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Buscadores de olas


Por Alejandro Duchini.


Buscadores de olas 
Los hermanos Joaquín y Julián Azulay se fueron con lo mínimo indispensable a surfear por lugares inhóspitos de Estados Unidos y México. La experiencia fue tan buena que la repitieron por el sur argentino y chileno. Y mientras preparan la expedición africana, hablaron sobre aquellos valores que solo se conocen viajando. La racha de olas es como la vida misma: si estás mal posicionado, tenés que aguantar hasta recuperarte. Y cuando pasa esa racha, hay que volver a empezar para estar dónde y cómo querías. El surf enseña eso. Es todo cabeza. Es cuestión de ver cómo está el mar. Es conocerse a uno mismo”. La comparación la hace Joaquín Azulay, citando –aclara– a Gerry López, uno de los surfistas más reconocidos del mundo. Joaquín y su hermano Julián, de 27 y 28 años respectivamente, son argentinos y amantes de ese deporte. También, de la naturaleza. Para combinar ambas pasiones, en el invierno de 2010 recorrieron en camioneta desde Los Ángeles hasta Buenos Aires. 

Alternaron mar y lugares inhóspitos. Conocer otras culturas y gente les abrió la cabeza, dicen. Aquello fue volcado en un documental. Se autodenominaron gauchos del mar. “Así nos decían las personas que íbamos conociendo”, recuerda Julián. Pero la pasión pedía más y el año pasado concretaron el segundo de sus sueños. En enero arrancaron con un viaje que duró seis meses y los llevó por las costas sureñas de la Argentina y Chile. “Habíamos conocido casi toda América y nos dimos cuenta de que desconocíamos casi toda esta zona. Había un buen potencial de olas y ganas de conocer lo nuestro”. Combinaron auto y veleros y cumplieron el segundo anhelo. Durmieron y comieron cómo pudieron. Hicieron más amigos. A muchos de ellos, saben, nos los volverán a ver: hay quienes no tienen Internet ni teléfono. Son aquellos con los que se unirán a través del recuerdo. Claro que también surfearon. Conocer otras olas es parte de esa adrenalina que se busca y encuentra solo tras kilómetros y kilómetros y en lugares solitarios.

“El primer viaje, de 30.000 kilómetros, fue un sueño que teníamos. Salimos a cumplirlo sin expectativas. Hicimos un blog, luego publicamos todo en Facebook, armamos nuestra página web, subimos videos y terminamos haciendo un documental, algo inesperado. Eso nos dio fuerzas para emprender el segundo, por la Patagonia”, recuerda Joaquín, exjugador de fútbol de River y Chacarita, entre otros equipos argentinos. “No llegué a debutar en Primera”, aclara quien también probó suerte con la pelota en España y Grecia. “Yo amaba al fútbol ¡Lo amaba! Era el primero en llegar a entrenar y el último en irme. Pero es duro. Hoy sos Gardel y mañana no existís”, explica.

“Cuando emprendimos el primer viaje, Joaquín estudiaba y yo acaba de recibirme de arquitecto. Compré una camioneta, siempre pensando en hacer ese recorrido que soñábamos desde pibes. Nosotros surfeamos desde chiquitos, cuando íbamos de vacaciones a los lugares que nos decían nuestros padres (Jorge y Carola). Porque cuando uno es chico no elige a dónde va sino que se deja llevar. Pero siempre estuvo el surf de por medio. Lo practicaba mi papá. Fue uno de los primeros en hacerlo en el país. Y además nos contagió el amor por el mar y la naturaleza”, acota Julián. Hasta que decidieron dar el primer paso.

