INVESTIGACIÓN


Basta de atarlo con alambre


Por Dolores Gallo.


Basta de atarlo con alambre 

Los problemas complejos requieren tiempo y esfuerzo. Así lo asegura Carl Honoré, figura representativa del movimiento Slow. En su último libro, La lentitud como método, da las pautas para encontrar soluciones duraderas en todos los ámbitos de nuestra vida.

Estás deprimido? Probá con una pastilla. ¿Se acerca el verano? Seguí la dieta mágica para bajar seis kilos en una semana. ¿Las cosas van mal en la empresa? Recortemos personal. ¿Tu equipo favorito perdió el campeonato? Que echen al entrenador. “En el mundo moderno en que vivimos, marcado por la velocidad y el simplismo, las soluciones rápidas se han convertido en el estándar para todo tipo de problemas. ¿Quién tiene tiempo para deliberar? Solo hay que fijarse en Internet y ver que existe una cura rápida para todo problema”, cuenta Carl Honoré, una de las figuras más reconocidas del movimiento Slow y autor de Elogio de la lentitud. 

Pero en el caso de los problemas complejos, las soluciones rápidas atacan solo los síntomas, mientras que las causas quedan latentes. Los franceses lo llaman “solución de suerte”; los ingleses, “soluciones parche”, y aquí decimos “lo atamos con alambre”. Según el periodista y conferenciante canadiense, hoy los problemas son más complejos y nuestra adicción a las soluciones superficiales y rápidas está fallándonos. En su último libro, La lentitud como método (The Slow Fix), se basa en casos reales para ilustrar cómo las soluciones que se toman con lentitud son mucho más beneficiosas. 

–¿Cómo surgió la idea de este libro?
–Fue por un motivo personal. Después de años de dolor de espalda, decidí que había llegado 
la hora de buscar algo mejor que las soluciones a corto plazo que no me habían funcionado. Pensé en cómo la filosofía Slow podía aplicarse a otros problemas. A la vez, estaba con ganas de escribir otro libro. Recibo a diario mensajes de lectores de todo el mundo que me cuentan cómo Elogio de la lentitud los ha inspirado a cambiar sus vidas, y muchos me pedían algo más práctico, una guía de cómo poner en práctica la filosofía Slow. 

–¿A qué llamás Slow Fix?
–Se trata de invertir tiempo, energía y recursos para llegar al meollo de un problema y, así, idear una solución duradera. En el libro analizo diferentes técnicas que muestran cómo desacelerarnos nos ayuda a resolver problemas en todos los ámbitos de la vida, desde la salud y las relaciones hasta la vida profesional y la política.

–Decís que, más que un libro de autoayuda, es una filosofía…
–El concepto de Slow Fix va más allá de una técnica para resolver un problema. Se trata de una filosofía de vida. Si paramos un poco, si intentamos hacer todo lo mejor posible en lugar de lo más rápido posible, si vivimos de un modo más consciente, si pensamos en el largo plazo y miramos el contexto, si reaprendemos el arte de pensar de un modo profundo, entonces, no solo podemos vivir y trabajar mejor; también podemos crear un mundo mejor. 

–¿De qué manera funciona la lentitud como método? 
–Es un estado mental. Es aceptar que resolver problemas complejos requiere paciencia, esfuerzo y recursos. Una vez que hemos cambiado el chip en nuestras mentes, entonces, podemos encarar un Slow Fix y tomarnos el tiempo para admitir y aprender de nuestros errores, buscar las raíces de nuestros problemas, pensar en el largo plazo, idear soluciones holísticas. También, pensar en  los detalles, buscar ideas en todos lados, trabajar con otros y ganar experiencia, pero mantenerse escéptico ante los consejos de los expertos. 

