ENTREVISTA


Un humorista macanudo


Por Aníbal Vattuone.


Un humorista macanudo
Desde su tira Macanudo, Liniers ilustra cómo y quiénes somos. Su talento lo llevó, recientemente, a ilustrar la portada de la revista norteamericana The New Yorker. Cómo se volcó a dibujar, sus referentes, su faceta musical, su propia editorial… Vida y obra de un artista que crece (y se ríe) cada día más.

La luz entra en la habitación sin pedir permiso. En el pasillo, cientos de libros descansan en estantes que llegan hasta el techo. “Está un poco desordenado… bah, siempre está desordenado”, dice Liniers. Se ríe. Abre bien los ojos y muestra la primera de una serie de sonrisas. “Voy a poner un poco de música de fondo”, aclara. Apenas hay rumores lejanos. Ahora, el silencio se escapa. Ricardo Siri, tal es su nombre real, inundará el tiempo y el aire con conceptos y nombres propios. Realidades, utopías, añoranzas. Se trata del historietista argentino que llegó hace unos meses a la prestigiosa tapa de la revista The New Yorker. Ni más ni menos. Dibujante de todas las épocas, se entrega a una charla donde departirá con fruición, recorriendo sus gustos, su gente, su profesión. Aparece Quino, como casi siempre, así como su defensa sobre aquellos que emocionan al mundo: los artistas. Como él.

–¿Cuál es la sensación de ilustrar la portada de The New Yorker?
–Cuando empezás a dibujar, lo primero que sabés es que hay un Everest: como ilustrador, es la tapa de esa revista. La lista de personas que trabajan allí es monstruosa, es como jugar en el Barcelona. Todavía me pellizco. Soy muy admirador, y no solamente de las tapas, sino del contenido. Soy muy lector de literatura americana del siglo XX. Esa revista es Salinger, Capote, Nabokov: es gente “en serio”. Estoy contento, fue algo muy lindo. 

–¿Cómo se dio la oportunidad?
–El año pasado pude publicar un libro con una editorial americana que se llama Toon Books, que es de Françoise Mouly, la mujer de Art Spiegelman. En los ochenta, ella fue editora, junto a Spiegelman, de una revista que se llamaba Raw. Hice este libro con ella y un día me dice: “Venite a la oficina a charlar”. Pensé que íbamos a hablar del libro, y cuando voy llegando a la oficina, caigo: “Esta mujer trabaja en The New Yorker”. Después me dijo: “Mandame bocetos para la tapa”. 

–Cuando uno alcanza metas, se vuelve inevitable mirar hacia atrás. ¿Hay un momento exacto en el que puedas decir “aquí empecé a ser quien soy”?
–Cuando tenemos 2 años, nos dan un lápiz y no lo podemos creer: mi hija, la primera vez que hizo una raya en un papel, dijo: “Guau”. Después, hay un grupito chico de gente que nunca para, que somos los que terminamos siendo dibujantes o pintores –aunque nunca hayamos pensado que trabajaríamos de esto–. Me acuerdo de cuando me salió Mazinger: la felicidad que me dio lograrlo... Fue la misma parte del cerebro que se activó cuando terminé de hacer la tapa de The New Yorker. Cuando era chico, Quino o Hergé no eran seres humanos, personas de carne y hueso, sino que eran como abstracciones de donde aparecían Mafalda y Las aventuras de Tintín. De hecho, iba a las charlas de la Feria del Libro para asegurarme de que, efectivamente, existían. Y Mafalda no era Mafalda, sino un señor calvo, de anteojos…

–¿Qué fue lo que te llevó a decidirte por esta profesión? 
–Los libros que leí, los artistas que vi. Pero creo que, en primera instancia, los responsables son mis padres. Mi papá es abogado, y estaba muy contento de que estudiara Derecho, pero a mis 12 años me recomendaba: “Mirá a Woody Allen, leé a Stephen King, a Salinger...”. Cuando se quisieron dar cuenta, habían creado un Frankenstein que decía: “No voy a hacer Derecho, yo quiero ser artista”. Pobres, deben de haber pensado: “Se va a morir de hambre”. Así y todo, empecé a estudiar y largué. Supuse que, genéticamente, algo se iba a “prender” en mí, que si a mi padre le gustaba mucho su profesión, en algún momento me iba a fascinar el Código Civil. 

–Pero no.
–No, no “prendió” (risas). Los padres no quieren que el hijo sufra. Te dicen “Podés hacer lo que quieras”, pero por lo bajo te tiran: “Pero de algo tenés que vivir”. O sea, Bellas Artes no, ya que “Te vas a morir de hambre, maestro”. Me anoté en Ciencias de la Comunicación, que me gustó mucho, y luego en Publicidad, que me gustó menos. Hasta que traté de anular ese “Pero de algo tenés que vivir”, o sea, que el factor “guita” no entre. Así que hice memoria y recordé que me gustaba dibujar historietas. Me anoté en un taller de Pablo Sapia.  Era toda gente muy querible. Eran muy generosos, unos hippies adorables.

