ENTREVISTA


Las preguntas son más importantes que...


Por Cristina Noble.


“Las preguntas son más importantes que las respuestas” 

En un momento de su carrera, el cordobés Gabriel Rabinovich creyó que no servía como investigador científico. Por suerte, se equivocó: hoy es responsable de un descubrimiento que ya es considerado, en el mundo, como un hito en la lucha contra el cáncer.

No fue tarea de un día, dos ni tres. A Gabriel Rabinovich le llevó casi un cuarto de siglo de estudio, marchas y contramarchas, sufrimiento, desilusión y alegrías varias. Tenía, además de su interés como investigador principal del Conicet, un motivo personal para librar esta batalla contra el cáncer: en su familia varios seres queridos lo padecieron.

¡Eureka! Apareció el descubrimiento. ¿De qué se trata? Para decirlo de manera sucinta, su investigación lo llevó a dar con un mecanismo de asfixia de los tumores resistentes a los tratamientos convencionales, esos a los que hasta ahora no había con qué darles. Así como lo lee.
Tras una seguidilla de hechos aleatorios y fracasos turnados con aciertos, Rabinovich y su equipo pudieron comprobar la conducta de una proteína (la Galectina 1 –Gal 1–), promotora de la reproducción y crecimiento de los cuerpos tumorales. “La revelación de esa molécula –chiquita, insignificante y que no pesa nada– me cambió la vida”,  dice con una gran sonrisa y una inconfundible tonada cordobesa (nació y se crió en Villa Cabrera, un barrio central de Córdoba capital). No es para menos: sus logros llegaron a la tapa de Cell, la prestigiosa revista de biología molecular. 

–La conclusión es que lo que le cambió la vida fue una molécula…
–Sí, porque me di cuenta de que esa proteína podía cambiarle la vida a mucha gente… Y porque me devolvió la confianza en mí mismo, en mi capacidad como investigador. Soy una persona muy insegura y durante mucho tiempo no había encontrado nada nuevo, ninguna pista. Nada…

–¿Cómo descubrió la Gal 1? ¿Fue de casualidad?
–¡No! Es una larga historia. Podemos remontarnos al año 1992, cuando era estudiante. En esa época, ingresé al laboratorio de química biológica del doctor Carlos Landa, quien trabajaba en retina de pollo; o sea, nada que ver con inmunología ni con el cáncer. Pero a mí siempre me interesó ese tema. 

–¿Y qué hacían?
–Tratábamos de encontrar y purificar distintas fracciones de la retina del pollo. Mi trabajo consistía en descubrir anticuerpos policlonales. Los anticuerpos son proteínas que reconocen otras proteínas, de modo tal que pueden bloquearlas o neutralizarlas. Después de recibirme, me puse a investigar lo que más me gustaba: el tema de la inmunología. Durante mucho tiempo no me salió nada. Lo digo para que los chicos sepan que hay que acostumbrarse a la frustración y no desanimarse.

–¿Durante cuánto tiempo no le apareció nada de nada?
–Un año y pico. Ya sentía que era una misión imposible… Hasta que, en una de esas noches de frustración, recordé lo que había logrado en los laboratorios del doctor Landa. Cuando él dejó de hacer ciencia debido a una enfermedad, me pidió que me llevara los anticuerpos a mi casa: “La investigación la hiciste vos”, argumentó.  Me acuerdo de que, en ese momento, los metí en esas cajas redondas donde se guardaban los rollitos de fotos y los dejé en el freezer de casa. 

–¿Entonces?
–Le comenté a mi jefa de doctorado que quería probar con esos anticuerpos; la idea era ver si reconocían alguna estructura en el sistema inmunológico para detectar proteínas. Así fue como una madrugada, encontré una banda muy nítida, una proteína que aparentaba ser nueva y resultó ser la famosa Galectina 1 con la que empezamos a trabajar. La que me cambió la vida (sonríe).

–¿Cómo podría contar de la manera más sencilla posible cómo funciona esta molécula en la cura del cáncer?
–Primero, es necesario entender que los tumores emplean distintas estrategias para hacer metástasis. Una que estudiamos durante mucho tiempo es la manera que tienen de eludir la respuesta inmune. Otra táctica esencial es la formación de vasos sanguíneos para alimentarse y contar con el oxígeno necesario para crecer y expandirse. Hace ya más de treinta años, Napoleone Ferrara verificó un hecho determinante para atacar los tumores: se llamó “factor de crecimiento endotelial” –VEGF por su sigla en inglés–. A partir de ese momento, se generó algo para bloquear ese proceso de crecimiento mediante un anticuerpo monoclonal.

–La idea era matarlos por inanición…
–Sí, el tema es que, a veces, ese método funcionaba muy bien por un período; en otras oportunidades, el cáncer volvía a atacar.

–¿Por qué lo hacía?
–Por esa pregunta pasé muchas noches sin dormir… La hipótesis de la que partimos era que tenía que haber una acción compensatoria que le permitiera al tumor alimentarse –en términos científicos: una “angiogénesis compensatoria”–. Llevó tiempo, pero, finalmente, pudimos detectar que los tumores que volvían a reproducirse, y eran refractarios al tratamiento anti-VEGF, tenían niveles muy altos de una proteína que hacía años se venía analizando: la famosa Galectina 1.

–¿Cómo actúa?
–Hay tumores en los que la Gal 1 no entra: son los que responden al tratamiento de “asfixia” (anti- VEGF). ¿Qué pasa en esos casos? Las células que forman los vasos sanguíneos se recubren de una coraza de azúcares que impide que la Galectina se una a la célula. En los otros casos, este escudo no existe y, entonces, la Gal 1 puede unirse a un receptor, mimetizarse y promover la angiogénesis o formación de nuevos vasos sanguíneos a partir de los existentes. Esto lo descubrimos después de mucho tiempo de experimentar con ratones. 

