ENTREVISTA


“Lo único que existe es el presente”


Por Ana Claudia Rodríguez.


“Lo único que existe es el presente” 
Boy Olmi no quiere quedar atrapado por ninguna etiqueta. Por eso, desde hace algunos años, además de actuar, participa en programas de radio, dirige documentales o realiza entrevistas. Lo que la vida le traiga. A sus 55 años, se muestra más polifacético que nunca.

Desde el otro lado de la avenida se lo distingue por su pelo blanco y alborotado. Y, al aproximarse, lo de siempre: en Boy Olmi, lo primero que aparece son sus ojos. Es una mañana soleada y el actor pasea con un suéter verde manzana y unos pantalones chupines bordó. Incrusta su mirada azul en el objetivo y protesta ante el fotógrafo, que le pide una sonrisa.“¿Sonriendo creés que saldré mejor? ¿Y si luego en la entrevista hablamos de cosas terribles?”, dice mientras sonríe.  

Pero no. La entrevista será apacible aunque transcurrirá en dos tiempos. Sentado en uno de los sofás de cuero de un clásico café porteño, Boy se saltará toda la introducción. Es decir, que nació en Buenos Aires hace 55 años, que empezó su carrera como actor en los ochenta y que hace unos años decidió correr sus propios límites para conducir programas de televisión, para opinar en la radio o para estrenarse como director. 

Sonriente y distendido, Boy se entregará a la conversación, que empezará con su último trabajo en la serie El Legado, una súper producción dirigida por Mariano Hueter y centrada en el mito del tesoro de Giuseppe Garibaldi. Olmi dará vida a Leopoldo Villagra, un poderoso empresario obsesionado por descubrir el botín. 

–Alguna vez dijiste que lo que te mueve es tu capacidad para contar. En tu último papel, en El Legado, ¿qué es lo que transmitís?
–El Legado cuenta una historia que está atravesada por el tiempo porque transcurre en más de una época. Mi personaje, Villagra, se encarga de conectar estos dos tiempos: la historia remota, la de sus antepasados, que está vinculada a Garibaldi y a un tesoro, y la historia actual, que tiene lugar en Gualeguaychú… Mirá, este bigote lo tengo acá de casualidad (saca de su cuaderno un bigote postizo, entre cano y rubio, con los extremos curvos como si fueran de Dalí). Es un símbolo que usa Villagra y que es antiguo, al igual que su bastón. Ambos elementos narran también esta historia que permanece karmáticamente sin resolver durante ciento cincuenta años. 

–¿Hay que ir siempre al pasado para analizar, limpiar y aprender?
–El pasado y el futuro no existen, lo único que existe es el presente. Eso sí; ese presente está influenciado por lo que ocurrió en el pasado o es producto, muchas veces, de lo que sucedió antes. A eso se dedica el psicoanálisis, pero no es la única manera de verlo: otra perspectiva es que el presente, el pasado y el futuro están ocurriendo en simultáneo, y que esa linealidad con la que estamos acostumbrados a ver el tiempo está solo en nuestra imaginación. 

–Algunos aprenden de los errores, y crecen, yéndose al pasado. ¿Cómo lo hacés vos? 
–Tengo una mirada bastante amplia y me alimento de cosas diferentes. A veces, necesito mirar el pasado y me gusta, me enriquece. Y otras veces necesito apartarme del pasado y disfrutar… Intento estar absolutamente en el tiempo presente. Como le ocurre a Villagra en El Legado, a veces es necesario desprenderse de un pasado denso para estar más liviano y poder ser. Ese podría ser también el tesoro oculto tras el que están todos los personajes, y que tiene que ver con el apego al mundo material en el que estamos los humanos. Villagra es tremendamente ambicioso. 

–A tu personaje lo mueve la ambición y esa voluntad de recuperar lo propio. En vos, ¿cuál es el motor?   
–A mí me mueve la búsqueda de la felicidad. 

–¿Hay ambición, también? 
–Sí, yo creo que la ambición tiene que ver con el deseo de algo. Un sentimiento muy humano que vivimos todos. Pero en general mis ambiciones no tienen que ver con lo material, sino con cierta paz y cierta idea de armonizar el mundo terrenal con el espiritual. 

–El escritor Fabián Casas decía que no se tiene que buscar la inteligencia, sino la tranquilidad. 
–La inteligencia es una herramienta, no es un fin en sí misma. Está puesta al servicio de algo. En mi vida personal estoy tratando de poner mis capacidades al servicio de algo que va más allá de mí. 

–¿En qué cosas, por ejemplo?
–Últimamente me he dado cuenta de que tengo algo que hace que la gente me escuche. Eso me da una gran alegría pero también siento una gran responsabilidad. Y cuando reflexiono sobre el estado en el que estamos todos, para poder transmitir algún mensaje, creo que tenemos un problema común: una gran insostenibilidad en lo ambiental y en lo social, producto justamente de la ambición. Socialmente, la diferencia entre ricos y pobres es casi inadmisible y eso genera un nivel de angustia, de violencia y de tensión bastante insoportable. Y a nivel ambiental estamos agotando la paciencia y los recursos que antes abundaban. Hoy está en peligro el equilibrio del agua, del aire, de los alimentos.
 
