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Latinoamérica en pinceladas


Por María Cané.


Latinoamérica en pinceladas 

¿Quién no fantaseó, alguna vez, con irse junto a su pareja de mochileros y solventar el viaje con lo que más les gusta hacer en la vida? Aquí, la historia de dos amantes de la pintura que están cumpliendo su sueño.

Flores, líneas suaves, redondeadas… y color, mucho color para los Cíclope, unos artistas callejeros que eligieron Latinoamérica como taller y las paredes de cada cuidad como lienzo. Son argentinos y aventureros, unos soñadores que partieron rumbo a México sin planes, ni guías turísticas. Claro, en el medio, y como suele suceder, el destino mete la cola y acomoda las piezas del rompecabezas a su antojo.

Su viaje comenzó el 3 de mayo del año pasado. Después de hacer la temporada de verano en Cariló, partieron, con apenas algunos pesos en el bolsillo, en el tren que va desde Buenos Aires a Tucumán. Hablamos de Julián Razquin (25) y Pilar Tolosa (24), quienes se conocieron en Un Techo para mi País, en La Plata, ciudad donde estudiaban. Su pasión por el arte los acercó: ella es arquitecta; él, diseñador gráfico. Pero la pintura pudo más y hoy dejan su marca en cada lugar en donde plantan bandera. “Al principio, lo primordial para no-sotros no era pintar”, cuenta Pilar. “Salimos de Buenos Aires ‘quemados’; habíamos trabajado mucho para poder irnos de viaje. Pilar, además, estaba estudiando para recibirse. Por eso, no contamos con el tiempo necesario para desa-rrollar bien la idea de qué era lo que queríamos hacer. De hecho, en ningún momento tomamos la dimensión del viaje que nos esperaba”, agrega Julián.    

Fue en Salta donde empezaron a pintar, un coqueteo ingenuo si se tiene en cuenta lo que están haciendo ahora. Recuerdan que no sabían cómo empezar, no tenían ni una carpeta con sus trabajos y nunca habían hecho un mural. Su fuerte era la pintura sobre vidrio y la ilustración. “La pared es otra historia”, afirma Julián. “No solo no sabíamos cómo encarar a la gente, sino menos que menos cuánto valía nuestro trabajo”, acota Pilar.  Después de un par de días de incertidumbre, la dueña de un hostel les ofreció pintar tres mesas por una noche de hospedaje. Fue entonces cuando aprendieron la modalidad del intercambio: pintura por hospedaje. “Nos sirvió mucho, ya que es lo que estamos implementando en cada lugar”, cuenta Julián. 

Pintores no, truferos sí 

Más tarde, la pareja partió a Bolivia con una sonrisa en la cara… que se les borró a los días. “Se trata de un destino con mucha contaminación visual. Por más que es un país espectacular, allí todo acontece en la calle: está lleno de carteles y se nos hizo muy difícil llegar a la gente. Hicimos un par de cosas de onda, por el simple hecho de hacer algo”, rememora Julián. Perú no fue la excepción y las cosas fueron de mal en peor. Debido a cambios de legislaciones, no pudieron sacar dinero del cajero y se empezaron a quedar sin efectivo. “Cuando me di cuenta, lo miré a Juli y empecé a llorar. Pensaba que nos íbamos a tener que volver. Le debíamos trescientos dólares a un amigo y México se veía cada vez más difuso”, dice Pilar. 

En Arequipa, Julián tomó las riendas y propuso vender trufas. “Con eso nos alcanzaba para el hospedaje y la comida, todo muy austero”, cuenta quien hoy se considera un profesional en ese arte culinario. “En Cusco también vendíamos trufas. ¡Ya era nuestro trabajo!”, dice riendo. Claro que todo tiene un límite. “¡Hagamos lo que nos gusta, Pilar! ¡Pintemos cuadros y vendámoslos en la calle! ¡Estoy podrido de las trufas!”, sugirió Julián. Fue tanto el énfasis que puso que, como un guiño del destino, llegaron dos argentinos que estaban trabajando en un boliche para ofrecerles hacer face-painting a los extranjeros a cambio de propinas. Tampoco era lo de ellos, pero ya estaban un poco más cerca. ¿O no? 