Dice Joaquín: “La idea era salir a surfear por América, porque la ola es algo adictivo. Entonces partimos motivados y volvimos con la enseñanza enorme de la gente de varios lugares. Porque ellos te dejan un mensaje. Es increíble. Vivíamos acampando o en la casa de quienes conocíamos y nos abrían la puerta. Nos salvaban de la lluvia, del frío. Nos compartían la pesca del día. Recuerdo los frijoles en Centroamérica. Muchas de esas personas, súper humildes, compartían aun cuando apenas nos conocían. Esa gente te marca”. Y su hermano agrega: “Es darse cuenta de cómo algunos viven de una manera tan simple y son felices, en contraposición a cómo vivimos en las grandes ciudades. Lo que es ser exitoso en la ciudad es diferente de lo que es afuera”. En Galápagos, Julián conoció a quien hoy es su novia. Cámara en mano, Isabella se les sumó en pleno viaje. Se convirtió en la camarógrafa del equipo. Entre risas, Joaquín aclara: “No sé si se van a casar. Pero si se casan, el proyecto de hacer más viajes sigue, porque ella tiene el mismo estilo de vida que nosotros”.

El surf, ese sentimiento

“El surf genera una conexión con la naturaleza que se da en pocos deportes. Es estar en medio de la naturaleza: mitad de tu cuerpo está en el agua y la otra mitad afuera. Ahí está todo; hasta la vida marina. Pero hay que tener respeto. La naturaleza y el mismo mar mandan. Tienen más fuerza que nosotros”, teoriza Joaquín. Y agrega: “Creo que además te enseña un estilo de vida: te da calma, paz. El mar enseña mucho. Te muestra cómo estás parado”. Julián advierte:“El miedo dentro del mar es complicado. Tenés que controlarlo y estar bien de la cabeza. Es fundamental la confianza que tengas. Si no estás entrenado, es mejor que no te metas”.

De aquel primer viaje regresaron a su casa de Tigre, en el norte bonaerense. Aman ese lugar porque, según ambos dicen: “La ciudad muchas veces te chupa. Uno está de acá para allá, corriendo, y el día no te alcanza. En cambio, en lugares como este, la vida es mucho más simple”. Dejaron pasar un tiempo y salieron de nuevo al ruedo. Pero hacia el sur. Fue desde enero de 2013 hasta junio del mismo año. Con la excusa de surfear, recorrieron las costas patagónicas de la Argentina y Chile: 25.000 kilómetros. Conocieron gente. Gauchos, pescadores y demás vecinos. Uno de ellos, en medio del frío de una noche de perros, les dijo que entraran a su casa. Se quedaron tres días. Durmieron y comieron como hacía tiempo no comían. Llega un punto en que la comida caliente es lo más preciado del mundo. Y después volvieron al camino.

“En esos lugares la gente te enseña la simpleza con que viven. De día no tienen luz. La soledad permite pensar. Hay tiempo para uno. En las grandes ciudades hay tantas ocupaciones que no podés pensar si estás feliz con lo que hacés, si estás bien”, dice Joaquín. En seis meses vivieron en carne propia determinados valores. La amistad es uno: “Nos han quedado amigos, contactos, gente de otros países con los que seguimos hablando y nos escribimos. A otros no volveremos a verlos. Pero igual nos han marcado”, cuenta Julián. Joaquín habla entonces de la solidaridad: “Te das cuenta de que si no compartís, no tiene sentido todo esto. Uno viaja para compartir. Nosotros buscamos incentivar a la gente para que haga lo que le gusta. No el surf, sino aquello que les guste. Lo que sea. Y que a la vez puedan compartirlo”.

También mencionan la actitud. “A todo hay que ponerle actitud. Con fuerza, con ganas, vas a lograr lo que querés. Hablo de sueños reales. No me refiero a ser millonario sino a conocer a alguien, a viajar. Si ponés fuerza en algo y le dedicás tiempo, lo vas a lograr”. Convencimiento puro el de Joaquín. Otro valor es el respeto. A las olas, a los lugareños. “El que llega primero a una ola debe ser respetado. Uno no puede invadir el lugar del otro. Una vez que se va, recién se puede disfrutar de esa ola”, afirma Joaquín para dejar en claro que hay códigos. “¿Qué es lo primero que hacemos al volver de un viaje? Pensar en el próximo”, se ríe Julián ante la consulta. 

