ENTREVISTA


Es como dejar el alma


Por Guadalupe Treibel.


“Es como dejar el alma” 

Eso es, para Dyango, abandonar la música. Pero, tranquilos, que el cantante catalán solo se retirará de los escenarios americanos. Mientras tanto, continúa con su gira despedida por el país, asegura que seguirá grabando, repasa su pasión por el tango y recuerda sus comienzos.

El hombre es una máquina de hacer bromas. Ríe e ironiza que da calambre; bufonea con liviandad afable. “Si no está el punto de humor en la vida, todo es una porquería”, resume, tras rememorar alguna andanza con marca personal. Marca personal que dejó huella tras cincuenta años de carrera profesional, a fuerza de –sobre todo– música romántica. Marca personal que seguirá, aunque ahora decida retirarse de los escenarios americanos con 74 años y ¡47 ininterrumpidos girando por el continente! 

Con el deseo de disfrutar un merecidísimo ocio, Dyango continúa su despedida por el país con el espectáculo Gracias y adiós. Mientras tanto, este galante catalán, que realizó memorables dúos con Armando Manzanero, Paco de Lucía y Roberto Goyeneche, entre otros tantos figurones, se confiesa ¿por última vez? “La música no se puede dejar porque es como dejar el alma. Yo no voy a abandonarla; sería imposible”, concede. “Continuaré grabando, ese gusanillo sigue. Lo que no quiero es hacer giras y giras y giras, arriba y abajo, aviones y más aviones. ¿Para qué tanto trabajar si, al final, todos nos vamos a ir? Abandono los escenarios. Ojo, puede que después me pegue con un martillo en la cabeza y regrese. Pero, de momento, esa es la intención”.

–Tuviste tu primer gran éxito en la Argentina y no en España. ¿Por qué creés que se dio ese romance aquí antes que con tu gente?
–Nunca sabré exactamente las razones. Yo sacaba mis discos en España y allí me era muy, pero muy difícil. Quizás era mi manera de cantar en épocas en las que todos lo hacían de una forma más sencilla. Tal vez porque salían los grupos de las guitarras eléctricas, y yo era un cantante romántico. En cambio, aquí, Lejos de los ojos fue mi primer disco de oro. Tenía veintitantos años y no me lo podía creer: “¿Cómo puede ser? ¡Si no me conoce nadie en España!”. 

Por eso, a pesar de haber sido y ser popular hasta en Estados Unidos, mi agradecimiento más profundo siempre será con la Argentina. No dejé de venir ni un solo año, estuviera mal o bien el país. Cuando todo el mundo se borraba, yo hacía giras y cantaba por amor –y casi por amor al arte–. Por amor a un país. No ir a otro sitio nunca fue un problema, pero faltar por estos pagos, ¡nunca! Ahora que está terminando esta historia, me va costar no venir tan a menudo. 

–¿Es cierto que te gustaría grabar un próximo disco de tangos? Ya lo hiciste con Tango (en 1988) y con Puñaladas en el alma (en 2010). 
–Tango, siempre. Es difícil dejarlo. Héctor Larrea me dijo hace algunos años: “Dyango, fíjate bien en tus documentos, porque tú no naciste en Barcelona, sino en Buenos Aires”. Entiendo cómo interpretar el tango. Otros lo pueden hacer con muy buena voz, pero el tango es mucho más que eso. No se habrá hecho en América cosa más hermosa… ¡Y eso que el bolero es precioso! Poetas como Manzi, unidos a grandes músicos, es la conjunción perfecta. Por otro lado, los tangueros más tradicionales me recibieron siempre con mucho cariño. ¡Me han querido con locura!

–Uno de ellos fue el “Polaco” Goyeneche, ni más ni menos…
–Claro que sí. Lo conocí porque estar aquí era ir a Caño 14 a verlo. Así nació una amistad enorme que, aún hoy, sigue con su familia –más específicamente con Luisa, su señora–. Con el “Polaco” cantamos en el Ópera y lo invité a grabar a dúo “Sur”. Cada día me decía: “No puedo, nene, estoy embromado de la garganta”. Hasta que un día, le dije: “No te preocupes, pero prueba el tono a ver si te va bien”. Yo había mandado a toda la gente afuera, menos al técnico, ¡que estaba grabando! Cuestión que la cantó como nunca lo había hecho: de corazón. ¡No sabía que lo estábamos registrando! Después se quería morir (risas). Cuando él falleció, Luisa me entregó sus últimos gemelos. Son grandotes y, sinceramente, difíciles de usar, pero para mí son extremadamente importantes. Lo quise mucho.  

–¿Es verdad que tenés un estudio de grabación en tu propio hogar?
–De grabación y de pintura. Puede ser que no grabe con la misma asiduidad, puede ser que a la gente ya no le importe nada de mí, puede ser que solo grabe para mí mismo, pero seguro seguiré grabando. 

–Hablemos de tu faceta menos conocida: la de pintor. ¿Cuándo comenzaste con esta manifestación artística?
–Esto es de toda la vida. Yo era un zoquete en el colegio, el penúltimo de la clase… Pero para las clases de Dibujo tenía una facilidad enorme. Lo mismo en las de Música: mis compañeros luchaban por aprender una letra y yo me recitaba el cancionero entero. Con el dictado a dos manos de piano, lo mismo: el profesor hacía dos pasaditas y yo ya estaba. 

