ENTREVISTA


Recuerdos de provincia


Por Carolina Cattaneo.


Recuerdos de provincia 
La directora entrerriana Celina Murga estrenó su cuarto largometraje, La tercera orilla, que contó con el apoyo del realizador Martin Scorsese y compitió en uno de los festivales de cine más importantes del mundo. Se oyen chicharras y cotorras, se oye el grito desesperado de un ternero cuando un grupo de peones quiere atraparlo, se oye el traqueteo de una camioneta sobre el camino de tierra. Se ve el patio de una casa de provincia y de una escuela de provincia, se ve una Pelopincho, se ven las veredas con árboles de cítricos, se ven los eucaliptos, se ven los sauces, se ve la pólvora que deja el estallido de un revolver tras disparar dos tiros al aire, se ve la cara de un joven que llora iluminada por la luz tibia del atardecer en el campo, se ve el campo.

Si hay, como dicen, un espacio del ser donde quedan guardadas las imágenes de la infancia y la adolescencia, y un lugar del cerebro donde todo está archivado, y si ese algo guarda voces, aromas, sonidos, luces y sombras y es una memoria afectiva de la patria chica, la directora Celina Murga rescata y expone todo eso –quizá de manera involuntaria, quizá sin darse cuenta– en La tercera orilla, su cuarta y más reciente película. Este film compitió por el Oso de Oro en la sección oficial del 64° Festival de Cine de Berlín –uno de los más importantes del mundo y un gran trampolín para los directores jóvenes– y tuvo de productor ejecutivo a Martin Scorsese, además de un reguero de buenas críticas fuera y dentro del país, donde se estrenó hace pocas semanas. La tercera orilla es, a la vez, consagración y confirmación de un camino que Murga empezó con Ana y los otros (2003) y al que dio continuidad con el corto Pavón (2010) y con el documental Escuela Normal (2012): el de contar historias que nacen y se desarrollan en Entre Ríos, su provincia natal.

Filmado en Concepción del Uruguay, el último film de Murga vuelve a centrarse –como Ana y los otros, como Una semana solos (2008) y como Escuela Normal– en un momento –casi siempre de quiebre– en la vida de un personaje adolescente rodeado de adultos que toman decisiones e inmerso en una sociedad con características determinadas, sobre las que la directora busca hacer reflexionar al espectador. En este caso, el personaje es Nicolás (Alián Devetac), hijo de un médico (Daniel Veronese) que tiene dos familias paralelas –una oficial y otra extraoficial–. Este padre, un tanto autoritario, otro tanto dueño de algunos rasgos machistas, le va marcando a su hijo (el mayor de la familia extraoficial) los pasos para que sea su sucesor en el campo y para que, como él, estudie Medicina. Nicolás, a la edad de 17 (la misma edad en la que Celina dejó Paraná para estudiar cine en Buenos Aires), se ve tironeado por sus propios deseos, los de su padre y el deber que siente hacia su familia, compuesta por su mamá y dos hermanos menores. 

Pese a la edad y a que todo transcurre en una geografía parecida a esa donde creció la directora, no hay –dice ella– nada del conflicto que plantea la película que tenga que ver con su propia vida. Sí hay, en cambio, algo que ancla en ese espacio donde reverberan las emociones más antiguas. “Por algo sigo eligiendo filmar allá. Creo que es una manera de volver a un lugar conocido, familiar, a un lugar de cierta contención, pero es muy poco racional, no es deliberado. No es parte de un plan”, dice en el departamento del barrio porteño de Palermo donde trabaja con Juan Villegas, su marido y productor y/o guionista en algunas de sus películas. 

