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Ahora, a Marte


Por Oscar Armayor.


Ahora, a Marte
Un día como hoy, hace cuarenta y cinco años, el hombre llegó a la Luna. Ahora los ojos apuntan a Marte: en 2022 zarparía una expedición para crear una colonia humana allí. Uno de los viajeros seleccionados es argentino. ¿Llegarán? ¿Qué vida les espera?

Es el 20 de julio de 1969. La computadora de abordo lleva al Eagle a más velocidad de lo programado y la nave sobrepasa el lugar del alunizaje. La computadora lo está conduciendo hacia un área cubierta de rocas. El desastre es inminente. Neil Armstrong, comandante de la misión Apolo 11, desconecta la computadora del Eagle y toma el control manual. Ahora el módulo lunar pierde altura en forma gradual y finalmente se posa suavemente sobre el Mar de la Tranquilidad. El hombre siempre es el último recurso sobre la máquina, y la exploración del espacio no podrá realizarse sin que el pie del ser humano roce la superficie de los mundos más allá del nuestro. 

Hace cuarenta y cinco años, la Luna fue el primer paso hacia esos mundos. “That’s one small step for a man, one giant leap for mankind” (Es un pequeño paso para un hombre, pero un gran salto para la humanidad): la célebre frase de Armstrong al pisar nuestro satélite natural, apenas un cuerpo celeste de 3476 kilómetros ubicado a 384.400 kilómetros de la Tierra. Fue un paso sin precedentes, grandioso, porque no fue el último. ¿El próximo? La ciencia astronómica ha estudiado otros planetas del sistema solar: Venus, Júpiter, Saturno, Marte… Marte está en el horizonte, las miradas están puestas en él, los viajeros se alistan, no habrá fronteras.

Ellos saben que no regresarán. Una vez en el habitáculo de la nave espacial, el pasado ya no tendrá importancia, los recuerdos perdurarán por algunos años, una nueva historia comenzará a escribirse en otro mundo. El viaje al planeta Marte, organizado por Mars One, una entidad holandesa sin fines de lucro, se iniciaría en el año 2022 y tendrá como objetivo crear una colonia humana en ese planeta. La primera expedición espacial llevaría cuatro astronautas. Otros cuatro partirían dos años más tarde, y así sucesivamente, hasta establecer una población permanente en Marte. Y aquí la palabra “permanente” adquiere un significado categórico y  absoluto. Felipe Campos Otamendi es el argentino que fue seleccionado entre unos setecientos postulantes voluntarios de todo el mundo. Nos cuenta que para él será algo “Natural, como mudarse”. “No me importa vivir en un ambiente hostil”, afirma. 

En 2015, Felipe y otras sesenta y tres personas comenzarán un duro entrenamiento durante siete años. Ellos saben perfectamente que no existe tecnología desarrollada para un viaje de regreso; no hay manera de construir una nave en Marte y producir el combustible necesario para un retorno exitoso. Pero nadie parece considerar el regreso como un plan alternativo; están decididos a convertirse en… marcianos, trabajar para su subsistencia y construir un nuevo hogar allí para el resto de sus vidas. “Tal vez allá viva unos cuarenta años” especula Felipe, que tiene un hijo y una pareja, quienes lo apoyan en su determinación.

El anhelo de aventura es parte de la naturaleza humana y el resplandor del desafío suele enceguecer. La idea romántica de un nuevo mundo, una nueva civilización en armonía con la naturaleza, es estimulante, pero la realidad es que más allá de los límites de nuestra atmósfera esperan condiciones extremas para la vida tal como la conocemos. Hoy, Marte se encuentra a una distancia relativamente cercana, a algo más de 55 millones de kilómetros de la Tierra. Una nave actual de la NASA tardaría unos siete meses en llegar, sometida en todo momento, junto con sus tripulantes, a peligrosas radiaciones cósmicas. 

Una vez en la superficie, los colonos encontrarán un verdadero desierto, cuya atmósfera está constituida de un gas irrespirable, dióxido de carbono, y donde la temperatura promedio es de -63 ºC.  Allí deberán implementar recursos tecnológicos para producir oxígeno, cultivar alimentos y hallar agua. Dejando de lado las cuestiones técnicas, astronómicas y ambientales, surge un tema de estudio de capital importancia: la conducta humana y la metamorfosis fisiológica de los nuevos marcianos, quienes tendrán que enfrentar cambios emocionales, tales como euforia, irritabilidad, aburrimiento, depresión, insomnio e incluso alteraciones en la personalidad. Las causas son numerosas, tratándose de un viaje que demandará un largo período de aislamiento, dentro de un espacio limitado e ingrávido, a lo que se suma el hecho de que se trata de un grupo de individuos de diferentes nacionalidades, educación y cultura. 

Estamos hablando de “para siempre”, y esta expresión no solo significa el tiempo que dure la vida de los colonos que lleguen de la Tierra, sino la continuidad de la especie humana en un nuevo mundo. Para ello se impone un acelerado proceso de reproducción ante la amenaza de lo que podría derivar en una rápida y frustrante extinción de la incipiente comunidad. En términos bíblicos podríamos considerar a este conjunto de pioneros como los “adanes” y “evas” de un nuevo Génesis.