El clic 

De Cusco se fueron a Paracas, con mucha expectativa y ganas de “comerse el mundo”. Golpearon la puerta del mejor hostel para ofrecer sus servicios… y lograron su cometido. “Nos dijeron que hiciéramos lo que quisiéramos y nos dieron todos los materiales. Estuvimos un mes pintando las veinticuatro horas, todos los días. Éramos como nenes con chiche nuevo”, evoca Pilar. “Hoy miro esos murales y me doy cuenta de lo que crecimos, como artistas y como personas. Para nosotros, Paracas fue un clic. No éramos más los que vendíamos trufas en las calles, sino que comenzábamos a ser Cíclope”, desliza Julián. La “bola” se corrió y llegó hasta Lima, donde, además del hostel, pintaron vidrieras de locales y casas particulares. Entre el boca a boca (infalible) y Facebook se las arreglaron para estar cuatro meses en Perú y no dejar de pintar ni por un segundo. Se compraron una tablet y una computadora: “Así podíamos comunicarnos con el mundo y lograr que nuestro trabajo pudiera difundirse”, explica Julián.

Cumplido el ciclo, partieron hacia Ecuador, pero solo se quedaron un mes. La suerte les volvió a ser esquiva: los estafaron, a una pareja amiga le robaron todo, llovía sin parar… “Todo mal. Nos angustiamos. Fue un garrón”, dice Pilar. “Son cosas que pasan. Todo sirve de experiencia”, la consuela Julián. Ella asiente: “Nos enseñó a entender que hay todo tipo de gente, que no todo el mundo tiene buenas intenciones. Sentíamos rabia, pero, por otro lado, estábamos tranquilos de que lo que hicimos lo hicimos con la mejor onda”. Pero Quito les guardaba algo especial: allí les salieron propuestas para pintar en Bogotá, Colombia. Terminaron con su labor y no lo dudaron un instante. Después de treinta y cinco horas de viaje en colectivo, llegaron. 

Y lo que les pasó en Perú se magnificó. Pintaron en empresas, productoras, bibliotecas, hospedajes y casas particulares; pintaron su hostel y el de al lado. Pintaron tanto que, en enero, se pudieron tomar un mes de vacaciones y recorrer Colombia como turistas, junto a un grupo de amigos. Están felices, exultantes, pero, también, cansados. Cuentan que disfrutaron cada momento, pero que, a la vez, toda esta cruzada fue un desafío, ya que no solo encararon cosas nuevas, sino que salieron de esa comodidad que habían ganado. Esto, coinciden, los hizo crecer y conocer personas que se llevan en el corazón para toda la vida. “Gracias a esta experiencia, conocimos realmente a la gente de cada lugar. Más de uno nos invitó a comer un asado con su familia o nos llevó a recorrer la ciudad”, cuenta Pilar.

Ahora, las vacaciones se terminaron y volvieron las pinceladas. “Queremos vivir de esto y estamos convencidos de que en cualquier rincón que hagamos pie, alguien nos va a decir que sí”, se esperanza Pilar. Actualmente, están en Medellín, pintando cada pared que encuentran para poder poner proa hacia Panamá. Lo que suceda a partir de ese momento es incierto. Julián y Pilar siguen su propia ruta, a su ritmo; nadie los apura. Viven el día el día y se sienten mejor que nunca. Ya llevan diez meses afuera. ¿Cuándo volverán? No lo saben. Extrañan, obvio, como le pasaría a cualquiera. Pero la ambición es más grande y no hay quien los pare.

Los Zapp: otros locos lindos 

Ellos querían unir la Argentina con Alaska con un auto de 1928 que no superaba los 60 km/h. Ellos, Candelaria y Herman Zapp, partieron hace más de diez años y su sueño no solo los llevó hasta el mar Ártico, sino que luego los impulsó a viajar desde La Quiaca hasta Ushuaia, a volver hacia el norte para recorrer Estados Unidos y Canadá, y a dar la vuelta completa a Australia. En el medio, tuvieron cuatro hijos, pintaron cuadros para vender en plazas y escribieron el libro Atrapa tu sueño, donde cuentan su aventura. Hasta el día de hoy, el Graham Paige nunca detuvo su marcha. Continuaron rumbo a Asia y África. Ahora están en Europa. “Dentro de la comodidad no hay vida, solo ‘pasar’. Vida es la que se aventura, la que busca superar desafíos. Si nos cuidamos de que nada nos pase… qué triste sería al final que nada nos haya pasado”, se lee en su web www.argentinaalaska.com

Pilar y Julián, solidarios 

La experiencia solidaria vivida con Un Techo para mi País, en la Argentina, los marcó hondo y durante el viaje deseaban replicarla. Faltaba el momento ideal. Fue en una biblioteca de un barrio popular de Barranquilla donde se les dio la oportunidad. Dieron un taller de pintura para los chicos de la zona y terminaron pintando entre todos un gran mural. “Estaban re contentos y nosotros, encantados. En un momento, una de las chicas me regaló un anillo... me emocioné hasta las lágrimas. Por eso, y por todo lo que genera en el otro, queremos seguir ayudando a los necesitados”, cuenta Pilar Tolosa.


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