–Y luego de demostrar todo ese proceso... ¿qué? 
–Pensamos que había que bloquear a la Galectina, lo hicimos y ¡funcionó! Además de evitar el mecanismo de compensación, aumentamos la respuesta inmune y, de esta forma, generamos un anticuerpo monoclonal. Con ese anticuerpo atacamos a Gal 1, y los tumores resistentes –como son los de pulmón o páncreas– se hicieron sensibles al tratamiento. Y se achicaron significativamente.
 
–Ahora viene la etapa de elaborar un medicamento. ¿Lleva mucho tiempo que llegue a las farmacias?
–En principio, el Conicet patentó este anticuerpo y ahora estamos transitando la etapa de buscar laboratorios. Hay varios: uno es de Estados Unidos y otros son argentinos. También colabora la Fundación Sales, una ONG nacional que nos ayudó mucho cuando nadie nos apoyaba.

El sueño 

La expectativa entre los pacientes oncológicos es altísima. Rabinovich no elude el entusiasmo, pero pone mantos fríos. “Hasta el momento, nos llegaron cinco mil pedidos de pacientes desesperados. Quieren que ese mecanismo se pruebe en ellos, pero todavía no es posible…”, advierte.

–¿Cuánto falta para que se pueda usar en pacientes oncológicos?
–Falta. No es posible saltar etapas. Antes de probar el anticuerpo con personas, por ejemplo, se tienen que hacer estudios farmacocinéticos en especies que están en el medio entre el ratón y el humano. Hay que comprobar que no sea tóxico, ya que uno puede dar un anticuerpo para  reducir un tumor y resulta que es tóxico para el cerebro. De cualquier manera, entiendo la ansiedad de los pacientes que nos llaman, nos dejan mensajes de texto o nos envían e-mails. En mi familia hay muchos que padecieron este mal…

–¿Familiares cercanos?
–Mi hermana, abogada… Lamentablemente, ella falleció hace dos años; tenía un cáncer muy difícil de tratar.

–¿Tiene más hermanos?
–Tengo una hermana escritora, poeta; se llama Sonia Rabinovich.

–¿Usted es el único en su familia vinculado a las ciencias duras?
–Bueno, mi mamá es farmacéutica. La farmacia Abrutzky –así llamada por el apellido de ella– era muy prestigiosa en Córdoba. Era una de esas viejas farmacias  en la que se elaboraban medicamentos. Mi padre, contador, también trabajaba allí, y a mí, cuando era chico, me encantaba quedarme y ponerme a ayudar.

–¿Nunca pensó en ser farmacéutico?
–¡Sí, por supuesto! De hecho, cuando estudiaba Ciencias Químicas empecé eligiendo Farmacia, pero, en un determinado momento, me di cuenta de que me aburrían esas materias. Entonces, hablé con mi papá y le dije que dejaba Farmacia para dedicarme a Bioquímica.

–¿Y qué dijo?
–Un poco se desilusionó, pero él quería que estudiara lo que a mí me gustaba. Cuando cursé Inmunología me fascinó… Clelia Riera, mi jefa de doctorado, me hizo amar esta materia. También recuerdo con mucho afecto a otra profesora excelente, María Elena Ferro, que nos inculcó la pasión por la Inmunología. Tuve personas excelentes a mi lado, ya sea profesores o científicos que me ayudaron mucho a lo largo de mi carrera.

–¿No hay celos entre los científicos?
–Sí, seguramente existen. Digamos que el ego es algo muy difícil de dominar. A nivel personal, yo no sentí eso a mi alrededor; al contrario, encontré un gran espíritu de colaboración. No se puede construir ni investigar bien si en el grupo no existen valores. Siempre fomento este principio: para hacer ciencia hay que ser riguroso, honesto y tener vuelo. 

–¿Y?cómo definiría tener vuelo como científico, Gabriel?
–No estar seguro nunca, hacerse preguntas todo el tiempo. Las preguntas son más importantes que las respuestas. Tengo pasión por lo que hago.

–¿Sueña con ganarse el Nobel?
–No estaría mal, pero mi gran sueño sería visualizar en cualquier farmacia una cajita que diga Galectinumav. Eso sería un gran premio.

Quién es Gabriel Rabinovich

Se recibió de doctor en Ciencias Químicas en la Universidad Nacional de Córdoba. A los 23 años, recién egresado, se integró al Laboratorio de Inmunología de la Facultad de Ciencias Químicas. Fue becario de la Fundación Antorchas y completó su doctorado en Londres con el apoyo del British Council. En 1999 regresó al país para rendir su tesis doctoral. A fines de ese año, consiguió un lugar en el Laboratorio de Inmunogenética del Hospital de Clínicas de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Es vicedirector del Instituto de Biología y Medicina Experimental del Conicet y dirige a un grupo de veintisiete jóvenes científicos.

For export 

Rabinovich está considerado excelentemente, tanto en el país como en el exterior, por los avances en el método para detectar cómo los tumores cancerígenos desarrollan una sustancia y logran derrotar al sistema inmunológico. Editor de una docena de revistas científicas y profesor visitante de las universidades de Harvard, de Maryland y de París, recibió la beca Guggenheim, el Konex de Platino, los premios Houssay y Bunge y Born, y reconocimientos de parte de la Fundación Mizutani (en Japón) y de la Academia Mundial de las Ciencias (TWAS). “La ecuación perfecta es poder hacer una ciencia buena en la Argentina y compartirlo con la gente que amo”, define, a modo de principio.
 

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