–¿Cómo fue que surgió Macanudo?
–Ahí apareció un hada madrina tipo Disney con su varita mágica: Maitena. Yo era como un Pinocho y ella dijo en La Nación: “¡A este pibe hay que publicarlo! ¡Es un genio!”. La miraban como diciendo “Pero no se le entienden los chistes”. Macanudo nació en 2002, en medio de la crisis, después del atentado a las Torres Gemelas… En el diario eran todas noticias negativas. La sensación era “Se acabó el país”, “Es la peor crisis de la historia de las crisis económicas”, “Todos vamos a morir”…

–¿Vos tenías/querías dar esperanza?
–Sí, como un acto de rebeldía optimista. Por otro lado, nos habían robado la plata, nos metieron la mano en el bolsillo, mucha gente perdió su empleo. Asimismo, Messi jugaba al fútbol en Rosario, había gente que escribía libros, Darín hacía películas… es decir, ¡la buena gente todavía estaba! El país no es la plata que está el banco. A veces, tendremos más; a veces, menos. El país es Les Luthiers, Rial, Capitanich, Jelinek; o sea, toda la “mezcolanza” es la Argentina. Una vez, me robaron el Walkman y me quería matar. Era un regalo de cumpleaños, ¡el amarillo, el que se escuchaba abajo del agua! –aunque no sé para qué uno quería escuchar abajo del agua–. Con toda mi angustia se lo conté a mi mamá y ella me dijo: “¿Pero vos estás bien? No te preocupes, ya cumplirás años de nuevo y te regalaremos otro”. ¡Sentí un alivio! ¡Mirá qué buena gente vive conmigo! Esto es lo mismo: nos robaron el Walkman, pero mirá qué buena gente hay dando vueltas…

–¿Creés en la inspiración, o creés más en el ejercicio constante de dibujar?
–Creo en la inspiración ya que, cuando está, los chistes son buenísimos. Pero es como la vieja frase de Picasso: “La inspiración existe, pero tiene que encontrarte trabajando”. Muchas veces vas manejando el auto y pensás: “Qué buena idea, ay, soy un genio”. Y después lo que recordás es que tuviste una buena idea, pero no sabés cuál era. ¡Es horrible! A veces leo mis libros y me sorprendo: “¿Cómo se me ocurrió? Está muy bueno”. También están las otras con las que digo: “¿¡Y esto!?”. Existe la inspiración, pero tampoco podés hacerte el Charles Bukowski y esperarla emborrachándote. Hay que trabajar. Y si no, saldrán chistes un poco más flojos y me insultarán en Facebook: “Eh, Liniers…” (risas).

–Tocás la guitarra en los conciertos de Kevin Johansen. ¿Cómo te definís?
–Virtuoso… del “caradurismo” (risas). Es grandioso, el sueño del pibe. Si a vos te dicen: “Che, vení mañana y jugá cinco minutos en el Barcelona”, ¿qué vas a decir? “No, no juego muy bien”. No, ¡qué me importa! Voy, pateo, lesiono a uno, me saco fotos… Bueno, esto es lo mismo. Además, tocando solo con la guitarra soy un dos, un tres; pero con toda la banda, ¡soy un rockstar! (risas). 

–¿Cómo nació la amistad con él?
–Lo fui a ver a un par de recitales y dije: “Este músico es como Leonard Cohen, pero con humor, con cosas de tango, ‘leluthieresco’ a veces y con una voz increíble”. Incluso, me impactó su nombre: pensé que iba a salir a escena una especie de Thor, rubio, alto, con un martillo… ¡y salió el Piojo López! (risas). ¡No podía no hacerme amigo! Al mismo tiempo, su manera de encarar la música es parecida a la que tengo yo respecto a mis historietas. Él no quiere ser solo una banda de pop, no quiere encerrarse. Lo veo siempre con las orejas abiertas, y con muy poca pose. Trata de no discriminar nada. Él dice: “Si esto funciona popularmente, alguna razón tiene”. Con la historieta soy así. Yo no quería hacer solo chistes de humor absurdo, tierno o político. Quería hacer todo… Mafalda es un humor costumbrista, social, pero cuando Quino dejó de dibujarla se volvió híper surrealista. Eso no podía hacerlo en Mafalda. No se cansó de Mafalda, sino del humor que podía hacer con ella. Cuando salí de Bonjour, tenía en claro eso. No me quería atar a ningún personaje, idea ni formato.

–En una época en la que estamos plagados de tecnología, ¿sentís que leer historietas es algo “de antes”? 
–Creo que la historieta tuvo un gran problema desde que nació. Durante setenta u ochenta años estuvo metida en un “corral”. Usemos una palabra más siniestra aún: en un “corralito”. O sea, era considerada un arte, una narrativa menor. Únicamente se podía hacer humor, chistes y aventuras para adolescentes o humor político. Sin embargo, no podías agarrar un tema “serio” y hacerlo historieta. Nunca entendí muy bien por qué, ya que el cine y la historieta son hermanos gemelos. Son contemporáneos. Aunque aparecieron genios en la historieta –como Hergé, Steinberg o Hugo Pratt–,  fue desde Maus para acá que eso, afortunadamente, se destrabó.

