–Pero la música fue casi un destino inevitable para vos… 
–No sé hasta qué punto... Yo dibujaba muy bien. Cuando cumplí 9 años, mi padre me regaló un caballete con óleos y fue todo un acontecimiento familiar... La guitarra la encontré unos años más tarde, en el ropero del cuarto de mi hermana. Se la habían obsequiado para un acto escolar en donde tenía que tocar “Zamba de mi esperanza”. Como se resignaba a cortarse las uñas de su mano izquierda, no quiso estudiar ese instrumento. Por curiosidad y desahuciado con que no me compraran una batería, indagué en algunos acordes que aparecían en revistas como Toco y canto o Cantarock. Nunca fui devoto de los deportes, por una afección en el empeine del pie derecho, así que eso me eximía de las clases de Gimnasia en el colegio, y, por otra parte, me marginaba en los recreos cuando mis compañeros estaban jugado al fútbol. Por algún lado tenía que hacer catarsis. El dibujo y la música sirvieron para eso. Sin embargo, el hecho fundacional fue haber visto, a mis 12 años, a Soda Stereo en el teatro Astros.

“Soy parte de una camada de artistas que se dio al tango sin tanto prejuicio ni tanto prurito. Que recuperó un repertorio olvidado que, supuestamente, no le pertenecía”.

Lo de su ADN musical no es un ingrediente menor, pero no deja de ser un dato de color en la hoja de  ruta de quien también es papá de Ezequiel. Es que Piro se mantiene, desde hace más de diez años, en el epicentro de la escena musical, fronteras adentro y más allá.  Al son del 2x4, peló su voz con algunas de las agrupaciones más prestigiosas (como la orquesta “Juan de Dios Filiberto” o la Orquesta de Música Ciudadana de Córdoba), formó parte de proyectos de Esteban Morgado, Federico Mizrahi, Elena Roger y Acho Estol, y hasta despuntó el vicio de la actuación en los musicales El romance del Romeo y la Julieta, Entre putas y chorros, y en la película La cantante de tango. 

Ah, lo de “más allá”, sí. Aquí va: encabezó más de treinta presentaciones en la Expo Shanghai y participó de la Exposición Internacional en Corea del Sur. Asimismo, desparramó su talento por Uruguay, Suecia, Francia, Bélgica, Dinamarca, Chile, Finlandia, Italia, España, Noruega, Alemania y Luxemburgo. “Estoy en mi mejor momento –sentencia–. Y no porque, caprichosamente, se trata del aquí y el ahora. Me refiero a lo artístico. Ya tengo unas cuantas canciones para un próximo disco, y hace tres años que trabajo con la misma banda. Soy un convencido de que toda transformación cultural, social o política se hace en equipo. No existen las revoluciones individuales”.

–Hablando de momentos, ¿cómo anda el del tango? ¿Goza de buena salud?
–Sí, hay mucha creatividad y asomó una generación con la necesidad de cantar sus propios temas. Esto es imprescindible para mantener vivo al género; si no, estamos obligados a bucear por un cancionero que es perpetuo y se dirige a una muerte segura.

–Si el presente es tan alentador, ¿por qué no logra masificarse?
–Llama la atención, sí. Hay una letanía de que el tango no vende, que es para gente mayor... Debiera darse vuelta la taba en ese sentido, ya que en la cartelera del fin de semana, hay un espectro variopinto de espectáculos tangueros, pero que no son para más de cien personas. Incide  mucho la falta de interés comercial. 

–¿No habrá que aggiornarlo, aun respetando sus raíces?
–Aggiornarlo, no, no me gusta. Sí hay que reconocerlo como lenguaje propio. Incorporarlo a nuestra idiosincrasia, sin anacronismos. Y no apunto solo a la música, sino al tango como cultura. Venerar décadas de oro pasadas, el rezongo en nuestro lenguaje coloquial y cotidiano, silbar una melodía, mechar el lunfardo y merendar con mate forman parte de la idiosincrasia que esta imbricada con el tango. Tenemos mucho más tango de lo que creemos. 