Y continúa: “Entonces, nos ponemos las pilas para ver cómo lo podemos llevar a cabo”. Tanto, que el siguiente va tomando forma. Será el año próximo. El destino, África, a partir de septiembre u octubre. Aún no saben cómo lo implementarán. “Caminando, en avión o cómo sea”, dice uno de ellos entre risas. El otro asiente y acompaña: “Pero que lo hacemos, lo hacemos”. “Como siempre, tratamos de ir a lugares que no han sido muy explotados”, explica Julián. Y Joaquín lo ratifica: “Buscamos conocer nuevas culturas, nuevos amigos, nuevos paisajes, nuevas olas. El surf es la excusa, lo que nos motiva. Pero no es lo único”. Por las dudas, aclaran: “No son vacaciones. Hay días buenos y otros malos. De soledad, de frío. Pero siempre se aprende algo. No es que lo pasamos súper bien todo el tiempo”. Y al instante, Joaquín dice: “El que lo ve de afuera cree que todo es lindo, pero no. Es duro. Ojo, no nos quejamos. Lo hacemos porque queremos. Es un estilo de vida. El nuestro”. 

Gauchos del mar 

Joaquín (26 años) y Julián (27 años) Azulay hicieron de su pasión una empresa. De las vacaciones familiares por Mar del Plata o Brasil pasaron a los viajes más largos después de los 20 años. El de Los Ángeles a Buenos Aires fue el primero. El del sur argentino-chileno, el otro. De losdos hicieron documentales. Por el primero, Gauchos del mar: surfeando el Pacífico americano, ganaron nueve premios internacionales. El otro se llama Tierra de patagones. Al coincidente apodo que les pusieron las personas que iban conociendo durante sus recorridos lo utilizaron para su propia empresa de producciones audiovisuales:?Gauchos del mar.  Ya tienen página web y sitio en Facebook. Los infaltables en cada uno de sus viajes son las tablas de surf, la bolsa de dormir, la carpa, algo de ropa y una cocinita. Y la cámara para filmar cada detalle. “No mucho más. Somos de la idea de que hay que viajar liviano”, opinan. Uno de sus principios es respetar siempre al lugareño. Otro es viajar por lugares alejados. Casi nunca ingresan a las ciudades. “La gente del interior no está contaminada. Hasta te abre la puerta de su casa”, coinciden.

Pescados, langostas y frío

“Nos ha pasado de todo. Una vez, saliendo de San Diego (California, Estados Unidos) y entrando a México, nos encontramos con unos pueblitos costeros buenísimos en los que vivirían apenas unas diez familias. Andábamos con poco presupuesto y para subsistir vendíamos ropa. Una familia de esa zona nos dio langostas, pescados, pero no quisieron nada a cambio. A los dos días, cuando nos íbamos, una chiquita del pueblo me regaló además una pulserita para que nos lleváramos de recuerdo. Esos son gestos buenísimos, inesperados, que no olvidás más”, destaca Joaquín. Para Julián, su recuerdo es el de aquella vez en que buscaban olas por Ushuaia. “Se hizo de noche y cuando salimos del mar necesitábamos un lugar donde poner la carpa. A un vecino, Martín, le pedimos permiso para armar la carpa en la puerta de su campo. Le explicamos sobre el viaje que hacíamos. Y sin conocernos, nos invitó a su casa. Nos hizo un guiso. Cocinó para todos. Éramos cinco, porque había dos amigos que nos habían ido a visitar y mi novia. El hombre resultó ser un bagualero que nos contó un montón de historias de la zona mientras nos mostraba fotos. Nos hospedó dos días. Nos convidó asado. En el ADN de la gente que vive fuera de las grandes ciudades está recibir al otro, compartir”, resume.

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