Hay que pensar solo y con otros, considerar las emociones, consultar a un líder inspirador, transformar la búsqueda de una solución en un juego, divertirse, seguir las corazonadas, adaptarse, utilizar el ensayo y error, y aceptar la incertidumbre. Todo esto lleva tiempo, y en nuestro mundo impaciente se considera un lujo o una indulgencia, pero no lo es. En realidad, la soluciones Slow son una inversión inteligente y esencial para nuestro futuro. Hay que emplear tiempo, esfuerzo y recursos para resolver el problema a fondo, de modo que se podrán recoger los beneficios mañana. 

–Hablás de seguir las corazonadas. ¿Eso no sería una solución rápida?
–Las corazonadas o la intuición pueden ser muy útiles. Pero la intuición no es algo que se desarrolla de la noche a la mañana, no la podés comprar en una tienda ni descargarla de iTunes. Es el resultado de ir sumando la experiencia necesaria para tomar decisiones rápidas cuando las circunstancias lo exigen y permiten. En otras palabras, tenés que frenar y tomarte el tiempo antes de que aflore el problema, y de esta manera creas un archivo de experiencia que te permite identificar una solución cuando corre el reloj. Esto es muy diferente a manotear la primera solución. 

–¿Qué es lo malo de solucionar los problemas con rapidez?
–No tiene nada de malo, así como no hay nada intrínsecamente malo en la velocidad. La filosofía Slow no es “antivelocidad”; va en contra de la idea de que lo más rápido siempre es mejor. No hace falta abandonar la carrera, tirar el smartphone o sumarse a una comunidad para ser Slow. Se trata de intentar hacer las cosas y resolver los problemas al ritmo que nos asegure los mejores resultados. Para ciertos problemas, hay que ponerse en plan MacGyver, agarrar la cinta de embalar y pegar cualquier solución que funciona en el momento. 

–¿Por ejemplo?
–Si hay que vendar a un herido, o salvar a alguien que se atraganta con un trozo de comida, es necesario actuar con rapidez porque lo que importa es la efectividad. 

–¿Y qué tipos de problemas deberíamos encarar con lentitud? 
–Los problemas más complejos, los que se refieren al trabajo o a una relación. O un problema global como la pobreza o el medio ambiente. 

–¿Optar por los atajos es algo nuevo?
–Estamos predeterminados para tomar soluciones que son fáciles, rápidas y que demandan poca energía. El mundo moderno nos pone más presión para que busquemos atajos, pero mucho antes de que existieran las nuevas tecnologías, nuestros antepasados buscaban soluciones rápidas. Hace dos mil años, había tantos curanderos vendiendo curas milagrosas a los ciudadanos de Roma ¡que Plutarco los denunció!

–¿Por qué estamos tan obsesionados con la velocidad?
–En parte, porque la velocidad es divertida, sexy, pura adrenalina. Como una droga a la que nos hicimos adictos. También es por avaricia: el mundo está repleto de cosas que hacer, consumir, experimentar, y queremos tenerlo todo. El problema es que la receta para tenerlo todo es apurarlo todo. Y también el ámbito profesional moderno nos pone presión para que trabajemos más y lo hagamos más rápido; y los gadgets tecnológicos nos incentivan a hacer todo más rápido... El miedo también es una razón: movernos en un estado constante de distracción es una buena forma de evitar los cuestionamientos profundos y no resueltos que todos tenemos dentro. 

Mantenemos una relación neurótica con el tiempo; como nos da miedo malgastarlo, corremos a rellenar cualquier espacio libre en la agenda con alguna actividad. Además, existe tal tabú respecto de tomarse las cosas con más calma, que incluso cuando sentimos en nuestros cuerpos que lo mejor sería pisar el freno, nos cuesta hacerlo. Tenemos miedo de que otros se burlen de nosotros o nos eviten.

–En un mundo tan acelerado, ¿es realista el deseo de aplicar la lentitud como método?
–Absolutamente. Sin duda, quien lo haga se encontrará con una gran resistencia, pero los mejores argumentos están del lado de las soluciones slow. Solucionar problemas a fondo nunca es un lujo, sino una inversión inteligente a futuro. Un problema que dejamos incubar hoy sera más difícil y costoso de arreglar luego. Además, los problemas que encaramos hoy son más complejos, serios y urgentes que antes. Simplemente, no podemos darnos el lujo de seguir en la misma calesita de soluciones rápidas que vienen fallándonos desde hace tanto tiempo. 