–¿Buscás mostrar “la patria chica”?
–Las historias que se me ocurren tienen que ver con esos espacios. No se me ocurre una historia que transcurra en Buenos Aires, en la ciudad. Hay algo de los dramas, de lo que me interesa hablar hasta ahora, que tiene que ver con esas microsociedades, con las relaciones que se tejen entre personas que viven en espacios acotados, pequeños, bastante centrados sobre sí mismos. Hay algo de esos conflictos y de ese tipo de vínculos que me atrae mucho. Eso, desde un lugar personal, más intuitivo. Pero desde un lugar más consciente, racional y hasta político, agarro la bandera de “Voy a retratar esta provincia” como una manera de contar historias que no estén centradas en la ciudad de Buenos Aires.  Ana y los otros narra la vuelta de una joven a Paraná, su ciudad natal, después de muchos años. En Una semana solos, un grupo de chicos que viven en un country pasan sus días con la única compañía adulta de la empleada doméstica mientras sus padres están de viaje. Escuela Normal es un documental sobre el colegio al que asistió Celina, la primera escuela del país con esa modalidad que fundó Domingo Faustino Sarmiento. En estos casos, la cámara de Murga deja ver. Espera a que las cosas sucedan, las capta, las expone. Nunca juzga.

–La tercera orilla es diferente. ¿Buscaste que lo fuera?
-Sí. La historia necesitaba una estructura dramática más fuerte, de un crescendo de tensión, que es lo que más la diferencia del resto. Toda esa situación de observación y de distancia que tenían las anteriores acá desaparece por la necesidad de meter al espectador en la piel del personaje y de generar la tensión dramática para recorrer su camino. Después, sí, hay elementos que siguen presentes, como la descripción de un medio ambiente muy específico.

–¿Qué significa “medio ambiente?”
–Está el personaje principal y su situación particular y dramática que interactúa con ese microcosmos familiar y social que tiene que ver con la provincia y con una sociedad un poco cerrada, con rasgos tradicionales de provincia. Eso, creo, es un denominador común, el de contar un lugar social y un lugar geográfico, que, aunque en esta película en ningún momento se habla de Entre Ríos, es Entre Ríos. También hay algo en relación con las imágenes, con las texturas, con los sonidos, con el habla, que vuelve a aparecer.
Celina Murga no pone música en sus películas. A la música la ponen sus personajes, cuando escuchan la radio o cantan. El entorno le ofrece –chicharras, palomas, vacas, perros, grillos–, ella elige, y con eso resalta y potencia aquellos microcosmos donde interactúan, reflexionan, dudan, sufren o gozan sus personajes. 

“Lo humano va a estar siempre, porque es mi filosofía de vida. Creo en el humanismo y me interesa el cine como herramienta para hablar de la condición humana, para mostrarla en la máxima complejidad posible”, dice la directora. Celina Murga nació hace cuarenta años en Paraná. Es la hija única de un matrimonio de médicos (él psiquiatra, ella neumonóloga) que se conocieron mientras estudiaban. Ateos los dos, ninguno se opuso cuando la pequeña Celina pidió ser bautizada por la Iglesia católica, tomar la comunión e ir a misa, tal como hacía una de sus mejores amigas. Celina creció cerca de sus abuelos maternos, también médicos, que vivían arriba de su casa. Gracias al abuelo, aficionado a la fotografía y dueño de un laboratorio casero, supo desde temprano qué ocurría cuando una película fotográfica se sumerge en químicos. Con su abuela pediatra, dice, fue de hospital en hospital. “Mi recuerdo es de una nostalgia positiva, de un lugar de mucha contención, un lugar donde todo está bien”.

La carrera de Celina empezó como asistente de dirección de películas como El fondo del mar, Sábado, El descanso y Solo por hoy. Siguió con algunos cortos propios y con la dirección del largometraje de ficción Ana y los otros, para el que, en el conflictivo y difícil año 2001, ella subió a su equipo de producción a un viejo 147 y los llevó a filmar a Paraná. Desde entonces –y desde un poco antes– Celina comparte su vida y su trabajo con Juan, el padre de sus dos hijos, Manuel, de 8 años, y Felipe, de 3. Desde Ana y los otros, Celina, Juan y las películas viajan a distintas partes del mundo para participar de festivales como los de Viena, Venecia y Rotterdam. También, para recibir premios, como la Mención Especial en el Festival de Berlín 2012 por Escuela Normal, la Mención Especial del Jurado en la Semana de la Crítica en Venecia 2003 por Ana y los otros, o el de Mejor Película Extranjera en Múnich 2009 por Una semana solos.