La psiquis “marciana”

El doctor Gabriel González de la Torre Benitez es doctor en Psicología y profesor en la Universidad de Cádiz, España, y entre otras actividades académicas, realizó investigaciones sobre aspectos neurocognitivos de simulación de vuelos espaciales de larga duración en el proyecto Mars-500. Él nos comenta: “Pienso que para que una persona decida ir a Marte y no volver, deben prevalecer motivos importantes desde un punto de vista global: ayudar a la supervivencia de la especie, lograr una meta para la humanidad, la ciencia, etc.”. Y continúa: “Sabemos que el cuerpo y la mente sufren cambios en la microgravedad y en los ambientes cerrados que conforman las naves espaciales y otros ambientes extremos aquí en la Tierra, donde las condiciones de vida son complicadas, como en las estaciones antárticas durante períodos largos. El aislamiento, el espacio reducido, las diferencias en gravedad afectan a la fisiología y a la psicología humanas, incluso a las relaciones entre iguales. Hemos observado esto en simulaciones de vuelos espaciales, en las estaciones antárticas y en el caso de los efectos de la microgravedad en misiones de larga duración en el espacio. Un factor importante para tener en cuenta es la radiación. Lejos de nuestra Tierra estamos muy indefensos ante la radiación cósmica”.

Nadie ha escrito hasta ahora un manual sobre cómo resolver diferentes situaciones y tomar decisiones ante los imponderables que puedan presentarse en el planeta Marte, sencillamente porque ningún ser humano ha estado allí antes y casi nada se sabe de cuáles podrían ser esos imponderables. Los astronautas del proyecto Mars One contarán con todos los recursos tecnológicos hasta ahora de-sarrollados por los científicos, para proveerse de una atmósfera respirable dentro de recintos presurizados y a prueba de radiaciones, y obtener agua y alimentos, dado que las reservas transportadas desde la Tierra solo alcanzarán para un tiempo limitado. Sin embargo, la cuestión psicológica continúa siendo decisiva para el éxito de la gran aventura. 

En uno de sus artículos sobre psicopatología y misiones espaciales, el doctor Gabriel González de la Torre Benitez escribió, en relación con sus experiencias en misiones de larga duración: “Los tripulantes deben saber cómo detectar posibles problemas psicológicos y cómo medir los niveles de rendimiento cognitivo apropiados, además de reconocer diversas patologías psiquiátricas y estados psicológicos, para poder actuar y tomar medidas antes de que sea demasiado tarde”.

El aislamiento, el espacio reducido, las diferencias en gravedad afectan a la fisiología y a la psicología humanas Gabriel González de la Torre Benitez

En efecto, trastornos graves, como las psicosis o la bipolaridad, además de conductas agresivas, se han presentado en las misiones antárticas, donde las condiciones de vida se asemejan lejanamente a las de una comunidad radicada en Marte. Sobre estas conductas, el doctor González de la Torre Benitez destaca: “En algunos casos han obligado a evacuaciones de emergencia de los afectados. Desgraciadamente, en las misiones de larga duración a destinos tan lejanos como Marte, esta posibilidad no existe”.

El planeta rojo, como se lo suele llamar debido a la coloración que le otorga la alta concentración de óxido de hierro en su superficie, es más pequeño que la Tierra. Su diámetro es de aproximadamente la mitad del de nuestro planeta. Del mismo modo, la gravedad y la presión atmosférica son considerablemente inferiores. En el caso de la gravedad, es un 38% más baja, lo que significa que una persona que en la Tierra pesa 77 kilos, en Marte pesará 29 kilos. La atmósfera marciana, en tanto, es muy tenue, unas cien veces menos densa que la terrestre. En consecuencia, la presión atmosférica es de unos 7 milibares, mientras que la de la Tierra es de 1024 milibares. Ante estas comparaciones la pregunta que nos podemos hacer es: ¿Cuáles serían las características antropomórficas de un niño nacido allí? Por la falta de presión atmosférica y de gravedad, los astronautas que realizan incursiones temporarias en el espacio exterior experimentan una reducción en la frecuencia cardíaca como resultado de que el corazón no tiene necesidad de tanto esfuerzo para mover la sangre. Los huesos y los músculos comienzan a atrofiarse sin la atracción gravitatoria y el peso de la atmósfera actuando sobre ellos. Todo esto sin considerar otros numerosos trastornos fisiológicos que pueden llegar a ocurrir. 

La falta de presión atmosférica produce algo así como una expansión del cuerpo humano, fenómeno comprobado en los astronautas que regresan a la Tierra algo más altos que cuando partieron al espacio. Mientras Felipe Campos Otamendi espera el momento de iniciar el intenso entrenamiento que lo capacitará para la inédita experiencia, opina que los nacidos en Marte serán más altos que los terráqueos y más delgados. ¿Cuánto más? En el terreno de las especulaciones, y haciendo un juego de imaginación demasiado audaz, si se perdiera todo contacto con la colonia marciana por una o dos generaciones y al cabo los humanos recuperáramos ese contacto, ¿qué hallaríamos? ¿Qué semejanza encontraríamos con esos seres cuyos antepasados llegaron de un mundo viejo? ¿Nos reconocerían?

Las preguntas son infinitas y los que creen que la hazaña no será posible también. Felipe Campos Otamendi y los más de sesenta candidatos tienen sus ojos y su alma puestos en la meta soñada, más allá de lo concebible. 

Quién es Felipe 

Felipe Campos Otamendi tiene 31 años, es técnico en alimentos y trabaja en el Instituto Nacional de Tecnología Industrial (INTI) de Mar del Plata. Tiene un hijo de 11 años, y según el propio Felipe, Dalmiro —que así se llama— tomó lo del viaje a Martesin retorno “de un modo muy natural”. Un niño bastante especial, como no podía ser de otro modo viniendo de su papá, quien se prepara para su próxima experiencia como si solo se tratara de unas largas vacaciones en una playa cósmica donde poder practicar surf, como lo hace todos los veranos en playa Serena. A Felipe le habría gustado ser uno de los navegantes de Cristóbal Colón; al fin y al cabo, se trata de una aventura de ribetes similares: colonizar un nuevo mundo.

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