–¿Y qué se puede hacer?
–La única solución que tenemos es que entre todos participemos de la solución. Ese es un cambio muy profundo, porque la ambición ha hecho que todo el mundo trate de fijarse en sus propias cosas o incluso en sus propios afectos. “Voy a trabajar para mí, mi familia, mis hijos, que son las personas que yo quiero”. Bueno, el desafío ahora es un poco mayor, es ver que los hijos de los otros también son nuestros hijos, que los vecinos de otros países, también en otras partes del mundo, quedan afectados por cómo actuamos nosotros.   

Si alguien no conociera a Boy Olmi y lo buscara en Internet, descubriría que su nombre es Carlos Olmi (el sobrenombre lo heredó de su padre); que está casado con la actriz Carola Reyna desde 1994; y que a lo largo de su carrera hizo teatro, más de treinta películas y otras tantas producciones televisivas. El internauta se podría topar con frases como esta: “Desde entonces (desde que en 2008 se estrenó como director con el documental Sangre del Pacífico) Boy Olmi está abocado a la comunicación y la búsqueda de soluciones a los problemas globales en lo ambiental y social”.

Lo cierto es que el próximo proyecto del actor deja la misma huella: el documental que terminará este invierno tiene como protagonistas a Jane Goodall, la famosa naturalista inglesa, y al estadounidense Roger Payne, reconocido estudioso del mundo marítimo. En octubre de 2013 Olmi llevó a Península Valdés a estos dos octogenarios, gigantes de la conservación del planeta. Convivió con ellos en una casita sin electricidad perdida en el medio de la nada.  

–Cómo fue esa experiencia?
–Fabulosa. Una de las cosas más lindas que he hecho en mi vida. Fuimos a un refugio que él construyó hace cuarenta años para estudiar el fondo del mar, los cetáceos y sus cantos. Estuvimos frente al mar y rodeados de ballenas. Sus conversaciones son la materia prima de este documental; se ve claramente que son sabios y que sus energías se complementan maravillosamente. Ella representa a los bosques y él a los mares. El universo femenino y el masculino. El yin y el yang.

–¿Cómo conseguiste reunirlos? 
–Diciéndoles la verdad. “Tengo esta idea, que me parece que podría ser linda de hacer y de mostrar a los demás”. Y ellos aceptaron encantados. 

–En el futuro, ¿vas a centrar más tu actividad en los documentales? 
–No quiero quedar atrapado por ninguna tendencia ni caracterización. Nada que limite mi deseo de ser feliz. Qué sé yo… acabo de llegar después de tres meses fuera de Buenos Aires. 

–¿Dónde estuviste?
–Los dos primeros meses en una casa frente al mar, en la provincia de Buenos Aires, pero alejada de la civilización. Y el último mes manejé nueve mil kilómetros recorriendo la Patagonia, la ruta 40. Hacía tiempo que tenía ganas de hacerlo sin horarios, sin reservas de hotel. Andaba con una carpa, a veces solo, a veces con mi mujer. Me tomé un tiempo casi adolescente de decir “No tengo que volver, no tengo que responderle a nadie”. 

De repente, la voz de un hombre interrumpe la charla en el café. Cuando el amigo se va, Olmi retoma el hilo de la conversación así: “Fluir, ¿viste? La vida es un fluir”. Y en los quince minutos siguientes contará que es muy intuitivo y poco racional; que su único hijo acaba de dejar la universidad a sus 22 años porque dice no creer en el sistema (“Eso es muy valiente”, dice su padre); o que su desparpajo –que mostró hace cinco años, por ejemplo, como concursante en Bailando por un Sueño– a veces le abre puertas y otras veces se las cierra.  Pero el fluir de la vida hace que, de repente, suene su celular. Y es ahí donde termina la primera parte de la entrevista: “¿Hola? Sí, te estuve llamando y no estabas” –dice Boy–. Bueno, suspendo todo y voy para allá”.

Toma dos: Skype 

Treinta horas después de haberse disculpado y haber dados sus datos de contacto, Boy Olmi aparece en Skype. Su busto digital muestra una remera negra y, más arriba, naturalmente, sus dos grandes ojos azules.  

–¿Preguntarte por el teatro o la televisión es preguntarte si querés más a tu padre o a tu madre? 
–El cine, el teatro, la TV… cada uno es diferente y aparece en momentos de la vida diferentes también. La televisión te da la continuidad, el dinero y la visibilidad. El teatro te aporta herramientas profundas del arte escénico. Y el cine, la frescura de un trabajo nada rutinario. 

–¿Cómo te llevás con la rutina en sus dos polos: el orden y la exigencia?
–A mí la rutina no me gusta mucho, salvo en aquellas actividades que sí me gustan. Caminar por las mañanas, por ejemplo, me gusta. Pero me cansa la rutina del trabajo que se parece mucho a sí mismo. Entonces, lo que hago es intentar encontrarle la variante interna. Así, aunque el hecho se repita, puedo disfrutarlo como si fuera nuevo. Con el teatro, por ejemplo, cada función es lo mismo, los compañeros, el texto… pero uno no está siempre igual. Y se puede transitar cada día con esa particular manera de ser, lo cual te lleva a tener otros pensamientos, otras reacciones. 

–¿Qué es lo que te centra?
–La naturaleza. 

–Algo un poco complicado, en esta ciudad…
–La naturaleza está dentro de uno. Si uno respira, si está en silencio, encuentra un ritmo interno. Sería genial poder estar cerca de un bosque o de la nieve. Pero a veces uno puede encontrar la naturaleza en una bañadera, flotando en el agua. 



 

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