–¿Cómo es eso?
–Desde hace veinte o treinta años que, a través de la historieta, se puede tratar cualquier tema. Hoy, cuando te sentás a dibujar, tenés libertad absoluta. Era la libertad que tenían Cortázar y Stephen King. Nadie les decía a ellos: “Vos no podés escribir sobre esto”. Los países están llenos de gente que trabaja para que pienses y llenos de gente que trabaja para que no pienses. Hay que cuidar a los que trabajan para que la gente piense. Son regalos. Astor Piazzolla le hizo un regalo a este país. Nunca le tendrían que haber cobrado un impuesto. No sé cuánto habrá pagado, pero tanto más generosa fue su retribución. ¡A Quino no habría que cobrarle más impuestos! Debería llegar el momento en que le digan: “Maestro, se acabó, estamos muy a mano con usted”.

–En la inauguración de la Feria del Libro,?Quino dijo: “Dibujo para que el mundo vaya hacia el lado de los buenos”. ¿Qué pensás?
–Tengo la teoría de que hay artistas que, si los apreciás, sos más culto. Si vos leés a Bolaño o ves Citizen Kane, sos más culto. Con otros artistas,  además de ser más culto, sos mejor persona. Si vos ves las películas de Chaplin o si escuchás a Lennon, sos mejor ser humano… Quino es eso. Quiero decir, la ciudad te endurece. Nos endurece. Si vos vas caminando, y hay un chico pidiendo plata, hacemos como un trabajo cerebral de “enfriamiento”: tratás de no verlo. Me hace acordar a la película El pianista, de Polanski: en el gueto de Varsovia, había muertos en el piso y la gente caminaba por arriba y seguía con sus vidas. Acá salís del cine, hay alguien tirado en el piso pidiendo y pasás por al lado. Todos pasamos por al lado. Pero si leíste a Quino, no pasás igual; te afecta de otra manera. Por ahí vas a tratar de hacer algo, por ahí te vas a sentir un poco más culpable. Eso significa que sos –un poco– mejor persona. La maldad es la falta de empatía, y Quino, Lennon, Chaplin, Mark Twain, todos esos, tuvieron como trabajo anular la falta de empatía.

Nada común

Cuenta Liniers sobre su emprendimiento: “La Editorial Común empezó en 2007. Con Angie, mi mujer, comenzamos a pensar en nuestra propia editorial… y aquí estamos. A través de Macanudo, tengo llegada a los medios y, tarde o temprano, la gente se enterará del material que existe. Los argentinos vamos mucho al teatro y no es algo fácil de consumir: tenés que desarrollar la cabeza para meterte en una historia. Con la historieta pasa lo mismo. Por otro lado, queríamos encontrar talentos desconocidos para publicarlos...y los encontramos: Ignacio Minaverry, PowerPaola, etcétera. A mitad de año, publicaremos Pipío, una historieta de Manuel García Ferré que es una belleza y nunca se recopiló. Son cuatrocientas páginas; lo vamos a hacer en dos volúmenes”.

Quién es 

Dibujante, ilustrador, pintor, muralista. Ricardo “Liniers” Siri es historietista y autor de Macanudo y Bonjour. Con la Editorial Común publicó los números 6, 7 y 8 de Macanudo y Mamarracho (uno para dibujar). Sus creaciones bien podrían denominarse “cotidianidad fantástica”. Liniers nos muestra el mundo desde la simplicidad. Sus personajes nos son cercanos, con sus dudas, miedos e inspiraciones a cuestas: Enriqueta y su gato Fellini, su amigo imaginario Olga... y el propio Liniers, que se dibuja a sí mismo como un conejo.

Liniers dixit 

Influencias: “Uno no para de aprender y de mirar. Vas al cine y ves algo de Wes Anderson… Todo lo que me afecta está y me influye. En mis libros se pueden encontrar referencias culturales, pop. De Volver al futuro a Woody Allen. Es mi manera de agradecer. Sin Chaplin o sin Seinfeld, no soy yo. Sin Quino, tampoco. Me gusta que estén ahí…”.Su gusto por la pintura: “Cuando pinto voy a un lado más intuitivo. 
Arranco un cuadro y no sé para dónde va. Entonces, empiezo a manchar… y terminás el cuadro y decís: ‘Uh, tendría que analizarme’”.

nueva, todos los domingos con:


El Norte La Capital Nuevo Diario El Día La Gaceta Rio Negro Primera Edición Uno - Mendoza Uno - Entre Ríos Uno - Santa Fe Diario Norte Puntal - Córdoba La Nueva Diario Democracia El Independiente Diario Norte