–En pintura, podríamos decir que tu estilo es abstracto, ¿cierto?
–Sí, sí, son cuadros abstractos. He vendido, hecho exposiciones… Pero, a decir verdad, no creo que vuelva a realizar otra muestra. Los pintores que no cantan necesitan ese ímpetu del público que les diga: “¡Qué bonito!”… Yo no. Por fortuna, los aplausos los he tenido siempre. Luego, tienes que estar un mes entero para que te compren uno o dos cuadros, y no necesito esto para vivir, ni mucho menos. Los cuadros que he vendido los he vendido bien, y los que no, los he regalado. O sea: ¡he regalado muchísimos! (se tienta). Para mí, el placer mayúsculo pasa por estar en mi estudio, tomar mate y pintar.

–¿Tomás mate a diario?
–Un termo de un litro, mínimo.

–En el Conservatorio de Barcelona estudiaste trompeta y violín, exactamente los mismos instrumentos que tocaba tu padre. ¿Hasta qué punto te influenció su presencia al momento de elegir la carrera?
–Cuando era pequeño, lo miraba y pensaba: “Algún día seré como él”.  

–¿Qué tipo de música interpretaba? 
–De todo. Él era músico de profesión. Una noche estaba en un cabaret –en esa época casi no había discotecas–, otro día acompañaba varietés, obras de teatro, orquestas… De su mano, fui al Conservatorio de Barcelona y estudié absolutamente todo, pero ya cantaba. Quien me enseñó a cantar fue mi mamá.

–¿Tu mamá también se dedicaba a las artes? 
–No profesionalmente, pero si lo hubiera hecho, no dudo que le habría ido bien. Ella era la afinación y el gusto. ¡Uff! ¡Qué afinación más perfecta! Cuando yo tenía 2 años y no me sabía ni atar el cordón de los zapatos, ya me había enseñado “Noche de reyes”, tema que muy poca gente conoce. Era un tango que cantaban, según me dijo mi mamá, Irusta, Fugazot y Demare, un trío argentino que triunfó en Barcelona. Pero mi mamá no lo conoció por ellos, sino por los cancioneros. Nosotros vivíamos frente al Mercat de Sant Antoni, y allí iba gente con un megáfono y cantaba. Mi mamá se quedaba embobada escuchando esas composiciones, que más tarde me enseñó a mí, cuando era muy pequeño. 

–¡Casi que empezaste a cantar antes que a balbucear cualquier palabra! 
–Sí, sí: hablar poco y cantar mucho. Me enseñaba canciones inverosímiles, que un chico de 4 o 5 años no podía cantar. En cambio, yo lo hacía con una facilidad tremenda. Luego, íbamos a concursos de radio o de barrio y los ganaba todos, porque mientras los demás niños interpretaban canciones de niños, yo iba con temas muy difíciles de interpretar. 

–Una vocación temprana, sin duda…
–Desde niño, siempre tuve la idea de que sería cantante. Después, tuve la suerte de que, a los 16 años, apareciera en mi vida don Agustín Irusta, que llegó a Barcelona a cantar. No sé por qué circunstancias, me tocó acompañarlo con el violín. Una de las maravillas que entonó fue el tango “Nostalgias”, uno de mis favoritos. Recuerdo haber pensado: “Si algún día lo logro, voy a grabarlo”. Y así teminó pasando. Y fue un éxito. 

–Sin embargo, en tus comienzos querías dedicarte al jazz. ¿Tu nombre, de hecho, no es un homenaje al excelso guitarrista Django Reinhart?
–Así es. Sin embargo, aunque me gustaba tantísimo, también adoraba la música clásica… bah, toda la música. En aquel entonces, el jazz no se estudiaba: era lo que te nacía del corazón. Tanto es así que, con 19 años, formé un grupo y nos fuimos a dar vueltas por Europa para intentar demostrar que éramos verdaderos músicos del género. Pero empezamos a escuchar a los músicos de jazz que había en Alemania, en Holanda… Y, ¡hostias! ¡No les llegábamos ni a los tobillos! Terminamos tocando chachachá, pasodoble…


Compromiso 

Dyango cantó en el Concierto por la Libertad, que reunió a artistas y a miles de personas en el Camp Nou por un reclamo puntual: el derecho del pueblo catalán a decidir libre y democráticamente su futuro, o sea, ser independientes. Con esto, se ganó la crítica de varios sectores españoles. “Lo hice porque lo siento. Si a alguien no le ha gustado, lo lamento. Cada uno tiene derecho a decidir. Este sentir por Cataluña lo he tenido toda la vida. Mis padres me lo han inculcado desde niño. Mi padre luchó contra Franco. Formó parte de la banda militar de la República Española; era su trompetista. Porque entonces éramos República; fue Franco el rebelde que se levantó. Después, lo tomaron como prisionero. Como los nacionales de Franco no tenían banda, necesitaban de ellos. Fue “tocar o paredón”. Recuerdo que siempre decía: “¿Cuándo morirá Franco?”. Pobrecito, murió él antes que el dictador. Por su parte, mi madre era republicana y a los 102 años –murió hace cinco meses– seguía pensando de igual manera. Cataluña es la luz de mi alma”, se defiende.
 

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