En 2008 fue seleccionada por Martin Scorsese como discípula, en el marco de la beca Iniciativa Artística Rolex para Mentores y Discípulos. Él había sido uno de los directores que ella, cuando daba clases, tomaba como ejemplo en las aulas del Centro de Investigación Cinematográfica de Buenos Aires. Hoy su película empieza con la frase: “Martin Scorsese presenta”. Este año, a Celina la invitaron a dar una clase magistral en el Festival de Cine Internacional de Cartagena, en Colombia, con Abbas Kiarostami, el director iraní de El sabor de las cerezas y Copia certificada, a quien tanto admira Murga desde que era una estudiante y quien fue, según dice, una inspiración ineludible. “Con lo del Festival de Berlín, donde hubo tanta alegría y tuvimos tan buen recibimiento, con Juan dijimos: ‘Ah, bueno, estamos viendo doce años de trabajo ininterrumpidos’”. No hay azar, hay construcción. Hay momentos donde quizá no se ve mucho, que es cuando uno siembra, y otros más visibles, donde uno está cosechando.

–Como si hubiera que tener paciencia.
–Hay una historia genial, la de la caña de bambú, ¿la conoces? A la caña de bambú vos la sembrás y durante años (no recuerdo el número exacto) vos la regás, la regás, la regás, y no ves nada. Ningún resultado. ¿Qué pasa? Está echando raíces. Un día crece, y ese día alcanza un metro de golpe. Entonces, no es que no estaba pasando nada, lo que ocurre es que vos no lo estabas viendo. 

Pantalla chica, pantalla grande

Internet y las pantallas de las computadoras, los celulares y las tabletas avanzan por sobre los tradicionales modos de ver películas: en pantalla gigante o por TV. ¿Cuál es el futuro del cine? La directora opina que estamos ante un momento bisagra a nivel mundial. “La manera en que mi generación, o las anteriores, estamos acostumbradas a ver cine obviamente está cambiando. No tengo claro cuánto va a afectar al lenguaje cinematográfico en sí. Hoy existen una inmediatez y una velocidad que hacen más difícil que la gente dedique tiempo a ver una película, sobre todo hablando de las generaciones futuras. Me parece que hay que estar atentos, ser permeables y tener la capacidad de adaptarse a los cambios. 

Quizás a lo que más atención y trabajo hay que ponerle es al tema de la exhibición, que particularmente en la Argentina sigue siendo una especie de territorio complejo y que no termina de encontrar una solución. Se hacen muchas películas, el cine argentino está en un estado muy vital porque hay mucha diversidad, gente nueva filmando, que se está renovando todo el tiempo; pero, a la vez, muchas de esas películas no tienen dónde mostrarse. Entonces, ahí hay algo sobre lo que es necesario trabajar: cómo hacer que esas películas encuentren un público, y un público con el que no ocurra que si no fue el fin de semana, listo. En el aspecto mundial, la reflexión es qué va a pasar con el lenguaje. ¿Va a cambiar? ¿Se va a adaptar? Creo que en el país hay que ocuparse del tema de la exhibición desde todos los sectores”.

Su amigo Marty 

En 2008 Celina ganó una beca para acompañar a Martín Scorsese durante la filmación de La isla siniestra por dos meses. En ese momento, ella le mostró a “Marty” los avances del guión de La tercera orilla, coescrito con Gabriel Medina. Terminada la beca, él se ofreció como productor ejecutivo de la película. Esto ayudó a Murga a conseguir fondos para financiar el film, más allá de lo que implicaba contar con un nombre de peso en el mundo del cine como padrino de su película. “Que él haya elegido ser el productor ejecutivo lo entiendo como una manera de continuar con ese vínculo y con ese proceso y apoyo que me venía dando –cuenta Celina–. Sé ciento por ciento que él lo hizo desde su lugar más humano, porque es alguien que teje vínculos humanos. Hay muchas relaciones de maestro-discípulo que se terminan el día de la beca. Él no generó eso. De hecho, nos hemos visto otras veces después de la beca. La sensación es ‘Ya está, sos parte de la familia, te voy a ayudar y te voy a apoyar siempre que pueda’”.

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