ENTREVISTA


Actuar es imaginar


Por Romina Cadenas.


Actuar es imaginar
Valentina Bassi se confiesa enamorada de una profesión que ya la vio triunfar en tele, teatro y cine. Ahora, la actriz se luce sobre las tablas en La casa de Bernarda Alba. Retrato de una mujer bien plantada que se revela feliz con lo que hace.  

Sube las escaleras del café donde nos encontramos, con la misma energía desbordante con la que habla. Su sonrisa amplia, de esas que se traslucen en los ojos, es el preámbulo para comenzar la charla con Valentina Bassi, la actriz con infancia patagónica y experiencia porteña que valora su trabajo y respeta el lugar desde donde se inspira para llegar, con agudeza de cirujano, a cada una de sus interpretaciones. Como hace con Martirio, el personaje que encarna en La casa de Bernarda Alba (quizás, el rol más complejo de la obra). Este clásico, adaptado y dirigido por José María Muscari, recogió aplausos sobre las tablas marplatenses y ahora se luce en Buenos Aires.

“Era la primera vez que iba a Mar del Plata. Había estado en el Festival de Cine un par de veces, pero casi no conocía la ciudad…. Tengo un hijo de 5 años que no tenía mucha experiencia en el mar, así que quedó fascinado”, recuerda de su temporada en La Feliz. Y agrega: “Yo soy de Trelew, por lo que mis primeros años de vida fueron en el mar. Playa Unión, Madryn, Pirámides… Una vez que vine a Buenos Aires, volví solo los primeros tres años. Después, no tuve dos meses de playa seguidos…”. 

–¿Cuáles fueron los recursos de los  que te nutriste para componer a la venenosa hija de Bernarda Alba?
–Actuar es imaginar, así que me figuré a este personaje en todos lados, sin encasillarme con nada. Lo mío es noventa por ciento imaginación. Las cosas salen solas. Me concentré en la belleza de Lorca y su historia, en imaginarla a Martirio… ¡Ya con su nombre lo dice todo!  Salió torcida, con fallas… De las hermanas, lo primero que pensé fue: “No es la mayor; la menor tampoco; la más linda, menos… Es la del medio y, encima, con un montón de problemas”. Me gusta cada vez más este personaje: saber que nunca la miraron, que ella es la que se ocupa de ocultarse, que todo lo vive para adentro y, por eso, tiene tantos problemas de salud. Acumula y acumula. No habla de sus sentimientos, no habla de nada y con nadie. En el texto original es jorobada, pero con Muscari decidimos que fuera asmática, hipocondríaca. 

–¿Cómo fue trabajar con Muscari?
–Lo pude conocer como compañero, ya que trabajé con él en Mujeres en el aire, de Mariela Asensio. Como vivimos los dos en San Telmo, nos volvíamos juntos de los ensayos. Nos hicimos amigos. Conocerlo como compañero es otra historia, ya que uno hace mucho clan, y, muchas veces, el director se queda afuera de eso. Con los pares uno está todo el tiempo, se comparte el miedo y la adrenalina de un estreno, y se arma una unión muy linda, que no es comparable ni con la amistad, ni con el compañerismo. Vivís muchas emociones. Como director, es rápido y preciso. Sabe muy bien lo que quiere y cómo lo quiere. Hay que seguirle el ritmo, ya que no hay mucho lugar para cuestionamientos: él ya tiene todo en su imaginación, así que uno solo tiene que subirse a ese tren. Me guió muy bien, máxime porque mi personaje tiene mucho riesgo, es muy corporal y, por lo tanto, era muy fácil que me pasara y sobreexagerara. Es muy lindo como actriz saber que te podés mandar y que va a haber alguien que te contiene y que te pone los límites. Él tenía muy claro lo que quería hacer, y yo confié en eso.

–¿Cuál es el personaje que más te gustó interpretar? 
–En teatro hay algunos personajes que te encantan y otros que te gustan menos. En la tele y el cine es distinto. En el teatro conocí a un autor que se llama Jean-Luc Lagarce, que es brillante. Actué en una obra alternativa con Daniel Hendler –Apenas el fin del mundo– y fue el proyecto que más me gustó hacer, con un grupo de trabajo hermoso y la dirección impecable de Cristian Drut. Fue lo que más disfruté en mi carrera, sin lugar a dudas porque el texto me emocionaba mucho cada noche y sentía placer al oír a mis compañeros. Después, hice en el San Martín otra obra del mismo autor. Cuando me enteré de que se iba a hacer, me tiré de cabeza. ¡Intercepté a la directora y le pedí por favor ser parte! (Risas). La obra se llamaba Estaba en mi casa y esperaba que venga la lluvia. Cuando terminamos y descubrí que nunca más iba a decir esos textos, atravesé un duelo muy grande. 