–¿Qué sucede en el ámbito laboral? Muchos dirán que no pueden decirle al jefe que necesitan más tiempo para hacer su trabajo…
–Esto es cierto en muchos casos porque un gran número de empresas están mal organizadas o porque muchos jefes modernos son cerrados y miopes. Pero eso está cambiando poco a poco, ya que se están dando cuenta de que tanta velocidad está dañando las empresas, a los empleados y la economía en general. Mi consejo para alguien que esté luchando por cambiar la mentalidad en su trabajo es que argumente que se trata de una inversión a futuro. Muchas veces decimos que no hay tiempo ni dinero para una solución slow, pero luego siempre lo encontramos para juntar los pedazos cuando la solución rápida explota en nuestra cara. 

Creo que deberíamos invertir la ecuación y hacer la inversión ahora. Será más efectivo y económico a la larga. También es importante recordar que las mejores cosas de la vida raramente son fáciles. Ya sea que se trate de un buen vino, una familia feliz, una profesión exitosa, lo bueno lleva tiempo y esfuerzo. Roma no se construyó en un día. También hay que recordar que la adicción a las soluciones rápidas está cobrando un peaje en todo, desde nuestras relaciones y nuestra salud hasta nuestras profesiones, la sociedad y el medio ambiente. ¿Por qué? Porque rara vez funcionan sus atractivas promesas de máximo retorno por un mínimo esfuerzo. 

–¿Creés que la gente en todo el mundo empezará a aplicar cada vez más la lentitud como método en lugar de las soluciones rápidas? 
–Definitivamente; ya está sucediendo. Vayas donde vayas, en el mundo hay cada vez más gente que está dejando de lado las soluciones rápidas y buscando mejores formas de manejar los problemas. Algunas pasan desapercibidas, otras llegan a los titulares de los diarios, pero todas tienen algo en común: la necesidad de encontrar soluciones que realmente funcionen. La buena noticia es que el mundo está lleno de ejemplos de soluciones slow; solo hay que tomarse el tiempo de encontrarlas y aprender de ellas. 

–¿Podrías dar algún ejemplo?
–Es difícil elegir uno solo porque hubo tantos… Me sorprendió el cambio radical en el secundario Locke de Los Ángeles, donde jóvenes que parecían causas perdidas ahora tienen un futuro. La experiencia de la prisión noruega me pareció muy interesante, me hizo cambiar mis propias ideas de cómo deberían funcionar las cárceles. Y el sistema de transplante de órganos español me resultó inspirador, pues se entendió cuán esencial es reconocer y honrar nuestras emociones y nuestra humanidad en un mundo guiado por la tecnología y los algoritmos. 

–¿Qué fue lo más importante que aprendiste durante tu investigación?
–La principal lección es esta: incluso en el siglo XXI o, mejor dicho, especialmente en el siglo XXI, la paciencia es todavía una virtud.

Tiempo de pisar el freno

Para aplicar una solución slow, es necesario desacelerarse. Lo mejor es empezar por incorporar la filosofía slow en la vida diaria.
1. Respirá: La respiración lenta y profunda reoxigena el cuerpo. 
2. Reflexioná sobre la velocidad: ¿estás haciendo todo demasiado rápido?
3. Liberá tu agenda: Mirá tus tareas para la próxima semana y descartá la actividad menos importante. 
4. Dejá dos horas libres en tu semana sin planificar nada.
5. Planeá más tiempo entre una actividad y otra. Si te dejabas diez minutos, ahora reservá quince.
6. Desconectá: Apagá todos los gadgets treinta minutos al día. 
7. Encontrá tu ritual slow: Puede ser leer, hacer yoga, cocinar, tejer, la jardinería... Cualquier cosa que te ayude a bajar un cambio.

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