–Dijiste que estabas a mitad de camino entre los movimientos musicales actuales y los artistas de la época de tus padres. ¿Cómo es eso?
–¿Qué dije yo? Eso de estar a mitad de camino, de cualquier cosa, no lo veo muy saludable (risas). Soy parte de una camada de artistas que se dio al tango sin tanto prejuicio ni tanto prurito. Enrique Cadícamo me dijo: “Usted pertenece a la generación del nexo”. No comprendí a qué se refería. Más de quince años después, lo veo: estoy dentro de esa generación “nexo” que se asomó al género en la segunda parte de la década del noventa y que recuperó un repertorio olvidado que, supuestamente, no le pertenecía. Que no vio el final del camino con Piazzolla y que enterró para siempre “Azúcar, pimienta y sal”. Hoy, hay pibes de 20 años para tomar la posta. 

–¿No se añoran cosas de aquella etapa en la que proliferaban figuras como tus padres?
–No concibo eso de que “todo tiempo pasado fue mejor”. Trato de no encariñarme de más con fotos viejas... Me encantaría que hubiera condiciones más propicias para poder trabajar. Mi padre hacía una rutina diaria de cafés, radios y milongas, con la orquesta de Alfredo Gobbi –me llamo así por él–. O?sea:?chances no faltaban. Eso yo no lo viví. A mí los bares me exigían vender entradas, que terminaban, obviamente, en manos de familiares y amigos. Es muy lamentable que eso siga ocurriendo y que los jóvenes lo avizoren  como única posibilidad para subirse a un escenario. 

–¿Hay dos o tres fotografías que guardes celosamente?
–Sí. Poder viajar a diversos rincones del mundo con mi música, estar lejos de casa y sentir el aplauso al interpretar una canción propia, cantar con mi padre en La Sorbonne de París o hacerlo con faros en mi profesión, como Horacio Molina, Richard Coleman o la orquesta de Leopoldo Federico. 

–¿Qué deseás que te espere doblando la esquina?
–Que El tiempo de los necios sea el puntapié inicial que me permita abrirme dentro del campo de la música popular. Si algún día escucho por la calle a alguien tarareando un tema mío, voy a entender que hacer lo que hago vale la pena. 

Definiciones 

Quien debuta como cantautor cuenta el significado de algunos de sus temas:
“Algo”:“Lo escribí en Los Ángeles, esperando el nacimiento de Victoria: nada moviliza tanto como un hijo”. 
“Domesticación social”:“La letra refleja la impunidad con la que se habla de cualquier cosa, y a la hora de la misa, todos somos santos”.
“Azul (no verde más)”: “Mirada nostálgica sobre una relación que no fue. Si nacía mujer, me iba a llamar Azul”.
“Estrella de bar”: “Tiene una frase que dice: ‘Y si la vida es un mientras tanto... ¿por qué juntamos todo este llanto?’, inspirada en otra que leí: ‘La vida es algo que pasa mientras yo me ocupo de hacer otra cosa’”.
“Tango de no amor”: “Es mi orgullo, por ser mi primer tango como autor”.
“Heroinhumanos”: “Lo pensé como un ‘Candy’ de Iggy Pop. Invité a Mavi Díaz para que fuera mi Kate Pierson”.

Dos a quererse 

Para Piro trabajar con Richard Coleman (uno de nuestros mejores guitarristas) fue “cumplir el sueño del pibe”. “Era necesario un productor. En el tango no suelen suceder estas estrategias artísticas: ¡se graba a la que te criaste! No se hacen demos, maquetas, nada... Se entra al estudio con todo escrito en la partitura. Richard influyó en mi proyección como músico desde la época en que escuchaba a su banda Fricción. En 2012 lo invité a cantar una versión de un tema suyo para una presentación en Canal 7 y me propuso actuar con su grupo en Niceto... ¡Guau!”, dice con igual sorpresa que entonces quien estrenará  El tiempo de los necios el 5 y 12 de abril, a las 22.00, en Ultra (San Martín 678, CABA).


Más información:
www.alfredopiro.com?

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