–¿Sentís que hiciste algo memorable en televisión?
–Verdad consecuencia y El tiempo no para. Iba a grabar feliz.

–¿Cuáles creés que fueron las interpretaciones que mejor te definieron como artista?
–¡Uh, qué difícil! En general, estoy contenta con los personajes que interpreto. Siento que me voy nutriendo de cada proyecto. Hice cosas que critico fuertemente, porque no estuve bien… pero ya pasaron. Siento que últimamente estoy eligiendo mejor o no tengo tanta autocrítica, porque disfruto de los personajes y, a la vez, me duele muchísimo dejar de hacerlos. 

–¿Cómo es dejar de entrar en comunión con un personaje?
–Es muy fuerte. Se termina para siempre y no te ves nunca más con nadie. En la tira, uno termina esperando el final, aunque igual te dé nostalgia que se acabe el proyecto. La tele es como la escuela: muy desgastante. Con el cine ya sabés que empieza y se termina. El teatro me parece lo más fatal de todo. Siempre trato de que la obra se siga haciendo… Es un duelo que dura hasta pasar a otro proyecto.

–¿Cuál es tu visión de la tevé actual? 
–No me siento capacitada para hablar de ella porque, en realidad, no veo mucha tele. De hecho, no tengo cable. Veo muchas películas y en una época me enganché con varias series. Ahora estoy abocada a las películas infantiles por mi hijo (risas). No obstante, cuando estuve en Mar del Plata, tuve más acceso a la pantalla chica y me pareció que hay ficciones muy interesantes. De cualquier manera, no juzgo mucho la televisión. Una actriz que trabaja en ese medio percibe de otra forma las cosas: sé que pasa detrás de cámara. No la veo como una espectadora más. A la tele hay que tomársela relajadamente. Y eso no es ser poco profesional, sino atreverse a jugar. Allí no hay tiempo para profundizar, y el autor apenas puede escribir… Si te la tomás muy en serio, lo pasas mal. Cuando te divertís con tus compañeros, las cosas salen mejor. Y del otro lado se nota. 

–¿Qué te queda por hacer?
–Por suerte, me falta mucho. Lo bueno de esta profesión es que mientras más grande te vas poniendo, mejor actor sos. Me siento mucho más curtida que antes y siento esa adrenalina de querer dar mucho más en los años que me esperan. La única contra es que se achican las posibilidades de trabajo. Es una contradicción: tener más experiencia pero que se vayan cerrando los proyectos. Hay menos personajes para gente más grande...

–¿A dónde crees que llegó Valentina Bassi hoy?
–No me gusta filosofar sobre eso… En rigor, me planteo más frases como “Qué interesante experiencia me está tocando vivir”. Siento que tengo que agradecer que vivo de lo que me gusta. Todos los días doy las gracias porque soy súper consciente de que es muy difícil llegar y mantenerse.

Confieso que he trabajado 

La carrera de Valentina Bassi es prolífica. En cine hizo El caso María Soledad (film con el que saltó a la fama), El visitante, Un día de suerte, Lugares comunes, Otra vuelta, El boquete, Rodney y La plegaria del vidente. En teatro, El organito, La chunga, Locos de verano y Andrócles y el león. En tele, El hombre, Primicias, Un mundo de sensaciones, Soy gitano, Doble vida y Un año para recordar. Y estos son solo algunos títulos de su trayectoria. “Cuando vine a Buenos Aires, mi idea no era trabajar ni en tele, ni en cine. Quería estudiar teatro, armar mi propio grupo,dar clases y vivir de eso. Si no podía, me iba a volver a Trelew con un montón de conocimientos para dictar un taller... qué sé yo. Pero al segundo año de estar acá, protagonicé El caso María Soledad. A partir de allí, todo se fue dando sorpresivamente. Empecé a trabajar y no paré más. ¡Feliz de la vida!”, exclama, siempre positiva.

Dónde verla

La casa de Bernarda Alba fue la última obra escrita por Federico García Lorca en el año 1936, dos meses antes de su muerte. Se estrenó a nivel mundial, en el año 1945… en la Argentina. 

Luego paseó por el planeta entero. En la obra, tras la muerte de su segundo marido, Bernarda Alba decide recluirse y guardar rigurosísimo luto, junto a sus cinco hijas. El luto es roto por la llegada de Pepe el Romano, que pretende a la hija mayor, interesado por la fortuna familiar. Celos y pasiones desatan un final trágico. De miércoles a domingos, en el teatro Regina (Av. Santa Fe 1235, CABA).

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